PUES NO ES PROPÓSITO PRINCIPAL DE ESTE LIBRO describir la situación y las penalidades de los prisioneros de guerra en tanto ésta seguía activa, sembrando el odio entre los contendientes, y sí, en cambio, las sufridas por los perdedores al finalizar la misma, bastará con reproducir sólo algunos de los testimonios de quienes, prisioneros forzados durante la guerra, siguieron siéndolo a su término sin que mejoraran, antes bien al contrario, las condiciones de su explotación y cautiverio. Es el caso de Federico Sanés, de la 60 División, 84 Brigada, Primera Compañía, del Ejército de la República, herido y prisionero por el enemigo en Tarragona, el 20 de agosto de 1938, cuyo testimonio fue recogido por Joan Llarch. Curado someramente de su herida de guerra en el hospital de Caspe, Sanés fue trasladado al espantoso campo de prisioneros de San Marcos en León, hoy flamante Parador de Turismo:
«Los prisioneros estábamos allí como sardinas en lata y los parásitos nos recomían. La sala donde yo dormía era muy espaciosa, de manera que cobijaba cada noche a muchos prisioneros que dormían tumbados en el suelo. Entre cada hilera se dejaba un espacio suficiente que permitiera durante la noche a quienquiera que fuese andar entre los durmientes sin pisar a nadie, lo cual no era fácil. (…) Por la noche, eran muchos los que despertaban apremiados por necesidades ineludibles. Las deposiciones fisiológicas se llevaban a cabo en un barril que había contenido alquitrán. Tenía el tal recipiente una madera colocada encima horizontalmente, que servía a los usuarios de sostén personal y apoyo de los pies. El barril era demasiado alto, lo que obligaba a cogerse de los bordes del mismo, cuya limpieza dejaba mucho que desear. Se requería de la ayuda de otro, el cual ayudaba a subir al que le antecedía y posteriormente era ayudado por el que le seguía a él. (…) Experiencias de tal clase sólo pueden volver a ser contadas con un triste sentido del humor, porque avergüenza y resulta deplorable que la condición humana sea rebajada por las circunstancias, en vez de enaltecida».
Trasladado luego al campo de Santana, en Astorga, una vieja fábrica en ruinas, donde la miseria se aliaba con el intenso frío de la zona, fue encuadrado después en el Batallón de Trabajadores n.º 119, que se movía entre Mérida, Peñarroya y Pueblo Nuevo del Terrible, acompañando los avances y retiradas del
ejército captor. Terminada la guerra, al Batallón 159 sí se le encomendó una función práctica, pero desoladora, para sus faenas: la reconstrucción de la carretera que llevaba al santuario de la Virgen de la Cabeza y el desescombro del mismo, donde los prisioneros hallaban descompuestos los restos de algunos de los guardias civiles sublevados que habían defendido la posición frente a las tropas republicanas:
«De cada víctima que encontrábamos, recogíamos la documentación que llevaba consigo y hacíamos entrega de la misma al oficial, procediendo seguidamente con respeto a la recuperación de los restos humanos. (…) Tal cometido era muy desagradable. Impresionaban los hallazgos pero se cumplía con un deber y al mismo tiempo era un acto de humanidad y respeto a la memoria de los que habían perdido la vida. Para trabajar era preciso llevar pañuelos mojados, cubriendo la nariz y la boca por la pestilencia que emanaba de entre las ruinas».
