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Cerca del Gran Lago Salado

In document Poliakov Leon - Los Samaritanos (página 68-72)

de las diez tribus perdidas

II. Cerca del Gran Lago Salado

En nuestros días, los British-Israelites no son más que una pequeña secta, sobre todo en comparación con su retoño americano, la «Iglesia de los Santos de los Ulti­ mos Días». Dicho de otro modo, los mormones. Al pa­ recer, ninguna secta cristiana ha dado prueba hasta nues­ tros días de una imaginación tan exuberante como la de ésta. Efectivamente, procede de la visión de un ado­ lescente, Joseph Smith, a quien en 1820 se le habría apa­ recido el profeta Mormón para revelarle que en algu­ na parte del estado de Nueva York podía encontrar un manuscrito en tablillas de oro cuya antigüedad se re­ montaba a la era precristiana y que atestiguaba que una colonia de «cristianos de Jerusalén» se había estable­ cido desde lejanos tiempos en América. Se supone que unos cuantos años más tarde este manuscrito fue efec­

tivamente desenterrado, cerca de Rochester, y en 1830 se publicó con el título de Libro del mormón. Un tes­

timonio de Jesucristo. Como se puede leer en la edi­

ción de 1989, «estos anales cuentan la historia de dos grandes civilizaciones. Una procedía de Jerusalén en el 600 a.C.; posteriormente se separó en dos naciones, los nefitas y los lamanitas. La otra apareció mucho an­ tes, en la época en que el Señor había confundido las lenguas de los hombres en la torre de Babel. Este gru­ po es conocido bajo el nombre de jareditas. Miles de años después estas civilizaciones fueron aniquiladas, con excepción de los lamanitas que son los principa­ les antepasados de los indios americanos.»

Más adelante veremos que la filiación de estos in­ dios como descendientes de las tribus perdidas ya se había planteado mucho antes, en el siglo XVII, y que en esa época también fueron propuestas dos genealo­ gías semejantes: en América del Sur, por iniciativa de los marranos españoles, y en América del Norte, por los pastores protestantes. No puede negarse que haya habido una relación entre la hipótesis de estos últimos y las visiones de Joseph Smith.

El voluminoso Libro del mormón trata, sobre todo, de las tribulaciones de los nefitas, los jareditas y los la­ manitas en el Viejo Mundo. Hasta muy avanzado el li­ bro no se habla de la llegada de los nefitas a la «Nueva Jerusalén, el país de la Abundancia» (el nombre de Amé­ rica no figura). He aquí los dos primeros versículos: «1. Y sucedió entonces que llegó una gran muchedumbre del pueblo de Nefi que se reunió alrededor del templo que estaba en el país de la Abundancia; y se maravilla­ ban y se asombraban y se mostraban unos a otros el ma­ ravilloso y gran cambio que se había operado. 2. Y ha­ blaban también de ese Jesucristo y del signo que se había producido en relación con su muerte.»

Más adelante el Salvador se aparece a los nefitas pa­ ra decirles: «Sé que sois débiles, que no podéis com­ prender todas las palabras que mi Padre me ha encar­ gado deciros. 3. Así pues, volved a vuestras casas y

meditad en las cosas que os he dicho [...]. 4. Mientras tanto, yo iré con el Padre, que me mostrará las tribus perdidas de Israel, pues para el Padre no están perdidas, ya que Él sabe adonde las ha llevado.» Un poco más ade­ lante, es Mormón quien profetiza a los lamanitas: «1. [...] Sí, me dirijo a vosotros, lo que queda de la casa de Israel; y he aquí las palabras que digo: 2. Sabed que vosotros sois de la casa de Israel. 3. Sabed que debéis llegar a arrepentiros o no podréis ser salvados.» Y, fi­ nalmente, el libro acaba con «los adioses de Mormón a los lamanitas». En esta ocasión les explica que «han pasado más de 420 años desde que fue dado el signo de la venida de Cristo»; ¡así pues, ese signo se remon­ ta al año 1020 a.C.! De lo que se deduce que en Amé­ rica el cristianismo fue predicado antes de nacer.

