Voy a ayudarte, Dios mío, a que no te apagues en mí, aunque no puedo asegurar nada de antemano... Una cosa, sin embargo, me aparece cada vez más claramente: no eres Tú quien puede ayudarnos, sino nosotros quienes podemos ayudarte a Ti – y haciendo esto, nos ayudamos a nosotros mismos. Es todo lo que se puede salvar en esta época y es también lo único que cuenta: Un poco de Ti en nosotros, Dios mío. Puede ser que nosotros podamos también contribuir a hacerte nacer en los corazones martirizados de los otros. Sí, Dios mío, pareces bastante poco capaz de modificar una situación que, a fin de cuenta, es indisociable de esta vida. Pero no te pido cuentas de ello. Eres Tú, al contrario, el que nos llamará un día a rendir cuentas. Me parece cada vez más claro, a cada latido de mi corazón, que Tú no puedes ayudarnos, sino que somos nosotros quienes debemos ayudarte y defender hasta el final la morada que te cobija en nosotros. Hay personas que -¿se puede creer?- en el último momento tratan de poner a salvo la aspiradora, los tenedores y las cucharas de plata, en lugar de protegerte a Ti, Dios mío. Y hay quienes intentan proteger su propio cuerpo que, sin embargo, no es más que el receptáculo de mil angustias y de mil odios. Dicen: “¡No caeré bajo sus garras!”, olvidando que mientras estemos en tus brazos no estaremos en las garras de nadie. Esta conversación contigo, Dios mío, comienza a devolverme un poco la calma. Por eso habremos de tener otras muchas en el futuro, y de ese modo impediré que me esquives. Sin duda, conocerás también momentos de escasez en mí, Dios mío, en que mi confianza no te alimentará con tanta abundancia. Pero, créeme, yo seguiré trabajando para Ti, te seguiré siendo fiel y no te echaré de mi recinto. (175-176)
A fines de junio de 1942, el gobierno polaco exiliado en Londres hace saber por la radio británica que 700.00 judíos fueron
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asesinados en Polonia y en los territorios ocupados: Etty anota esta información en sus cuadernos el 29 de junio. La deportación de los judíos de Holanda y de Europa hacia Polonia está programada, la duda ya no es más posible. El 3 de julio, cuatro días más tarde, Etty comprende esta información en su totalidad: Está en juego nuestra
pérdida y nuestro exterminio, allí no hay que hacerse ninguna ilusión. “Ellos” quieren nuestro total exterminio… (143)
Toda una cantidad de medidas anti-judías han encerrado ya como en unas tenazas sus idas y venidas. Desde el 29 de abril de 1942 deben llevar una estrella amarilla. Desde mayo-junio de 1942 Etty se ve coaccionada a vivir bajo toque de queda, a no hablar más por teléfono y a comprar frutas y verduras sólo en los comercios “reservados a los judíos”. Luego vendrán las redadas que llevarán a miles de judíos de Amsterdam al campo de transición en Westerbork. El 11 de julio de 1942, recoge de entre los rumores divulgados, que en Alemania los judíos son sepultados vivos o
exterminados con gases asfixiantes.
“¿Dónde está tu Dios?” (Sal 42,11) se preguntan para entonces los contemporáneos frente al silencio y la ausencia de Dios. Es, en efecto, la pregunta lacerante que la tragedia de la Shoah le hace a nuestra fe como a nuestra cultura y que se impone con una agudeza siempre nueva en cada tragedia.
Etty se hace esta pregunta y nos la hace y la aborda con inteligencia y nitidez. Ella comienza por desbaratar el recurso a todo simplismo acusador: No es Dios quien debe rendirnos cuenta de
las locuras que cometemos. ¡Somos nosotros quienes debemos dar cuenta! (139) En efecto, si la vida se ha vuelto lo que es, no es por obra de Dios sino nuestra. (166) ¡El horror no acusa a Dios, sino que
cuestiona al hombre! Se le revela con una evidencia cada vez
mayor… que el infierno es un invento de los hombres. (241)
Pero Etty no se queda aquí a pesar de que sus cuestionamientos la llevan a franquear un paso más en su descubrimiento de Dios. Desde el “Dios de su interioridad más profunda encontrado entre los escombros de su pozo” la vemos de
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repente con un “Dios incapaz de modificar el curso de esos tiempos de espanto”. Este Dios en presencia del cual permanece, se revela más impotente que ausente de la tragedia de su pueblo.
