EN EL HERMOSO PAZO DE ADAY, CONSTRUIDO EN PARTE POR PRISIONEROS republicanos, se celebran hoy bodas, comuniones y bautizos de gran aparato y medio pelo. María Cristina, la casera, hija de aquel general Telia ultramonárquico que se sublevó contra la legalidad republicana y se sirvió de mano de obra esclava para esculpir los escudos y picar la tierra, cobra, por ceder la mansión palacial para las celebraciones nupciales que sirve el restaurante encargado del catering, 1000 pesetas por cubierto. El propio pazo de Aday, situado en el término de Gomeán, a 16 kilómetros de Lugo, tiene muchos novios (se dice que el presidente de la Diputación Provincial sin ir más lejos), y no sería raro que acabara celebrando él mismo (tristemente, pues sus piedras resudan aún el dolor de los inocentes) sus segundos esponsales.
El pazo de Aday, emporio de los delirios monárquicos y de las prácticas estraperlistas del general de brigada Heli Rolando de Telia y Cantos, posee dos torreones, una puerta principal en arco, ricos artesonados, una biblioteca bien surtida de rarezas, un doble juego de escaleras con balaustradas y una capilla con un Cristo que llegó a eclipsar a los del contorno cuando el general organizó una romería anual bajo su advocación, pero eso era en los tiempos en que guardaban el pazo dos perros enormes que atacaban a los pordioseros y se mostraban cordiales y sumisos con los ricos. «Estaban educados así», recuerda José Manuel Pol Herbón, el pastorcillo comunal que, con nueve años, trabajó de chico de los recados en las obras del pazo del General Telia.
Pero sería imposible calibrar la suntuosidad del pazo y discernir su significado simbólico sin reparar en la miseria arcaica del entorno en el tiempo de su construcción, la pura e inmediata posguerra. José Manuel Pol, pastor comunal hasta los nueve años «a cambio de un pan, cuando lo había, que metía con unción entre la camisa y la carne del pecho», iba por el mundo sin calzoncillos, aunque no, como muchos otros rapaces de su pedanía, «con el pantalón abierto por detrás para cagar». Sin esclavizar, libre y selvático, triscaba con las niñas («también sin bragas»): «¿Facemos como o carneiro e a ovella?».
El general Heli (por el profeta Heli) Rolando de Telia y Cantos, que sigue teniendo una calle cerca del parque de Rosalía de Castro en un Lugo cuajado, por lo
demás, de reliquias franquistas, era en 1940, a más de gobernador militar de la plaza, un personaje descomunal, y tan descomunal era, tan poderoso, tan dueño de todo, que los vecinos acudían a la gran obra de Telia, su pazo de Aday, para ayudarle sin cobrar nada, como los esclavos que se traía de la cárcel provincial de Lugo, sólo que de grado y por propia voluntad. Trabajaban, los esclavos por gusto y los esclavos a la fuerza, de sol a sol, «y sólo por la comida, que en el pazo se comía muy bien: ¡Croquetas!». Pero las croquetas, manjar asombroso en aquel 1940 de gazuza inmensa, eran sólo para los esclavos voluntarios, porque los otros, los que venían en camiones, de amanecida, de la cárcel, venían con «as perolas» que contenían la bazofia de la prisión.
Chico de los recados, «pinche» de los vecinos que venían a ayudar a Telia, el niño José Manuel Pol se relacionó en el pazo de Aday con los silenciosos y demacrados esclavos que el general usaba para erigir su pazo. «Gente que fue al colegio más que yo, era», dice Pol, que recuerda cómo los prisioneros se acercaban a las casas de los campesinos más pudientes a pedir un poco de pan. En el 42, los padres de Pol entraron de caseros arrendatarios en una propiedad de Telia, a quien entregaban la mitad de todo cuanto se producía, patatas, castañas, temeros, cerdos, y hasta el 44, cuando los presos andaban rematando el escudo de piedra del general, convivió con esos hombres que edificaban en piedra las quimeras del gobernador militar.
