Querría gozar de buena salud. Me preocupo demasiado por mi salud, y eso no es bueno. Debería ser conquistada por esa impasibilidad que impregnaba esta mañana tu aurora grisácea .Debería superar en mi jornada, finalmente, la preocupación de mi cuerpo. Mi último recurso siempre ha sido saltar de la cama y arrodillarme en un rincón protegido de la pieza. No pretendo obligarte, Dios mío, a curarme en dos días. Sé que todo debe ocurrir orgánicamente, según un proceso lento. Son casi las siete. Voy a hacer mi higiene, me lavaré con agua fría de la cabeza a los pies, después me volveré a acostar, y no me agitaré más, para nada, no escribiré más en mi cuaderno, me esforzaré por mantenerme extendida y por no ser más que oración. A menudo ha ocurrido ya que estaba segura de no poder volver a ponerme en pie por semanas—o al cabo de algunos días se había acabado. Pero, por el momento, no vivo como se debe, busco torcer el destino. Sin embargo, si tuviese la menor posibilidad de hacerlo, me gustaría mucho partir el miércoles. Sé que en mi estado, no sería de gran ayuda para la colectividad, querría mejor recuperar un poco la salud. Pero no es necesario “querer” las cosas, hay que dejar que se realicen en mí, y precisamente es lo que me olvido de hacer en este momento. Que se haga tu voluntad y no la mía (236).
Cuando Etty escribe estas palabras, ya ha conocidos dos cortos episodios de trabajo en el campo de tránsito de Westerbork. No cesa de volver sobre esa escena desnuda y abierta a los cuatro
vientos para hacerse presente en medio de las barracas pobladas de gente acosada y perseguida. Pero su estado de salud le impone
volver a Amsterdam.
Inquieta por el estado en que está, Etty se exhorta y hace la promesa de que su jornada supere la preocupación de su cuerpo.
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Más que un voto piadoso, este deseo es ya la substancia de una verdadera oración.
Toda su vida conserva la preocupación por arreglárselas con un cuerpo que se las trae. Su diario está adornado con notas que lo confirman. Regularmente su organismo se lo recuerda por medio de diversos síntomas: malestares del estómago, fatigas, náuseas, vértigos, dolores de cabeza hasta romper el cráneo, eczemas, frío, indigestión, vesícula caprichosa. Para estar mejor Etty no duda en recurrir a lo que llama ayudas artificiales. Su diario evoca en este sentido una abundante farmacopea. Con el tiempo, llegará a decir que a veces es necesario evitar el recurso tan ligero los medicamentos. Además, el alivio de los medicamentos no nos dispensa de encontrar cómo atravesar los malos momentos…
Especialmente todo su “ser mujer”, por los ciclos a los que la somete, está unido a su aventura interior. Así, Etty lleva un informe
acerca de ciertos estados de ánimo y la menstruación. Hay un cierto misterio en esa interacción del cuerpo y el alma, reconoce (76). (…) Deberé notar primero, con toda franqueza: eran las vísperas de mis reglas y esos días no soy más que responsable a medias […] Todo en mí está revolucionado y en movimiento. Impaciencia, dispersión, intrepidez por momentos, son las señales de este fenómeno femenino que se repite en mí, desgraciadamente, cada tres semanas (131).
Honra a Etty y es bastante raro como para que lo subrayemos, el que un itinerario espiritual reconozca lo que vive el cuerpo hasta en su íntima realidad sexuada.
Etty observa que cuando el cuerpo está mal, todo el ser es absorbido por sus turbulencias. Toda la energía de la que disponemos se requiere para superar la sensación de molestia o de dolor. ¡Querríamos tanto no tener que depender de estas fluctuaciones de la salud, no ver nuestras fuerzas tragadas hasta tal punto, que nuestros humores se encuentren afectados o nuestra moral socavada!.. Etty ha conocido muy bien esta prueba.
