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UN SUEÑO INTERMINABLE

In document Torres Rafael - Los Esclavos de Franco (página 123-126)

UN CASO QUE AL AUTOR DE ESTE LIBRO LE HA CONMOVIDO especialmente es el de Marcial Díaz, de Sacedón, Guadalajara, hijo de un soldado republicano esclavizado tras la Guerra: representa a los miles de niños y adolescentes españoles que acompañaron a la madre, alguna vez o muchas veces, a visitar al padre recluido en algún Destacamento de Trabajadores. Su memoria de aquel trance es dolorosa y mítica, como propia de una pesadilla o de un delirio febril. Cuando los supervivientes más jóvenes de quienes fueron reducidos a la esclavitud por la Nueva España frisan hoy, año 2000, los 90 años, sólo sus hijos, aquéllos que fueron a visitarles a su cautiverio tras azarosísimos viajes, guardan la memoria de aquel episodio terrible que la historia oficial ha escamoteado al conocimiento de las nuevas generaciones.

El caso del padre de Marcial Díaz no revela tanto, pese a hacerlo mucho, la situación de los forzados en aquellas cuerdas de galeotes que el Estado arrendaba a las empresas, como el temple y la calidad de aquellos hombres sencillos y valerosos cuya estirpe a nadie importó que se extinguiera:

El jornalero del campo Vicente Díaz Cuenca tuvo una pesadilla que le duró nueve años, pero después, y hasta su muerte, nunca consiguió sacudírsela del todo, pues por más que abrió los ojos, por más que reintegró su afán al ciclo de las siembras y las cosechas, por más que intentó borrar de su corazón el horror de ese sueño, no encontró en la realidad el narcótico del olvido.

Tenía Vicente Díaz Cuenca cuarenta años en 1938, cuando el Ejército de la República, inmolados casi absolutamente sus recursos en la Batalla del Ebro, dio en llamar a filas a la «Quinta del Saco», compuesta en su mayor parte por ciudadanos de edad madura, así como a la «Quinta del Biberón», integrada por adolescentes de entre dieciséis y dieciocho años. De la UGT, como toda su familia, Vicente se batió como pudo en el frente de Cuenca hasta que la defección del coronel Casado precipitó la derrota, y, con las mismas, Vicente regresó caminando a Sacedón, su pueblo, cruzándose por el camino con grupos fantasmales de paisanos y soldados que deambulaban sin rumbo, pero convencidos de que había terminado la guerra. Llegado a su casa, durante tres días creyó él mismo que, en efecto, había terminado, pero cuando irrumpieron los falangistas en su hogar para detenerle supo que no

había hecho sino comenzar su mal sueño.

Internado en campos de concentración inmundos y terribles, conducido de una prisión a otra, juzgado y condenado a 30 años y un día por Adhesión a la Rebelión, no supo, hasta que un paisano se lo contó en el penal de Astorga, que habían fusilado a su padre, a su tío y a su suegro, y que a otro tío, luego de confiscarle los mulos y los aperos de labranza, o sea, todo lo que se podía robar a un campesino, le habían lidiado como a una res hasta dejarle muerto. El mal sueño colectivo, masivo, descomunal, en el que se inscribía el suyo, había reservado a su mujer y a sus cuatro hijos la pavorosa condición del que aguarda noticias (en la seguridad de que no habrán de ser buenas) de un desaparecido, pues hasta que Vicente Díaz Cuenca no fue llevado al Campo de Trabajo de Chozas de la Sierra (hoy Soto del Real), nadie supo nada de él.

Cuando resucitó Vicente para su familia, Marcial, su hijo mayor que contaba entonces 18 años y es hoy depositario y relator para este libro de la historia de su padre, emprendió con la madre el viaje del reencuentro hacia Chozas en trenes lentos y atestados, y quiso el destino y el hecho de que no había en Chozas otro alojamiento, que fueran a dar con sus huesos a la fonda del Jefe Local de Falange. Les trataron bien, o, cuando menos, pasaron su insomnio sin mayores sobresaltos, aunque tampoco era probable uno mayor que el que les comía los nervios ante el deseado y muchas veces juzgado quimérico reencuentro con el padre.

Vicente Díaz Cuenca, que según su hijo gastaba ese temple extinguido de los hombres antiguos, se mostró exultante y optimista al día siguiente, mientras se bebía, abrazado a ellos, sus lágrimas y las de los suyos. Estaba divinamente, lo peor, aquel penal de Astorga erizado de humillaciones y palizas, había pasado, y ahora, al aire libre, por lo menos en compañía de algo libre, trabajaba y se desentumecía del largo encierro carcelario. Tendía, con otros cientos de prisioneros republicanos, la línea ferroviaria directa Madrid-Burgos para la empresa Leizarán, y ese explanar, hacer taludes y colocar balasto remitía ya, un poco, al trabajo del campo anterior al comienzo de la pesadilla.

Estaba divinamente, había encontrado allí gente del pueblo, a Paco el cantero, a Genaro Écija, a su primo Victoriano Mercado, el casto, y los domingos hacían corro con una guitarra y se intercambiaban las informaciones que del pueblo les traían unos y otros familiares. El frío, las represalias que seguían a algunas fugas, la presencia continua y ominosa de los curas, el desriñonamiento del trabajo a pico y pala, todo eso era nada ahora que había recuperado a los suyos, quienes con su trabajo esclavo recibían, cuando menos, la calderilla de la Redención de Penas. Es

más, cuando un rico propietario de Colmenar Viejo, afecto al Régimen, se lo llevó del Campo de Trabajo unos meses para que le sembrara y le arara sus tierras, sus condiciones de vida mejoraron, pudo moverse con alguna libertad, y el día que obtuvo la libertad condicional, recibió de él una hogaza con un chorizo dentro para el camino, si bien el rico obsequio llegó intacto a Sacedón, donde lo entregó a la familia.

Rutilaba mayo de 1947 y, con ese redondo pan que pasaba de sus manos a las de sus hijos, creyó Vicente Díaz Cuenca que despertaba de la interminable pesadilla, pero según llegó le desterraron a Córcoles, y en el cuartel de la Guardia Civil donde tenía que presentarse todas las semanas tampoco parecía, a juzgar por el talante de los números, que la guerra hubiera terminado. No pudo, pues, acceder enteramente al estado de vigilia tras nueve años de mal sueño, de sueño comatoso, y menos según se fue enterando de los horrores de la represión en su pueblo. Rara fue la esposa de republicano, vivo o muerto, que se salvó del rapado del pelo, de los golpes y del aceite de ricino, y a su propia mujer la habían golpeado en el rostro con una bandera que la chusma victoriosa iba paseando por las casas de los «rojos». Particular sufrimiento le produjo saber de la violación y asesinato de Amalia Díaz Martín, una joven comunista de 18 años.

Así, pugnando por arrancarse de los ojos las telarañas del mal sueño y no consiguiéndolo enteramente nunca, pues el sueño era pura realidad, Vicente Díaz Cuenca, jornalero, soldado de la «Quinta del Saco» y esclavo en las obras del ferrocarril Madrid-Burgos, siguió luchando por llevar panes redondos y dorados a sus hijos, con o sin chorizo dentro, las más de las veces sin. A lo último, un ingeniero republicano, exesclavo también, de las obras de los pantanos de Entrepeñas y Buendía, le dio trabajo, un trabajo duro pero un buen trabajo. Y así, juguete del destino y de quienes entenebrecieron el de tantos miles de compatriotas, siguió Vicente hasta que descansó de esa pesadilla al sumergirse en el dulce sueño infinito.

In document Torres Rafael - Los Esclavos de Franco (página 123-126)