• No se han encontrado resultados

El Nuevo Mundo

In document Poliakov Leon - Los Samaritanos (página 72-87)

de las diez tribus perdidas

III. El Nuevo Mundo

Como es bien sabido, América, en este caso la del Nor­ te, fue descubierta a finales del primer milenio por el vikingo islandés Erik el Rojo (el presidente norteame­ ricano Lyndon Johnson, a un milenio de distancia, ins­ tituyó un día conmemorativo, el 9 de octubre de 1964). Se conoce menos de lo que podría esperarse sobre el mismo tema respecto a América del Sur, ya que «Bra­ sil» se deriva sin duda del gaélico Breas-il, que quie­ re decir «gran isla». A decir verdad, todas estas cues­ tiones siguen siendo objeto de controversias, pues están basadas en relatos más o menos legendarios, consig­ nados en manuscritos frecuentemente de difícil inter­ pretación.

En los siglos XII y XIII los navegantes mediterráne­ os tomaron el relevo de los nórdicos, pero proporcio­ naron datos más exactos. Puesto que desde Platón y Aristóteles se sabía que la tierra era redonda, la espe­ ranza de establecer contacto con el Preste Juan cons­

tituyó muchas veces parte de los proyectos, si bien no siempre éstos resultaron creíbles. Así sucedió al via­ jero más famoso de la Edad Media, Marco Polo, que pasó diecisiete años en China al servicio de los janes mongoles, cuyo poderío y virtudes describió pero que no fue creído hasta que los anales chinos confirmaron su relato en lo esencial. Quizá la expectativa de una cru­ zada conjunta -q u e alimentaban el papado y los reyes de Francia y de Inglaterra- haya estado en el fondo de este asunto.

De hecho, la gran época de los descubrimientos em­ pieza en el siglo X V . Al principio se trata todavía de un

proyecto de cruzada, que en 1415 lleva a los portugueses a desembarcar en Marruecos y en Ceuta, pero rápida­ mente los intereses comerciales se transforman en el mó­ vil principal: comercio de esclavos, búsqueda de oro, de una vía hacia la India (que sigue siendo el país del Preste Juan). Y así es como los navegantes portugue­ ses descubren sucesivamente Madeira, el archipiélago de las Azores y las islas de Cabo Verde. En 1488 Bar­ tolomé Dias llegó al cabo de Buena Esperanza y diez años más tarde Vasco de Gama tocaba tierra en Goa, en la misma India. En el curso de los años siguientes se produjo un enfrentamiento con los árabes, que de­ tentaban el monopolio del comercio de especias y per­ fumes, y en el intento de destruirlo los portugueses cons­ truyeron su grandioso imperio colonial, de Macao a Mozambique y Brasil.

Los animaba entonces fundamentalmente el interés comercial. No fue así el caso de los Reyes Católicos de España, Isabel de Castilla y Femando de Aragón, cuyo matrimonio fue preludio de la unificación de la España cristiana. Tuvo lugar en el año 1492, cuando la toma de Granada, último bastión musulmán. La exal­ tación mística suscitada entonces incitó a la real pare­ ja a expulsar de España a los judíos, y en el mismo año

1492, gracias1 a la ayuda de la reina, Cristóbal Colón partía con el propósito de alcanzar las Indias por el oes­ te y descubrió América. Más tarde, Colón escribía a la

reina: «Todos se burlaban de mi proyecto, sólo Su Al­ teza dio prueba de fe y de constancia, y aquello fue, es indudable, por iluminación del Espíritu Santo [...]. Siem­ pre he propuesto a Vuestras Altezas que todas las ga­ nancias que resultaran de mi empresa fueran dedicadas a la conquista de Jerusalén.» Jerusalén, centro simbó­ lico del mundo entonces conocido, tal como figuraba en los mapas, debía de obsesionar sus sueños de «cris­ tiano nuevo».

