Este fue un tiempo de grandes indeterminaciones para Betancourt, porque las amenazas de la Guerra Mundial de momento le trastocaban sus planes. El gobierno de Medina Anfarita tenía conformado un poderoso equipo ministerial que le salía al paso a quienes difundían que su gobierno era, en el lenguaje adeco-reformista, retardatario e intransigente: Luis Gerónimo Pietri, gobernador de Caracas; don Tulio Chiossone, en el Ministerio de Relaciones Interiores; Arturo Uslar Pietri, Secretario de la Presidencia; Alejandro Fuenmayor, Ministro de Educación; doctor Félix Lairet, Ministro de Sanidad.
Ya estaban echadas las columnas de acero del nuevo partido Acción Democrática que entre sus fundadores, por razones estratégicas, no iba a contar con Rómulo Betancourt; movimiento que sería legalizado por el presidente Medina. Este
partido es fundado por Raúl Leoni, y entre los primeros integrantes (y más importantes) se cuentan a Andrés Eloy Blanco, simpático y fino humorista. A Gallegos lo fueron a buscar en peso, y él se dejó llevar, para que formara parte de la más alta directiva. El ex director del Liceo Caracas para merecer tan alto rango dentro de una organización popular, presentó como prueba de sus heroicas luchas una carta que él había dirigido al Congreso donde renunciaba a la curul de senador que Gómez le había otorgado, pero sin decir nada que él se encontraba en Madrid disfrutando de 60 mil bolívares obsequia- dos por el Bagre, y que éste le había pagado la primera edición de «Doña Bárbara». Con estos dos grandes personajes entró al ruedo político Acción Democrática.
El partido requería de fondos para montar una imprenta, para movilizar personal, para alimentar algunos dirigentes de barrio, para recorrer Venezuela. El nombre de Rómulo Gallegos era una excelente carta de presentación para estos menesteres y con ella fueron ante empresarios como don Diego Cisneros. La pluma ácida y tremebunda de Betancourt no le hacía ninguna gracia a don Diego, pero como no perdía nada echándole un tiro al gobierno y otro a la revolución, algo les daba. Además, no perdía la oportunidad de aconsejarles de que no atentaran contra la empresa venezolana que era que le daba de comer a mucha gente del pueblo, y que era necesario que una nueva generación de políticos, para fortalecer sus principios democráticos, pasase una temporada en EE UU.
AD nacía como un partido sobre una base del golpismo, como lo fue el partido santanderista que surgió luego de la fracasada Convención de Ocaña. La gente que lo conformaba era invitada a conspirar y a tener relaciones con altos oficiales del ejército.
El movimiento Acción Nacional de don Rafael Caldera entraba también al circo de las ambiciones políticas bajo el monitoreo del Departamento de Estado norteamericano. La gran piñata del momento era el pobre Isaías Medina Angarita, a quien los americanos habían decidido dejar a la buena de Dios. Medina Angarita había perdido el favor de los gringos
porque les tocó la piñata de las regalías en el sector petrolero. Había que darle duro para que se fuese de bruces, y luego proceder al reparto de las minas que ya las compañías estaban tramando en las nuevas concesiones; de modo pues, que tanto Betancourt como el abogado jesuita Rafael Caldera, con el apoyo del Departamento de Estado, habían entrado en una fase de desconocimiento del orden constitucional. Es significativo el esfuerzo que de modo simultáneo pusieron estas dos fuerzas por derrocar el gobierno, y de allí consolidar sus movimientos (parcelas) particulares. Llamaba sobremanera la atención que entre los jóvenes no hubiese un verdadero líder que pudiese capitalizar el enorme descontento popular.
La persistente gritería de los nuevos políticos acabó ensordeciendo y confundiendo a todo el mundo. Se produjo un cansancio general, sucesivamente se habrían de producir alarmantes frustraciones en todos los proyectos regeneracionistas del país y finalmente los más preparados dejarían el campo abierto a los manipuladores e incapaces. Una historia que habría de repetirse mil veces más.
Al tiempo que decaían las izquierdas, el ya mencionado cura frustrado y megalómano de Rafael Antonio Caldera, comienza a llenar un espacio entre los grupos anticomunistas que nadie se había atrevido copar. Este espacio, por fuerza tenía que recoger al moribundo gomecismo, a los fanáticos cureros y a lo más podrido del militarismo fascista que por otra parte monopolizaban el capital de Venezuela. Este curita, de estampitas y medallitas de la Virgen María y de la Virgen de Coromoto colgadas del pecho, no se andaba por las ramas a la hora de pedir y rogar y tenía un singular talento para la intriga, el descaro y la malicia. Personajillo admirablemente avieso que le abre campo al fascio en un país que estaba en el limbo de la Edad de Piedra en cuanto a defensa de la soberanía nacional y a estudios de geopolítica en los cuarteles, en creencias religiosas y actividades políticas y económicas en general. Por su peinado engominado, por sus trajes cruzados, y por su mirada y su empaque furibundamente pacato y formal, parecía como sacado de los cuadros de la JONS que dirigía aquel Ramiro Ledesma Ramos en España. Era además un estudiante de 20
puntos, inflado, de una vanidad y de una actitud racista espantosos. Si Betancourt decía que su gente tenía que ir al Congreso con un pañuelo en las narices, Caldera admitirá al «negraje» en su partido con un corsé como los que usaba Pascal para martirizarse.
