Las fuentes samaritanas son relativamente recientes: la crónica principal de Abu Fat, que fue redactada fun dándose en textos desaparecidos o quemados (espe cialmente con ocasión de la destrucción del Templo por el emperador Adriano), se remonta al siglo XIV
de nuestra era. Sigue el relato bíblico resumiéndolo, en ocasiones muy brevemente al igual que cualquier otra crónica, pero difiere de ellas en que contiene mu chas divergencias. Un aspecto original de la doctri na samaritana, que la aproxima algo al cristianismo, es la datación de una era de desgracias a partir de la caída de Adán, la Fanuta, que sólo llegó a su fin cuan do el Eterno, compadeciéndose de su pueblo, le en vió un mesías liberador en la persona de Moisés. Pe ro la era de gracia, la Rahuta, apenas duró tres siglos, y llegó a su fin cuando el sumo sacerdote rebelde Elias se escindió, abandonó el monte Garizim y edificó otro altar en Siló. Irritado, el Dios de Israel ocultó de las miradas de los samaritanos el Tabernáculo que con tenía el arca de la alianza que Moisés había construido en el desierto, lo que determinó el comienzo de una nueva era de Fanuta que puede durar seis mil años, hasta la llegada de otro enviado divino, el mesías Ta-
heb. Ése será el tiempo de la Recompensa y de la Ven
ganza, y a partir de ese momento los samaritanos vi virán completamente seguros, bajo el reinado del Taheb que no se extenderá al resto del mundo sino exclusi vamente sobre ellos.
Refiriéndose a este punto, el rabino Gaster afirma ba que «la conciencia de permanecer en la era de la Fa-
nuta ha dado origen, entre los samaritanos, a una es
pecie de introspección enfermiza en sus oraciones. Repasan minuciosamente sus pecados, sus debilidades, sus caídas y recaídas...». A esta melancolía oponía él el optimismo de los judíos, inspirado sobre todo por sus profetas, de Isaías a Daniel, mas no por ello dejaba de reconocer, aunque en menor medida, el valor inmenso de la fidelidad de los samaritanos a la tradición, en la que percibía «una contribución más que valiosa y más que importante al conocimiento de las fuerzas espiri tuales que han tenido un papel decisivo en la historia de nuestra modernidad 35.
Suele suceder que las costumbres arcaicas se antici pan a la modernidad, tal fue el caso de los samaritanos en lo que se refiere a la condición femenina. Remon tándonos retrospectivamente advertimos una especie de igualdad de sexos en la antigua Babilonia, sobre todo en lo referente al culto, que podía ser celebrado por sa cerdotisas; pues bien, ciertas huellas de ese pasado per sistieron. Así, las samaritanas debían recitar una ora ción que les era exclusiva mientras no ocurría lo mismo a las judías. Podían también tomar la iniciativa en un divorcio (con la asistencia de un sacerdote). Y, aún más, en el siglo X X es a la joven samaritana a quien incum
be proponer al novio de su elección la petición de ma no a sus padres, y es el novio quien debe a continua ción otorgar una dote a la familia de la mujer (ritos del
Quidusín y del Erusíri). Estas costumbres se observan
todavía escrupulosamente, así como las fiestas y los ayu nos: actualmente, en el Día del Perdón sólo los niños de menos de un año están dispensados del ayuno ritual de veinticuatros horas 36.
En cuanto a las costumbres arcaicas, como el rito de purificación por medio de las cenizas de una vaca ro ja (Números, 19), que probablemente se remonta a tiem pos premosaicos, los samaritanos pudieron seguir prac ticándolas hasta la era moderna utilizando las cenizas
de una vaca roja que les procuró en el siglo x iv un ge neroso donante de Damasco, pero estas reservas se ago taron en el siglo XVII. En cambio, los judíos abandona ron esta costumbre hace cerca de dos mil años (después de la destrucción del segundo Templo).
Es probable que este rasgo arcaico de los samaritanos esté relacionado con su método de interpretación del Pen tateuco, que, siendo lógico a su manera es bastante ru dimentario y nada tiene en común, en valor heurístico, con el Talmud, inmenso tratado de extrema sutileza. De todas formas, cotejando las dos interpretaciones se arro ja una nueva luz sobre las diferencias entre las historias respectivas; por eso la cuestión merece que nos deten gamos en ella.
