Como se planteó en un apartado anterior, la comunidad como cuerpo social ar- ticulado, capaz de configurar a los sujetos en virtud de la solidez de sus construc- ciones y dispositivos sociales, es decir, como cuerpo instituyente de instituciones, cuyos actos de supervivencia, permanencia y trascendencia generan en su inte- rior las relaciones y vínculos que hasta cierto punto desarrollan en los sujetos un sentido de pertenencia identitaria, nos lleva a realizar un acercamiento al análisis conceptual de lo que implican los términos pertenencia e identidad.
En el aspecto social dentro del cual se aborda el término pertenencia, cer- cano al de propiedad, en el presente texto se le da una connotación distinta a la de propiedad, más apegada a la adscripción y/o autoadscripción del sujeto o los sujetos a un colectivo o cuerpo social. La pertenencia como una nece- sidad humana es producto de su límite como unicidad y singularidad para incorporarse a un corpus social, que va de la familia a la comunidad, pasando por cuestiones generacionales, sexo, actividad ocupacional u otras; su sentido de pertenencia es el imponderable en su relación con la otredad, porque su pertenencia lo define, lo ubica, lo identifica ante un otro.
La pertenencia, desde el plano psicológico, implica la posibilidad de ser incluido o incorporado a un colectivo social, lo que permite sentirse miem- bro de un grupo, con sus formas de manifestación social, lo que puede darle seguridad al sentirse cobijado por un colectivo.
En el plano antropológico, implica ser un miembro de un grupo social, comunidad, pueblo o nación que tiene cierta historicidad, configurada por los sujetos en singularidad y como colectivo a través de sus acciones, y de la misma manera, los sujetos se han configurado como sujetos sociales a partir de normas, instituciones, concepciones del mundo y la lengua, lo que encuen- tra su expresión en determinado territorio o lugar (Medina, 2008: 66). Así, la pertenencia es concebida como una necesidad humana, como parte de la objetivación de un sentido y carácter societario, sustentado en nuestra propia debilidad biológica; como autoadscripción, es también la muestra inevitable de nuestra finitud humana y antídoto contra la soledad.
En lo referente a lo identitario, si se parte del concepto identidad, se tiene que en una primera acepción es un: “Conjunto de rasgos propios de un indi- viduo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás” (drae, 2010). De donde se tiene que en el caso de los pueblos originarios de Abya Yala, existen características que nos diferencian como colectividades, las que generalmente abarcan lengua, vestido, prácticas sociales conocidas como “usos y costumbres”, un espacio vital, y un lugar donde sea posible esta ma- nifestación: el territorio. En una segunda acepción es la: “Conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás” (drae, 2010). Ésta, se
grupos sociales, se infiere que son los rasgos que una comunidad humana que se asume como sujeto colectivo, reconoce como particulares de su ma- nera de entender y vivir el mundo, cuyos rasgos de distinguibilidad, marcan su diferencia con unos otros. La identidad/pertenencia no es necesariamente lo que permanece idéntico, sino aquello que identifica y marca la diferencia de los sujetos en una situación contingente (Dubar, 2002: 11). La identidad/ pertenencia de un sujeto o un cuerpo social no puede caer en un esencialismo que parta de una marca como el color, la lengua o el vestido, es mucho más que algo a la vista de todos.
Consecuentemente, la identidad/pertenencia social tiene que ver con la relación que establecen los sujetos en su interacción como comunidad hu- mana, con rasgos de pertenencia que los hace diferentes; como comunidades, los unen ciertas prácticas de vida organizativa, cultural, lingüística, territorial y sus vínculos que constituyen unidades culturales22 (Larrosa y Pérez, 1997: 80-82), nú-
cleos identitarios23 y por lo mismo, una matriz cultural (Mandoki, 2006: 73)
que halla espacios de concreción en aquello que los une e identifica; una ca- racterística de la identidad/pertenencia es la apropiación que los sujetos ha- cen de esas prácticas, es decir, lo vivido como comunidad, cómo se fortalece y afirma en los distintos sujetos y ante otros colectivos; lo que plantea entonces que toda identidad colectiva es un proceso de subjetivación tanto de ida como de vuelta ante sí como sujeto en su singularidad y con los otros del colectivo; de
la misma manera, hay una mirada ante sí como sujeto colectivo y ante los otros como colectivos, ante quienes se manifiesta en una relación como otredad.
