• No se han encontrado resultados

J UNTO A LOS CANALES DE B ABILONIA

In document irisarri-096 (página 193-197)

Período neobabilónico

2. J UNTO A LOS CANALES DE B ABILONIA

Babilonia, cuya etimología semita se interpreta como «puerta de los dioses» (Bab-ili), ha llegado a ser en su momento de mayor esplendor la ciudad más grande del Próximo Oriente, incluida la propia Nínive, ya que esta última tenía 750 ha, mientras que Babilonia llegó a las 850 ha. Su historia es muy dilatada, desde los tiempos en que recibía el nombre sumerio de Kadingir, pasando por la etapa gloriosa de Hammurabi en el milenio II a.C., hasta las épocas persa, helenística y parto-romana. Pero su momento culminante fue, sin duda, el período de la dinastía caldea

La Puerta de Ishtar, a la entrada de las murallas de la ciudad de Babilonia. Está decorada con ladrillos vidriados. Fue construida por Nabucodonosor II a principios del siglo VIa.C. Fue tras-

en los siglos VIIy VIa.C., que es precisamente el que aquí nos ocupa. En- tonces la ciudad tenía una triple muralla con ocho puertas, y el río Éu- frates pasaba por dentro de la población, separándola en dos barrios, unidos por un impresionante puente de siete pilares en forma de nave. La puerta principal, llamada la puerta de Ishtar, se hallaba en el lienzo norte de la segunda muralla. Se accedía a ella por un paso de unos 200 m entre altos muros revestidos de ladrillos esmaltados de fondo azul, donde se hallaban pintados grandes leones. La puerta propiamente di- cha era doble y con sendas torres. Su fachada externa estaba también re- cubierta de ladrillos de colores, donde estaban representadas enormes fi- guras de animales míticos (toros y dragones). De aquí partía la arteria principal de la ciudad, llamada «calle procesional», ya que en ella tenían lugar los desfiles oficiales. Esta conducía al gran templo de Marduk, co- mo centro de la ciudad, pues este dios era el patrono de la misma. El nombre de esta colosal edificación era Esagila. En su parte norte y casi pegando al río se levantaba un espectacular zigurat, que se llamaba Ete- menanki, y que no es otro que la famosa torre de Babel, la cual da sen- tido al nombre de la ciudad, ya que servía de comunicación mística en- tre el cielo y la tierra. Esta idea aún subyace en la narración bíblica de los orígenes legendarios de la torre (Gn 11,4-9), si bien en este texto se fuer- za una etimología popular relacionada con el verbo hebreo balal, «con- fundir». La enorme edificación tenía siete pisos, con una superficie en la base cuadrangular de 91 m de lado y una altura total estimada de unos 100 m, pues actualmente solo se conservan los restos de su parte infe- rior. En la cima se hallaba el santuario (sahuru) del dios, bellamente de- corado de ladrillos esmaltados. La edificación era de adobe en el interior y de ladrillo en el exterior. Tenía escaleras adosadas por fuera y una gran escalinata perpendicular que subía hasta el segundo piso por el sur.

Además de este y de los grandes templos de las diosas Nimah e Ish- tar y del dios Ninurta, había otros templos menores hasta un número de 1.179. Babilonia poseía dos monumentales palacios. El más impor- tante era el llamado «palacio de Nabucodonosor», una verdadera forta- leza de enorme extensión (más de 6 ha), con cinco grandes patios en el interior, el mayor de los cuales, que conducía a la sala del trono, sobre- pasaba los 8.000 m2. Se encontraba cerca de la puerta de Ishtar. Más al

norte, fuera de la gran ciudad y junto al recinto exterior, se hallaba el «palacio de verano», también fortificado.

Indudablemente era una ciudad impresionante, auténticamente grandiosa y de belleza fascinante, que debió subyugar a los pobres he- breos allí deportados, procedentes de la montaña de Judá. Babilonia se mostraba como una ciudad corruptora e impía, donde nada menos que se hallaba la torre de Babel, símbolo de uno de los pecados primigenios de la humanidad, donde el culto a los ídolos tenía un esplendor y boa- to que sobrepasaba lo que la imaginación de cualquier israelita podía concebir. Además, Babilonia era una ciudad de perdición, porque en ella tenían su sede principal los cultos a la fertilidad y la prostitución sa- grada, que los profetas tanto habían combatido en Palestina. Heródoto nos cuenta detalladamente algo a lo que alude también la Biblia (Bar 6,43), y es que la prostitución estaba allí tan generalizada que toda mu- jer, de cualquier condición que fuese, tenía que practicarla, aunque fue- ra una sola vez en su vida, sentándose junto al templo de la diosa Ishtar y esperando pacientemente a que algún transeúnte la solicitara.

