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L A DINASTÍA DE LOS CALDEOS Y SU IMPERIO

In document irisarri-096 (página 187-193)

Período neobabilónico

1. L A DINASTÍA DE LOS CALDEOS Y SU IMPERIO

Ya hemos ido siguiendo en distintos capítulos de esta obra la larga historia de Babilonia. Desde los tiempos de la I dinastía, la amorrea, con el reinado de Hammurabi como punto culminante de aquel primer imperio, han transcurrido más de mil años, en los que la gran ciudad- estado ha sufrido altos y bajos en su azarosa historia. En el 1595 a.C. fue víctima de un fulminante ataque de Mursil I, rey de los hititas. Des- pués fue regida por la dinastía Kassita, de origen extranjero, de las mon- tañas de más allá del Tigris. En esta etapa, que abarca los siglos XVI al XII a.C., hubo reyes importantes como Burnaburiash II (1380-1350 a.C.), Kurigalzu II (1345-1324 a.C.) y Kadashman-Enlil II (1279- 1265). Al final, la ciudad cae bajo el control de Asiria, que constituirá para ella un pesado destino en los siglos venideros. De todos modos, a mediados del siglo XIII a.C. sufre algunas invasiones de los elamitas, en una de las cuales se llevan como trofeo a Susa, la capital elamita, algu- nas de las piezas más características de la cultura y el arte babilonio, como la famosa estela que contiene el Código de Hammurabi. Se im- planta a continuación la IV dinastía, cuyo principal rey será Nebucha- drezzar (Nabucodonosor) I (1124-1103 a.C.), valiente triunfador sobre los elamitas. Una serie de situaciones desafortunadas y crisis políticas da lugar a la sucesión rápida de tres dinastías, la V, VI y VII, que pasan sin pena ni gloria, hasta la implantación de la dinastía VIII en el 977 a.C. En esta dinastía sobresale un rey emprendedor, Nabu-apal-iddina (885- 852 a.C.).

Ahora vuelve el dominio asirio sobre Babilonia, en medio de lu- chas, rebeliones y hasta saqueos y destrucciones, como ya hemos visto en el capítulo anterior. Recordemos los nombres de los reyes Marduk- apal-iddina (721-711 a.C.) y Shamash-shum-ukin (668-648 a.C.), pa- ra desembocar por fin en Nabopolasar, fundador de la dinastía XI, que va a merecer ahora una mayor atención por nuestra parte.

Nabopolasar (626-605 a.C.) pertenecía a la noble familia de la tri- bu Kaldu (caldeos) y era un general importante con el cargo de gober- nador bajo el dominio asirio. Aprovechando la crisis producida a la muerte de Asurbanipal, se sublevó, derrotó al ejército asirio y se procla- mó rey de Babilonia, inaugurando así la XI dinastía. La lucha continuó con éxito en la Baja Mesopotamia, y poco después se hallaba ya en con- diciones de llegar al Jazireh e iniciar allí las campañas de sitio contra las principales ciudades asirias, esta vez, como ya hemos dicho, con el apo- yo de medos y escitas, hasta conseguir la caída de Nínive. Una vez que esta se produjo, los restos del ejército asirio, que consiguieron salvarse, huyeron y se refugiaron en la región de Haran, sobreviviendo un simu- lacro de Imperio asirio durante tres años, bajo el mandato del general Ashur-uballit, que se proclamó rey. Este pidió ayuda desesperada a Egipto, en virtud de un tratado firmado unos años antes en tiempos de Sin-sha-rishkun. Entonces se produjo un hecho de particular impor- tancia para la historia de Palestina, del que vamos a hablar con mayor detención.

Es el año 609 a.C. En Judá se sienta en el trono un gran rey, Josías (640-609 a.C.), promotor de una importante reforma religiosa, restau- rador de la pujanza de Jerusalén, y puede decirse que el monarca más poderoso de cuantos existieron en Judá desde los tiempos de la monar- quía dividida. En efecto, aprovechándose de la rápida crisis asiria, se ha- bía ido apoderando de las provincias de Palestina, integrando en su rei- no a Samaría, Megiddo, Galaad y una zona de la costa al norte de la ciudad de Ashdod, que pertenecía a la provincia de este nombre.

Para entonces, el espantajo de rey asirio había perdido ya Haran a manos de Nabopolasar y, huido, reclamaba el apoyo desesperado del fa- raón. Este se produjo en el último momento, tal vez por un vano deseo por parte de Egipto de volver a tiempos pasados y recuperar su influjo político sobre el cuerno occidental del Creciente. Este romanticismo ar- caizante de «volver al pasado» es típico de la dinastía XXVI, que enton- ces reinaba en Egipto. Precisamente ese año 609 había subido al trono un nuevo faraón, Nekao II, que inmediatamente toma la decisión de acudir al campo de batalla del Éufrates, con el fin de contener la peli- grosa amenaza de una Babilonia en expansión imperialista. Con un con- siderable ejército, en el que al parecer había mercenarios griegos, fruto

de la reforma militar que acababa de realizarse en el país, Nekao tomó la Via Maris y se internó en Palestina.