Sin embargo, el problema de la identidad/pertenencia –de los distintos grupos humanos en la actualidad y sobre todo en los pueblos originarios de México–, no se debe a la percepción de sí mismos, sino a la falta de recono- cimiento de su diferencia debido a las prácticas de dominación que se han ejercido por los grupos hegemónicos a nivel internacional y Estados-nación, y que se han acentuado en las últimas décadas como consecuencia de la glo- balización (Díaz-Polanco, 2006). Por consiguiente, el tema de la identidad/ pertenencia en el campo de lo social es reciente y surge a partir de movimien- tos sociales que van desde los que luchan por la reivindicación de su territorio y cultura, hasta los que luchan por el derecho de ciertas categorías sociales, como las feministas; es decir, aparecen en la escena como una forma de cues- tionar la subalternización de su derecho a la diferencia, ante el impacto so- cioeconómico de la homogenización promovida por las políticas económicas globalizadoras de instituciones como el Banco Mundial. Esto es lo que plantea Gilberto Giménez en este sentido.
Las nuevas problemáticas últimamente introducidas por la dialéctica en- tre globalización y neolocalismos, por la transnacionalización de las fran- jas fronterizas y, sobre todo, por los grandes flujos migratorios que han terminado por trasplantar el “mundo subdesarrollado” en el corazón de las “naciones desarrolladas”, lejos de haber cancelado o desplazado el pa- radigma de la identidad, parecen haber contribuido más bien a reforzar su pertinencia y operacionalidad como instrumento de análisis teórico y empírico (Giménez, 2008: 2).
En su estar, habitar y transitar en el mundo, los distintos grupos sociales han construido particulares formas de organización que les han permitido sobrevivir, prácticas que han mantenido su coherencia en su perspectiva de mundo y su re- lación con la naturaleza, así también, una forma de nombrar y nombrarse; todo ello con el transcurso del tiempo se ha constituido en una práctica cultural y su
22 Las unidades culturales son los espacios de vida de un colectivo social que le permite
diferenciarse de un otro, de marcar los límites entre lo propio y lo extraño, sin caer en el esencialismo, pero que cuando se articula a otros rasgos y producciones culturales de una comunidad o pueblo –en el caso de los pueblos originarios– hace posible identifi- carlo y por lo tanto diferenciarlo; esto permitirá interpretar y comprender las prácticas culturales que le dan unidad de sentido como comunidad o pueblo, en cierto momento histórico-social; lo que a su vez refleja la asimetría en las interacciones en una sociedad.
23 Son espacios de vida de una comunidad o pueblo que les permiten diferenciarse de las
otras sociedades circunvecinas, se conforman de prácticas cuya particularidad los con- vierte en rasgos o marcadores identitarios, es el caso de la religiosidad del pueblo origi- nario iñ bakuu, que se relaciona con lo que se conoce como “El Cheve”, nuestra deidad.
propia construcción social de la realidad (Berger y Luckmann, 2001: 69) –es el caso específico de los pueblos originarios de Abya Yala–, como sociedades de larga trayectoria; en este entendido, toda acción social que se imponga como parte de las políticas de los Estados-nación que ignore esta situación, atenta contra esa heren- cia cultural, y eso es precisamente lo que genera la resistencia y emergencia de las luchas con carácter indentitario; además, las concepciones de vida que se imponen como las únicas válidas socialmente se transmutan en procesos de exclusión.
Esa es la experiencia vivida por los pueblos originarios de Abya Yala, cuya historia a partir de la Colonia es el ser dominados, subalternizados y etnici- zados (Giménez, 2008: 2), de ahí que uno de los problemas principales a los que estos pueblos24 se han enfrentado ha sido la preservación de su identidad/
pertenencia; su experiencia ha sido difícil y hasta conflictiva, tanto a nivel in- trapersonal, es decir, en el propio sujeto, como en lo intersubjetivo, a nivel de comunidades y sociedades históricas; situación que viven también quienes en busca de otras oportunidades de vida emigran a las grandes urbes; estos con- flictos y tensiones se deben a que desde la Colonia han padecido la discriminación y exclusión social, principalmente por su forma de vestir, apariencia física y el uso de su lengua nativa; lo anterior les ha provocado un sentimiento de infe- rioridad que repercute en la negación del grupo de pertenencia, por lo que su estrategia ha sido tratar de mimetizarse y parecerse más a quienes dominan y generan marcas de exclusión, para no seguir siendo violentados.
Aunado a lo anterior, los grupos violentados y vulnerados debido a su per- tenencia identitaria, han sido afectados por las políticas socioeconómicas, culturales y educativas, de tal manera que sus formas de sobrevivencia se han trastocado, su territorio se ha afectado en cuanto a la forma de propiedad de la tierra, formas de aprovechamiento de los recursos naturales y más; de tal manera que el hecho de pertenecer a un pueblo originario, generalmente es una marca para ser objeto de discriminación y exclusión, motivo por el cual
su singularidad como descendientes de los pueblos originarios, en muchas ocasiones, más que afianzar el sentido de pertenencia, como estrategia de so- brevivencia, tiende a diluir las fronteras de diferencia, invisibilizando los ras- gos que indican su ascendencia, estableciendo un distanciamiento con lo que representa una identidad/pertenencia étnica como pueblo originario.
