UN AÑO JUSTO DESPUÉS DEL TÉRMINO DE LA GUERRA, el 1 de abril de 1940, Franco promulgó el decreto que disponía la construcción del Valle de los Caídos, obra tan descomunal como emblemática de la Victoria y de la Dictadura en la que se empleó la fuerza laboral esclavizada de 20 000 españoles, prisioneros republicanos. Ese mismo día, tras el Desfile de la Victoria por la Castellana, la recepción en Capitanía General y el almuerzo de gala en el Palacio de Oriente en el que Franco se sentó entre las mujeres de los embajadores de Hitler y de Mussolini, el Generalísimo invitó a los presentes a desplazarse con él a la sierra del Guadarrama para comprobar sobre el terreno el alcance del decreto y de su idea. Porque la de construir un gigantesco sepulcro para los muertos de su bando fue, como todas las grandes ideas en aquel tiempo ominoso, enteramente del Caudillo.
A Daniel Sueiro, el excelente escritor al que debemos la relación más detallada de la erección del monstruoso monumento no le extrañaba, desde luego, que de él fuera la idea y la obsesión por la idea:
«Para una personalidad del tamaño de la de aquel joven general que se había sumado a la sublevación militar a última hora y previas ciertas garantías, y que, sin embargo, a los pocos meses se hace con el mando supremo en su territorio; que de pronto se encuentra equiparable y equiparado a aquellos otros dos dictadores que desde Roma y Berlín empiezan a atemorizar a Europa y al mundo; que valora su triunfo por la magnitud del descalabro enemigo, de su destrucción y aniquilamiento, no resulta de todo punto incoherente el nacimiento y cultivo, en pleno campo de batalla, a la vista de millares de muertos, de una obsesión como la mencionada».
Diego Méndez, el arquitecto de la enorme Cruz del monumento, data esa obsesión en los inicios de la Guerra, cuando ya Franco «sintió la necesidad moral, podríamos decir que hasta física», de levantar un nunca visto túmulo funerario a los muertos de su guerra, si bien sólo, y hasta que tardía y oficiosamente se amplió un poco el derecho de admisión por el qué dirán, de sus muertos. Y Fray Justo Pérez de Urbel, Abad de la Basílica del Valle de los Caídos, confirma que la elección del lugar también fue cosa, y mágica, del Caudillo, de modo que «no se trataba de descubrir, sino de identificar y localizar una imagen que llevaba dentro». Esa
imagen, la de ese paisaje adusto y árido que Franco llevaba dentro la llevaba, al parecer, desde que un día de enero de 1940 le dijo al general Moscardó, héroe del Alcázar de Toledo: «— ¿Quieres que vayamos a buscar el Valle de los Caídos?». Y, siempre según Pérez de Urbel, fueron a buscarlo y lo encontraron en las inmediaciones de El Escorial, en una finca llamada de «Cuelgamuros». Sería el lugar del hallazgo lo que hizo escribir a su primo y secretario, el general Franco Salgado-Araujo: «Tal vez haya querido imitar a Felipe II, que levantó el Monasterio de El Escorial para conmemorar la batalla de San Quintín». En todo caso, y según el arquitecto Méndez, «desde que la chispa de la idea quemó su inquietud, Franco tenía un punto de arranque: que la reunión póstuma de los mejores fuese en una cripta, en el corazón de una montaña… Buscaba con ojos sagaces una catedral natural para sarcófago jamás pensado de sus amados compatriotas». Ciertamente, sus amados compatriotas que vivían en paz en julio de 1936 no pensaron nunca que ante ellos, y para ellos, se abría en el cerebro de un pequeño general el proyecto de un sarcófago voraz y gigantesco.
Enrique González Duro, psiquiatra de la figura histórica de Franco ofrece, sin embargo, una lectura que, acorde con la de Daniel Sueiro, se nos antoja más sensata: «Endiosado como Caudillo invicto, Franco aspira a permanecer vitaliciamente en el poder, a morir en el poder y a perpetuar su obra por los siglos de los siglos». Así, pues, «pretendía elevar un grandioso monumento a los que cayeron por la patria, pero sobre todo que le inmortalizase a él mismo como autor de la victoria y del monumento». Méndez, Pérez de Urbel y la pléyade de hagiógrafos, apólogos y domésticos que le rodeaban se lo pusieron muy fácil y perfilaron a base de jabón y ditirambos locos su coartada fúnebre y patriótica. Así, Tomás Borrás, en artículo aparecido en ABC en 1957 (dos años antes de la inauguración de monumento), clamaba:
«Era preciso algo sin pareja ni mezquindad, de dimensión ciclópea. Se trataba de guardar despojos queridos de gigantes espirituales. ¿Un monumento? Sí, pero a escala de sublimidad, digno de los sublimes sacrificados con voluntario entusiasmo. Que la obra pudiera parangonarse con el magno hecho. Que la tierra recogiera a la carne tierra con la majestad debida».
