• No se han encontrado resultados

"El piso sobre el que nos caemos es el soporte sobre el que nos levantamos." Con esa frase empecé mi adelgazamiento. Sabía muy dentro de mí que nada podría resolver si no me enfrentaba de una vez por todas a mis kilos de más. Pesaba 120 kilos. Y había padecido obesidad desde la niñez más temprana.

Debía, entonces, aplicar en mi adelgazamiento todo aquello en lo que creía: "Vivir aquí y ahora", ya no "sólo por hoy", sino el minuto presente. "Quien se vence a sí mismo vence a los enemigos": era hora de llevarlo a la práctica.

Creía y creo en el renacimiento constante. ¡Qué mejor que experimentarlo en el cuerpo! Pero nada de eso era posible sin la guía adecuada, alguien que me dijera cómo hacerlo.

Me reencontré con el doctor Ravenna después de veintidós años. Sabía intuitivamente que sería mi guía y le di el poder. Me entregué a sus manos y las de sus colaboradores.

Observándolo a él pude ver lo que es "estar presente" en la manera en que trata a sus pacientes. Yo debía aplicar eso a la hora de elegir cada bocado y comer de manera consciente. Esa era la enseñanza que me transmitía su presencia.

El nos esculpe con su palabra. La confianza que deposita en nosotros no puede, más que generar confianza en nosotros mismos. Es alguien que cree en nosotros cuando ya nadie lo hace, después de tantos intentos frustrados.

Así como la brasa no puede ver la rama que fue, ni la ceniza el fuego, yo no puedo decir que sea la misma persona que antes, pero lo soy. Sólo se trata de atreverse a saltar el caos; del otro lado está uno mismo, como nunca antes se vio.

Tuve que animarme a desarmar muchas trampas para pesar a los cuarenta años lo mismo que a los once. Tuve que enfrentarme con chantajes ajenos y manipulaciones propias que se sucedieron a lo largo de mi vida. También pude valorar todo el esfuerzo que había hecho para sobreadaptarme y conseguir cosas valiosas pese a mi sobrepeso.

Hoy puedo elegir ropa, cortes de pelo, sillas, etc., y puedo reelegir o recontratar muchas cosas; puedo usar el color negro porque me, gusta y no porque disimula; si un día de sol prefiero quedarme adentro leyendo es porque realmente lo prefiero y no porque no quiero que me vean en malla; cuando me compro ropa cara es porque lo vale y no porque los talles grandes cuestan siete veces más.

Pude reencontrarme con mi femineidad.

Hay cosas que quizás no modifique nunca. Pero la fortaleza que encontré en el adelgazamiento me da el empuje necesario para intentarlo. Miro para atrás y agradezco cada día de sufrimiento por estar gorda, porque me permite disfrutar por estar delgada. Hoy soy libre... libre para jugar a reinventarme en cuerpo y alma.

Cada mañana, cuando me levanto, se me presentan dos opciones: ser feliz o ser infeliz.

Yo elijo ser feliz.

Viviana

***

En tres meses y medio bajé 30 kilos, y los mantengo hace cuatro años. Fue un cambio fuerte en mi vida, ya que durante cuarenta años tuve más o menos esos kilos de más y no me daba cuenta del lo que me pasaba, hasta que los bajé y me mantuve; comparando las fotos de antes con las de delgado me di cuenta de cómo estaba.

Los beneficios fueron muchos:

-en salud sobre todo, mis análisis de sangre son muy buenos, mi presión se regularizó, ya no tengo que; tomar pastillas;

-mi carácter y mi trato con la gente mejoraron pese a los problemas empresariales que tuve;

-logré una maravillosa relación con mis hijos, gracias a estar bien yo; -mi rendimiento en la actividad física también mejoró notablemente. Creo que la alegría de haber logrado algo que creía imposible hizo estos cambios. Ya cumplí cuatro años en mi peso y no lo puedo creer, porque en otras oportunidades que hice algún tratamiento no duraba mas de un mes, bajaba y subía inmediatamente.