También el Talmud contiene de contradicciones. Las sentencias y los comentarios de los doctores de la Ley van acompañados de comentarios divergentes de otros sabios, así como de largas discusiones destinadas a eli minar o a conciliar estos desacuerdos. Tal costumbre se remonta, según la tradición, a Judas el Sabio, el co dificador de la primera parte del Talmud (la Misná), quien se habría ocupado de consignar el conjunto de las opiniones discrepantes. Puede decirse que el Tal mud es el único tratado religioso del mundo que per mite e incluso anima su propio cuestionamiento.
Es importante añadir que los textos talmúdicos son sumamente elípticos: carecen de títulos y de subdivi siones, de conjunciones y de signos de puntuación. Obli gan, por tanto, a poseer estudios previos y, además, a un trabajo mental suplementario para descifrarlo y com prenderlo. A este ejercicio permanente de aprendizaje y dialéctica se ha atribuido con frecuencia la energía mental de los judíos y, en consecuencia, su capacidad para enfrentar todas las persecuciones, así como, re sumiendo, su fecundidad científica37.
Volviendo a los fundamentos, es decir al Pentateu co, vemos que es preciso también realzar la creencia,
común entre los samaritanos, de que todos los signos o letras de los libros de Moisés, incluso los gazapos evi dentes o las omisiones, son sumamente significativos en tanto Palabra revelada y, en consecuencia, deben ser conservados con el fin de estudiarlos. Esta devoción por el signo o por su omisión fue preparando al parecer el camino de Sigmund Freud: en todo caso, al menos eso es lo que él mismo suponía 3S.
En lo referente a la liturgia, el libro de oraciones sa maritano más importante es el Defter, cuyos himnos ára meos fueron compuestos en su mayor parte por Am- ram Marka, que vivió en la segunda mitad del siglo IV,
en un breve intervalo de esplendor debido a las activi dades y a las victorias de Baba Raba (Baba el Grande). Siguiendo las crónicas samaritanas, que son a este res pecto muy minuciosas, este héroe nacional aprovechó una debilidad pasajera de los romanos «para sublevar se y matar a gran número de ellos; los supervivientes huyeron y contaron a sus reyes lo que Baba había he cho a sus hermanos [...]». Al verse impotentes para con tinuar la guerra contra Baba el Grande, los reyes enviaron mensajes a los jefes de los judíos: «Si podéis matar a Baba el Grande, rey de los samaritanos, os daremos per miso para reconstruir vuestro Templo en Jerusalén». A su vez, los judíos tramaron una conspiración pero, en el momento crucial, «Baba lanzó un grito y los judíos [...], presa del terror, deshecho su corazón, huyeron»39. ¡Homérico!
Evidentemente, éstas son fabulaciones, pero todo pa rece coincidir en que las relaciones entre samaritanos y judíos comenzaron a degradarse en el curso de los pri meros siglos de nuestra era.
Y, sin embargo, el Talmud contiene un juicio mode rado sobre ellos. Lo esencial está contenido en el tra tado Maseket Kutim 40, donde, desde el principio, se afirma: «Las costumbres de los samaritanos son en par te semejantes a las de los gentiles y en parte también
semejantes a las del pueblo de Israel, pero sobre todo, se parecen a las de Israel». Ciertamente se los consi deraba judíos en lo relacionado con intercambios fi nancieros pues estaba prohibido prestarles o pedirles dinero a interés. En plano más general comenta: «No sotros nos asociamos y hablamos con ellos, lo que no hacemos con los gentiles». Despertaban recelo sobre todo en lo concerniente a los ritos religiosos, por eso los «matrimonios mixtos» estaban rigurosamente prohi bidos, y esta barrera se extendía a detalles que ahora nos parecen ínfimos: «Se prohíbe el uso de las tinajas y las prensas en las que acostumbran preparar su vino y su vinagre». Del mismo modo, había que evitar com prar pan a los panaderos samaritanos «antes de la cuar ta hornada siguiente al final de la Pascua», aunque hay que tener en cuenta que esta última prohibición estaba motivada por la diferencia de los calendarios, pues, se gún los samaritanos, el suyo -«lunisolar», revelado por un ángel al antepasado Adán, y cuyo cálculo era un se creto reservado a los sacerdotes- situaba la Pascua, así como las demás festividades, en fechas distintas de las del calendario judío. Reaparece aquí el antes mencio nado arcaísmo samaritano (el calendario lunisolar se re monta a los antiguos métodos babilonios...)41. Sin em bargo, mantener este arcaísmo hacía más estricta la observancia de las leyes de Moisés entre los samarita nos que entre los judíos, según la opinión generaliza da de los talmudistas: «Los samaritanos son más es crupulosos observantes que los judíos de aquellos mandamientos que adoptan como suyos»; o bien, y siem pre que no se tratara un punto de los llamados «dudo sos»: «un samaritano no se diferencia en nada de un ju dío». Estas fórmulas se encuentran en numerosos tratados talmúdicos.
