La pequeña burguesía caraqueña, la misma que se ha venido aprovechando de todos los gobiernos, ya se encuentra muy bien aparejada y protegida, muy bien instalada prestándole servicios al Presidente Eleazar López Contreras. Ayudándole en lo que puede. Eugenio Mendoza Goiticoa trabajaba con la firma comercial «Moisés Miranda y Cia.», y para 1936 ya él la había adquirido totalmente. Ya no es gomecista, don Eugenio y le muestra los dientes sonrientes al pueblo. La clase
empresarial está con la democracia. Para don Diego, el estilo empresarial de don Eugenio es digno de imitarse. Observa que es un hombre con el debido pulso mercantil que sabe moverse en todas las aguas y siempre sosteniéndose arriba. Observa que la política, sin duda es un mal necesario en el mundo de los negocios. Estos empresarios con posibilidades de crecer en el mercado nuestro, se reunieron con las llamadas fuerzas vivas para analizar la situación del país y con todos sus poderes hacieron lo posible por sostener al gobierno del señor López Contreras. Pareciera que a partir de entonces los Cisneros hubiesen trazado una secreta competencia para ver quién llegaba más lejos acumulando fortuna.
Ya para 1937, Betancourt no puede ocultar su odio anticomunista. Quiere desligarse de cualquier cosa que huela a comunismo, reitera su condena a este sistema. En declara- ciones al diario Ahora, con su peculiar estilo adeco dijo: «Rechazo al Partido Comunista con toda la fuerza de mi venezolanismo intransigente porque su dependencia de Moscú lo convierte en una simple dependencia del Estado Soviético.» Le pide a la prensa cuando da declaraciones sobre este tema, que por favor lo resalten con titulares y con letras mayúsculas, y así lo publica Ahora: «RÓMULO BETANCOURT NO ES COMUNISTA, NO ES MIEMBRO DEL PARTIDO COMUNISTA Y NO HA MILITADO NUNCA EN SUS FILAS.59»
Este odio se le iba a intensificar a raíz de un discurso de Medina en el que éste atacaba a las compañías petroleras. Cuando pronuncia este discurso Medina está siendo apoyado por la plana mayor de los marxistas de entonces. Fue algo que
alarmó y despertó mucho miedo. Y estas circunstancias la aprovechan las compañías para volcarse a favor de la oposición a Medina. Surgen entonces las proposiciones de Betancourt, pidiendo a las petroleras dinero para hacer propaganda y otras cosas. Pide Betancourt también que fueran eliminados los comunistas de los campos petroleros y que fuesen sustituidos por los militantes de Acción Democrática60.
Según confiesa el propio Diego Cisneros él estableció contacto con Rómulo Betancourt a partir de 1937. Él dice,
cuando ya Betancourt es un portento de líder llevado a los cielos por los norteamericanos: «Viendo retrospectivamente me doy cuenta de que, efectivamente, mi vocación en la vida se orientó hacia los negocios y las empresas; ahora bien, en esta instancia serví como soldado en el movimiento inspirado por Rómulo Betancourt y otros grandes líderes de nuestra patria, un movimiento que realmente fue obra de titanes, cárceles y sacrificios61».
Betancourt se estaba moviendo cauteloso: hizo amistad con el doctor Pedro Tinoco, abogado de la Standard Oil y quien trabará amistad con los Cisneros; esta relación se hizo extensiva al resto de la gente importante de AD. Había que consolidar un grupo económico fuerte con el cual formalizar una clase social rica, que mañana fuera el soporte moral y capitalista ante las exigencias del Departamento de Estado Nortea- mericano. Betancourt tenía claro que EE UU jamás iba a permitir en Venezuela un gobierno que oliera en lo más mínimo a comunismo o a semi-izquierdismo.
