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Desde el punto de vista clínico, ¿cuándo se considera que un chico es obeso? Cuando su peso es un 20% mayor que su peso ideal. Se sabe que si la obesidad se desarrolla entre los seis meses y los siete años de vida, las probabilidades de ser obeso en la adultez son menores (40% menos) que si la misma se adquiere entre los diez y los trece años (70% más) ya que en esa edad se multiplican los adipositos.

El IMC (índice de masa corporal) es una buena forma de medición

para diagnosticar el desarrollo de la obesidad durante la infancia, ya que señala si un niño está ganando demasiado peso para su altura.

Asimismo, hay referencias a tener en cuenta de acuerdo con la edad del niño porque, a diferencia de los adultos, la cantidad de grasa en un niño varía con su crecimiento. Sabemos que el peso por altura aumenta durante el primer año de vida, decrece aproximadamente a los seis años (que es el período de mayor crecimiento) y vuelve a aumentar entre los siete y ocho años. Existen estudios complementarios que determinan la cantidad de grasa en exceso, tales como densitometrías, pliegues, resonancias magnéticas y ecografías.

Cuando los datos nos revelan que la obesidad infantil está adquiriendo las dimensiones de una epidemia mundial, no podemos dejar de asombrarnos ante la gran paradoja que esta realidad encierra. ¿Por qué? Porque, al mismo tiempo que muchos chicos se enferman por comer en exceso, muchos, otros mueren de desnutrición. Y no estamos hablando solamente de niños que habitan lugares inhóspitos, inaccesibles o en guerra, sino de casos más cercanos, como los que se dan en nuestro país.

Indagar en las causas sociales, políticas o ambientales de este contraste excede los objetivos del presente libro, pero no quería dejar de plantear la realidad tal cual es y abrir un interrogante sobre la responsabilidad de los adultos ante el tema.

Recientes informes de la NAÁSO revelan que uno de cada diez chicos

en edad escolar presenta exceso de peso y corre el riesgo de que dicho exceso se transforme en una enfermedad crónica. De estos chicos con sobrepeso la cuarta parte es obesa, con importantes posibilidades de padecer antes de la adultez las múltiples consecuencias de la enfermedad. Éstos casos aumentan dramáticamente en las regiones de mayor desarrollo económico, pero crecen de modo significativo en las demás partes del mundo.

engorda, en el cual para muchas personas es muy difícil ser flacos; requiere de un esfuerzo diario y permanente, de una lucha contra miles de elementos que provocan, seducen e incitan a comer cada vez más. Los niños que crecen en este contexto no están al margen de esta provocación.

Se sabe que más allá de la predisposición genética que existe en determinados casos, la influencia del entorno es cada vez mayor en los niños.28

Entre las tendencias sociales que contribuyen con el crecimiento de la obesidad infantil encontramos el aumento del uso de transportes (por ejemplo el transporte escolar) para cubrir distancias cada vez más cortas, la tendencia cada vez mayor a la recreación sedentaria, la proliferación de canales de TV durante las 24 horas, los peligros del tráfico

automovilístico para los ciclistas, la oferta de comidas en mayor cantidad y variedad, el aumento del consumo de bebidas azucaradas en reemplazo del agua, y la mayor concurrencia a restaurantes y fast-foods. Los niños, entonces, cada vez se mueven menos y comen más, son víctimas de un entorno aquietante y engordante.

Para que haya un cambio de estos hábitos sociales, uno de los pasos fundamentales a seguir es que los países tomen consciencia de las consecuencias para la salud de este modelo de consumo, lo cual sería el primer escalón de una estrategia que promueva una alimentación sana y vidas mucho más activas. Pero como existen demasiados intereses creados en torno a ese modelo de consumo, aunque haya consciencia, el proceso puede ser muy largo.... Por lo tanto, considero que es importante trabajar desde el núcleo familiar y la escuela para la prevención del problema. Son los padres y familiares quienes deben tomar consciencia de los riesgos que corre un niño obeso y reeducarlo para que adquiera hábitos más saludables.

Los niños obesos son emergentes de una sociedad que está equivocada respecto de las pautas alimentarias de los más pequeños. Y muchas veces no es intencional, sino que la vida vertiginosa del mundo contemporáneo, la carrera para sobrevivir y la falta de tiempo en la que estamos inmersos los adultos nos llevan a descuidar la preparación de comidas nutritivas para nuestros hijos -dietas equilibradas que contengan los nutrientes necesarios para que el chico crezca fuerte y sano-.¿Acaso muchas veces no llegamos cansados del trabajo y pedimos pizza o empanadas? O recurrimos a las salchichas, hamburguesas o papas congeladas, todos alimentos que nos "salvan" pero, a la vez, su abuso hace que nuestros hijos estén mal alimentados.