Ahora lo tomo como un trabajo más y creo que ésta es la clave de mí mantenimiento. Uso todas las herramientas que están a mi alcance y que la Clínica me enseñó. Cortar con la comida en el momento adecuado me da una satisfacción tal que no la podría explicar en una nota.

Lo que sé es que con la lucidez que logré y sin perder la memoria de lo que disfruté y disfruto, pienso que me voy a quedar flaco de por vida.

Para el doctor Máximo Ravenna, sólo puedo decir muchas gracias por toda la ayuda, por los consejos que me dio en todo momento. Realmente lo considero un entrañable amigo. También agradezco a su

staff, a Berta Spaini, mi coordinadora, y a todos loa compañeros, con los que a través de estos años nos fuimos ayudando.

Norberto (Tito)

***

Mi nombre es Carlos Alberto, tengo cincuenta y dos años e ingresé a la Clínica el 3 de junio del 2003. Mi peso era de 118 kilos. Al. igual que muchos otros pacientes, mi historia de gordo comienza temprano, a los dieciséis años. Son treinta y seis años de cargar un importante sobrepeso y de privilegiar sobre todo qué, dónde y con quién se comía. Emprendí mil dietas; todas daban resultado inicialmente pero luego el eterno rebote me llevaba a una condición peor, en la que aborrecía estar.

En mi peor momento llegué a pesar 130 kilos, las apneas nocturnas no me dejaban dormir, las jaquecas eran diarias, la rodilla derecha se negaba a subir escaleras sin hacerme recordar, con dolor, que así ya no aguantaba más. Autoestima nunca tuve o, más bien, aparecía en algunos momentos de mayor lucidez y cortísima duración. Mi apodo no era novedoso: gordo, me decían "cariñosamente" y yo respondía fielmente al mismo. Me casé y tengo cuatro hijos. Todos ellos presenciaron mi conducta desbordada pero por suerte no la copiaron.

Una mañana de junio llegué en ayunas a la consulta, una más... Me atendió el doctor Olkíes y, obediente como siempre, empecé mi dieta. A la semana siguiente comenzaba un grupo CLAVE. En otras oportunidades

había ido a grupos, con total fracaso, así que acepté con escepticismo asistir. Hasta ese momento la dieta venía muy bien. Nunca me dejaré de preguntar qué fue lo que esta vez funcionó, pero el 3 de octubre, en sólo cuatro meses, había bajado 30 kilos. Por primera vez en treinta y seis años pesaba 88 kilos.

El médico rne pasó al grupo de mantenimiento, aún faltando cuatro kilos para el final y ahí me di cuenta de que ese final era en realidad el comienzo de una nueva vida, la vida me ofrecía otra oportunidad que yo seguramente no merecía. Un cuerpo ágil, una mente lúcida y la gran posibilidad de cambiar la historia. Hace siete meses que mantengo el peso. Mi salud es óptima. Entreno todos los días y trato de venir todas las semanas al grupo, los sábados y domingos también. Ahora todo depende de mí, de todo lo que aprendí y no olvidaré, del apoyo permanente del grupo al que. pertenezco y que sin duda me ayudará a no repetir mi historia.

Carlos Alberto

***

cada lugar. Así es como me siento desde que llegué a la meta, desde que estoy en mantenimiento.

Desaparecen los fantasmas de los miedos, de la depresión, de la soledad y aparece la realidad, la posibilidad, porque tenes la llave para abrir la puerta de lo posible y de lo que creías imposible. Sólo tenes que animarte a vivir sin certezas. Pasas a ser un sujeto en acción, que en pleno uso de sus facultades diagrama su vida, su'proyecto y lo cumple. Todo esto genera sentimientos y acciones que acompañan esta elección.

