El Neolítico
2. E SPECIALISTAS EN LA COSECHA SILVESTRE
Como continuación de la larga etapa anterior e intermedio entre es- ta y el Neolítico se desarrolla un período cultural de transición, llamado Mesolítico (algunos autores lo llaman Epipaleolítico), cuya importancia en el Próximo Oriente es muy especial, por preparar directamente los trascendentales acontecimientos que van a determinar después el sentido de la Revolución neolítica.
El período de que hablamos se desarrolla en el Creciente Fértil en- tre los años 15000 y 8500 a.C. aproximadamente y tiene allí unas ca- racterísticas tan acusadas, que lo diferencian netamente de su homóni- mo en otras regiones de la tierra, y concretamente de Europa. Además resulta de una precocidad sorprendente, pues en tales fechas el conti- nente europeo estaba aún viviendo los tiempos paleolíticos.
En Siria y Palestina presenta dos fases bien diferenciadas. La prime- ra está representada por la cultura Kebariense, en la que los fenómenos de la mesolitización están ya de alguna forma presentes; pero en realidad es- tos no llegan a su apogeo hasta la segunda cultura, conocida por el nom- bre de Natufiense, entre el 12000 y el 10300 a.C. Esta última representa una etapa verdaderamente floreciente en todos los sentidos y no tiene pa- rangón con ninguna otra cultura del mundo en aquellos momentos. Los yacimientos más importantes son las cuevas de Kebarah, Nahal Oren y El-Wad en el Carmelo, el yacimiento de Hayonim en la Alta Galilea, Ain Mallaha junto al lago Huleh, El Khiam y Erq el-Ahmar en el desierto de Judá, aparte de otros muchos yacimientos menores en el propio desierto de Judá, y en el Carmelo, en el Negev, el Sinaí, en la costa mediterránea de Israel y de Líbano, en Galilea, valle del Jordán y Transjordania. En Si-
Extensión geográfica del Creciente Fértil.
ria hay que citar, entre otros, el de Taibe, cerca de Deraa, y los de Abu Hureyra y Mureybet, ya en las riberas del Éufrates. En Anatolia, los yaci- mientos de Beldibi y Belbasi en la costa sur. En el cuerno oriental del Cre- ciente, en la cuenca del Tigris, sobre las laderas de los Zagros se registran también dos grandes culturas sucesivas: el Zarziense, más antiguo y simi- lar al Kebariense, y el Karimshahiriense, paralelo al Natufiense. Los yaci- mientos más importantes son el ya citado de Shanidar y, sobre todo, Sa- wi Chemi Shanidar en el gran Zab, el abrigo Zarzi sobre el pequeño Zab, y Palegawra y Karim Shahir en el Tanq Chai, que es otro afluente menor del Tigris, al sur del pequeño Zab.
La economía de estos pueblos experimentó un cambio notable. De una base asentada en la caza casi con exclusividad durante el Paleolítico Superior, se pasó a una economía fundada en una recolección selectiva, explotando al máximo las posibilidades que ofrecía la presencia de cier- tas gramíneas silvestres en la zona. En efecto, es precisamente la región del Creciente Fértil donde se dan espontáneamente la cebada y el trigo, este último en sus dos variedades primitivas: esprilla y escanda. Si com- probamos el mapa botánico de dispersión de la cebada silvestre, queda- remos sorprendidos por su virtual coincidencia con el de los países del Creciente. El de la esprilla es ligeramente variante, y el de la escanda so- lo abarca la zona levantina del Creciente.
El hombre mesolítico descubrió el alto poder nutritivo de estas gra- míneas y las múltiples posibilidades de elaboración de productos ali- menticios a partir de sus granos, pasando a prestar atención preferente a la recogida de la «cosecha silvestre», lo que determinó el asentamiento permanente de poblados en terrenos propicios, el desarrollo de utensi- lios y estructuras dedicados a la siega, la molienda, almacenamiento del grano y a las labores de elaboración de la masa (hoces, molederas, silos, artesas y tinajas de piedra...), y finalmente propició el incremento y de- sarrollo cultural de la población, asegurada por la periodicidad de la co- secha, sin estar ya sometida a partir de entonces a la exclusiva eventua- lidad de las faenas de caza.
Por otra parte, la caza selectiva de algunas especies de pequeños her- bívoros, como la cabra y la oveja salvajes, les llevó a un trato especial con las manadas, cuyos individuos cuidaban y conocían, abatiendo selecti- vamente tan solo aquellos que por su sexo y edad no perjudicaban el
desarrollo natural del conjunto. Esto constituyó un importante comple- mento de la economía, que a su vez podía suplementarse con otras acti- vidades menores, como la pesca y la recolección de otros frutos silvestres. Con esta economía floreciente, sobre todo en el Natufiense, pudo adquirir un gran incremento la vida cultural de los grupos humanos. Así Industria de sílex. Mesolítico y Neolítico de Palestina (según Fernández Tresguerres).
vemos que se perfecciona la confección de instrumentos de sílex, algu- nos de reducidísimo tamaño y de acabada elaboración, no exentos incluso de una apariencia estética, como los microlitos que forman se- micírculos, rectángulos, trapecios, etc. Igual desarrollo adquieren los objetos de adorno personal, ahora muy abundantes, tales como collares, colgantes, etc. A su vez, se da una abundancia de obras de arte, ya sea de carácter naturalista cuando se trata preferentemente de representa- ciones de animales, o de tipo esquemático cuando son humanas. Nos re- ferimos a pequeñas esculturas de hueso o de piedra y otras veces sim- plemente a objetos de uso bellamente decorados, como mangos de hoz, arpones, etc. También se desarrollan las técnicas de construcción en los poblados, y así vemos una maestría en los trabajos de utilización de pie- dras y adobes para levantar viviendas, o en el manejo del yeso para emplastecer paredes o suelos. Finalmente se hacen patentes las muestras de culto que reflejan con claridad un mundo de creencias muy elabora- do. Así tenemos representaciones de posibles divinidades relacionadas con la fertilidad o, cuanto menos, de fetiches utilizados con esta misma finalidad. Igualmente se comprueba la existencia de prácticas funerarias muy desarrolladas, enterrando a los muertos en relación con la propia vivienda, forzándoles en posturas especiales (acaso imitando al feto, que en este caso entra en la madre-tierra), adornándoles con toda clase de lu- josas vestimentas, de las que solo han llegado a nosotros ciertos elemen- tos más perdurables, como los adornos de conchas y huesos que osten- taban, y otras muchas manifestaciones sin duda relacionadas con el culto, que aquí no podemos ni siquiera enumerar.