Concluida la guerra, la alimentación de los trabajadores forzados, que ya era paupérrima, empeoró significativamente en el marco de la terrible hambruna general de los vencidos en la posguerra. El propio Federico Sanés, que no concede mayor importancia en su relato a las hambres sufridas en sus diversos confinamientos durante la guerra, sí alude, en cambio, a las padecidas después, y relata un singular episodio que, protagonizado por él y por el alférez Luis Borrell, que mandaba la Compañía de
Trabajadores y gozaba de la consideración de estos por su humanidad, contribuyó en su desenlace a que muchos de los prisioneros esclavos no murieran de inanición, cual, por lo demás, era tan corriente en las cárceles y campos de la inmediata posguerra:
«Observamos que en el río donde nos bañábamos acudían en la orilla opuesta unos toros para abrevarse. Pertenecían a alguna ganadería, mas por los azares de los últimos años de guerra, andaban libres y sin dueño. Se le sugirió al alférez que con el sacrificio de algunos de aquellos animales se podía, con creces, solucionar el problema tan agobiante de alimentación de toda la compañía. Al oficial no le pareció mala idea. Pero se necesitaba de un buen tirador para que abatiera al toro elegido al primer disparo, evitando que malherido, escapara, causándole sufrimiento y no solucionando nuestro problema. Me brindé fiándome de mi puntería ya que había sido tirador de primera clase, pero el oficial opuso que por mi condición de prisionero no me correspondía el empleo ni manejo de un arma. Le dije que lo que importaba en aquellos momentos era la carne del toro y que, además, cuando yo usara del fusil se colocara a mi lado, encañonándome con su pistola para asegurarse del uso que yo iba a hacer del arma. Por fin, el oficial
accedió, no dudando de mi lealtad. Decidimos cobrar una sola pieza. Un toro joven, ya que con su carne quedaríamos abastecidos para varios días. Aquellas tarde, marchamos todos al río y aguardamos a que aparecieran en la ribera opuesta los toros a abrevarse. No se hicieron esperar los nobles animales. Entonces, yo apunté con el fusil prestando mucha atención a los movimientos del toro elegido. Apunté a la cabeza. Disparé. El toro cayó en redondo como apuntillado. Los demás, al estruendo del disparo, volvieron grupas atropelladamente y desaparecieron entre las encinas huyendo asustados. Seguidamente, con gran alboroto por parte de todos, ayudados con cuerdas, atamos al toro muerto por los cuernos y lo pasamos de una orilla a otra. Cuando tuvimos la pieza cobrada, el alférez preguntó si entre nosotros había algún matarife. Enseguida, con tal de descuartizar el toro y comerlo sin demoras, salieron dos asegurando haberlo sido. (…) A partir de aquel día comíamos toro hasta saciamos. Carne de toro frita, asada y de todas las formas. La vida resultaba más tolerable con el apetito satisfecho».
Elaboradas las leyes, así divinas como humanas, que instituían como indispensable para la Victoria el correlato del trabajo forzado del vencido, la supervivencia de éste podía depender, como en este caso, del albur de un alférez comprensivo. Sin embargo, el albur solía darse en la variante contraria, de tal suerte que esa misma Compañía de Trabajadores forzados de Federico Sanés hubo de padecer al poco, mientras hacían obras de mejora en un cortijo particular próximo a Bujalance, las sevicias del sucesor del buen alférez, un sargento apellidado Espejo, que sobre cegarles la vía taurina para su alimentación, golpeaba sin piedad a los prisioneros y les castigaba, a la mínima, atándoles un saco lleno de piedras a la espalda, carga con la que debían trabajar durante todo el día.
Tampoco los prisioneros que construían a pico y pala el aeropuerto canario de Gando, recluidos en el viejo lazareto de Las Palmas, y supervivientes aún en precario de la brutal represión de primera hora que despeñó a tantos inocentes por la sima de Jinámar, tenían un alférez Borell de espíritu compasivo y civilizado. Según testimonio de un tal Ricardo, abogado residente en Santa Isabel, Guinea española, colaborador del Diario de Guinea y de la prestigiosa Revista de Criminología
Forense, recogido por María Manuela de Cora en su libro Retaguardia enemiga, la
bestialidad era la tónica del trato de sus captores. Cuenta Ricardo, detenido en los primeros días de la sublevación y mantenido preso sin ninguna imputación formal, que una de las peores torturas era la conocida como «la pena del palo», que se aplicaba por cualquier infracción del reglamento o ante la menor indisciplina. Consistía en situar al penado, erguido, ante un poste en cuyo extremo superior lucía una bombilla, y mantenerlo ahí, de pie, sin dormir, ocho o quince noches seguidas, obligándole durante el día a cumplir el trabajo forzado ordinario. Los compañeros,
que asistían al derrumbamiento físico y mental del así castigado, procuraban quitarle parte de la faena, pero sobre la víctima se cernía durante esas jornadas, por parte de la guardia, una vigilancia reforzada. El atrabiliario obispo Pildain, que odiaba a Unamuno, a Galdós y a las mujeres, no reparaba durante sus frecuentes visitas al campo en esas aberraciones que se cometían con los que, a todo trance, pretendía inducir a confesar y comulgar para arrancarles sus pecados.