Josías, en virtud del viejo tratado de amistad con Babilonia, estaba obligado a no permitir el paso de las tropas egipcias por su territorio. Pe- ro, sobre todo, cabe pensar que el rey de Judá se sentía receloso de que Egipto intentara recuperar el control sobre la tierra palestina. Por eso tomó una decisión arriesgada, que le iba a costar muy cara. Se puso al frente de su ejército y aguardó al acecho el paso del faraón por el más estratégico lugar de la Via Maris: la ciudad de Megiddo. Nekao, proba- blemente informado por sus espías, mandó un mensaje disuasorio a Jo- sías: «No te metas en mis asuntos, rey de Judá. No vengo contra ti, sino contra la dinastía que me hace la guerra» (2 Cr 35,21). Josías no hizo caso y le presentó batalla en el llano contiguo a la ciudad. Iba al frente de su ejército, dispuesto a batirse como un valiente y a lograr lo que a todas luces era imposible de conseguir: detener el grueso del ejército fa- raónico. Una flecha hirió mortalmente al rey. Este dijo a sus servidores: «Sacadme del combate, porque estoy gravemente herido. Sus servidores lo sacaron del carro y lo trasladaron al otro que poseía y lo llevaron a Je- rusalén, donde murió» (2 Cr 35,23-24).

El ejército egipcio continuó su camino, sin detenerse, hacia el Éu- frates. A la altura de Riblah, junto al Orontes, hizo un alto más prolon- gado y Nekao aprovechó para ocuparse de los asuntos de Palestina. Des- tituyó a Joacaz, hijo de Josías, que se había nombrado su sucesor, lo envió como rehén a Egipto y puso en el trono a su hermano Joakim (608-598 a.C.), no sin obligarle a pagar como tributo 100 talentos de plata y uno de oro. El faraón actuaba ya como verdadero soberano so- bre las antiguas provincias de Asia. El descalabro del ejército judaíta en Megiddo no permitía posibilidad alguna de contestar las órdenes impe- riales.

La ciudad de Haran había ya caído en poder de los medos, y el in- tento por recuperarla salió fallido. Ashur-uballit murió, y los egipcios se hicieron fuertes en la orilla derecha del Éufrates, tomando como ba- luarte la ciudad de Karkemish. Un gran ejército babilonio, al frente del cual se encontraba el príncipe heredero Nabucodonosor, se acercó a Karkemish en el año 605, donde infligió una severa derrota a las tropas egipcias. Los restos del ejército faraónico se retiraron penosamente ha-

cia su país, perseguidos por los babilonios. En Hammath sufrieron to- davía un nuevo castigo. De ahí, a través de la Via Maris, volvieron a Egipto, hasta cuyas primeras ciudades entraron las tropas babilónicas. El príncipe, enterado de la muerte de su padre, se retiró a Babilonia para ceñir la corona del nuevo Imperio, convirtiéndose en Nabucodonosor II (605-562 a.C.).

Al año siguiente, Nabucodonosor volvía con sus tropas para afir- mar su dominio por todos los territorios del cuerno oeste del Crecien- te. La ciudad de Ashkelon, que se mostraba levantisca, fue conquistada y destruida. Las tropas babilonias llegaron hasta el «Torrente de Egip- to», y Judá pasó a ser un protectorado del nuevo emperador de Orien- te. El reino de Judá se sentía ahora atraído simultáneamente por los dos focos de poder: Babilonia y Egipto, uno en el colmo de su esplendor, otro sumido una vez más en la crisis de su lento ocaso. Jerusalén, en principio mejor situada en relación a su antigua aliada Babilonia, veía, no obstante, con mayor simpatía a Egipto, dada su proximidad y la po- sibilidad de recibir ayudas inmediatas del país del Nilo. En la sociedad judaíta se abrió una brecha insalvable entre partidarios de ambas poten- cias. El famoso profeta Jeremías se hallaba al frente del partido probabi- lonio, invocando la inspiración divina, mientras que el monarca, nom- brado por Egipto, se inclinaba a la alianza con este país.

El año 601, Nabucodonosor retornaba con objeto de dar batalla a Egipto y apoderarse del país, aunque no lo consiguió. En los años suce- sivos realizó otras campañas, entre ellas una contra los árabes el 599 a.C., los cuales ya venían presionando incluso contra las fronteras de Judá, como se deduce de un óstracon (carta escrita sobre un cascote de cerá- mica) hallado en el puesto fronterizo de Arad. Por fin, el año 598 a.C., Joakim, actuando de forma insensata, se subleva contra el poder babiló- nico, lo que determina una nueva campaña imperial en el país, primero solo compuesta por tropas de la guarnición y aliados arameos, moabitas y ammonitas, después por el propio ejército real venido de Babilonia. Joakim murió, acaso asesinado, haciéndose cargo del poder su hijo Joa- quín (598-597 a.C.), que cayó en manos de los babilonios cuando estos consiguieron penetrar en Jerusalén. La ciudad no fue destruida. El rey judaíta, su madre, sus esposas, los funcionarios y nobles más importan- tes, la gente de guerra más destacada y los artesanos especializados en la

fabricación de armas, todos fueron deportados a Babilonia, unos 10.000 exiliados, junto con los tesoros del templo y del palacio real. Al frente del país, Nabucodonosor puso como rey vicario a Sedecías (597-586 a.C.), un hermano de Joakim.