Cristóbal Colón

El descubridor del Nuevo Mundo nació en Génova en 1451; su padre era tejedor, pero se ignora su verdade­ ro linaje, judío según unos, cristiano según otros. Es­ to es tema de controversia desde que el gran escritor Salvador de Madariaga desarrolló la primera tesis. Pe­ ro en realidad parece claro que pertenecía a una cate­ goría particular, pues en el siglo XV a los cristianos es­ pañoles sospechosos de haber tenido antepasados judíos, y en consecuencia de «judaizar» en secreto, por bue­ nos cristianos que fueran, se los marginaba del resto de la población hasta el punto de formar una especie de secta: acosados por la Inquisición, con frecuencia de­ cidían emigrar, y tal parece haber sido el caso de los antepasados de Colón. El secreto de que se rodeó, su dominio del español, y hasta la elección de sus lectu­ ras, todo en él es característico del cristiano nuevo sin­ cero: en general, la religiosidad de éstos era más ardiente y más inquieta que la de los cristianos viejos, precisa­ mente a causa de su situación particular y de las ame­ nazas que les acechaban. Así pues, es característico que Colón estudiara y anotara el cuarto libro de Esdras, de­ teniéndose en un versículo (6,42), que le permitió con­ cluir que sólo una séptima parte de la tierra estaba cu­ bierta por las aguas y, por tanto, quedaban tierras por descubrir. En este pasaje anotó al margen: «Esta pro­ fecía no ha sido aceptada por los judíos réprobos, pe­

ro sí lo ha sido por los innumerables judíos que han creí­ do en los evangelios. Así es como fueron divididos en dos grupos, como había predicho el profeta Sa­ muel al rey Saúl. Por lo demás, incluso para los ju ­ díos réprobos, Esdras sigue siendo un profeta.»

Continuando con el estudio del cuarto libro de Es­ dras, Colón no podía dejar de detenerse ante los ver­ sículos que tratan de las tribus perdidas (13, 40-42): «Éstas son las diez tribus que habían sido deportadas de su país en tiempos del rey Oseas, a las que Salma- nasar, rey de Asiría, había desterrado más allá de los mares, a otro país. Pero habiéndose puesto de acuerdo, decidieron separarse de la multitud de paganos para di­ rigirse a otra comarca que nunca antes había sido ha­ bitada, a fin de observar allí su Ley, que no habían se­ guido en su propio país.»

Colón, apasionado y ambicioso, soñaba con encon­ trar esas tierras. ¿Para convertirlas a la verdadera fe cris­ tiana? Esto es lo que supone Ronald Sanders 5, al in­ tentar la interpretación de su firma habitual, un tanto cabalística. Al misterioso cuadrado

S SAS XMY

continuaba la fórmula Xro Ferens, que significa «por­ tador de Cristo»...

Veamos ahora la trayectoria de Colón. En vez de se­ guir el oficio de su padre, se embarca a los catorce años en un barco genovés y navega por el Mediterráneo o por el océano Atlántico remontando hasta «la isla de Thule», es decir, probablemente, Islandia. Al mismo tiempo aprende el oficio de los navegantes, la cartografía y el cálculo: «Recibí la habilidad del espíritu y de las manos para dibujar la esfera terrestre y poner en ella las ciudades, los ríos y los puertos, todo ello en el lu­ gar apropiado», escribiría más tarde. Ya entonces que­ ría ser el navegante que iba a descubrir un mundo nue­

vo: «Llegará un momento en que Thule no será ya el final de las tierras». Es evidente que muy tempranamente empezó a soñar con su gran proyecto.

En 1476 Colón se casó con una joven pobre aunque de alta condición, Felipa Perestrello (quizá fuera tam­ bién una cristiana nueva), y se estableció en Portugal, donde se ganó la vida dedicándose a corretajes maríti­ mos. Fue entonces cuando construyó con sus propias manos una esfera que, debido a un error de cálculo en­ tonces común, situaba Cipango, es decir Japón, en la longitud de América. Pero sólo en 1484, tras la muer­ te de su mujer, pudo presentar su proyecto y su esfera al rey de Portugal Juan II; éste los remitió a una comi­ sión de cosmógrafos, que lo rechazó rápidamente, ¿aca­ so Cipango no formaba parte del entretejido de inven­ ciones de Marco Polo?