Irradio lo que siento por mí misma; comienzan a reconocerme y así voy incorporando mi nueva imagen, pero sólo a través de la mirada del otro, del reconocimiento de mis compañeros, del grupo, que completan y enriquecen mi propia visión.

Ahora me río porque estoy contenta, lloro cuando estoy triste tengo mucha alegría y coraje para mantener este estado que es mi capital, un tesoro que no quiero perder. Gracias, gracias a todos desde lo más profundo de mi ser.

Comencé el 24 de diciembre de 2002 y bajé 52 kilos. El descenso lo hice en ocho meses. Hace seis meses que estoy en el grupo Premio de los martes. Jamás falté ni al grupo ni a Palermo y vengo muy especialmente a los grupos de fin de semana y feriados.

Alba

***

Hacer los deberes con premura da el resultado, un llamado a la esperanza en tiempos de crisis. Siento que el grupo me banco, y que me daba el tiempo necesario para tener una recuperación importante. La cabeza ya la tengo rehabilitada y los puntos de referencia están muy presentes: la responsabilidad, la decisión, el objetivo, la integración, los sentidos, lo obvio.

Estado alterado de consciencia: adicción: obesidad.

Máximo facilita la integración de distintos aspectos de la personalidad y promueve el crecimiento personal. Su afirmación sobre las prácticas terapéuticas de este tipo modifica totalmente nuestro estado.

Al comienzo del tratamiento la mayoría de nosotros no da crédito a sus dichos -escepticismo- pero la mayoría no ha profundizado aún para aprender lo necesario acerca de esta realidad tan especial.

Las hipótesis van más allá que los fundamentos de otros profesionales del tema: sabemos que estas prácticas activan ciertos paneles del cerebro y sus funciones. Existe un tipo determinado de funcionamiento cerebral que se asocia con esta experiencia. El cerebro se ubica en esta sintonía y regula los estados alterados de consciencia; se produce una cascada de reacciones y una profunda conexión con todo el sistema.

Nosotros, los pacientes que llegamos hasta aquí con obesidad mórbida, demostramos una marcada tendencia a seguir engordando día tras día y que, tal vez frustrados por la vida poco amena y de escaso interés, nos consolamos masticando cantidades de comida barata y venenosa.

Vivirnos en un mundo delirante. Hemos dejado de mover los pies y la cabeza y lo único que se mueve es la panza. Los pasos de esta adicción derivan inexorablemente en un suicidio glotón. Porque la obesidad mata sin piedad.

Ingresé a la Clínica el 6 de junio de 2002. Al 31 de diciembre de 2002 mi descenso fue de 62 kilos, pasando por un período prolongado de problemas de salud e intervenciones quirúrgicas desde ese momento. No aumenté ni descendí durante los cuatro meses posteriores. En el segundo objetivo descendí 30 kilos más hasta el 30 de septiembre de 2003, donde pasé al grupo Premio. Hoy, 26 de febrero de 2004, llevo descendidos 94 kilos en total. Inicié mi tratamiento con 186,25 kilos.

Eduardo

***

Si hace un tiempo alguien me hubiera dicho que esto que me esta pasando me iba a pasar a mí, yo no hubiera creído, es más, seguramente hasta lo hubiera sentido como un chiste de mal gusto. Alguna vez, de muy chica, tuve el peso que tengo ahora... la verdad, no tengo registro de ese. momento exacto, ni de cuánto duró, porque pasé de largo y muy rápido por ese lugar.

Ahora no sólo tengo el cuerpo que quiero, sino que estoy empezando a tener la cabeza que quiero tener. Estoy descubriendo un nuevo mundo, me redescubro en mis actitudes, en la relación con mis seres queridos, con la gente en general, y lo siento como algo natural, como si fuera lógico que sea así. Descubrí que muchas cosas antes no las hacía, no porque no me gustaran, sino porque estaba gorda y me avergonzaba y porque no podía resolver una de las cosas nías importantes para mí: sacarme todos los kilos que tenía encima.