Pero la insensatez suicida del partido proegipcio continuó privan- do en la nueva y restringida corte, a pesar de que se habían esperado en vano los auxilios de Egipto durante el sitio de Jerusalén en el 597 a.C. El territorio del reino quedó probablemente más reducido que en los tiempos de Josías. En el 589 a.C. ya estaba de nuevo Judá en pie de gue- rra, con la vaga promesa de auxilio por parte de Egipto, Ammón y pro- bablemente Tiro. Nabucodonosor vino al mando de su ejército y empe- zó a conquistar el país, mientras el rey judaíta permanecía encerrado en Jerusalén.

Las últimas ciudades en caer fueron Azecah y Lakhish (Jr 34,7). Un óstracon aparecido en las excavaciones de esta última ciudad es el testi- monio palpitante de la situación. Se trata de la nota de campaña de un oficial que permanece en un puesto avanzado en el campo y que re- cuerda al gobernador de la plaza que «permanecemos vigilando las se- ñales de fuego de Lakhish, según todas las instrucciones que mi señor nos ha dado, pero ya no podemos ver Azecah». Está claro que esta últi- ma ciudad, que ya no emitía señales, había caído en poder del enemigo. Por otro de estos documentos sabemos que un general había ido a Egip- to para solicitar la deseada ayuda. No parece que esta realmente viniera, pero sí se divulgó la voz de que tropas egipcias estaban en camino, lo que obligó al ejército babilonio a levantar temporalmente el cerco de Je- rusalén para tomar posiciones ventajosas por si el enemigo aparecía en escena (Jr 37,5).

De nuevo puso sitio a la capital y en el verano del 587 a.C. las tro- pas babilonias abrieron una brecha junto a la Puerta Central (Jr 39,3), penetrando por ella los soldados al mando de los generales Nergal-saré- ser y Nabusardán, que ostentaban los cargos de «jefe de empleados» y «jefe de eunucos» en la corte imperial. Las excavaciones arqueológicas realizadas en Jerusalén en estos últimos años a cargo de Avigad, como ya dijimos en el capítulo 8, nos han permitido poco menos que «contem- plar» la escena. En efecto, allí estaba la gran puerta, al parecer de triple tenaza, construida unos años antes, y, junto a la muralla derruida en

parte (todavía conserva unos 8 m de altura), señales evidentes de fuego y numerosos proyectiles diseminados por el suelo. Se han podido estu- diar los distintos tipos de puntas de flecha y comprobar las pertene- cientes al ejército babilonio, que son de tipo escita, es decir, de base hue- ca y triple aleta, hechas de bronce, así como las del ejército judaíta, de hierro, con doble aleta y de sección plana.

Entretanto, Sedecías, su familia y algunos de sus oficiales, viéndo- se perdidos, huyeron por una de las puertas que dan al torrente Cedrón y tomaron el camino del desierto con ánimo de llegar a Transjordania. Fueron capturados a la altura de Jericó y conducidos ante Nabucodo- nosor, que se hallaba entonces en la ciudad de Riblah. Allí fueron ejecutados los hijos del rey y los nobles en su presencia. A Sedecías le sacaron los ojos y, cargado de cadenas de bronce, lo enviaron a Babilo- nia. Al cabo de un mes, el propio Nabusardán volvía a Jerusalén con órdenes precisas de incendiar la ciudad y arrasar sus edificios y mura- llas. Todo fue saqueado o destruido, y a hombros de los habitantes de Jerusalén, destinados al destierro en Babilonia, fue transportado aque- llo que se consideraba de valor, incluidas las dos columnas del templo, que medían 9 m y tenían capiteles de 1,5 m, todo ello de bronce. So- lo quedaron los campesinos de las aldeas para poder seguir cultivando la tierra. Algunos fueron enviados a Riblah para ser ajusticiados ante el gran rey.

Después de la deportación en masa, las gentes que quedaron en el país se reorganizaron en torno a Godolías, que fue nombrado goberna- dor del territorio por parte de la administración babilonia. La nueva ca- pital se estableció en Mizpah (Tell en-Nasbeh), donde se han encontra- do hallazgos de esta época, como ya comentamos en el capítulo 8. El asesinato de este gobernador y la huida de los culpables a Egipto marca un nuevo paso en la obstinada y suicida pretensión del partido antiba- bilónico, condenado a un irrevocable fracaso.

Igualmente en Lakhish, como ya hemos indicado en su momento, hay restos de la toma y destrucción babilonia, que corresponde al fin del estrato II. Lo mismo sucede en Arad con el nivel VI, y hasta en la fortaleza de Kadesh Barnea con el estrato más reciente, donde un pa- voroso incendio pone fin a la ocupación judaíta del fuerte restaurado por Josías.

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