Colón pasó entonces a España, se instaló en el puer­ to de Palos e intentó convencer a otros príncipes: no sólo a los Reyes Católicos, sino también a Enrique VII de Inglaterra y a Carlos VIII de Francia.

Estas iniciativas resultaron infructuosas hasta el fa­ tídico año 1492 en que él mismo vincula el descubri­ miento de América a la toma de Granada y a la expulsión de los judíos, en el preámbulo del diario de viaje que, a su regreso, presentó a la pareja real. En él asegura haber visto con sus propios ojos al rey de Granada sa­ lir de su fortaleza y besarles las manos, y recuerda ha­ ber dejado el puerto de Palos al día siguiente de la ex­ pulsión de los judíos; en cuanto al objetivo de su viaje, no deja de referirse a su misión ante los paganos o los infieles, a fin de convertirlos a la religión de Jesucris­ to. Lo que no menciona en este preámbulo es que, tras la toma de Granada, su proyecto fue primeramente de­ sechado, por lo que por un momento pensó en partir a Francia. Pero, en su ausencia, otro cristiano nuevo bien instalado en la corte, Luis de Santángel, intercedió an­ te la reina y logró hacerle cambiar de opinión.

Mirando la cuestión más de cerca, ningún cristiano viejo se interesó verdaderamente por el proyecto de Co­

lón; los apoyos y las contribuciones financieras le lle­ garon de cristianos nuevos, lo que permite admitir que más allá del espíritu de aventura o de lucro, estaban in­ teresados en el descubrimiento de tierras nuevas en las que, llegado el caso, podrían refugiarse. El hecho es que los cristianos nuevos, sinceros o no, tuvieron un papel de máxima importancia en la colonización de Améri­ ca latina, y si bien la Inquisición acabó por establecer­ se también allí, en Lima y en México, no causó más que algunas decenas de víctimas, gracias a las específicas costumbres coloniales, a las distancias y a la abundancia de lugares donde refugiarse.

Los conquistadores y Las Casas

Más que su crueldad o su rapacidad, lo que sorprende a la imaginación fue la audacia y la resistencia de los conquistadores: piénsese en Cabeza de Vaca, que ha­ biendo partido en 1528 a la conquista de Florida, tar­ dó ocho años en atravesar América del Norte de este a oeste y, siendo el único superviviente de sus cuatro­ cientos compañeros, casi sin descanso y sin darse tre­ gua volvió a salir a la conquista del Paraguay. Uno de los exploradores del Perú, menos afortunado, Francis­ co de Orellana, atravesó los Andes y bajó por el Ama­ zonas hasta su desembocadura, encontrando la muer­ te a orillas del océano Atlántico, por lo que no pudo ofrecer Brasil a la corona española. Pero Hernán Cor­ tés y Francisco Pizarro conquistaron para ella, al pre­ cio de millones de vidas indígenas, los imperios de Mé­ xico y Perú.

España atravesaba entonces el período más glorio­ so de su historia, su Siglo de Oro, y mientras sus so­ beranos esperaban exterminar todas las herejías para restablecer la unidad cristiana, los conquistadores al­ bergaban otros sueños. Gloria y riqueza, sí, pero tam­ bién descubrimiento de lugares míticos, no sólo Eldo- rado sino también la Fuente de la Juventud e incluso

el Paraíso terrenal. Cristóbal Colón no fue el único en pensar en las tribus perdidas; su visión, tan importan­ te como la evangelización de las Indias, animaba a es­ píritus de otro temple, los misioneros franciscanos y do­ minicos.