Comencé mi tratamiento en la Clínica a fines de junio del 2003; aprendí mucho y conocí gente muy valiosa, de quienes tomé el ejemplo y a quienes les estoy eternamente agradecida.

Me entregué al tratamiento, sin cuestionamientos, sin enojos, obedeciendo, sin pensar demasiado, sin ser creativa en este aspecto, y así llegué a mi peso a fines de diciembre del mismo año.

Mi logro es el resultado del trabajo personal y grupal, de haber entendido que hay cosas con las que sola no puedo y que en grupo es mas fácil. Por eso ahora, en mantenimiento, sigo atenta; sigo escuchando y aprendiendo de mis compañeros, ya que el verdadero desafío acaba de empezar.

refleja en ese peso no me pese en el alma como me pesaba antes; puedo disfrutar del sol y de la playa sin pensar que es todo un problema ponerme una malla; la .ropa pasó de ser un problema a ser un placer, yo pensaba ¿qué me pongo? (no me entra nada, todo me queda mal, toda la ropa es color negro), y ahora pienso lo mismo... ¿que me pongo? (me entra todo, me gusta cómo me queda todo, tengo el placard lleno de colores). Lo que antes era un obstáculo ahora es otra herramienta que me sirve para sostener mi nueva realidad.

Si alguien me dice que esto que me esta pasando me iba a pasar a mí... yo lo creo. Creo en mi elección de cada día, en mis compañeros, en los profesionales y creo que esto es lo mejor para mí. Creer o reventar dice el dicho popular... yo elegí creer.

¡Gracias!

Peso máximo: 97 kilos; peso mínimo: 56,6 kilos.

Verónica ***

Volcar en el papel mi experiencia de la transformación más importante que he gozado en mi vida, es apoderarme definitivamente de ella, con el compromiso que ello significa.

Desde el primer momento en que pisé la Clínica tuve infinitas incertidumbres, pero se hicieron certeza cuando observé la delgadez de una compañera de grupo, que objetivamente era parecida a mí: ella había logrado su cometido, que era el mío: ser delgada. A partir de entonces supe que lo lograría.

Cuando me acerqué a mí peso comencé a transitar, nuevamente, cientos de temores, representados en acciones y miedos que me acosaban, como comenzar nuevamente a comer de noche, sentir que los otros fijaban su mirada en mí, las arrugas, sorpresa por la cara y el cuerpo que aparecía debajo de la grasa, cara y cuerpo que me costó reconocer.

Luego, al alcanzar el peso, volvió la certeza. Era el objetivo cumplido. Con el mantenimiento volvieron los miedos, ¿podré?

Comenzaron las compulsiones que nunca había detectado antes como tales. Claro, mi vida durante treinta años fue una compulsión sin frenos por la comida, con algunos parates luego ampliamente remontados.

El tratamiento, más allá de los kilos, hizo que: mi mente adelgazara, se alineara con el cuerpo y el espíritu. Gané, junto con el descenso, confianza, seguridad, alegría, paciencia e incertidumbres, que determinaron el cambio y la elección constante en todos los aspectos de mi vida.

Mi trabajo interior, junto con el del grupo y los profesionales que creyeron en mí, hicieron este resultado del que hoy gozo.

Acepto cada día que todas las sensaciones, las emociones y la adícción se encuentran dentro de mí. Sólo que ahora las puedo reconocer y tengo las

herramientas para controlarlas y convivir con ellas dignamente, logrando que en este juego el tablero siga marcando mi triunfo sobre la comida.

Georgina (62 kilos bajados) ***

La fecha clave fue el 28 de enero de este año, cuando desesperada tomé la decisión que cambió mí vida: me acerqué a la clínica del doctor Máximo Ravenna para iniciar un programa de adelgazamiento. Tenía 27 años, nadie me obligaba. En la primera reunión dije: "Soy Samantha y estoy aquí para fracasar una vez más". No recordaba otra forma de vivir que no hubiera sido "a dieta"; pesaba 105 kilos.

