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CAE LA DICTADURA

In document cisneros sant roz (página 139-142)

La moral prohíbe derramar sangre desde la inquisición.

Ramón J. Sender En el drama era el de siempre. La guerra fría estaba adquiriendo proporciones dramáticas en Oriente y ya para la seguridad energética y geopolítica del continente americano, Pérez Jiménez estaba out. Había dado lo necesario, y «antes que tarde», para que no se generara una guerra civil donde los comunistas provocaran una hoguera continental, se hacía necesario pasar a una «democracia pluralista» con una doctrina diferente. Una doctrina que había elaborada por el Departa- mento de Estado a finales de los cuarenta. Don Diego debía estar en el quid del asunto desde hacía mucho tiempo, y sus relaciones con los negocios en EE UU lo mantenían al día en cuanto a las decisiones geopolíticas del imperio. Para 1957 varios oficiales de nuestras Fuerzas Armadas fueron reclutados para entrar en una nueva fase «confrontacional» (jerga de la CIA), y se movieran piezas desde Washington, en nuevo enroque, con los agentes Betancourt, Caldera y Jóvito a la cabeza para conformar un «bloque democrático» que defendiera los intereses de EE UU y por ende el de los rpopios potentados criollos.

El 24 de diciembre de 1957, las hallacas no tuvieron el sabor de siempre, como tampoco la música de la Billo´s Caracas Boys, ni brillaron como en otros tiempos las luces de los fuegos de artificio. Ya para el 26 de diciembre, estaba conformada una nueva Junta de Gobierno, que en parte había recibido el visto bueno de Washington, y la constituían solamente empresarios y militares. Las negociaciones fueron muy largas, y cuando Tarugo comenzó a dar tumbos, una delegación de empresarios partió rumbo a Washington para reunirse con Betancourt y Caldera. En esa delegación estaba Eugenio Mendoza. Washington exigió a la recién creada y confusa junta de gobierno de Caracas que admitieran en su conformación a los empresarios Eugenio Mendoza y a Blas Lamberti.

Estando Tarugo fuera del juego, y habiéndose revuelto muy feamente las aguas de la izquierda en el país, se pulsó la fuerza del populacho con la presencia de Richard Nixon en Venezuela. Con Nixon se movilizaron algunos acorazados en el Caribe, y también varios francotiradores de la CIA, quienes estaban dispuestos a provocar una masacre, cuando Nixon estuviera entrando en el Panteón Nacional. De este hecho, a la intervención armada de los marines mediaba un paso. A Nixon sólo le dieron un buen baño de escupitajos, pero eso no fue suficiente. Wolfang Larrazabal totalmente asustado, iba de un lugar a otro, hablando con el embajador americano, pidiendo auxilios a los comunistas y a Jóvito, y sobre todo, tratando de controlar con la televisión un posible caos social, una guerra civil.

De aquella experiencia, el Departamento de Estado le advirtió severamente a Larrazabal y a muchos dirigentes del país, que si permitían que los comunistas abusaran de los principios democráticos, EE UU no vacilaría un segundo en mandar a sus marines «para restaurar el orden y la libertad». La lección parece que fue muy bien entendida, y Betancourt quedó encargado de llevar las riendas de las decisiones previamente dispuestas en Washington. Se le dieron amplias garantías al doctor Rafael Caldera, para que con sus luces ayudara a Rómulo con sus leguleyismos y fariseísmos. Igualmente se incluyó en el denominado Pacto de Fijo a Jóvito Villalba, el más díscolo de los tres, por sus veleidismos filocomunistas. En realidad, Jóvito recelaba de los comunistas tanto como Betancourt, pero como experto jugador estaba decidido a apostar al que le diera mejores dividendos. No tenía atributos morales para encabezar un proceso revolucionario y en el tablero electoral lanzó la paradita a favor de Larrazabal. Don Diego no vaciló. Se cuadró prudentemente con la candidatura de Rómulo. No podía inspirarle ninguna confianza, un hombre como Larrazabal, apoyado por el Partido Comunista.

La CIA estaba pasando por conflictos internos en el área nuestra: la lacra de los dictadores con sus agentes represivos también le ocasionaban pérdidas a los intereses gringos. De

simples socios habían pasado a convertirse en monstruosos animales de presa para mantenerse en el poder, que ya ni cuentas le querían entregar al propio Pentágono.

Fue entonces cuando a Kennedy se le ocurrió instaurar un nuevo modelo democrático para el continente, mediante la llamada Doctrina-Betancourt: un formalismo neo-colonial menos salvaje, más barato y práctico. Con Betancourt podía ensayarse una especie de descentralización de las acciones del Pentágono para Latinoamérica. Se trataba de un diseño pro- norteamericano que se trabajaría exclusivamente con nativos, y que poco a poco podía ir erradicando las voraces dictaduras que estaban ocasionando grandes traumas y conflictos al propio sistema capitalista. Un modelo que contendría de una manera más eficaz los movimientos comunistas y posiblemente las «temibles dictaduras nacionalistas».

¿Cómo puede explicarse, sin el favor de la dictadura y del imperio americano, el que para 1959, aparezca Diego Cisneros entre los empresarios más destacados de Venezuela, con un capital por encima de los 40 millones de bolívares? Es dueño de las siguientes empresas: Embotelladoras Caracas, Antímano, Carabobo, Lara, Barinas; de Gaseosas Orientales. Distribuidor de HIT S.A, de VENDOMATIC S.A.; de Helados Tío Rico S.A., Diego Cisneros y Cia. S. A., Venezolana de Seguros e Inversiones Generales; accionista de «Grandes Molinos Nacionales» GRAMOVEN; además de ser destacado miembro de la Cámara de Comercio de Caracas. Sin embargo, en cuanto cae la dictadura, aparece como gran demócrata y enteramente entregado a la política que impone Rómulo Betancourt, y será cuando declare: «Si bien no he intervenido en política de manera activa siempre me he identificado con los valores de la democracia y los líderes de la democracia venezolana siempre han sabido que tienen en mí un amigo y un aliado98».

Para que se tenga un idea del crecimiento abismal de la Organización Cisneros en pocos años, y sobre todo en la época de la dictadura de Pérez Jiménez, mostramos los capitales de algunas de las empresas emblemáticas del país y sus capitales: Cemento La Vega, 48 millones Bs.; US Rubber Internacional

de Venezuela, 3.700.000 Bs.; Industrial de Cartonaje, 300.000 Bs.; Banco Hipotecario de Crédito Urbano, Suscrito: 4.000.000 Bs., Pagado: 20.000.000 Bs.; Siemens de Venezuela, 40.000.000 Bs.; Bolívar Films, 100.000 Bs.; Tiuna Films, 150.000 Bs.; Industrias Pampero, 1.200.000 Bs.; Fábrica Nacional de Vidrio, 16.000.000 Bs.; Manufacturas de Papel C.A, MANPA, 3.500.000 Bs.

EL MODELO ADECO Y LA GRAN VENEZUELA

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