Debemos referimos ahora a las sectas samaritanas, que al principio parecen haber sido un contrapunto de las sec tas judías; en todo caso, eso es lo que sugiere la cróni ca Adler, cuando comenta que antes del siglo II a.C. «los hijos de Israel se dividían en tres sectas: los saduceos,
los fariseos y los jasidim. Ésta estaba integrada por sa maritanos, hijos de José y algunos hombres de las otras tribus que habían adoptado su rito.»
Es posible que se trate de una especie de juego de palabras, ya que jasidim designa etimológicamente a los israelitas de observancia estricta. En realidad, las sectas propiamente dichas no surgieron entre los sa maritanos hasta después de la destrucción del Templo de Garizim por Hircano en el 128 a.C., y esta catástrofe nacional les trajo tal cúmulo de consecuencias como la destrucción del Templo de Jerusalén, dos siglos más tarde, traería a los judíos. Resulta paradójico que no sotros tengamos más información sobre las sectas sa- maritanas que sobre las judías, debido quizá porque respecto a éstas el cristianismo desde su surgimiento relegó a la sombra las herejías judías, al punto de que los Padres de la Iglesia, especialmente, no dan cuen ta de ellas.
La crónica de Abu Fat, que es la más detallada, enu mera ocho sectas samaritanas, que en ocasiones estaban compuestas por una o dos familias solamente. Aquí nos limitaremos a recordar la octava, la de losfusquta'i, quie nes creían que podía obtenerse la salvación saliendo ai rosos de una prueba consistente en que una pareja dur miera vestida y en el mismo lecho durante seis días sin realizar el acto carnal, al modo de Tristán e Isolda...42. Pero las crónicas samaritanas, así como los Padres de la Iglesia, se encarnizan sobre todo contra dos heresiarcas, Dustán o Dositeo, y Simón el Mago. El primero (de quien uno se pregunta si se trata del mismo personaje o de dos «reformadores» sucesivos) aparece en el origen de to das las sectas descritas por Abu Fat. A él se debe la abo lición de los sacrificios cruentos — lo mismo hicieron los judíos tras la destrucción del Templo— , la modifi cación del calendario samaritano y — suprema impie dad— se atrevió a pronunciar el tetragrama sagrado «YHVH». Al parecer, pretendía ser un salvador mesiá- nico, un nuevo Moisés y, como éste, según la leyenda desapareció al ascender a los cielos. De esa manera, y
de acuerdo con los Padres de la Iglesia y otros autores cristianos, quiso ser un rival de Jesús.
Todavía más misterioso es el personaje conocido por el nombre de Simón el Mago, de quien se trata exten samente en el Nuevo Testamento. Simón habría fingi do creer en Jesucristo pero luego intentó adquirir po deres divinos por medio del dinero (de ahí deriva el término simonía) (Hechos de los Apóstoles 8,9-14). Por el contrario, san Justino mártir relata que Simón se ha bía hecho adorar por los infieles como si fuese un dios, y que le había sido dedicada una estatua en Roma. Las crónicas samaritanas aseguran al respecto que preten dió también aparecer como un Moisés, como un pro feta destinado a destruir el cristianismo. Con este mo tivo viajó a Alejandría y en el encuentro que tuvo con el filósofo judío Filón, fue disuadido por él: «Abando na esa idea, pues es la voluntad del cielo y nadie podrá cambiarla». Respuesta que resulta una paráfrasis de los argumentos atribuidos en el Nuevo Testamento a un miembro del sanedrín, el rabán Gamaliel el Viejo, cuan do opinó: «Si esto [la obra de Jesús] es consejo u obra de hombres, se disolverá; pero si viene de Dios, no po dréis disolverla» (Hechos de los Apóstoles 5, 38). Es fácil advertir cómo las leyendas, y aun las herejías, han circulado, deformándose, entre cristianos, samaritanos y judíos. Si se añade que según los especialistas con temporáneos Simón el Mago fue un precursor del gnos ticismo, esto es, la doctrina dualista religiosa en la que el Dios de Israel encarnaba el principio del Mal, se con vendrá en que es difícil arrojar una luz sobre las sectas samaritanas. En cualquier caso, según testimonio de los historiadores árabes, dos de las sectas dositeas, las de los dustanya y la de los kusanya, persistieron hasta la Edad Media 43.
SEGUNDA PARTE