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LOS ESCLAVOS DE ROMA.

In document Torres Rafael - Los Esclavos de Franco (página 102-106)

RECAPITULANDO, Y A FIN DE SITUAR EL FENÓMENO del trabajo forzado antes de analizar sus consecuencias prácticas y materiales en el capítulo siguiente, se puede decir que la organización de éste en régimen de esclavitud (utilizando sólo la mano de obra de los prisioneros de guerra y de los presos políticos, pues el sistema de explotación/redención estaba vedado a los comunes), obedeció a dos razones fundamentales: la recuperación de la mano de obra vacante por encarcelada y el ajuste de cuentas con la clase trabajadora, abrumadoramente adscrita a la República o a las ideologías emancipadoras que la habían sustentado y que contribuyeron a defenderla. Queda establecido, igualmente, que desde el inicio mismo de la sublevación militar los rebeldes obraron en beneficio de «una» España contra la «otra», negando a ésta, mayoritaria cual habían establecido los resultados electorales de febrero de 1936, el derecho a la propia existencia. Las instrucciones para la represión, no tan ciega pues era administrada por el Ejército, única institución que conservaba intacta su capacidad organizativa, persiguieron, mediante una actuación de «máxima violencia», descabezar, decapitar en fin, a esa España libre y democrática, aunque no exenta de los seísmos sociales y políticos de la época, cuya pervivencia amenazaba los seculares privilegios de los financiadores de la sangrienta asonada.

Pasado por las armas, muerto en combate o exiliado un gran número de trabajadores leales a la República, el Nuevo Estado surgido de la alianza militar con Hitler y Mussolini (y del abandono de la causa republicana por parte de las democracias mundiales a efectos de la suicida e indigna «política de apaciguamiento» de los fascismos emergentes), no tuvo sino que organizar, estructurar y justificar el plan de esclavización de la enorme masa de vencidos que el propio Franco había ideado ya en mayo del 37, cuando la suerte de las armas no se había inclinado definitivamente, ni mucho menos, de su parte. A tal fin, dos instituciones básicas de los vencedores, el Ejército y la Iglesia, aportaron sus artes, sus fuerzas y sus mañas para encajar la realidad nauseabunda de la esclavitud en los postulados de esa España que se encaramaba sobre las ruinas y los despojos de la España de todos, y a fuer de sinceros hay que señalar que esa obra despiadada e infame de sometimiento bestial no suscitó ni poca ni mucha resistencia, siquiera moral, entre los vencedores.

El Ejército rebelde, que había suplantado a la Justicia y hasta a sí mismo por haberse sublevado precisamente, administró la represión con inusitada dureza fusilando a diestro y siniestro, pero luego no dejó de su mano a los vencidos supervivientes, sino que tomó de ellos los contingentes que quiso para nutrir sus filas (las quintas del 36 al 41) y encuadró militarmente a los presos como trabajadores forzados en Agrupaciones, Batallones y Destacamentos de Trabajo. La Iglesia, perseguida y humillada en la zona leal durante la primera mitad de la Guerra, y aborrecida de antiguo, en cualquier caso, por las clases más populares, encontró en el proyecto de castigo masivo y de explotación alevosa un espacio ideal para consolidar en él su influjo político y religioso en el nuevo régimen. Como es natural, las relaciones entre una y otra institución, Ejército e Iglesia, estuvieron teñidas de rivalidad y tensiones, pero el fuerte liderazgo personal del Generalísimo no permitió que esos desencuentros obraran en menoscabo de su idea.

El 28 de mayo de 1937 Franco dicta en Salamanca el Decreto por el que concede «el derecho al trabajo» a los prisioneros de guerra y presos por delitos no comunes; el 7 de octubre de 1938 se crea el Patronato para la Redención de Penas por el Trabajo, se autoriza el arrendamiento de la mano de obra esclava a particulares, y se perfecciona en líneas generales, es un decir, el decreto anterior; y el 1 de abril de 1939, Año de la Victoria, se pone en marcha la máquina punitivo-explotadora, o expiatoria-redentora, que ha de dar buena cuenta de la dignidad personal y de la salud física, psíquica y moral de los cautivos.

En los campos de concentración y de prisioneros que se organizan en plena contienda bélica se ensayan los primeros métodos de explotación del vencido: con carácter itinerante en ocasiones, acompañando al Ejército de Franco en sus avances o en sus repliegues, los prisioneros republicanos, militarizados de súbito por el ejército enemigo, son obligados a realizar trabajos forzados que proporcionan un beneficio, sobre todo, estratégico.

Más tarde, y recién concluida la Guerra, la enorme masa de prisioneros de última hora, los capturados en el desplome de los frentes tras la defección del coronel Casado, se hacinan en nuevos campos de concentración, donde sometidos a clasificación y expurgo, son asimismo obligados a trabajar en obras diversas, generalmente de habilitación de los propios campos, aunque no es raro que lo sean también en obras absurdas o irrelevantes por un puro afán de castigo.