Siempre fui un tanque. Recuerdo haber hecho dieta desde preescolar e ir a los cuatro años al psicólogo porque tenía sobrepeso... mi familia siempre fue bastante normal, unidas, de ir cantando en el auto, nada muy traumático que me obligara a buscar escape en la comida. A mí me gustaba comer mucho, ese era todo el problema. Esa nena de jardín de infantes ya pintaba para ser "la gorda" cuando tuviera que salir al duro mundo exterior. Mi mamá me hacía hacer dieta porque sabía que yo iba a sufrir. Pero yo nunca registré nada de eso. Yo sólo quería comer. Y no entendía qué tenía eso de malo. Pero muy pronto lo supe, y de la peor manera.

El colegio fue la etapa mas horrible de mi vida, siempre tuve muchos problemas de integración. El recuerdo es espantoso. Había chicos muy crueles, todas mis compañeras eran hermosísimas, flacas y divinas. Todas, menos yo. Me acercaba a mis compañeros y me decían: "salí de acá, gorda", "yo con esa gorda no me siento", y tenía que sentarme sola. No me invitaban a los asaltos. Quería enterarme de qué hablaba un grupito, y nunca me enteraba, siempre me dejaban afuera. Así fue mi infancia: estar siempre afuera de todo.

No me compraba ropa. Prefería mandar a hacerla, mis vestidos siempre eran horribles y me quedaban ridículos. Siempre fui una chica de jogging y zapatillas, muy desprolija.

Mis padres me mandaban a infinidad de psicólogos. Pero como era inteligente y mi caparazón protector ya era demasiado inexpugnable, la terapia nunca resultó. Una vez me llevaron a una psicóloga que era obesa y me decía: "tenes que entender que vos venís acá porque estás gorda". Yo la miraba y pensaba: "¿y vos qué, chancho?". Todos me parecían estúpidos.

Los chicos me gustaban pero ellos no gustaban de mí hasta séptimo grado tuve un solo novio: el de jardín de. infantes. ¡Y ahora es gay!,

Me enamoré de mi mejor amigo, y se lo dije. Me rechazó. Entonces me cerré. Hasta el día de hoy prefiero estar sola a sentirme rechazada.

No quiero escuchar otro "no" nunca más. Desde hace siete años que no estoy con nadie más de una semana.

Me puse de novia a los diecisiete. Cuando conocí a Germán yo estaba flaca de pastillas. Y le avisé: mira que soy gorda. No me creyó y se comió el garrón. En los cuatro años de noviazgo me convertí en una vaca y él rne dijo: "Yo jamás hubiera salido con una gorda. Pero ya te amo, ¿qué le voy a hacer?". Porque él no era muy sexual ni fogoso. Y eso que era lindo, flaco y fanático de los gimnasios. ¿La intimidad? Con luces siempre apagadas y con la frazada hasta el cuello. Mi novio aceptaba todo.

Estaba sumida en una depresión inmensa: mi relación se derrumbaba, la vida me aburría, estudiaba sin ganas hotelería, no veía salida. Mi única escapatoria parecía irme a vivir a Estados Unidos con un hombre al que nunca había visto. Pero en cuanto me vio me rechazó por gorda. Un bajón total. Allí estaba yo, sola en Los Angeles, con alguien que pensaba y me hacía notar lo desagradable que yo era.

En mitad de un momento que pintaba como para sexo, me dijo: "perdóname, la verdad es que no podría verte desnuda". Me quería matar.

Con 115 kilos, me dediqué a dormir doce horas seguidas. No salía a la calle. No veía a nadie. La idea del suicidio rondaba mi cabeza. Tiempo después, inicié mis estudios formales en la escuela de Comedia Musical de Ricky Pashkus y Julio Bocea, y por primera vez fui disciplinada y exigente.

Sentí que una nueva Samantha estaba naciendo: era una bailarina... de