Pedro Tinoco, al mismo tiempo, había trabajado como funcionario al servicio de Juan Vicente Gómez. Cuando Vicentico Gómez murió, Pedro Tinoco se presentó ante el dictador para pedirle permiso y casarse con la viuda, y nuera del general, Josefina Revenga, la mujer más bella de Caracas. Gómez le dijo que le daría el permiso siempre y cuando en el lecho le sacara a Josefina todos los secretos de Vicentico (relacionados con la conspiración para tumbar el gobierno, igualmente los relacionados con la muerte de Juancho). Tinoco aceptó, y en compensación Gómez lo hizo inmensamente rico. Ya para 1941, el Departamento de Estado había seguido paso a paso toda la actividad «revolucionaria» del eminente bachiller de Guatire, quien le había cumplido y servido de manera fiel a este Departamento con sus actividades secretas en Centro América y el Caribe. Aún así, los gringos no se confiaban y lo sometieron a otras pruebas. La Standard Oil ya había tenido varias entrevistas con el bachiller Betancourt, pero de momento el hombre fuerte era el general Eleazar López Contreras. A don Eleazar le caía muy mal la figurita del
converso y se lo había hecho saber a los gringos; si se comparan las informaciones contradictorias procesadas por la policía secreta de López Contreras con las que conservaba la Embajada americana podemos deducir que el Departamento de Estado había creado una central de inteligencia paralela totalmente independiente bajo la dirección de Rómulo Betancourt. Por ello todavía resulta un misterio si realmente la publicación del famoso Libro Rojo se hizo por órdenes de Betancourt o por órdenes de don Eleazar. A finales de 1939, Washington aconsejaría a López Contreras trabajar conjuntamente con el Betancourt con el fin de dejar fuera del juego electoral a los grupos de izquierda.
Don Diego Cisneros contrajo matrimonio en 1938, en Caracas, con Carolina Rendiles Martínez, y casualmente ese mismo año Eugenio Mendoza, «el gran filántropo», lo hace con Doña Luisa Rodríguez Planas. En aquel entonces estaba Cisneros metido en el negocio del transporte y en el comercio de repuestos de automóviles. Multitud de negocios menudos eran los que le daban la fortaleza para hacerse respetar. Don Diego sabía que la fortuna depende de los recursos humanos, y una de sus cualidades, como dijimos, era saber elegir las personas adecuadas para el trabajo necesario. Para él la lealtad era fundamental. Pero no se sentía cómodo en su actividad mercantil porque todavía el excesivo estatismo metía sus narices en la economía, limitando seriamente el crecimiento de su empresa. Él nunca pudo olvidar cuando los Consejos Municipales comenzaron a chocar contra sus ansias de «progreso», metiéndose en el asunto del transporte público. Los hermanos Diego y Antonio habían venido invirtiendo en estos servicios, pero la politiquería hundía sus garras, exagerando o extralimitando la función del Estado. Fue cuando don Diego expresó: «El Estado no puede regular y operar un servicio al mismo tiempo. No se debe ser a la vez juez y parte62». Pero después al Estado también se le quitaría la capacidad de regular. En 1939, Diego decide dejar de lado el negocio del transporte público autobusero, y funda D. Cisneros y Cía., para dedicarse de lleno a la venta de vehículos y repuestos para
automóviles. Por su parte, su hermano Antonio está planificando un viaje a Nueva York para hacer un negocio que dejaría despaturrado al mismo Eugenio Mendoza y a medio mundo empresarial latinoamericano. Se trata de adquirir una gran planta para vender gaseosa en el país, y sus planes son enseñar a la gente a beber algo que les quite la sed y los entretenga al mismo tiempo. Algo novedoso. Se le puede hacer sentir a la gente que es feliz mientras esté bebiendo algo, y más todavía un producto que aunque haya sido creado para mitigar la sed, se puede seguir ingiriendo sin sed ninguna. Un entrete- nimiento, en fin. También hay que hacerle ver a la gente que ella puede distinguirse de los demás, ser seres apartes y ser unos «elegidos» según el producto que consuman.
Con estas cuñas también se impondrá la Pepsi Cola de Venezuela, a partir del 8 de mayo de 1940. En Venezuela, en la década de los treinta, lo que se tomaba era una agua con sabor a fresa o frambuesa que se llamaba de manera genérica Kola. Un tal Luis Pérez63, en Mérida, tuvo una fábrica, y es probable que en las grandes ciudades, venezolanos administrasen pequeñas empresas para vender refrescos como la Kola. La Coca Cola la trajeron los gringos petroleros, y la consumían en Maracaibo, en ocasiones mezclada en un cóctel que llevaba whisky y hielo, llamado Highball. En una encuesta que el autor de este trabajo hizo a varios ancianos en 1999, pudo comprobar que la reacción de los muchachos de aquella época ante el producto de la Coca Cola fue de rechazo. La escupían, la vomitaban, y casi nadie pasaba de un buche. Luego la Coca Cola comenzó a destruir las botellas donde vendían la Kola de don Luis Pérez, y comenzó a imponerse a través de propaganda en vallas, revistas y periódicos; más tarde el golpe definitivo vino con la radio y la televisión. En la década de los cincuenta, todavía a la mayoría de los venezolanos, nos parecía particular- mente miserable, ver a españoles, portugueses e italianos, la mayoría constructores, alimentarse en las horas del medio día con enormes panes, rellenos con mortadela, para después pasarlos con Pepsi Cola.
