Es un hecho cierto que los Padres de la Iglesia, y por ende los teólogos medievales, nuncan dejaron de co mentar los pasajes referentes a los samaritanos conte nidos en los Evangelios: no tanto el episodio del «buen samaritano» como el de la samaritana que dio de be ber a Cristo. Y además su estatua tuvo el honor de es tar situada frente a la del hombre-Dios, sobre la máquina hidráulica construida en el Pont-Neuf, por orden de Enrique IV, para proporcionar agua al palacio del Louvre. Sin embargo, los grandes almacenes «La Sa- maritaine» cometen el error de no mencionar jamás la regia etimología de su marca registrada.
Ya desde el Renacimiento, un sabio visionario, Gui- llaume Postel (1510-1581), puso en los samaritanos un interés lúcido. Sus primeras investigaciones estuvieron relacionadas con la fundación, en 1530, del Collége de France, cuya finalidad era la enseñanza de las tres len guas sagradas (hebreo, griego y latín); como recuerda Gilíes Firmin, «el Renacimiento no fue solamente grie go, fue, igualmente, judío». Pues bien, Postel, que ha bía aprendido estas lenguas autodidácticamente, fue en cargado por Francisco I de una misión en Oriente, de donde trajo, entre otros tesoros, dos manuscritos sa maritanos; a su vuelta, en 1539, llegó a ser uno de los primeros titulares de la cátedra de hebreo del Collége. En 1549, en el curso de una segunda misión, llegó has ta Nablus, donde la erudición de los sacerdotes sama-
rítanos le impresionó. Por su parte, apenas le costó con vencerlos de que su pueblo descendía de las diez tri bus perdidas. Es cierto que atribuía el mismo origen a los escitas, e incluso a los turcos, es decir que su cien cia, por vasta que fuese, era muy insegura... Pero era generosa con los samaritanos, que, según él, y en opo sición a los judíos, no podían ser sospechosos de infi delidad puesto que las condenaciones de los profetas no les afectaban en modo alguno; vivían, pues, como el antepasado Adán, bajo la «ley de la naturaleza», en una relativa inocencia.
Lo que importa de esto es que Guillaume Postel fue el único sabio anterior al siglo X X que supo situarse en
el punto exacto respecto al origen de los samaritanos, mientras que los otros autores, «samaritanólogos» y de más, siguieron relacionándolos - a fe de Esdras- con los «cúteos» paganos.
Después de Postel, su alumno Giuseppe Escalígero (1540-1609) también se interesó por los samaritanos, aunque sin manifestar la misma intuición. En 1582 les propuso un cuestionario redactado en un hebreo im pecable; la respuesta, enviada desde Gaza, le informa ba sobre las diferencias entre los samaritanos y sus per seguidores judíos, pero el envío no contenía más que dos calendarios, y no su Pentateuco, como él había pe dido. En 1616 Pietro della Valle fue más afortunado: al llegar al Cercano Oriente logró hacerse con dos ejem plares en Damasco. Éstos eran de importancia primor dial, pues en esos momentos estaba planteada una po lémica entre católicos y protestantes sobre el texto del Antiguo Testamento cuya solución se esperaba encon trar en el Pentateuco. El principal campeón de los ca tólicos fue el oratoriano Jean Morin, nacido de fami lia protestante y versado en estas materias pues había hecho sus estudios de teología en la facultad de Lei- den, por lo que conocía bien las dos tesis planteadas. En 1623 Harlay de Sancy, embajador francés en Cons- tantinopla, le proporcionó el Pentateuco adquirido por
P. della Valle, que publicó, debidamente comentado, en la célebre Biblia Políglota de París.
Fue lo más frecuente que estas investigaciones se acompañaran de la esperanza de una conversión, y en este asunto el obispo anglicano Huntington llegó muy lejos. Viajó a Nablus y, aprovechando que en años an teriores había sido el capellán de la colonia inglesa de Alepo, convenció a los samaritanos de que sus legen darios hermanos de Europa eran ricos y poderosos. El equívoco creado le permitió obtener un tercer ejemplar, pero, a cambio, los samaritanos exigieron que se les die ra el que estaba en uso entre sus correligionarios bri tánicos. La estratagema, descubierta en esta ocasión, fue aplicada sin embargo otras veces, como veremos.
Se suponía que ese Pentateuco podía responder a pre guntas muy diversas, incluidas la de la exactitud de la cronología judía. La fecha en que Dios creó el mundo era otro de los problemas cuya solución se requería de las «antigüedades samaritanas». Pero en el siglo xv in el interés decayó.