No todos los chicos mal nutridos son obesos, pero sí en todos los obesos hay un predominio de un tipo de ingesta excesivamente calórica y perjudicial que, junto con el sedentarismo lleva a una gran acumulación de

28 Labstein, T.; Baur, L. y Uauy, R. (eds,), Obesity in Chitaren and Young People: The Corning Crisis in Public Health, International Obesity Task Forcé, 2003, Londres. Informe elevado a la Organización Mundial de la Salud.

grasas.

Desde que es bebé, la relación del niño con los alimentos debe ser lo más variada posible y encarada con responsabilidad. El niño reproduce hábitos, los hereda: si en su casa no se comen frutas, o si se mira TV

durante las comidas, adquirirá esas costumbres. Así como le enseñamos a hablar, le enseñamos a comer. Y los niños aprenden, si uno les enseña, que el pescado hace bien al "cerebro", la carne a la "sangre", la leche a los huesos y a los dientes, que las golosinas pueden llenarles la boca de "bichitos", que si toman mucha gaseosa se "inflan" y se les va el hambre, que les hace mal comer muchas hamburguesas y panchos y les hace bien comer frutas y verduras.

Hay un ejemplo muy singular tomado de la vida cotidiana: los cumpleaños infantiles. En ellos se expresa la presunción que tenemos los adultos respecto de las preferencias de los chicos. Sabemos que les gustan las papas, los chizitos, las pizzetas y todo lo que se sirve habitualmente en esos eventos, pero nunca intentamos variar el menú. Si incluyera, por ejemplo, ensalada de frutas o tartas de verduras ¿no las comerían? Seguramente sí y, además de nutritivo, sería una solución para los chicos gorditos u obesos en tratamiento.

La escuela es otro lugar donde se fomenta el consumo de comida chatarra en los niños. Tal es así que recientemente han surgido, en los Estados Unidos, cuestionamientos en el negocio de la alimentación. En San Francisco ya está prohibida la venta de gaseosas, golosinas.y otros alimentos chatarra en las escuelas. La empresa Kraft anunció que achicará el tamaño de las porciones individuales de sus productos, reducirá el azúcar, la grasa y el contenido calórico de muchos de sus alimentos al tiempo que mejorará la información nutricional y ofrecerá productos más saludables en las máquinas expendedoras ubicadas en las escuelas. Además, suspenderá el marketing en los colegios: la empresa establecerá normas para la publicidad dirigida a los niños, cuidando de no alentar el consumo excesivo y la vida sedentaria.

Más allá de que el objetivo fundamental de esta empresa sea el de disipar la amenaza de una serie de demandas judiciales de personas con sobrepeso, lo importante es que en sus propios productores se está empezando a crear consciencia del mal que hacen estos alimentos.

Entonces, la familia, la escuela y todo el entorno deben estar atentos a la alimentación de los niños. Los chicos bien alimentados (no gordos) son los que están menos expuestos a contraer enfermedades y tienen mejor rendimiento físico e intelectual.

Es necesario centrarse en el aspecto preventivo. Conviene estar muy alertas cuando un niño gordo presenta alteraciones tales como ahogos, sueño interrumpido, somnolencia, problemas ortopédicos, transpiración excesiva, hinchazón de pies y tobillos; estos son los primeros síntomas de un desequilibrio físico que, si no se controla, puede ser el desencadenante de

enfermedades graves. Tal es así que en la actualidad se está dando un fenómeno nunca antes visto: cada vez hay más casos de chicos obesos que sufren diabetes tipo II, que siempre fue una enfermedad de adultos. El índice de diabetes y otras enfermedades se acrecentará mientras los chicos sigan comiendo como grandes, adopten malas dietas -pocas fibras y muchas grasas-, practiquen poca actividad física y sufran tanto estrés como los adultos.

Pero más allá de las consecuencias físicas, también se producen en el niño cambios psicológicos que se manifiestan en una baja autoestima, malos resultados en el colegio e introversión seguida a menudo de rechazo social.