Aquel 1 de abril de 1940, primer aniversario de la Victoria, Franco s e hallaba exultante: iba a presentar in situ el decreto de su idea a los amigos y al mundo entero. A las seis y cuarto de la tarde llegó la comitiva a Cuelgamuros, y los testimonios gráficos nos ayudan a identificar a la mayoría de quienes la integraban: los embajadores de Alemania e Italia con sus esposas, Carmen Polo, Rafael Sánchez Mazas recién condecorado con la Orden de San Silvestre por el Papa, Ramón
Serrano Súñer «el cuñadísimo», el director general de Arquitectura Pedro Muguruza, los miembros del Gobierno, las altas jerarquías del Partido Único y de la Iglesia, el embajador de Portugal y los generales Varela, Saliquet, Moscardó, Millán Astray, Sáez de Buruaga, Barrón, Sánchez Gutiérrez, García Pruneda, Cano Ortega… El Caudillo acababa de estrenar, luciéndolo en el coche, el guión heráldico a cuyo diseño había dedicado largos y minuciosos estudios la Real Academia de la Historia, y henchido de gozo y vanidad escuchó con todos los presentes de labios del coronel Galarza, subsecretario de la Jefatura del Estado, el porqué profundo de su idea, de ese decreto y de aquella obra de exaltación delirante:
«La dimensión de Nuestra Cruzada, los heroicos sacrificios que la Victoria encierra y la trascendencia que ha tenido para el futuro de España esta epopeya, no pueden quedar perpetuados por los sencillos monumentos con los que suelen conmemorarse en villas y ciudades los hechos salientes de nuestra Historia y los episodios gloriosos de sus hijos. Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido y que constituyan lugar de meditación y de reposo en que las generaciones futuras rindan tributo de admiración a quienes les legaron una España mejor. A estos fines responde la elección de un lugar retirado donde se levante el templo grandioso de nuestros muertos, en que por los siglos se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y de la Patria. Lugar perenne de peregrinación en que lo grandioso de la naturaleza ponga un digno marco en que reposen los héroes y mártires de la Cruzada».
Franco había identificado la «imagen que llevaba dentro» en la finca originariamente llamada «Pinar de Cuelga Moros», y luego, a partir de 1875, «Cuelgamuros», cuya propiedad pertenecía desde 1932 al marqués de Muñiz, Gabriel Padierna de Villapadierna. Las obras del monumento, pues a Franco le urgía materializar su idea, fueron declaradas de urgente ejecución, «siéndoles de aplicación lo dispuesto en la Ley de 7 de octubre de 1937» de expropiación forzosa. Pedro Muguruza, director general de Arquitectura y uno de los responsables de la supervisión y ejecución de las mismas, establecía, apremiado por el generalísimo, plazos de terminación:
«(Franco) tiene vehementes deseos de que las obras de la cripta se hallen terminadas en el plazo de un año, para inaugurarlas el 1.º de abril de 1941, y en el transcurso de cinco, el conjunto de todas las edificaciones, incluso jardines, que rodearán el monumento».
Caudillo a proyectar su imagen ciclópea, parecía ser el único elemento del proyecto que se mantenía sumiso a la realidad, y no uno, ni cinco, ni diez, sino 20 años se tardó, pese a la explotación ininterrumpida de una masa laboral forzada que podía cifrarse en 20 000 personas (simultáneamente llegaron a trabajar 1200 prisioneros agrupados en tres Destacamentos), en inaugurar ese faro que, según la retórica de los vencedores, sería visible en los días claros desde Madrid, desde Castilla, desde toda España y hasta desde el último confín del Imperio.
El coste de la obra, que ascendería finalmente a mil ochenta y seis millones, cuatrocientas sesenta mil, trescientas treinta y una pesetas con ochenta y nueve céntimos, no iba a poder enjugarse mediante la fórmula de financiación que el decreto fundacional establecía, la suscripción nacional, y apenas iniciados los nuevos trabajos ya se tuvieron que buscar otras vías, retrayendo fondos de aquí y de allí, para allegar el dinero necesario. Diego Méndez, el arquitecto, también parece conservar, siquiera de modo intermitente, un cierto realismo, y dice sobre el particular: «El arrasamiento de la nación y la guerra mundial no favorecen la empresa, de gran envergadura, que se inicia en una serranía sin núcleo de población». En efecto, sobre un país destruido, endeudado por la guerra, en el que más de 15 000 personas mueren anualmente de tuberculosis a causa de la miseria, y en el que otras tantas fallecen de hambre y consunción, se quiere erigir esa mole mortuoria de mil y pico millones de pesetas de la época. Sin embargo, uno de los problemas que podrían presentarse para su ejecución está resuelto de antemano: la mano de obra puede extraerse, abundante y barata, de las cárceles. Las empresas San Román (filial de Agromán), Molán y Banús, las tres más importantes de las 65 que intervinieron en la construcción, iban a beneficiarse de esa masa productiva esclava durante el primer decenio de ejecución de las obras.