En el siglo siguiente, como cabía esperar, los con tactos se hicieron más estrechos. La primera iniciati va, en 1808, la tuvo el abate Grégoire, emancipador de los judíos franceses (llegó a ser obispo de Blois), que quiso proteger a los samaritanos de mentiras y abusos de todo tipo. Con esa finalidad se dirigió al ilustre orien talista Silvestre de Sacy, quien lo alentó sin demora: «Se aprecia que el autor de la carta a la que responde el es cribiente Salamé se ha permitido varias aseveraciones contrarias a la verdad: desde luego, no es ésa la forma de inspirar confianza a estos hombres simples que, en gañados varias veces por parecidas afirmaciones, en el presente deben de considerar a todos los europeos que intentan relacionarse con ellos como impostores»]. De este modo fue estableciéndose una relación epis tolar en cuyo curso los samaritanos informaban a Gré goire y a de Sacy sobre sus ritos, costumbres y sacri ficios, asegurándoles insistentemente que, al contrario de una antigua calumnia judía, ellos no adoraban a un
pájaro -la palom a- y, por tanto, no eran paganos. A pe sar de todo, siguieron creyendo que los judíos france ses o ingleses eran auténticos samaritanos, sin que el abate Grégoire pudiera sacarlos de su error. Por otra par te, cada vez les era más necesaria una protección: por ello dirigieron en 1842 una carta de súplica a Luis Fe lipe, que quedó sin respuesta por una causa que trata remos más adelante.
En el siglo X X , el rabino Gaster, que había convivi
do con samaritanos, se convirtió en su principal co rresponsal. Por haberse ganado su absoluta confianza, pudo multiplicar las adquisiciones de manuscritos y aun logró que le confiaran durante cierto tiempo su tesoro, el «rollo de Abisha», cuya confección se atribuía a un bisnieto de Aarón. De esta manera, Gaster pudo exa minarlo a gusto. Puede considerarse a este rabino el pri mero de los samaritanólogos que estableció estos con tactos; en nuestros días hay ya tantos especialistas de este tipo como samaritanos. La mayor parte son eru ditos anglosajones, a menudo pastores, que al princi pio aspiraron a convertir a los samaritanos; tal fue el caso de William E. Barton, que a comienzos de este si glo, con ayuda de un rico negociante americano, creó en Michigan el American Samaritan Committee, que ayudaba financieramente a los «heréticos», obtenien do en contrapartida numerosos manuscritos. Pero, no por ello el sumo sacerdote Jacob ben Aarón dejó de ne gar que Cristo fuera la encarnación del auténtico Me sías. Un joven erudito norteamericano, James Alan Montgomery, defendió en Filadelfia (1904) una tesis sobre los samaritanos, seguida de un trabajo muy com pleto sobre el mismo tema, que aún hoy se considera una autoridad en la materia (se tradujo al francés con el título Les Hommes du Garizim). Como en los otros casos, él también los ha calificado de heréticos, pero no intentó convertirlos.
Más loable todavía fue la actitud de Isaac Ben Zví, un historiador que llegaría a ser segundo presidente del Estado de Israel. Al llegar a Palestina en 1907 se es
pecializó en el estudio de las sectas judías, en primer lugar los samaritanos, a quienes, por sus altas funcio nes, podía ayudar de muchas maneras, especialmente con la concesión de la ciudadanía de pleno derecho, sin el condicionamiento de hacerse «sionistas» y, menos aún, guardianes de Esdras. Así logró reunir cierto nú mero de ejemplares del Pentateuco y cerca de un cen tenar de reliquias manuscritas.
No debe pensarse que el precio de estos manuscri tos fuera necesariamente elevado. Al principio oscila ba de un puñado a un centenar de dirhems, pero con el paso de los siglos fue aumentando hasta llegar en nues tros días, en subastas efectuadas en Sotheby de Lon dres o en Christie de Nueva York, a millones de dóla res. De todos modos, el interés por los Pentateucos era infinitamente mayor en el siglo XIX que actualmente, porque entonces los eruditos, impresionados por el ar caísmo de su grafía, creían sin vacilar que eran muy an tiguos y, por tanto, más cercanos a una hipotética ver sión inicial de la Biblia judía: la «verdad samaritana» prevalecía, pues, sobre la «verdad hebraica». Esta ilu sión todavía anima a ciertos cazadores de manuscritos contemporáneos.