Entre ellos fue figura destacada la de Bartolomé de las Casas, muy probablemente también un cristiano nue­ vo. Hijo de un comerciante de Sevilla, partió en busca de fortuna hacia América, a Haití, en 1502, y en un prin­ cipio explotó a esclavos indios pero doce años más tar­ de conoció su propio camino de Damasco y entró en la orden dominica, dedicándose a la conversión y a la liberación de los indígenas (sin embargo, no es cierto que haya sido el primero en reemplazar a los indios por esclavos negros). Fue entonces cuando se hizo histo­ riador y teólogo, convenció a Carlos V de que prohi­ biera la esclavitud («Leyes Nuevas» de 1542) y publi­ có numerosas obras, entre ellas una Historia de las

Indias, de hecho la primera biografía de Cristóbal Co­

lón, y un Breve resumen del descubrimiento y destrui-

ción de las Indias en el que, citando profusamente al

historiador judío Flavio Josefo, comparaba la destruc­ ción de México por Cortés a la de Jerusalén por Tito. Otro indicio, quizá, de sus orígenes judíos.

En la abundante producción literaria de Las Casas no se habla de las tribus perdidas. La primera mención cu­ yo rastro se ha conservado se debe a su adversario, el fran­ ciscano Diego de Landa, quien, nombrado obispo de Yu­ catán a mediados del siglo xvi, luchaba por impedir el regreso al paganismo de los indios convertidos, a quie­ nes atribuyó una misteriosa impregnación judía, rela­ cionando a esos herejes con las diez tribus. Por otra par­ te, procuró la desaparición de los vestigios de la cultura indígena, y para conseguirlo hizo quemar todos los ma­ nuscritos mayas que tuvo al alcance de la mano. En ge­ neral, aquellos cristianos viejos españoles intentaron arran­ car de raíz todo elemento islámico o judaizante en su país, así como de paganismo en sus colonias. Como es sabi­ do, fracasaron completamente en el segundo caso.

Fueron seguramente nuevos cristianos heréticos, es decir, marranos, quienes convirtieron al judaismo a una tribu indígena de Ecuador. La historia, por tenebrosa que sea, tiene buenas posibilidades de ser auténtica; en cualquier caso, tuvo diversas consecuencias de orden político, que pasamos a considerar.

La pista marrana

Frente a los nuevos cristianos sinceros, que marcaron la historia española con abundancia de nombres glo­ riosos, como santa Teresa de Jesús, el teólogo Luis de León y otros muchos, los esquivos marranos, errantes de país en país, siempre alertas, dejaron trazas históri­ cas en otro sentido profundas, desde Spinoza, el após­ tol de la filosofía atea, que denunció las supersticiones religiosas de los judíos, hasta Benjamín Disraeli (lord Beaconsfield), el hombre de Estado que los glorificó como a una «raza superior». Menos conocido, pero más típico, fue Juan Míguez Mendes, un riquísimo marra­ no que le prestó ciento cincuenta mil ducados al rey En­ rique II de Francia, y éste se negó a devolvérselos pre­ textando su evidente condición de infiel. Juan Mendes se trasladó entonces a Turquía, llegó a ser ministro del sultán Solimán I y supo vengarse a costa de los emba­ jadores franceses. En otro aspecto fue el precursor del

sionismo, al crear una colonia judía en los alrededores del lago Tiberíades.

Hay otras huellas, más secretas, cuya pista es más difícil de seguir, pero lo cierto es que los marranos fue­ ron los grandes artesanos de la economía colonial en América del Sur: en primer lugar en Brasil, donde, más numerosos que los cristianos viejos, fundaron dinas­ tías de comerciantes de las que algunas, conscientes de sus orígenes, prefieren disimularlos incluso actual­ mente6. Las costas del océano Pacífico, donde Pizarro y sus compañeros buscaban el fabuloso Eldorado, fue­ ron también desbrozadas por marranos. Algunos de ellos

perecieron en las hogueras de la Inquisición. Más al nor­ te, en Ecuador, en la primera mitad del siglo XVII se de­