Caldera había sido estudiante del colegio San Ignacio y fue escogido en varias ocasiones para dirigir discursos serviles al Bisonte Gómez, y los hacía tan bien que el dictador le miraba con desprecio. Este carcamán de los mil demonios, trajeado con la más vil hipocresía, con el rosario en la mano y los bolsillos llenos de hostias bendecidas por algún cura recalcitrantemente carlista, fue en muchas ocasiones seleccionado para hacerle entregas de ramos de flores a Gómez con motivo de inauguraciones de plazas y cuarteles en Maracay. De modo que este joven nunca encabezó acción alguna contra Gómez y es muy probable que más bien hubiese deplorado (y debió llorar como una vieja beata) su muerte.
Fundado el partido AD, Rómulo comenzó a recorrer el país y a atacar con furiosa y obcecada maldad al gobierno de Medina. Se puso a tono con su «Juan Bimba». Recorrió toda nuestra geografía haciendo alarde de su título de bachiller, porque entonces quien era bachiller se le catalogaba de sabio. Cuando hacía sus visitas a las casas comerciales del centro, y seguramente don Diego veía a la gente que lo rodeaba comentando hasta con pánico: «Oigan, que aquí está el bachiller Rómulo Betancourt». Y el personaje que se pavoneaba con aquellas gafas, la pipa y el sombrerito, y el impecable flux blanco.
Iba Betancourt dejando de ser pichón de la política y cogía el toro por los cuernos, como le gustaba decir, porque ahora al fin se encontraba a sus anchas en el partido que siempre había buscado, apoyado tras bastidores por los gringos. Sin tener que soportar a los fastidiosos comunistas que lo tildaban de pequeño burgués; sin los Urbina que lo llamaban mariquita, sin los «guabinosos» del Miguel Otero Silva o Bracho Montiel que lo catalogaban de inculto. Entonces como ya Rómulo Gallegos tenía un nombre, se echó el bacalao en los hombros de este
distinguido escritor para pasearse por toda la nación y levantar su imagen. Y fue calando. También supo aprovecharse muy bien de la buena estrella y simpatía que entonces irradiaba Andrés Eloy Blanco.
Don Diego veía a la política como un fenómeno imprevisible y menos controlable que los negocios, pero indefectible e inevitablemente unida a estos. Era, claro, esencial para la vida de los grandes contratos, porque entonces (y siempre ha sido así entre nosotros) el Estado es el mayor comprador, y al que hay que estar abasteciendo constantemente. «El gobierno que te saca del juego te hunde», era una vieja consigna entre los magnates, y de allí el enorme interés que tienen luego los grupos empresariales por participar del «arreglo democrático». Y esta aberrante interferencia llegará al extremo de que cualesquiera fuese el candidato triunfante en unas elecciones, los que realmente gobernaban eran los poderosos grupos económicos.
Observaba Diego Cisneros que en América Latina, el drama era que las leyes se hacían para los pendejos, mientras que en EE UU se intentaba aplicar a todos por igual. De modo que cuando estaba en el Norte su manera de negociar era una cosa y en Venezuela otra totalmente distinta, aunque en ambos países sin el debido apoyo de representantes de los partidos o altos funcionarios, los negocios no se podían llevar adelante. Lo que le abrió los ojos a don Diego, de la adecuada manera de conducirse en Venezuela, fue lo del asesinato de Carlos Delgado Chalbaud, en el que estuvo fuertemente involucrado Antonio Aranguren, el más poderoso magnate petrolero de la región. Aranguren fue usado por la Shell para este crimen, pero fue toda una locura dejar aquel secuestro en manos de un hombre terrible como Rafael Simón Urbina. Era la primera vez que en Venezuela se asesinaba a un jefe de Estado, y había mafias detrás del asesinato, y estas mafias estaban íntimamente relacionadas con el poder norteamericano y con el poder económico nacional.
