Con un ángel protector, Diego se va metiendo en estas ondas y dejándose llevar por ellas; va dando pasos firmes con carácter y más carácter, con dureza y con inflexibilidad. Siempre Diego está pensando en el futuro, y todo lo hace en función del mañana.
En aquella época, se podían adquirir revistas sobre productos que se vendían en los grandes almacenes de Nueva York, y él iba tomando una idea de lo que inevitablemente nuestros pueblos, para «progresar», tenían que adquirir. Este contacto con revistas y libros llegados del Norte le fue dando una cierta formación en los temas de economía. Claro, de una manera muy rudimentaria, pero que él sabía complementar muy bien con su olfato para los negocios. Puede decirse que Diego, como los buenos deportistas, primero se entrenó muy bien, observando, tomando excelentes lecciones de las experiencias y errores de los demás. Calculando y midiendo los peligros que suelen acechar a los impacientes y a los novatos. Diego, arriesga, avanza y retrocede. A medida que avanza se va dando cuenta de que sólo con una gran inyección de capital puede dar el salto hacia lo cielos. ¿Cómo y dónde encontrar ese primer capital para el gran salto? Va conociendo a travel fellows que mueren en el intento, y descubre que de cada una de estas muertes hay un extraño florecimiento que impregna a sus empresas de «distinción», «calidad» y «clase aparte». Don Diego viene envenenado por lo snob, por pruritos de alcurnia, de raza y abolengo. Como veremos, cuando anuncie sus productos, es un racista nato.
Se desata una extraña fuerza que no sabe si es él quien la genera o si son los choques de la competencia quienes las
autoinducen, por vía del vórtice del mismo capital. Él supo generar el vórtice y luego aprendió cómo dejarse llevar por él. A los cuarenta años, don Diego sabrá volar perfectamente solo. La gente con poder político y económico se someterá a sus mandatos y consejos. No había perdido su contacto con una Cuba que era el centro de una descomunal lucha entre mafias por hacerse de los casinos, de los hoteles y de la banca. Los incipientes monopolios gringos, unidos a las mafias, con sede en EE UU, tenían el control de los más rentables negocios en La Habana. Don Diego comenzó a entender que nadie posee un inmenso capital impunemente, y sobre todo en un terreno que lo traía de cabezas, el del ENTRETENIMIENTO. Y ya lo sabía: «Nadie se mete en el negocio del entretenimiento sin perder de algún modo todos sus escrúpulos».
Cuando un magnate pierde cualquier escrúpulo, tiene que ampararse tras un rostro bonachón, siempre sonriente, dulce, sereno, que corresponda con una imagen de buen esposo, de buen padre de familia.
Para 1926 ya había un gran entretenimiento en la capital: la radio. Llama sobre manera la atención que la primera radio que se va a fundar en el país sea de un gringo, y pertenezca a Estación AYRE Broadscasting Central de Caracas (construida por la firma Western, con un alcance de 2.000 millas, movida por dos motores eléctricos con una fuerza de 12 caballos. La altura de su antena es de 65 metros). La locución y la animación de esta radio quedaron a cargo del Señor Alfredo Moller.
Don Diego había llegado a Caracas en septiembre de 1928, cuando Raúl Leoni era presidente del Centro de estudiantes universitarios, y cuando éste había escenificado una gran carnavalada. A oídos de don Diego debió llegar la versión de una «feroz amenaza que se cernía sobre este aventajado estudiante universitario», pero este muchacho era muy listo sobre todo para correr y para no asumir sus responsabilidades. Al joven lo buscaba la Benemérita para pedirle explicaciones sobre unas jaranas que se formaron en el Centro, pero entonces sacó a relucir que él no era venezolano sino francés, y por eso había ido a la delegación francesa a pedir protección como ciudadano galo. La cosa fue muy
chistosa. Pero bueno, quién iba a estar pensando que este otro apátrida, tan chiquito, iba a ser presidente de la República. Don Diego tampoco podía imaginárselo.
En realidad el país estaba tranquilo, y don Diego, con dieciséis años comenzó a trabajar en el «Royal Bank of Canada», devengando un sueldo de 155 bolívares mensuales (el banco que luego se convertirá, en una super-lavadora de dólares). Para esta época, un Secretario General de gobierno, por ejemplo, devengaba un sueldo de 200 bolívares mensuales. Por su parte, Antonio Cisneros se empleó en la compañía Shell, una de las más grandes concesionarias del negocio petrolero. No fue ninguna casualidad el que ambos hermanos se hubiesen podido conectar tan bien en estas dos grandes empresas extranjeras.
En Venezuela, para 1929, ya los gringos de las petroleras tomaban Coca Cola, porque este producto para esa época se exportaba a 30 países del mundo. Pero no estaba en el mercado, y debió ser en 1937 cuando se comercializó entre nosotros. La manera como se estaba imponiendo este «entretenimiento» a fuerza de propagandas y técnicas de mercadeo fascistas, debió llamar la atención de los hermanos Cisneros, y se plantearon el modo de entrar en la competencia con un producto similar. No tenían en absoluto, ni le veían futuro, crear una Kola venezolana. Ellos entendieron que no se podía competir con las hazañas del mercado gringo, y que debían convertirse en un brazo de sus negocios. Era la única manera de sobrevivir. Nada, absolutamente nada propio dejaron los Cisneros en Venezuela. Hasta las paletas de sus helados Tío Rico las importarán de EE UU. Eso sí, habrían de internacionalizar las puterías, como el Miss Venezuela.
Diego era una de las pocas personas que hablaba inglés en el medio comercial venezolano, lo que le permitía hacer tratos directos con las empresas del Norte, y fue así como se pudo servir de una concesión de la Chrysler. Apenas cumplió los 20 años compró un camión, el cual acondicionó como autobús, y que llamó El Expedito.
LOS CAGA LECHES DE LA DERECHA