Recientemente el samaritanólogo francés Jean-Pie- rre Rothschild se ha dedicado a hacer un balance de las investigaciones a lo largo de los siglos. Ha comproba do que la mayoría de los manuscritos se encuentra hoy en Europa, añadiendo que, incluso si el hecho se cali fica de una especie de «apropiación colonial», proba blemente sea lo que ha permitido la supervivencia de los samaritanos, ya veremos en qué condiciones y, en todo caso, vivir a secas gracias al producto de estas ven tas y, aún más, a la munificencia de los turistas ricos que afluían a Nablus y subían al monte Garizim en las fies tas de Pascua, donde los sacerdotes samaritanos sacri ficaban corderos ritualmente, como siguen haciéndolo en nuestros días. Como afirma J.-P. Rothschild, «el re nacimiento actual de la vida religiosa samaritana y su dignidad recobrada se deben entre otras razones al in
terés de los sabios que conocieron su literatura a través de los manuscritos y los textos conservados en las bi bliotecas europeas»2.
Rothschild señala asimismo que antes del siglo x vin la adquisición de los cuarenta y tantos manuscritos que se hallaban ya en estas bibliotecas fue debida, sobre to do, al renovado interés por la Biblia, lo que se demuestra por la existencia de diversas ediciones «políglotas». En el Siglo de las Luces este interés decreció, y volvió a aparecer en el siglo X I X , gracias al desarrollo de la
crítica bíblica. A finales de ese siglo los manuscritos habían afluido en cantidad tan grande que Nablus que dó vaciada de la mayor parte de sus tesoros, los cuales fueron a atiborrar las bibliotecas de Europa y de Amé rica de fragmentos sin valor, o incluso falsificaciones. Habían sido comprados tanto por samaritanólogos co mo por ricos aficionados, como fue el caso del caraíta Abraham Firkovitch quien, sin mirarlos atentamente, compró documentos falsos (fue acusado de haberlos fa bricado él mismo), pero que ha reunido una colección sin rival: la biblioteca estatal de San Petersburgo cuen ta actualmente con más manuscritos (a excepción de Israel) ¡que el conjunto mundial de las restantes bi bliotecas! Más rico que Firkovitch pero menos em prendedor que él, Salomon Sassoon llegó a reunir unos sesenta manuscritos, conservados en la Sassoon Co- llection de Londres.
Entrando en detalle 3, el tesoro de San Petersburgo cuenta con 977 piezas. Le sigue el de Gran Bretaña: 626 piezas, más de la mitad de las cuales, 373, se hallan en la John Rylands Library de Manchester, a la que se ha legado el fondo Gaster. Israel sigue en tercer lugar, con 179 piezas en Nablus (en la casa del sumo sacerdote) y 170 en Jerusalén (97 están en el Instituto Ben Zví); en total, 464. Estados Unidos sólo conserva 187 pie zas, esparcidas por sus importantes bibliotecas. En Fran cia hay 170 en la Biblioteca Nacional, 25 en la colec ción Maurice-Baillet de Burdeos y 3 en Estrasburgo; la biblioteca municipal de Rennes contiene una pieza
única en su género, el poema de Amaud-Thomas Ca- péran (1754-1825), un orientalista que, en tiempos de la Revolución, se refugió en Roma. He aquí su título exacto: «El alfabeto jeroglífico o samaritano explica do. Poema didáctico y sagrado en 8.576 versos».
Las estrofas iniciales y finales darán una idea: Canto al alfabeto, que contiene el elemento del gran fía t, autor del vasto firmamento, del elemento del fuego, del globo de la luz que inicia al tiempo en su larga carrera [...] [...] El verbo divino
supo mostrar al hombre con magnificencia los atractivos tesoros de su munificencia. ¡Cuídese el samaritano! 4
La patria de los coleccionistas más entusiastas, Ja pón, no se interesa por la samaritanología y no posee, por tanto, ningún documento. Cabe pensar que algún día llenará esta laguna. El resto de las reliquias se con serva en una docena de países distintos que a veces só lo conservan una: tal es el caso de Siria y de Australia que, sin embargo, es en nuestros días el centro más flo reciente de los estudios samaritanos. Pero las fotoco pias y el fax prestan servicios. En total, el número de piezas conocidas en el mundo entero se eleva a 2.276, y la samaritanología se ha convertido en una discipli na austera y -cosa que quizá sea de lamentar- sus adep tos se abstienen de exponer su ciencia en poemas.
TERCERA PARTE