La política y los negocios en Venezuela todavía estaban en manos de hombres salvajes y criminales. Urbina era tan feroz
que tenía en la mira de sus odios a Rómulo Betancourt, a Isaías Medina Angarita y a cualquiera que intentase tomar el poder sin su concurso. En los años cuarenta, Urbina le planteó un juicio a Betancourt acusándole de marica, y entonces el Brujo de Guatire le replicó con una demanda por injuria. Rafael Simón no se arredró y le solicitó a un juez que se le hiciera una experticia médico legal en el ano a Rómulo para sostener sus pruebas. Betancourt, astuto, retiró el caso sin más alharaca. Este pleito lo miraba desde la barrera don Diego, como casi todo el mundo, porque corría por entre tascas, esquinas y plazas; era parte del entretenimiento de la época, y estas cosas que calaban tan hondo en la gente le interesaban a don Diego. No perdía la esperanza de que un día pudiera recogerlas, ya convertidas en ficción y venderlas al público. Pero no sería en libros ni en periódicos. Algo más presente, mejor conectado con el sistema nervioso central. Si aquel mundo de comidillas y chistes se pudiese llevar al cine o al teatro, cuánta plata se ganaría.
Pero había que esperar.
En un principio don Diego, como hemos dicho, había visto con cierto recelo a Betancourt y le chocaba su estilo insultante y descarado de atacar a la gente, y muchas veces llegó a creer que no tenía valor para respaldar con hechos lo que escribía. Lo que más le molestaba era su pasado comunista en Costa Rica. Estaba convencido por otra parte, que en un mundo dominado por hombres como Urbina, Betancourt no tenía futuro. Pero los tiempos estaban cambiando. Los viejos soldados que habían luchado contra Juan Vicente Gómez, no habían tenido tiempo de prepararse y ya eran loros viejos para poder aprender nuevas estrategias. Fue el caso del legendario guerrillero Emilio Arévalo Cedeño, por ejemplo, a quien Betancourt calificó de «Centauro de caricatura». Estaba viejo y cansado de guerrear don Emilio, quien había invadido más de veinte veces a Venezuela. La nueva generación de políticos estaba hablando de petróleo, de economía diversificada, de una Ley Fiscal y de una Ley de Hidrocarburos.
Después de 1941, Betancourt reforzará su obcecada manía de sostener que no es comunista, ni le interesa el comunismo, pues lo que él busca es un sistema acorde con nuestra historia y nuestras costumbres. Eso dice, y que por lo tanto nuestra tarea debe ser buscar un modelo ideológico propio. Un modelo que encaje dentro del modelo que establezcan los gringos, para evitar choques y desgastes que acaben impidiendo la imprescindible estabilidad social que exige el progreso de los pueblos. Don Diego con su negocio en el mero centro de aquellos candeleros tuvo que toparse con aquel meteórico dirigente, radical y fogoso: ora derechista, ora nacionalista con atisbos pro-norteamericanos. No había muchos políticos en quién fijarse: Jóvito Villalba tenía mejor oratoria que Betancourt, pero carecía de empuje y de valor para convertirse en un reformador. Se daba cuenta don Diego de que el Presidente Isaías Medina Angarita sí tenía condiciones, para emprender cambios de envergadura por contar con el apoyo de grandes sectores de las Fueras Armadas, pero se estaba entregando al traguito y lo llevaban al Country Club unos cuantos adulantes, perdidamente incapaces, para enseñarlo a jugar golf, como dijimos. En un país con tan pocos empresarios, don Diego era un dios y supo aprovechar y seleccionar muy bien, con su ojo de fenicio, sus amistades, a la vez que mantenerse a la distancia de las aventuras y aventureros de partido. Su real contacto estaba con la embajada americana con atención a la extraordinaria actividad de Ramón David León, el más fiero anti-comunista venezolano, director del diario La Esfera y servil a la Standard Oil Corporation.
El Departamento de Estado le había dado a Ramón David León luz verde para que lanzara una fiera campaña contra Medina, alimentando la idea de un golpe de Estado por parte de la joven oficialidad. Ramón David tenía cierta habilidad para manejar la prensa y dominaba el inglés y era ducho en la intriga y la manipulación políticas. En realidad existía un pacto en secreto entre Ramón David y Rómulo Betancourt para echar abajo al régimen y que ya estaba acordado con la embajada americana. Don Diego debió pensar que aquella trama tenía que ser algo muy serio, porque en América Latina ningún
gobierno podía sobrevivir sin el visto bueno del Departamento de Estado.
