Como hemos visto, resultaba difícil en el mundo que los rodeaba distinguir a judíos de samaritanos: los pri meros eran más numerosos que los segundos, por lo que generalmente solía bastar la denominación genérica de judíos. Puesto que el padre Crown, como es sabido, se contradijo respecto a la importancia de la diáspora sa maritana, al considerar en 1989 la cifra de un millón y medio, veamos cuál fue su error: simplemente lanzó al azar la hipótesis de que los samaritanos eran un cuar to de la población judía, tanto en Palestina como en la diáspora, que contaba, a principios de nuestra era, con seis millones de miembros 29.
Ha habido otras estimaciones; así M. Avi Yonah, es pecialista israelí, evaluaba en 1972 la población sa maritana sólo de Palestina, en los siglos V-VI, en 300.000 habitantes, acercándose así a la segunda esti mación de A. D. C row n30. En realidad, si los estudios sobre historia de la Antigüedad tienen un talón de Aqui- les, está en la demografía: en lo que se refiere a la po blación total de Palestina, el gran especialista en la cues tión, Roberto Bachi, daba cuenta para el siglo I de nuestra era de veinticuatro estimaciones, escalonadas entre me nos de un millón y seis millones 31.
Menos controvertida es la cuestión de los orígenes de la diáspora judeosamaritana. Exceptuando las de portaciones a Asiría o a Babilonia, que dieron nacimiento a la colonia judía de Babilonia (en la que fue elabora do el Talmud), se considera que esta diáspora no em
pezó verdaderamente a crecer hasta comienzos del pe ríodo helenístico. Ya hemos visto que Egipto, y es pecialmente su capital, Alejandría, fue el centro prin cipal de la emigración palestina, donde se tradujo al griego la Biblia judía y el Samariticón, pero, desde el siglo II a.C. se encuentran huellas, sobre todo inscrip ciones samaritanas, en las islas griegas y en Sicilia. En cuanto a nuestra era, disponemos de una curiosa carta del cónsul romano Servatius, cuñado del emperador Adriano, que contiene este pasaje (poco considerado con los egipcios en general): «También hay entre ellos cris tianos y samaritanos, que, como éstos, por libres que sean siempre están descontentos de su suerte». Respecto a los judíos, y al parecer también respecto a los sama ritanos, en una carta del propio emperador, que acaba ba de visitar Egipto, se describe así sus actividades co tidianas: «Entre ellos nadie es perezoso: unos soplan el vidrio, otros fabrican papel, o por lo menos tejen: to dos pertenecen a gremios de su oficio; los mutilados, los ciegos, los cojos, todos tienen sus ocupaciones: su único Dios es el dinero, al que adoran tanto los cristia nos como los judíos: de hecho, todas las naciones» 32. En estas cartas se resalta expresamente la industria de los fieles del Dios único, mientras que en otros do cumentos se mencionan sus éxitos comerciales. Así, la crónica de Abu Fat describía sus viajes, aventurados «más allá de los mares conocidos». En Constantinopla, los samaritanos destacaban en la banca hasta el punto de que su gentilicio se convirtió allí en sinónimo de «con table» (hipógrafo). Está comprobado a través de los tiem pos que las minorías perseguidas, sobre todo si son ins truidas -desde los parsis (zoroastrianos) de la India hasta los reformados franceses o los viejos creyentes rusos-, siempre han destacado en estas ocupaciones, hasta el pun to de que aún en nuestros días existe una «banca pro testante» en Francia. Quizá algún día se verá renacer en Rusia una «banca raskolnik»...
Entre los siglos iv v, los samaritanos prosperaron en Palestina, en el litoral mediterráneo, así como en Gre
cia y en Italia; poseían sinagogas en Atenas, Salónica, Roma y Sicilia. Sus comunidades estaban organizadas conforme a los principios elaborados por su gran re formador, Baba Raba, y seguían la liturgia del salmis ta Marka, como veremos más adelante. Uno de sus nom bres más ilustres es el del filósofo Marino, penúltimo maestro de la escuela neoplatónica, que fue también no table matemático. La diáspora judía no dio ningún gran pensador «asimilado» de este tipo.