Los Batallones Disciplinarios de Trabajadores (Batallones de Trabajo) fueron, concluida la guerra, la primera modalidad de trabajo esclavo adscrita a los «beneficios» de la Redención de Penas por el Trabajo, aunque en ellos seguía

primando descaradamente el castigo sobre la redención. A esos Batallones iban los prisioneros que, sin recaer sobre ellos denuncia alguna, eran calificados de «desafectos» en el campo de concentración, así como los que no habían obtenido un aval de alguien de derechas, los condenados a penas insignificantes o los mozos de reemplazo de las últimas quintas, que hubieron de repetir el servicio militar por otros tres años. Las condiciones de vida en estos Batallones de trabajo eran extremas: por hambre, malos tratos, agotamiento, frío y enfermedad la tasa de mortalidad, pese a tratarse en su mayor parte de hombres sanos y jóvenes, fue elevadísima.

Otra modalidad del trabajo forzado establecida asimismo mucho antes de finalizar la Guerra, se dio en las llamadas Regiones Devastadas, donde la mano de obra esclava se empleó en la reconstrucción de las zonas que, por haberse registrado en ellas encarnizados combates, se hallaban destruidas: Belchite, Brunete, Guernica, Oviedo, Quinto de Ebro, Teruel… En 1943, cuatro años después de concluida la Guerra, 4075 prisioneros de guerra republicanos seguían trabajando en esas zonas.

Con las mucho más organizadas Colonias Penitenciarias Militarizadas, creadas tras la contienda (8.IX.39), el Nuevo Estado buscaba una rentabilidad mayor de los prisioneros, siquiera mediante su alejamiento de las cárceles, colapsadas por el alud de detenidos sin precedente en la Historia. En ellas, los trabajadores estaban rigurosamente militarizados y a disposición de las entidades públicas o empresas privadas que necesitaran de su casi gratuita fuerza laboral. Hubo sólidamente estructuradas seis Agrupaciones adscritas a esta modalidad que trabajaron, repartidas por la geografía nacional, en los canales del Guadalquivir, del Alberche, del Jarama o del Tajo, así como en la 5a Agrupación en la reconstrucción

de la Academia de Infantería de Toledo.

Sin embargo, donde la Redención de Penas por el Trabajo se dio con mayor frecuencia, tal vez para maquillar en algo su naturaleza absolutamente esclavista, fue en los llamados Destacamentos Penales, grupos de prisioneros que eran arrendados a las empresas privadas o regalados directamente a la Iglesia. Según la Memoria del Ministerio de Justicia de 1944, componían las plantillas de esos destacamentos un total de 11 554 prisioneros.

Existían también, como medio de reducir condena a cambio del trabajo de balde, los Talleres Penitenciarios, creados en abril de 1939. Su sede central fueron los Talleres de la Cárcel de Alcalá de Henares, en los cuales se manufacturaron, de una sola tacada, 15 000 crucifijos para las escuelas. En estos talleres de Alcalá, buque insignia de la labor redentora del Patronato, se editó también el periódico

Redención (con la rotativa de El Diluvio, de Barcelona) y los libros y folletos de su

editorial, y a su rebufo se fueron creando otros en las principales cárceles españolas. Finalmente, el trabajo esclavo podía también redimir (hasta un 50 por ciento del tiempo de reclusión) en los llamados destinos de las propias prisiones: cocina, panadería, economato, barbería, lectura en común (4 horas de «lectura en común» redimían como una jornada completa de trabajo), escuela, enfermería, limpieza, trabajos de mantenimiento (cristalería, fontanería, electricidad, carpintería, albañilería…) y auxiliares (del Capellán, del maestro, de la enfermería…).

No conviene olvidar, con todo, que la omnipotencia del vencedor era absoluta y, salvo para beneficio real del arbitrariamente penado, podía modificar a su antojo las normas, los decretos y las leyes que con tanta alegría como poca crítica y discusión fabricaba. Así, y como veremos en la Tercera Parte de este libro, cada destino, cada tajo, cada obra, cada lugar de trabajo se convirtió en un mundo en sí mismo, sujeto al arbitrio de capataces, funcionarios, oficiales de prisiones, sargentos o intermediarios.

El sentido de las palabras de Séneca que se citan al comienzo de este libro gravitó, en esos años de regresión terrible, sobre la conciencia y el ánimo de buena parte de los trabajadores forzados, tanto que muchos de ellos, desbordados por el sufrimiento, se abrazaron al fin que sugieren. En Roma eran rechazados los esclavos españoles porque tenían fama de zafarse de la esclavitud quitándose la vida. El cordobés Séneca, que había defendido a los esclavos de Roma proclamando su igualdad respecto a sus amos, si no su superior valor y dignidad en tantas ocasiones (De los Beneficios; III. 28), defendió así el escape volador del suicidio y su legitimidad. Nadie defendió, en la Nueva España de Franco, la vida del esclavo. Había muchos, y a nadie importó que algunos renunciaran a una vida que ya no reconocían como propia.

In document Torres Rafael - Los Esclavos de Franco (página 102-106)