El golpe del 45 le hizo conocer a don Diego, que Betancourt no era el inepto ni el charlatán que se decía. Se había atrevido el tío y lo había hecho de maravillas y justamente como lo deseaba el Departamento de Estado: una camada de jóvenes oficiales llenos de ideales y más ilusos que otra cosa, fueron empujados por efectos de la campaña de La Esfera a derrocar un gobierno elegido democráticamente. A partir de allí se sentaba la norma y el acuerdo tácito en Venezuela, de que las Fuerzas Armadas, la Iglesia y los empresarios eran una misma cosa. Que ningún régimen podría sobrevivir sin la base de este poder conjunto. Betancourt fue «el genial elemento» que en aquellas circunstancias difíciles pudo llevar el timón, haciendo el papel de civil en medio de un gran caos social, confundiendo los propósitos y los ideales de la joven oficialidad y utilizándolos.
Una vez en el poder, Betancourt trató de hacerse una leyenda de luchador socialista y revolucionario, y forjó cuentos en los que decía que en la época oscura de Gómez, se le había perseguido de manera cruel y salvaje y el propio don Diego se coló en la leyenda como repartidor, en El Expedito, de propa- ganda antigomecista. Y con estos inventos, todos en la misma olla democrática, por si acaso, y de aquí a codearse y a convivir con los adecos porque ofrecían Pan (con penas), Tierra (desierta) y Libertad (para robar).
Don Diego pronto se vio requerido por aquellas nacientes fuerzas en confrontación, y que habrían de llevar al país a otro golpe de Estado. La joven oficialidad se sentía aún doblegada por la ingerencia del partido Acción Democrática en sus aspiraciones y querían más poder. No sabía Betancourt que Marcos Pérez Jiménez no era el tonto que se imaginaba, que con sólo una puta y un bistec se conformaba. Don Diego prefería el estilo de Pérez Jiménez, porque don Marcos tenía más vena para los negocios. Pérez Jiménez tenía el mismo don que Diego para los negocios y ambos tenían que admirarse y
recelarse mutuamente. La verdad es que si Pérez Jiménez se hubiera dedicado a los negocios habría sido el hombre más rico de América Latina. Cuando le decían los empresarios adulantes: «A usted lo está dañando la política», Pérez Jiménez les contestaba sonriente: «¿Y cómo se hace, si me han echado este muerto encima?».
El muerto se lo había buscado él y tenía ñeque para mandar y el olfato político, que le faltaba a los empresarios como Pedro Tinoco y Eugenio Mendoza, por ejemplo.
El 1º de junio de 1945, a punto de ser derrocado Medina Angarita, le nació a don Diego su cuarto hijo, Gustavo. El año en que nació la tragedia de los golpes de Estado.
Poco después se hizo aquella Constituyente que fue menos que un sueño de verano. El país entró en un desorden espantoso. El maestro Rómulo Gallegos perdió sus papeles y su pluma. El Rómulo escritor con el Rómulo político no se entendieron bien: el político sabía que la única manera de gobernar con cierta estabilidad era sacando del gobierno a la mayoría de los altos oficiales, que habían participado en el golpe del 45. Tenía por lo tanto el partido AD que moverse con destreza y determinación, y el tiempo, la vieja inercia gomecista, estaban en su contra.
Veía don Diego, que la ambición de unos reyecitos estaba constantemente trastocando los planes del Departamento de Estado, y que nada podía programarse en América con largo aliento y determinación. Que lo normal en estas naciones eran los agites, el caos, la inestabilidad, la sorpresa, la incompetencia, la improvisación, y que quien se dedicara a los negocios debía aprender a sacar provechos de estos dramas perennes, y no dejarse arredrar por ellos. Un verdadero empresario es aquel que sabe vivir el día a día en medio de las conflagraciones más horribles.
«Mientras los tontos se matan, si es la guerra lo que buscan nosotros les vendemos la muerte», era la norma.
Esa muerte tenía muchas caras: el agiotismo, el contrabando, la venta de armas, la especulación.
Rockefeller quería saber en qué quedarían sus negocios en medio de aquellos conflictos, porque estaba muy bien informado del golpe que se avecinaba contra Gallegos. A Gallegos no se le veía bien, porque, como dijimos, podía crear un mal ejemplo en el continente y entonces cogerse la manía de poner presidentes civiles, por donde podían colarse los comunistas, infiltrarse los sindicatos, y acabar en gobiernos débiles, muy buenos para las «vagabunderías libertarias de los sin oficio». Miles habían sido las protestas de los adecos y del mismo Gallegos de que ellos nada tenían que ver con los rojos, ni con nada que oliese de cerca con los gobiernos simpatizantes de Stalin, pero los gringos prefirieron ir por lo seguro, y le dieron luz verde a Pérez Jiménez para que montara un gobierno leal a los gringos.
En todos los cuarteles no se hablaba de otra cosa que dar la paradita, una paradita que Carlos Chalbaud hizo lo imposible por detener, pero que cuando vio que la conjura se había asumido con espíritu de cuerpo, no le quedó otra salida que encabezarla. Las consecuencias negativas que le iban acarrear