El whisky también lo trajeron los gringos de las compañías petroleras, pero tomaban al principio el de tipo americano, un
licor tan fuerte y feroz como el miche callejonero de los pueblos del Sur de Mérida. Luego importaron el escocés. Nuestro pueblo venezolano en su inmensa mayoría lo que bebía era ron, hasta 1945. En los Andes y en Caracas, las familias adineradas tomaban vino y coñac. El coñac y la champaña entre gente acomodada, lo comenzaron a tomar, a partir de 1865, y realmente quien lo impuso fue Antonio Guzmán Blanco. Cuando Isaías Medina Angarita comenzó a frecuentar el Country Club, invitado por Arturo Uslar Pietri, y todo el pueblo sabía que su licor preferido era el whisky, se hizo de moda una canción titulada «El whisky tumba el pelo». Medina era calvo. Cuando José Gil Fortoul, veía aquellos espectáculos de Medina libando whisky, vestido con pantalones bombachos, de largas medias rodilleras y zapatos claveteados, con la invariable gorrita, le decía a sus amigos: «Medina está caído. En lugar de tomar cerveza con los oficiales de la tropa, se la pasa en el Country bebiendo whisky con la gente adinerada». Con la fama que adquiría el whisky entre la gente rica, las casas Boulton se esmeraron en importarlo, y trajeron toneladas de cargamentos sobre todo Highland Queen, 15 years old, y también Gran 15. A partir de 1945, comienza a decaer el consumo de coñac, sobre todo aquella marca Remy Martin VSOP, que solía aparecer con la imagen de los tres mosqueteros, alzando sus floretes, y diciendo: «Juramos no tomar si no es el mejor coñac de Francia».
De modo pues, que los hermanos Cisneros no eran para esta fecha en modo alguno pichones de empresarios, sino que tenían fuertes relaciones con la poderosa banca internacional. Lo de la instalación de la Pepsi Cola en Venezuela, por parte de don Antonio no es algo que deba verse como casual, como un mero acierto empresarial de alguien quien sin proponérselo va de luna de miel a Nueva York, visita la Feria Mundial, y ¡Bingo!: descubre el brillante negocio de la referida gaseosa para nuestro país. El biógrafo autorizado Alfredo Bermúdez escribe con dejo de inocencia: «El refresco les interesó y los Cisneros lograron la franquicia para toda Venezuela».
Por otro lado, en aquella época, ¿quiénes tenían la posibilidad de hacer un viaje de luna de miel a Nueva York? Sólo las familias pudientes. Y añádase, que al lado de lo costoso que debía resultar aquel viaje, «sin esperar un día más, con innegable decisión y entusiasmo, Antonio Cisneros entró en contacto con los representantes de la Pepsi Cola y adelantó negociaciones que con asombrosa rapidez produjeron un resultado tangible y de grandes repercusiones para el porvenir: la Pepsi Cola Internacional le otorgó la concesión del refresco en Venezuela64».
No todo fue una casualidad, digo, los Cisneros habían ido al Norte en un plan muy específico ya estudiado por Washington, de implantar algunos centros hegemónicos de poder económico, que en gran medida son los que van a controlar determinados gobiernos regionales. Venezuela se está abriendo un poco a la democracia, y emergía de casi treinta años de dictadura sin tradición alguna en esta clase de menes- teres mercantilistas; no se había establecido una clase burguesa ni empresarial. Era imprescindible ir creándola como base para las operaciones futuras del capitalismo en gran escala. Los Cisneros frecuentaban EE UU por recomendación de un grupo empresarial cubano-norteamericano, para a instalar en nuestros países las primeras franquicias con profundo sentido colonialista. Los antecedentes de esta familia en sus contactos con la incipiente mafia costeña, sus habilidades en el trato con los inversionistas en Cuba y en otras islas del Caribe, y las pruebas de haber superado traumas económicos en sus grandes negocios, fueron pruebas y elementos más que contundentes para convertirlos en los grandes señores, representante de cierto sector del capital norteamericano en Venezuela. El biógrafo oficial de don Diego, escribe: «Obviamente, se había logrado despertar la confianza de los directivos de la empresa en Estado Unidos, pues esa fue la primera concesión hecha por la casa matriz fuera de Norteamérica, ya que la filial cubana, la única que para entonces funcionaba en el exterior, era subsidiaria directa de la empresa central65».