Nosotros, que en defensa de nuestra cuerpo, algunas veces luchamos con las mismas dificultades, ¿Qué tenemos que aprender
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del modo en que ella las enfrenta? Que la vida interior no se juega ni fuera ni al costado de la vida “orgánica”. Etty experimenta aún cada vez más finamente, los reflejos de uno sobre otro, hasta poder relativizar ciertos problemas diciendo: no es tu cuerpo, es tu
pequeña alma maltratada la que hace de las suyas. Efectivamente, el
cuerpo no es un receptáculo. Traduce, advierte, recuerda. El cuerpo no miente. Tiene—arriesgando esta fórmula—“un buen sentido espiritual” independiente de nuestra cabeza. De esa manera, es un maestro tan eficaz cuanto se lo reconozcamos. Etty no dejará en el misterio las señales que le dirige el suyo, las decodificará tanto como se pueda.
Y si con el paso del tiempo su salud permanece inestable, por otro lado progresa su capacidad de evocarlo sin detenerse demasiado. Poco a poco aprendió a no otorgarle un valor tan absoluto a los malos momentos que atraviese, admitiendo que “hay días positivos” y “días negativos” y que para vivir estos últimos, no hay receta milagrosa. De hecho, los consuelos de la razón tienen poca fuerza cuando el cuerpo está roto por la fatiga, enfermo o limitado. Asumir el propio mal con paciencia… y apoyarse en el fundamento de la confianza por haber podido emerger muchas veces ya de ese tipo de detenciones: ¡por momentos, es lo mejor que se puede hacer!
Me prometí no hablar más de mi salud, es un desperdicio,
escribe Etty en julio de 1942. Le estamos agradecidos por no haber podido cumplir esta promesa, y porque por medio de sus palabras hizo vivir bajo nuestra mirada ese desafío permanente de “arreglárselas consigo misma”. Por habernos concedido reconocer que nuestro cuerpo, aún doloroso, sigue siendo camino hacia Dios, camino de Dios…
Octubre de 1942: postrada en cama en el número 6 de la Gabriel Metsustraat y prisionera de una caparazón de debilidad, a Etty le cuesta aceptar que su estado le impide recuperar la colmena angustiada de Westerbork. Está tentada por hacer violencia al Cielo: ¡que le obtenga una sensible mejoría de su salud! Allí verá el signo
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de una luz verde para su partida. Sin embargo, ¡Etty sabe que no se trata con Dios como con un vendedor de alfombras! Si pretendió negociar con él, fue sólo para ayudar a aplazar y a soportar esa espera que le parece interminable. En verdad, lo real no obedece a sus deseos y—lo que es más—la deja a merced de un horizonte estrecho en el cual todo proyecto parece excluido.
La impotencia que Etty experimenta, la obliga a tomar una actitud: o bien forzar el destino, es decir, no tener en cuenta su fragilidad por la decisión de una partida prematura para Westerbork, o bien consentir a lo que ocurre, es decir, aceptar el presente tal cual se ofrece. Pero ¿elegir permanecer en Amsterdam forzada a decidirse así por un debilitamiento completo, es aún hacer una elección? Aceptar lo que evidentemente no puede modificar no es una claudicación. Tal vez incluso sea el único medio para transformar la necesidad en acto de libertad. Y Etty lo realiza precisamente permaneciendo en Amsterdam, constreñida y paradojalmente apaciguada.
Querría, desearía, podría: cuántos deseos frustrados contra
la muralla de una realización diferida, o hasta improbable, se convierten así en un “dejarse” acentuado. La realidad nos va puliendo, pero ahonda también lo infinito de nuestro deseo. Y aún el cuerpo, cuando se acuerda de nosotros. Etty deja suavizar en ella esa voluntad de imprimir al tiempo el ritmo de sus intenciones.
Todo debe desarrollarse orgánicamente… Se deja incorporar a este lento proceso. Paciente crecimiento del ser que la conduce a las
puertas de un consentimiento, cuyo verdadero alcance se le escapa y la excede: Que se haga tu voluntad y no la mía.
* * *
Este día, ¿qué trata de decirme mi cuerpo—que aún no haya escuchado?
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