Los desterrados de Judá fueron allí en una doble tanda, la primera en tiempos del rey Joaquín, en número que se calcula en torno a los 10.000 hombres, sin contar mujeres y niños; la segunda, en los tiempos de Sede- cías y de la total destrucción de Jerusalén. Los autores calculan el número Detalle de la figura de un león en la Vía Procesional junto a la Puerta de Ishtar en Babilonia. Museo del Louvre, París.

de esta segunda remesa de exiliados en torno a los 15.000 varones. Para ser objetivos, hay que reconocer que el destierro de Babilonia fue muy dis- tinto del destierro de los israelitas al país de Asiria, algo más de un siglo antes. Es la diferencia que existía entre la crueldad asiria y la tolerancia ba- bilónica. El propio rey Joaquín y su corte fueron siempre tratados como tales en la gran ciudad mesopotamica. La Biblia lo reconoce expresamen- te: el «rey de Babilonia, en el año de su subida al trono, concedió gracia a Joaquín de Judá y le sacó de la cárcel. Le prometió su favor y colocó su trono más alto que los de los otros reyes que había con él en Babilonia. Le cambió el traje de preso y le hizo comer a su mesa mientras vivió. Y mien- tras vivió, se le pasaba una pensión diaria de parte del rey» (2 Re 25,27- 30). Este testimonio concuerda con las fuentes babilónicas, donde se con- signa la entrega de productos, concretamente de aceite, con destino a la corte del rey judaíta en el destierro, hacia el año 591 a.C. Dice así un tex- to: «Un sutu (unos 5 litros) para Yahukin, rey del país de Judá. Dos qu (unos 2 litros) y medio para los cinco cortesanos del rey del país de Judá». La mayoría de los judaítas no vivía dentro de la gran ciudad, sino en una colonia en el campo, llamada Tel Abib, junto al canal conocido con el nombre de Nar Kabari, simplemente llamado Kebar en la Biblia (Ez 3,15). Este canal, cuyas aguas procedían del Éufrates, se hallaba en la zona com- prendida entre Babilonia y Nippur, y era uno de tantos como existían en la gran llanura para regar las tierras de labranza. Allí los hebreos constru- yeron sus casas, organizaron su comunidad y gozaron de una relativa au- tonomía. Otros se dedicaron al comercio en el seno de la propia Babilonia y llegaron a ser poderosos y adinerados, hasta el punto de que, cuando tu- vo lugar la vuelta del destierro, prefirieron permanecer allí. Otras colonias se llamaban Tel Malaj, Tel Jarsa, Kerub, Addan e Immer (Esd 2,59), y exis- tía también otro asentamiento junto al río Sud (Bar 1,4) y en Kasifya (Esd 8,17), sin que tengamos noticias de la identificación de estos topónimos.

La tradición literaria del pueblo ha conservado algunos recuerdos de aquella estancia entre los canales de Babilonia. El Salmo 137 habla de que los hebreos llevaban consigo cítaras y entonaban sus cantares en me- dio de aquella fértil y calurosa llanura, en donde los sauces servían para colgar sus instrumentos musicales. Los naturales de la tierra tenían cu- riosidad y agrado por escuchar las bellas tonadas del lejano país de Judá. El poeta vibra ante el recuerdo de la tierra querida que debía abandonar

y estalla al final, entre maldiciones, en un apóstrofe de venganza despia- dada para aquellos que cercenaron su libertad:

«Junto a los canales de Babilonia nos sentamos y lloramos con nostalgia de Sión;

en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras. Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar, nuestros opresores a divertirlos:

“Cantadnos un cantar de Sión”.

¡Cómo cantar un cántico de Yahveh en tierra extranjera! Si me olvido de ti, Jerusalén,

que se me paralice la mano derecha,

que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías.

[...]

¡Capital de Babilonia, criminal!

¡Quién pudiera pagarte los males que nos has hecho!

¡Quién pudiera agarrar y estrellar tus niños contra las piedras!»

In document irisarri-096 (página 193-197)