Oración del domingo a la mañana. Son tiempos de terror, Dios mío. Esta noche, por primera vez, me he quedado despierta en la noche, con los ojos ardiendo, con imágenes de sufrimiento humano desfilando sin cesar delante de mí. Te prometeré una cosa, Dios mío, una tontería: me guardaré de mantenerme en el día presente, con tanta fuerza, cuanta sea la angustia que me inspire el futuro; pero eso exige un cierto entrenamiento. Por el momento, a cada día le basta su pena (175).
Un amigo inolvidable—cuyo final pacífico me llena cada día de gratitud—me enseñó hace un tiempo esta lección de Mateo 24 [en
realidad Mt 6, 34]: “no se inquieten por el mañana; el mañana se
inquietará por sí mismo. A cada día le basta su pena.” Es la única actitud que te permite afrontar la vida aquí. De este modo, con cierta tranquilidad de ánimo, cada día, entrego mis muchas preocupaciones a los pies de Dios. Muchas veces son inquietudes de una gran trivialidad, por ejemplo, cuando me pregunto cómo llegaré a hacer el lavado de toda la familia, etc. Las verdaderas, las grandes inquietudes han cesado totalmente de existir—se han vuelto un Destino al cual estamos de ahora en adelante atados (302).
La primera cita está tomada de la gran “oración del domingo a la mañana” escrita el 12 de julio de 1942. Otro párrafo elegido de esta oración ha sido señalado en el capítulo precedente. Este texto merece verdaderamente que el lector que tenga la posibilidad lo lea o lo relea integralmente en el Diario de Etty. Recordemos el contexto en que esta oración ha surgido, para sacarle más jugo.
Julio de 1942: mes capital en todos los aspectos para Etty, ya sea que se trate de su evolución personal o de los problemas históricos que marcan este período. A su modo, Etty se ha
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preparado para esos tiempos de terror. ¿Pero se está preparado alguna vez para lo peor? Muy pronto había presentido que su resistencia sería de una naturaleza particular: Luchar, no en política
o en un partido, sino en sí misma (76). Hoy la resistencia existencial
la entrena para no huir de una suerte que adivina probable.
Difícil para hacerlo comprender a su entorno. Frente a el agravamiento dramático de los acontecimientos, su hermano Jaap la presiona para que se postule para un empleo de “cobertura” en el Consejo judío, lo que la eximiría provisoriamente del “trabajo obligatorio”. Tal planteo repugna a Etty que desconfía de ese
extraño órgano-tampón de rol más que ambiguo. Ella lo lleva a cabo
el 14 de julio, pero de mala gana y con culpa.
En esa tormenta de total incertidumbre en cuanto a su porvenir, Etty redacta su oración del domingo a la mañana. Allí evoca esa terrible noche de angustia donde las imágenes de sufrimiento han desfilado sin parar delante de ella. ¡Porque a veces la angustia es tan grande que se sugiere en una proyección infernal en el corazón de nuestros insomnios! Etty se levanta de esta lucha desigual contra las tinieblas probada pero no vencida, con una pequeña promesa matinal en los labios: me mantendré en el día
presente, con fuerza, evitando de las angustias que me inspira el futuro. Etty dice: Una tontería. ¿Es verdad? Una resolución que toma
su fuerza, en todo caso, no de ella misma sino del impulso que hace de esto una oración. ¡Y lo que inspira una oración nunca es una tontería!
Cuidarse de no agravar el presente con sus angustias: ¡Qué bella imagen! ¡Cómo si cada una de nuestras jornadas fuere un dirigible que pudiéramos aligerar del peso de nuestras inquietudes para dejarlo elevar! En su hablar siempre lleno de imágenes, Etty utilizará esta comparación: Las mil pequeñas preocupaciones que
nos inspiran los días futuros y que corroen nuestras mejores fuerzas creativas, debemos eliminarlas cada día como pulgas (227).
¿Ya hemos detectado en nosotros mismos de qué modo la inquietud extiende sus estragos? Hay en nosotros luces tan vivaces
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que las creemos capaces de iluminarnos por años. Luego, de repente, una estampida: un obstáculo, un grano de arena, y caemos en el abatimiento, el derrotismo. Nuestras hermosas claridades ya no son más que un lejano reflejo, del cual comenzamos a dudar. Alcanza un hecho, una palabra, una fatiga repentina sobre algo en que estamos, tal vez, demasiado apoyados, para que nuestra paz se vuele. ¡Y poco a poco todo nuestro espacio interior queda acaparado por aquello que, a menudo en los comienzos, no era más que un detalle insignificante!
Etty ha experimentado el perjuicio de esto. Ha medido cuán dañina es la inquietud para la vida espiritual. Advierte que pone en peligro la morada. ¡Peligro para la morada de Dios, que es el corazón de cada hombre! Por eso hace esta recomendación:
Debemos abstenernos de dejarnos contaminar por las mil pequeñas angustias que son tantas mociones de desconfianza hacia Dios (227).
¡Más fácil decirlo que hacerlo!
En la práctica, a Etty no le faltan motivos de preocupación: tickets de racionamiento, molestias de salud, trajines administrativos. Con un poco de entrenamiento, aprende a no dejarse invadir. Pero más allá de las preocupaciones que tocan “a su persona”, hay inquietudes más temibles que la tocan “en persona”: angustias insidiosas que anidan en los huecos de sus afectos más queridos. La inquietud que nos inspiran nuestros prójimos te corroe
más que nada, reconoce Etty.
El estado crítico de salud de Spier forma parte de esas angustias que someten a Etty a una dura batalla interior. Dios mío,
de todos modos, no me dejarás partir mientras esté aún enfermo (NG
539). De hecho, aquel cuya fuerza a toda prueba impresionó a Etty hasta darle envidia, se encuentra muy disminuido. Etty ya lo acompañó a una consulta al pneumonólogo, el 31 de diciembre de 1941. Pero nada dejaba prever un debilitamiento tan rápido. Sin embargo, con todo lo legítimas que sean las razones de Etty para preocuparse, escribirá: debemos desprendernos aún de la inquietud
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Pero se puede saber que, la voluntad más firme no alcanza para obtener de sí tal desprendimiento, tal entrega del otro en la confianza. Un año después de la muerte de Spier, Etty se acordará con emoción de esta gran lección que él no sólo le había enseñado sino que de un modo totalmente particular, le había ayudado a poner en práctica: no te inquietes por el mañana…a cada día le
alcanza su pena. ¡A veces, las circunstancias, acogidas día a día,
obran en nosotros un sosiego, del cual no nos habríamos creído capaces!
Cada mañana al saltar de la cama o a la noche al acostarnos, y por qué no a cualquier hora del día, Etty me invita a depositar las grandes angustias y las pequeñas preocupaciones a los pies de Dios. Lo peor no siempre es seguro… Así todo podrá, según su ritmo propio, recuperar la armonía…de la confianza.
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