Heli Rolando de Telia y Cantos, que había hecho la guerra en el frente asturiano, era un loco y un sinvergüenza, pero por ninguna de las dos cosas le expulsó Franco del Ejército, sino por conspirador monárquico. En las obras de su pazo utilizaba un camión GMC del Ejército cuya matrícula ET inducía a suponer socarronamente a los paisanos que eran las iniciales de Empresa Tella; utilizaba mano de obra esclava que obtenía del pudridero de la cárcel de Lugo; se hacía traer el estiércol de los caballos del Regimiento de Caballería de la ciudad romana, y en las aceñas del río molturaba la harina blanca que en aquellos tiempos de hambre y penuria dedicaba al estraperlo. De otra parte, su monarquismo le indujo a cristianar a sus hijas con los nombres de María Cristina y María de las Mercedes, y se sabe que la inspiradora de éste último nombre, la María de las Mercedes madre del actual rey, pasó invitada largas temporadas en Aday, paseando sus formidables jardines y estimulando la vena conspirativa del general. Esto último, su adscripción al grupo de conmilitones de Franco que auspiciaban la restauración monárquica, fue lo que le enajenó el aprecio del paisano de El Ferrol, que le llamó «rojo» en la última entrevista que sostuvieron, previa a su separación del Ejército, a su confinamiento en Albacete y, posteriormente, en Palencia. Franco, antes de llamar «rojo» al laureado gobernador de Lugo, le habló de un copioso informe que contenía
información sobre sus ilícitas actividades en el mercado negro (¡ni una palabra sobre la utilización de prisioneros republicanos en la construcción de su pazo!), pero si esas actividades habían sido descubiertas era a causa de que había estado vigilado estrechamente por sus actividades en pro de los Borbones.
La floresta de Aday era un bosque trágico pero animadísimo. En las aceñas se molía la harina para el mercado negro, lo esclavos deambulaban con las manos rotas de picar la piedra en busca de pan, los rapaces «facían como o carneiro e a ovella» por los prados, y eludiendo las corredoiras se deslizaba sigilosamente El
Piloto, el célebre maqui, que escondía armas en la aceña del general. La Guardia
Civil, que torturaba regularmente a los padres de El Piloto para que desvelaran su paradero, acabó deteniendo al padre de Pol y al administrador, pero en realidad era el segundo del molino, un tal Antonio, el que actuaba como enlace de los guerrilleros.
Se dice que una vez que Franco, de visita en Ferrol, envió a Suances a Aday para que comunicara a Telia que deseaba entrevistarse con él, éste le dijo: «Pues dile a Franco que hay la misma distancia de Aday a Ferrol que de Ferrol a Aday». Altivo y bravucón, ensoberbecido por su inmenso poder local, señor de vidas y haciendas, Heli de Telia se resistió hasta el final a rendir la debida pleitesía al pequeño Caudillo por la gracia de Dios, y éste le acabó cegando sus vías legales e ilegales de ingresos, que fue, un poco, como matarle. El pastorcillo, el «pinche» Pol, recuerda que «cuando le echaron del Ejército y comenzó a decaer, se le volvió la espalda, y de todos aquellos que le ayudaban, nadie venía ya». Otros, también en la nómina de los vencedores pero sumisos al poder personal de Franco, continuaron sus estraperlos; los esclavos fueron recobrando la libertad, que no los años de vilipendio sufridos, y algunos se casaron con mozas de la tierra y emigraron con ellas; y el pazo de Aday, en fin, fue perdiendo el fasto palacial hasta ver convertidos sus jardines en emporio de bodas, comuniones y bautizos, y en plató de rodaje de la película El rey del río, rodada en 1995, dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón, con guión de Rafael Azcona.
Como si lo intuyera, Heli Rolando de Telia y Cantos comenzó a enloquecer abiertamente desde su regreso del confinamiento de Palencia: «En los últimos años perdió un poco la cabeza, se le veía deambular desastrado y sucio. Yo creo que murió soñando con el Rey».