Una franquicia en este sentido era el permiso para embotellar una marca o varias marcas, previamente sometidas
a un contrato. En el mismo se establecen los compromisos y desde el punto de vista de calidad y nombre, como desde el punto de vista publicitario. Estas franquicias están sometidas a ciertas reglas de exigencias en la introducción de las marcas, control de calidad del producto, compra de equipos, embotella- doras e inversiones, etc. Si no se cumplen, se les retira. Pero esa política en la industria del refresco siempre ha sido la de darle a una persona, dos o tres franquicias, pero nunca otorgárselas para todo un país.
Fue tal la rapidez del negocio, que ya para septiembre de 1940 se estaba inaugurando la primera planta de Pepsi Cola en Venezuela, en la zona de Santa Eduviges, al Este de Caracas. Pero la expansión fue también rápida hacia lo interior. En 1941, se estaba creando en Barcelona la planta «Gaseosa Oriente», y don Antonio, sobre la marcha, entró en negociación para instalar otra en Maracaibo, teniendo como socios a Joaquín Brillembourg66 y a Rafael París. En el negocio de la Pepsi Cola entró igualmente de lleno el señor Diego Cisneros. Pronto el país comenzaría a cambiar las chichas, el jugo de caña o de panela, o la limonada para hacerse adicto a la Pepsi o a la Coca Cola.
Cuando Diego Cisneros, desde muy temprano en la mañana, se instala en el escritorio de sus empresas D. Cisneros y Cía., de Municipal a Mercaderes, y Auto Americano, su gran preocupación son los camiones REO y el Studebaker, los vehículos que la casa representa. Por cierto, que los caraqueños llamaban por homofonía a los Studebaker, «estornudo de vaca». Además los Cisneros vendían las lavadoras, cocinas y neveras, para cuya oferta trazaban una estrategia a base de conceder créditos mediante cuotas muy módicas. Había que meterle a la gente en la cabeza que la nevera, la cocina y la lavadora estaban siendo fabricadas para todas las clases sociales. Que no eran artículos de lujo sino de primera necesidad.
El país estaba entrando en un peligroso terreno de confrontaciones, y ya no se ocultaban como en la época de Gómez, sino que corrían impresas en docenas de periódicos. La radio estaba también causando alarma con los debates políticos. Betancourt le estaba tomando la delantera a Jóvito
Villalba, y los empresarios comenzaron a tentarle el ñeque para atraerlo a su bando. Los empresarios estaban haciendo cuentas para darle apoyo al más atrevido de los líderes para cualquier aventura, esperando, por supuesto, que las olas del desastre no los tocaran; en los cálculos iban incluidas las respectivas compensaciones que exigirían una vez que los aventureros lograran sus objetivos. En cada tragedia política los empresarios venezolanos cobraban por adelantado. Esa es toda la técnica que había estado y está detrás de los golpes de estado en Venezuela.
Cisneros y Cia, seguían paso a paso la enorme tirria de Betancourt contra Isaías Medina Angarita, que no era en modo alguno ideológica, sino por celos: porque el Grupo Shell-Gulf (donde trabajaba don Antonio) resultaba ser de los más connotados infiltrados en la reforma petrolera que estaba por discutirse, y en la cual ellos querían poner las normas. Una reforma que el presidente Medina estaba haciendo de cara al pueblo, un estilo que molestaba a Betancourt y a los empresarios venezolanos. Los empresarios y los dirigentes de los nacientes partidos con altas posibilidades de regir los destinos del país, querían que se siguiera haciendo una política de secreteos y de negociaciones a espaldas del pueblo, exactamente como se estilaba con Gómez.