En resumen, el tratamiento de niños obesos deberá incluir como pilares la dieta, el juego creativo, el ejercicio y terapias de comportamiento (por ejemplo promover que el niño se vigile a sí mismo, coma en la mesa y en horarios preestablecidos y regulares, y evite picar entre comidas). También es importante trabajar sobre el fortalecimiento de la autoestima, que ha decaído por su condición de "gordo" en el núcleo social en el que vive. El.secreto está en modificar el estilo de vida, tanto del niño como de la familia, que -como ya dijimos- tiene un rol fundamental en la generación de un niño obeso. Un niño obeso de hoy es un futuro obeso para la humanidad.

EPÍLOGO

Hemos llegado al final de esta obra que intenta condensar mi pensamiento acerca de los múltiples factores que se entrecruzan para que una persona padezca de sobrepeso o, en. los casos más graves, de obesidad. Espero haber logrado transmitir que, más allá de la carátula de "gordo" u "obeso", de lo que se trata en última instancia es de una actitud ante la vida, y el cuerpo es sólo el síntoma palpable de esa actitud.:

¿Será acaso el hombre demasiado vulnerable frente a las exigencias que él mismo, a lo largo de la historia, se ha impuesto? Porque .el estado de cosas del mundo actual -caótico, complejo y estresante- es producto del propio hombre; fue él mismo quien a través de sus pautas culturales consolidó los modelos, esquemas, pensamientos y estructuras sociales que ahora son, en ciertos aspectos, aplastantes.

Estamos, sin lugar a dudas, en lo que yo llamaría la era adictiva: una era en la que la voracidad prevalece por sobre los demás comportamientos, en la que el deseo es generado, manipulado y dirigido, una era en la que el gusto está estereotipado en la que la imposición de modelos inalcanzables -ser rico, bello, triunfador, inteligente y siempre, siempre joven- lleva a las personas a un estado de frustración constante. Mucha jgente vive mal, irritada, con la autoestima por el piso. Se gira alrededor del sinsentido en que el contexto ha ubicado a la existencia.

Es entonces que esa irritación y ese malestar se transforman en generadores de conductas distractivas, como comer, beber, fumar, comprar... Como sostiene Erich Fromm, el no comer, el no beber, el no fumar pueden provocar angustia. Hay hombres que comen o compran no por comer o comprar sino para reprimir su estado de ánimo angustiado o deprimido. Aumentan su consumo para escapar de esa desagradable vivencia. El consumo les ofrece la curación y, de hecho, se relaja un poco la disposición básica depresiva o angustiada cuando se satisface la avidez. La angustia deviene consumísmo y voracidad, los dos grandes males que experimenta el hombre contemporáneo.

Dice el mismo autor que el hombre deprimido siente dentro de sí una especie de vacío, como si estuviera tullido, como si le faltara algo para la actividad, como si no pudiera moverse correctamente por carencia, de algo que lo mueva. Entonces, cuando incorpora algo, puede evitar por un rato el sentimiento de vacío, de invalidez, de debilidad.

Mientras consume, el hombre borra la sospecha de que es poco; pero han cambiado los motivos que lo llevan a sentirse poco: no es la condición de mortal que perturbaba a los hombres de la antigüedad, sino el hecho de sentirse inferior ante sus propios semejantes, de saber que los modelos propuestos por la sociedad en la que vive son inalcanzables para él.

Sin embargo, si bien la voracidad, las adicciones y el con-sumismo son rasgos distintivos de esta época que nos toca vivir, vimos que la obesidad es casi tan antigua como el hombre. Y a pesar de haber sido siempre socialmente condenada y cuestionada, la gordura sigue en pie, desafiante y exhibida, en muchos casos, como un trofeo, un premio a la transgresión.

Millones de obesos sobreadaptados andan por las calles del mundo, luciendo sus cuerpos ampulosos, sus excesos y su impotencia, promoviendo un tipo de consumo extremadamente nocivo. Los especialistas estamos consternados ante este fenómeno que nos "desborda" y nos lleva a replantearnos permanentemente los métodos, a indagar en los genes, en los mecanismos del cuerpo, en los entornos facilitadores, en todo aquello que lleva a una persona a comer de más.

Indago principalmente en las conductas y en los vínculos, porque creo que adelgazar no es fácil, pero más difícil es mantenerse siempre flaco.

Espero que en este libro haya encontrado algunas claves para lograrlo.

Hasta siempre, Dr. Máximo Ravenna

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