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D ARTE A LUZ EN EL CORAZÓN DE LOS OTROS

In document Rezar 15 Días Con Etty Hillesum (página 69-75)

¡Qué grande es la angustia interior de tus creaturas terrestres, Dios mío! Te agradezco el haberme acercado tanta gente con toda su miseria. Mientras me hablan tranquilamente, sin darse cuenta, de repente se manifiesta toda su angustia con plena desnudez. Y he aquí delante de mí un pequeño despojo humano, desesperado y sin saber cómo continuar viviendo. Allí comienzan mis dificultades. No alcanza con predicarte, Dios mío, para darte a luz en el corazón de los otros. Hay que despejar en el otro el camino que conduce hacia Ti, Dios mío, y para hacerlo, es necesario ser un gran conocedor del alma humana. (...)

Y te agradezco el haberme dado el don de leer en el corazón de los otros. Las personas son, a veces, para mí, casas con las puertas abiertas. Entro, paseo por los corredores, las piezas: en cada casa, el arreglo es algo diferente, sin embargo, todas se parecen y se debería poder hacer de cada una de ellas un santuario para Ti, Dios mío. Y te lo prometo, te lo prometo, Dios mío, te buscaré un aposento y un techo en el mayor número posible de casas. Es una imagen alegre: me pongo en camino para buscarte un techo. Hay tantas casas deshabitadas donde te haré entrar como invitado de honor.

Etty exclama: ¡Qué grande es la angustia interior de tus

creaturas! Tantos rostros, en efecto, se perciben huraños, lívidos.

Parecen casas deshabitadas: detrás de sus fachadas, un gran vacío donde hace falta dolorosamente una presencia. ¿Podrá ser la presencia de ellos mismos, de los otros, de Dios?... El secreto deseo de Etty es hacer de cada una de estas “casas” un santuario donde Dios sea invitado como huésped de honor, tal. Más allá de la belleza de la imagen, ¿de dónde le viene esta aspiración y cómo hizo para llevarla a cabo?

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La partida de un convoy se anuncia en el campo de tránsito de Westerbork. El tren saldrá a las 11. Un extremo de ese “boulevar de deportados”, la arteria principal del campo que conduce a la vía férrea, se empieza a llenar de gente y bolsos. Etty anda errante, entre gritos y llantos, para dar un último gesto o una palabra reconfortante, en medio de la luz fantasmagórica de las barracas. De repente reconoce a una de sus colegas cuyo rostro pecoso ha adquirido un gris ceniciento, de rodillas, a la cabecera de su madre moribunda, la cual ha tomado un veneno. En ese momento de confusión demasiado grande para soportarlo sola, Etty está allí.

Pero no sólo las víctimas atraen sus miradas, sino también los verdugos, los que organizan y los que ejecutan. Detrás de la ventana de una barraca observa, uno tras otro, los rostros de soldados de uniforme verde de la escolta armada, ¡Dios mío, esos

rostros! Nunca nada me ha espantado tanto como esos rostros. Y

sentir en ella como esas miradas frías, inconscientes o inhumanas, se chocan con violencia con esa palabra-clave, el hilo conductor de su vida: “Y Dios creó al hombre a su imagen”. Sí, esta palabra conoció

en mí un comienzo difícil, confiesa. La desfiguración de la Imagen es

lo que pone en camino a Etty en medio de ese infierno, más allá de la confusión total y la absoluta miseria de la que es testigo. Su corazón es tocado por esto. Se esboza en filigrana lo que se transformará en su misión, una misión de alumbramiento: dar a luz a Dios, prepararle una morada en todos los corazones destrozados y

degradados.

Porque Etty descubre en ella un don: acompañar con profundidad a todo el que viene. Puedo leer el corazón abierto de

todas las personas angustiadas que encuentre en mi camino,

subraya. Esencialmente, el corazón de los otros se le vuelve familiar en el mismo nivel en que se encuentra y donde habita su propia vida. El regalo que presiente está de ese modo vinculado con todo ese trabajo que se obra en ella desde hace meses.

Pero a fin de afinar ese don y de alcanzar más precisamente los corazones sufrientes que la rodean, Etty experimenta la

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necesidad de formarse previamente, desde que se le aclara el horizonte, en lo que hoy se llamaría la escucha pastoral y la psicología:

No se conoce la vida de alguien si sólo se saben acontecimientos externos. Para comprender la vida de alguien, es necesario tener en cuente sus sueños, las relaciones con sus padres, sus estados de ánimo, sus desilusiones, su enfermedad y su muerte.

