CONCLUIDA LA CONTIENDA, QUE NO LA GUERRA ni remotamente, los republicanos vencidos se hacinan, como queda dicho, en campos de concentración y clasificación, y en Depósitos de Prisioneros de Guerra. Los jefes de esos campos, a fin de determinar la personalidad y significación de los prisioneros, recaban informes de sus respectivos pueblos, mediante los cuales se les clasifica como «afectos», «desafectos» o «peligrosos». Localizados así por las nuevas autoridades locales, de extracción falangista en la mayoría de los casos, se envían comisiones a los campos de concentración para llevarse a los paisanos a los que se les quiere aplicar un castigo, a ser posible, rápido y directo. Es el caso de la comisión de falangistas de Manzanares, Ciudad Real, a quienes el alcalde faculta para la misión y expide el siguiente salvoconducto:
«Debidamente autorizados por la Autoridad Militar y la mía, marcha el Jefe de Milicias de la F.E.T. y de las J.O.N.S., D. Francisco Camacho Cava, a diversos puntos de las provincias de Alicante, Murcia y Valencia, al objeto de proceder a la detención y traslado de elementos rojos, para que depongan en las causas por hechos delictivos cometidos por ellos en esta población.
»Ruego a todos los Sres. Alcaldes que a su paso encuentren y que de ellos interese la entrega de algunas cantidades y beneficios, para mejor cumplimiento del servicio que le ha sido encomendado, le hagan entrega, ya que este
Ayuntamiento de mi Presidencia seguidamente cumplimentaría y procedería a abonar las cantidades que le hayan sido entregadas.
Manzanares, 5 de junio de 1939. Año de la Victoria».
Según cuenta Antonio Bermúdez en su magnífico estudio sobre la represión franquista en Manzanares, los falangistas desplazados en busca de «elementos rojos» de la localidad, retornaron al pueblo con su botín palpitante:
«Tras dos semanas de búsqueda volvieron con nueve detenidos del pueblo y otros tantos de Membrilla: todos ellos serían condenados a muerte y la mayoría
fusilados en los meses siguientes».
A medida que las diferentes «sacas» van despejando los campos, y la obtención del ansiado aval emitido por alguien de derechas o del quimérico certificado de adhesión al Movimiento contribuyen también a aligerarlos con la salida de algunos pocos afortunados, van desapareciendo los Depósitos de Prisioneros y trasladándose los cautivos a los Batallones de Trabajadores, donde, mientras realizan toda suerte de trabajos forzados, continúa el proceso de clasificación con los informes que envían los Ayuntamientos, los Juzgados, las Auditorías de Guerra, la Policía y los diversos Servicios de Información. Entre tanto, y sin imputaciones precisas, los prisioneros del Nuevo Estado añaden a las propias del cautiverio las fatigas del trabajo forzado, aumentadas por una alimentación paupérrima, de ínfima calidad, insuficiente para reponer las energías quemadas en el agotador trabajo diario de pico y pala.
El propio Antonio Bermúdez a quien debemos la reseña documentada de cuanto aconteció a los prisioneros de Manzanares, peripecia extrapolable a los de cualquier otro punto de la España caída en ese Año de la Victoria, resume así las condiciones de aquellos esclavos que, pues no habían sido juzgados ni sentenciados, trabajaban para el vencedor sin obtener a cambio, siquiera, la pérfida reducción de condena que los sí juzgados ya obtenían de la Redención de Penas por el Trabajo, y que, aunque sujeta a variaciones, venía a ser de un día menos de condena por día trabajado:
«Era habitual dormir a la intemperie, y la falta de agua hacía imposible mantener la higiene personal en niveles aceptables. Los parásitos, la miseria y el hambre debilitaban a los prisioneros y ocasionaban múltiples enfermedades que derivaban con frecuencia en muertes prematuras. A estas circunstancias adversas hay que sumar el trato inhumano de perversos guardianes que, haciendo gala de una refinada crueldad, martirizaban innecesariamente a los hombres que ni siquiera habían sido juzgados, cuyo único crimen era haber defendido un régimen político que la mayoría del pueblo español había elegido libre y democráticamente».
La obsesión de los prisioneros de esos Batallones de Trabajo, aparte de la de llevarse algo de comer a la boca, seguía siendo la obtención del aval que, emitido por las autoridades franquistas de su pueblo y refrendado por la firma de dos falangistas que conocieran personalmente al interesado, podía permitirle franquea r momentáneamente las alambradas. Por lo demás, pocos soldados republicanos podían acreditar, a falta de ese aval casi imposible, haber sido «camisa vieja» de
Falange, militante de Renovación Española antes de la guerra, haberse pasado a las filas «nacionales» o ser reconocido por el cura del pueblo como católico y de derechas, episodios biográficos que bastaban por sí solos para trasponer los rastrillos y las cancelas. Antes al contrario, los informes que sobre los prisioneros llegaban al Batallón de Trabajo solían ser de muy diferente jaez, y así, sobre el infortunado Juan Gijón Criado, sometido a trabajos forzados en el Batallón de Trabajadores n.º 125 de Manresa, llegó, el 13 de marzo de 1940, un informe del Ayuntamiento falangista de su pueblo que decía, en pocas palabras, lo suficiente para que un Consejo de Guerra le condenara a muerte:
«Comunicando que Juan Gijón Criado es persona de antecedentes izquierdistas y en el Movimiento actuó de escopetero, siendo voluntario en filas».
Peor si cabe que los recluidos en Batallones de Trabajo, que cuando menos veían la luz del sol y distraían en algo su amargura con la acción física, estaban los prisioneros sepultados en las prisiones y en los recintos destinados a ese uso en las grandes ciudades. Antes de referirnos a la descripción que Eduardo de Guzman hace en Nosotros los asesinos de la situación en la cárcel madrileña de Santa Rita, y del trabajo «redentor» y «no redentor» que los presos efectuaban en ella, permítase al autor el respiro, el alivio, de traer a estas páginas de oscuridad cerrada el suceso estremecedor, por dulce y bello, que recuerda el médico y maestro de escuela republicano Eduardo Bartrina de su estancia en la prisión de Alicante:
«Durante aquella primavera de 1939 caían al patio algunas de las crías de gorriones que anidaban entre las piedras de los muros del patio. Algunos compañeros las recogían y las criaban en la celda como podían. Hubo uno de ellos que se hizo célebre cuidado por Vicente Lizarraga (teniente coronel de Carabineros y persona muy querida por todos nosotros). El pájaro se hizo adulto, no quiso escapar y se pasaba el día con su padre adoptivo, revoloteaba por toda la galería y el patio y entrando en la celda sin equivocarse jamás por el “chivato”. Si mi memoria no falla, la celda en la que estaba era la 303».