Pero la más importante diferencia histórica entre los samaritanos y los judíos consiste en que éstos siguieron siendo tolerados en los siglos siguientes, bajo el Im perio bizantino, mientras que los samaritanos desa parecieron inmediatamente después de sus violentas revueltas, a partir de la ascensión de Justiniano. La no vela -ley nueva- «Sobre los samaritanos» de Justiniano (I, 5, 17), que se aplicaba por igual a maniqueos y a heréticos, no era extensiva a los judíos, lo que sugie re que este emperador ya tenía en cuenta la doctrina agustiniana sobre el «pueblo testimonio». Otro aspecto diferenciador, en el que insiste A. D. Crown, es el de la estructuración de las comunidades judías de aque llos tiempos, que seguía lo prescrito por la ley halá- jica (el «cerco de la Ley» del Talmud), un cemento a prueba de todo. En cambio, parecería que los sama ritanos sucumbían más fácilmente a las seducciones de la cultura antigua, o a las del bautismo. En cual quier caso, su desaparición de las tierras cristianas en el siglo VI ha sido en cierto modo confirmada por sus mismas crónicas. En la llamada crónica Adler ni si quiera se menciona su Gran Rebelión; las persecu ciones subsiguientes se atribuyen a Zenón (471-494) -quien, efectivamente, había hecho destruir la sina goga de Garizim - y se llega a esta conclusión: «El em perador Zenón fue el último de los emperadores ro manos que reinaron en Palestina». Aparentemente, las devastaciones ordenadas por Justiniano fueron tan ra dicales que ni siquiera están registradas en las cróni cas samar itanas.
Según A. D. Crown, la rebelión de 529 fue provo cada por la novela «Sobre los samaritanos», que coin cidió con la irrupción del ejército persa ante los muros de Constantinopla, al que acudieron los rebeldes ofre ciéndole su apoyo; éstos habrían sido conducidos por un seudomesías llamado Juliano (¿confusión con Ju liano el Apóstata?). La rebelión costó la vida a cerca de 50.000 samaritanos y, como escribe Crown, «des pués los samaritanos sólo fueron sus propias sombras»33. Según H. G. Kippenberg, citando al historiador bizan tino Procopio, la cantidad de víctimas fue superior a
100.000; cita también al obispo Juan de Nikión, lo que no hace sino acrecentar la confusión, pues éste afirmaba: «Juliano aseguraba a su pueblo que él había sido en viado por Dios para restablecer el reino samaritano, co mo había hecho el rey [¡judío!] Roboam, hijo de Salo món el Sabio»34. Teniendo en cuenta estas incoherencias y la ausencia de fuentes samaritanas, sería convenien te seguir el ejemplo del rabino Gaster, que en su capí tulo histórico se abstiene de tratar este asunto.
En cuanto a los judíos, seguidamente Justiniano pro mulgó para ellos en el año 553 la novela 146, por la que disponía que «cuando los hebreos reciten sus textos sa grados, no deberán atenerse a ellos al pie de la letra, si no también prestar atención a las profecías sagradas que les han sido ocultadas, y que anuncian la aparición del Salvador, nuestro Señor Jesucristo». Además, prohibió el Talmud, sin duda la primera ordenanza de semejan te naturaleza. Como es sabido, todos los edictos y to das las hogueras resultarían ineficaces. Durante el Im perio bizantino, en Constantinopla o en Esmima, en Salónica o en Adrianópolis, se mantuvieron las comu nidades judías por más que su suerte fue con frecuen cia adversa, pero después de la caída de Bizancio, ba jo el reinado de los sultanes, esa suerte iba a mejorar.
CAPÍTULO VI