A pesar de este detalle nada impidió a la secta cons­ tituirse y reclutar adeptos, que han reverenciado el li­ bro en cuestión igual que si fuera la Biblia, o incluso más, pues sus promesas llegaban mucho más lejos: ¿aca­ so no asegura que todos los fieles pueden adquirir una naturaleza divina, según la fórmula mágica: «El hom­ bre es lo que Dios era»? Sin embargo, sus comienzos fueron penosos. Lógicamente las iglesias ya estableci­ das fueron hostiles a la secta, ya que los mormones prac­ ticaban la poligamia a ejemplo de los hebreos, por lo cual tuvieron que emigrar hacia el oeste, primero a Illi­ nois, hasta Nauvoo, región todavía salvaje, donde en

1844 sus dirigentes fueron encarcelados bajo la doble acusación de poligamia y abolicionismo. En aquellos tiempos resultaba peligroso militar por la liberación de los esclavos negros. Poco después la cárcel fue asalta­ da por una muchedumbre enfurecida y los detenidos ase­ sinados, con la sola excepción de Brigham Young. En consecuencia, los mormones decidieron instalarse le­ jos de los gentiles y, guiados por su conductor, se diri­ gieron más al oeste, estableciéndose en el desierto que rodea al Lago Salado. En 1847 llegaron a esta poco hos­ pitalaria tierra prometida. Les siguieron otros adeptos, en el marco de la colonización del Far West y, como

todos resultaron muy prolíficos, veinte años más tarde la población se acercaba a las 80.000 personas. Fueron notables colonizadores; cavaron canales y fertilizaron una región desértica, pero las autoridades federales no depusieron su hostilidad y continuaron rechazando la poligamia y su forma de gobierno «teocrático». Por otra parte, a juzgar por las crueles frases que les dedicó Co- nan Doyle en su primera novela, su mala fama había cruzado el Atlántico 4. Pero en 1890 el presidente mor- món Woodruff abandonaba la poligamia para someterse a las leyes federales; la región del Lago Salado fue en­ tonces reconocida como el 45.° estado americano con el nombre de Utah.

Y aún puede decirse que las virtudes adquiridas en el curso de la etapa de las persecuciones permitieron a los mormones convertirse en la secta no sólo más ori­ ginal, sino también la más rica de los Estados Unidos. Fieles que afluían de todas partes se establecieron no sólo en Utah, sino también en los estados vecinos, A ti­ zona, Nuevo México, Idaho, Nevada e incluso Cali­ fornia. Aplicaron allí los mismos métodos que sus her­ manos de Utah y tuvieron un papel importante en la colonización del Lejano Oeste. Salt Lake City, la ca­ pital común, cuenta en nuestros días con cerca de 500.000 habitantes. Sus edificios más populares son el templo, el anexo que alberga el tabernáculo donde se guarda el Libro del mormón, y la casa de Brigham Young. Otras ciudades disponen también de un templo y de sus instituciones comunitarias, en especial Los Ángeles y Oakland (California), Idaho Falls (Idaho) y Mesa (Arizona). También existen comunidades mor- monas en Canadá, Japón y en varios países europeos, empezando por Francia. En cuanto al número total de fieles, en nuestros días indudablemente es superior a dos millones. Miles de enérgicos misioneros siguen pre­ dicando su fe por todas partes a través del mundo.

¿Qué predican? La posibilidad de que todo ser hu­ mano encame a Jesucristo, el Hijo de Dios desde lue­ go pero sin olvidar su origen glorioso, al que ensalzan

como descendientes de los cristianos hebraicos de Je­ rusalén. Además, dentro de lo posible, su ley se ha he­ cho universalista, pues intentan con la mejor voluntad que todos los mortales, vivos o muertos, puedan parti­ cipar de esta gloria, y desean poder rezar por todos ellos. Con este objetivo han hecho microfilmar, literalmente por millones, los registros de estado civil de todo el mun­ do, sin escatimar medios. Los nombres de los difuntos y de los recién nacidos son clasificados por informáti­ cos experimentados, alojados en un enorme refugio sub­ terráneo, cerca de Salt Lake City. Efectivamente, los mormones atribuyen a las genealogías una importan­ cia mucho más grande que los redactores del libro del Génesis, porque piensan que es fundamental estable­ cer las de todos los seres humanos, desde los hijos de Adán y Eva hasta su lejana descendencia, en previsión de la gloriosa reunión de los Últimos Días.

In document Poliakov Leon - Los Samaritanos (página 68-72)