Frente a los rugidos de un miserable de la Gestapo con aspecto atormentado ella arde de deseos por preguntarle: ¿tuviste

una infancia muy infeliz o tu novia se fue con otro? ¡Sin tardar, habría

con gusto desplegado un tratamiento psicológico respecto a él! Así, a raíz de otra figura con la que se cruzó en el campo: querría tocar

este hombre en sus angustias, buscando su origen y entablando con él una suerte de batida, volviéndolo hacia sus propios dominios interiores.

Esta es, en una primera aproximación, lo esencial de la reflexión de Etty en este texto. Pero hay aún más en esas líneas. Prestemos atención al vocabulario empleado por Etty: casa abierta,

corredor, pieza, techo, santuario, arreglo. Por otra parte, en cinco

ocasiones en pocas líneas, se escucha esta denominación: Dios mío... Conviene subrayar aquí no solamente el movimiento espontáneo de un corazón sensible. La participación de Etty en los dolores y miserias de sus contemporáneos está mucho más profundamente enraizada.

Muy pronto en sus Cuadernos, aparece el descubrimiento de un tesoro que lleva con ella, cuando los demás se preocupan por salvaguardar valores materiales. Llevar a Dios, intacto y preservado,

por todos lados dentro de sí en medio del sufrimiento y el tráfago de

ese tiempo, ser para él una morada hospitalaria: es lo que cuenta para Etty – y no vivir un idilio con Él en la atmósfera preservada de

un escritorio...-- o en el ambiente resguardado de un retiro

espiritual.

Con el impulso de esta primera preocupación se pone en búsqueda de una morada para Dios en el corazón de aquellos a los

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que su presencia parece ocultarse baja una niebla espesa de miseria e inhumanidad. Es una misión grande y delicada. Para llevarla a cabo, Etty evita las ideas preconcebidas, sobre todo las durezas de los prejuicios, que espontáneamente proyectamos sobre las personas que pasan.

Ella se propone algunas reglas de oro: no encasillar a las personas con las que se encuentre en lo que con anterioridad haya supuesto que serían, mirar más lejos y más profundo para ver lo que pudiera venir de bueno desde allí. Así se dispone a acoger mejor a los que se encuentre, de modo que pueda abrirse para Dios un camino dentro de su corazón; mientras que en su corazón, hay una fuente de solicitud descubierta desde hace tiempo que continúa brotando: un torrente de energía para escuchar más adentro y más allá de sí misma. Para albergar también todo ese dolor que, incansablemente, viene a romper a sus orillas.

Despejar el camino que conduce a Dios en los corazones desamparados no está siempre destinado al éxito. El que se aventura a eso, lleva por delante decepciones y también la tentación de dejar caer los brazos. Etty, habiéndolos conocido, sin embargo no ha dejado de acompañar a las personas que encuentra en su camino, siempre en busca de una habitación de Huésped para su Dios.

Pero se entreabre en ella un último descubrimiento: en la carta que desliza por una hendija del vagón del tren que se dirige hacia Auschwitz, garabatea esas palabras espigadas con apuro en la pequeña biblia escurrida en su bolso: El Señor es mi morada alta. Dios se descubre a ella como se manifestaba al rey David, que deseaba construirle un templo en Jerusalén (2 Sm 7, 11) y en un murmullo le susurra al corazón: “quieres abrirme una casa en el corazón de los hombres. Déjame decirte: soy Yo mismo el que se ocupa de construir una casa para ti... Yo soy tu fortaleza, tu refugio, tu puerto de salvación, tu lugar de anclaje, más aún, ese espacio de intimidad y de intercambio que tanto y tanto deseas...”

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¡Qué largo itinerario desde aquella que se encarga de cobijar a Dios a aquella que se descubre cobijada en Él!

Te buscaré un amparo en el mayor número posible de casas.

Lo que puede aparecer como una “resolución” en Etty se transforma en una oración, perdiendo así todo rasgo de voluntarismo. Te lo

prometo...No son las palabras de un comerciante, sino la promesa de

una mujer que lentamente se ha despertado a su misterio: Dios en ella busca a Dios en el otro.

En el día que comienza, me cruzaré con muchos rostros. ¡Qué camino a recorrer desde el contacto al encuentro!

¿Cómo disponer hoy mi corazón para franquear esos espacios hacia el deseado encuentro?

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EL AMOR DE LA ESCRITURA

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