Si el hombre renuncia a los dioses que no cesa de crearse: un dios necesario, un dios como coartada de sus miedos o de sus cobardías, ¿qué queda? Es lo que Etty trata de entrever: un fuego misterioso amenazado de extinguirse si el hombre cesa de alimentarlo por su confianza. Yo voy a ayudarte, Dios mío, a que no
te apagues en mí. Danza frágil de una llama, vacilante y obstinada,
signo en el corazón de Etty de una grandeza que la sobrepasa. Así ella llega a una percepción completamente nueva de la relación con Dios: no más un Dios al que recurrimos para mendigar ayuda sino un Dios al que nosotros podemos ayudar: Somos nosotros quienes
debemos ayudarte, Dios mío, y quienes debemos defender hasta el fin la presencia que te cobija en nosotros... Este hallazgo enorme se
convierte en un leitmotiv en sus cuadernos: Y si Dios cesa de
ayudarme, seré yo quien ayude a Dios…
Cinco días antes de que se ponga en marcha hacia Auschwitz el convoy fatal, Etty le confía a una amiga:
Nos hemos vuelto seres marcados por el sufrimiento, por la vida. Y a pesar de esta vida, en su profundidad inasible, es sorprendentemente buena, María, yo vuelvo siempre aquí. Por poco que hagamos en esto, a pesar de todo, que en nosotros Dios esté en buenas manos. (343)
“¡Por poco que!” Y sí, es por este poco que Etty vela con un cuidado celoso. Por la noche, cuando se recuesta, estirada sobre su cama, le sucede que los ojos se le llenan de lágrimas de gratitud, desbordes que rompen los diques, repletos de una emoción que le inunda el rostro. Es mi oración, ella dirá muy simplemente.
Su plegaria: punto sagrado en donde se reencuentran y se intercambian, entre Dios y Etty, dos vulnerabilidades ofrecidas. Ya que Dios es también vulnerable, él sufre esta oleada de violencia que subleva a los hombres los unos contra los otros. Su amor renuncia al poder que impondría su ley y se expone al riesgo de ser
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rechazado y de sufrir. No es ese sufrimiento, al cual estamos frecuentemente familiarizados, de probar nuestra impotencia de amar, sino el sufrimiento inherente a la naturaleza misma del Amor, que ofrece su libertad al otro sin cesar.
Puede suceder que de una manera y en un momento inesperado, seamos asociados a este sufrimiento. Etty lo estuvo. Aquel a quien Etty ha ofrecido albergar en ella en buenas manos, se vuelve entonces Aquel cuyos brazos la sostienen: no estamos jamás
bajo los garras de nadie sino que estamos en tus brazos. Estos brazos,
nosotros lo sabemos, no serán capaces de preservar a Etty de la muerte física, sino de esa muerte que Etty sabe más temible todavía: la de Dios en el corazón del hombre. En efecto es la única cosa que interesa salvar: un poco de Ti en nosotros, Dios mío.
¡Qué novedad pasar del Dios que todo lo puede y a quien nosotros pedimos todo, al Dios que se encuentra indefenso, vulnerable; del Dios al que le suplicamos al Dios que nos suplica! De hecho, Etty escucha y responde a la plegaria de Dios. Ella no cesará de salir al encuentro de angustias nocturnas y soledades, y de acercarse a todo ser humano para contribuir a dar a luz a Dios dentro de sus corazones martirizados. Esta compasión, Etty la vivirá no como una empresa voluntarista, ni como un simple proyecto filantrópico o una militancia sino como una sobreabundancia, la reciprocidad de un amor:
Ninguna ilusión heroica… Renuncio, incluso, a pretender ayudar a los otros. Ayudar a Dios tanto como sea posible y, si lo logro, entonces allí estaré también para los demás.
En absoluto Etty nos comparte un secreto banal: ayudar a Dios, en cuanto sea posible, para que no se apague en ella, Allí donde el pensamiento ateo encuentra argumentos para desestimar a Dios “inútil” – en efecto, ¿cómo encontrar una diferencia entre la noción de una trascendencia impotente y la constatación de su
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inexistencia? – Etty, por el contrario, encuentra allí una fuerza inédita.
* * *
En la entrada de una ciudad de Francia, hay un viejo Cristo mutilado en el cruce de dos rutas. No tiene brazos y sus dos piernas están rotas. Tiene una inscripción que comienza a borrarse, en la cual se lee: “Dios ya no tiene más brazos… No tiene otros brazos más que los tuyos.”
¿Y si el Dios al que rezo, en realidad, fuese el Dios que me suplica que lo ayude a no apagarse en mí y alrededor de mí?
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