sarrolló una teoría según la cual los indios eran des­ cendientes de las tribus perdidas; en la segunda mitad del siglo, esta teoría adquirió popularidad internacio­ nal, especialmente en Gran Bretaña y en los Estados Unidos. Indudablemente estas hipótesis se basaron en hechos auténticos, como que algunos marranos ense­ ñaron a los incas rudimentos de hebreo y oraciones ju­ días, tras haberles convencido de que la religión que les había sido impuesta por la fuerza por los misione­ ros católicos era falsa; los intereses comunes resulta­ ron tan evidentes que la connivencia podía adoptar for­ mas diferentes pero cuidadosamente mantenidas en secreto. He aquí el relato que en 1644 hizo a los rabi­ nos de Amsterdam el marrano Antonio de Montezinos, recién llegado a los Países Bajos para practicar allí pú­ blicamente el judaismo.

En su viaje por la región montañosa de Quito dijo haber escuchado a su guía indio decir que sus congé­ neres merecían todos los sufrimientos que les infligían los españoles, pues ellos se los habían causado seme­ jantes a un pueblo santo que había vivido con ellos. Otro

guía, Francisco, comentó que faltaba poco tiempo pa­ ra que ese pueblo fuera vengado. El significado de es­ tas declaraciones no se le haría comprensible hasta unos meses más tarde, cuando, por haber sido acusado de ma­ rrano, estaba consumiéndose en una cárcel. Al recitar la oración «Señor, te agradezco que no me hayas he­ cho un idólatra, un negro, un indio...», su espíritu se es­ clareció: ¡ese pueblo santo no podía ser otro que el pue­ blo judío! Liberado poco después por la Inquisición, se empeñó en encontrar a Francisco, quien después de atra­ vesar un río lo llevó donde unos indios le hablaron en hebreo, recitando la oración inmemorial: «Escucha Is­ rael, el Señor es nuestro Dios, el Señor es único...». Tam­ bién le aseguraron que pertenecían a la tribu de Dan, mientras que los descendientes de José vivían en una isla vecina, y le pidieron que les enviara misioneros ju-

dios, pues si bien conocían el hebreo, no sabían leerlo ni escribirlo. Dicho esto desaparecieron, y Francisco le aportó otros detalles: efectivamente, aquellos hombres habían sido perseguidos, pero un brujo del lugar había salido en su defensa. «El Dios de estos Hijos de Israel es el verdadero Dios», habría dicho. «Al final de los tiempos ellos serán los dueños del mundo. Mientras tan­ to, cubrirán nuestro país de riquezas y, tras habernos colmado, partirán hacia la comarca donde nacieron pa­ ra reinar sobre toda la tierra, como ya hicieron en otro tiempo.»

Sea cual fuere la parcela de verdad sobre la que es­ tuvo construido este relato fantasmagórico, lo impor­ tante es que fue creído, gracias a que el principal rabi­ no de Amsterdam, Menasé ben Israel, era a su vez un ex-marrano a quien sus maneras urbanas y su cultura general habían permitido ganarse un prestigio poco fre­ cuente entre los cristianos: los pastores y otros teólo­ gos asistían a sus sermones y Rembrandt pintó su re­ trato.

Las expectativas apocalípticas se multiplicaron sobre todo en el mundo protestante, especialmente en Inglate­ rra, apenas salida de una guerra civil que había des­ embocado en la ejecución de su rey católico Carlos I.

Mientras que los puritanos y algunos visionarios veían al Anticristo en la persona del papa, el Vatica­ no replicaba con la leyenda de un Cromwell conspira­ dor y francmasón. Por su parte, los judíos seguían es­ perando al Mesías, que, según creencia general, no aparecería hasta que ellos estuvieran repartidos por to­ da la superficie de la tierra. Fue entonces cuando Me­ nasé ben Israel publicó su célebre libro L a e sp e r a n z a

In document Poliakov Leon - Los Samaritanos (página 72-87)