Otro factor que incide en la generalmente lenta pero gradual actitud de negación de la identidad/pertenencia es la migración, fenómeno que en los últimos años se ha acentuado por causa de la política socioeconómica que los Estados subalternos implantan en sus sociedades, lo que impacta de ma- nera cruel, principalmente en la población vulnerada, lo que contribuye, en primer lugar, al desarraigo de los migrantes, quienes en su retorno, así sea temporal, de cierta manera influyen para que los rasgos de pertenencia como comunidades y pueblos de donde ascienden, se vayan diluyendo y homogeni- zando; se empieza por querer ser distintos en diversos aspectos, por ejemplo, en la forma de vestir, la utilización de su lengua vernácula, hábitos de con- sumo alimenticio, prácticas societarias, entre otras manifestaciones, lo que se refuerza con la política educativa y los mass media (la radio y la televisión principalmente), los que han sido utilizados como dispositivos por los grupos dominantes para incidir en la homogenización cultural.
No obstante lo anterior, una gran parte de los pueblos originarios man- tiene sus rasgos culturales como signo de distinción: sus prácticas de vida en torno a su vínculo con la madre tierra, prácticas de sanación, medicina tradicional y organización comunitaria; ello ha contribuido a no ser avasalla- dos por la vorágine de mensajes que invitan a consumir, poseer o utilizar el entorno, favoreciendo la actitud depredadora humana.
Quienes habitan su territorio desde tiempos inmemoriales, han seguido culti- vando las formas de entender el mundo y practicando la herencia de organización social que sus ancestros les legaron, han generado un vínculo con su espacio vital25, ello les ha permitido mantener la integridad territorial, una matriz cultural
24 Aquí, se reconoce como pueblos a los grupos humanos de larga trayectoria históri-
co-política, que se han desarrollado en un territorio o espacio vital, con su perspectiva y pensar el mundo particulares, con prácticas de vida propias, además, nombran y se nombran con su propio código lingüístico.
25 Aquí sólo se retoma la concepción de Kurt Lewin de espacio vital, como la necesidad
de todo ser vivo de tener en su entorno próximo las condiciones indispensables para continuar el ciclo de reproducción y continuación de la especie; a diferencia de Lewin, el
propia que se objetiva en su vivir cotidiano y concepción de mundo que difie- re de la visión indoeuropea.
El sentido de pertenencia de un grupo social requiere de un espacio de recreación de su manera de entender el mundo, de su forma de organización comunitaria; es ahí donde el territorio, espacio vital de una cultura, se vuel- ve una condición indispensable para su manifestación y recreación. Para los pueblos originarios, ese vínculo no sólo se genera por el hecho de encontrar un lugar para obtener los recursos indispensables para la subsistencia, sino una oportunidad de establecer un diálogo con los entes y flujos de energía que ahí habitan.
Benjamín Maldonado así lo plantea:
…es también un factor que contribuye a la identidad. Para la cultura occi- dental implica básicamente el conocimiento de las características y límites de lo propio y de las posibilidades de explotación de los recursos que hay en él, así como el uso de los espacios; eso es lo que se enseña en las escuelas. Para los indios, se trata de una porción de espacio en la que los hombres vi- ven y mueren en comunidad, y su vida es compartida con potencias y seres sobrenaturales que habitan en el mismo territorio, con las que se relacionan a través de rituales en lugares geográficos que muestran su carácter sagrado, al ser el lugar de residencia o manifestación de lo sobrenatural benigno o maligno (Maldonado, 2004: 9).
Entonces, la tierra de donde se obtiene lo indispensable para la vida se torna en un espacio vital, en un lugar sagrado; en un lugar donde se vive y se muere, pero también, donde se construye una relación con los otros huma- nos; además, se convive con esa energía que fluye, con los entes que también
la habitan, que se manifiestan cuando no se les considera en situaciones don- de una acción humana puede interrumpir la tranquilidad de esa estancia.
Así, el espacio vital de un pueblo, una nación, y por lo tanto de una cultu- ra, genera vínculos y sentido de pertenencia con quienes ahí desarrollan sus actividades vitales como seres vivos y como sujetos culturales (Delgado); hay una pertenencia a su comunidad, a su pueblo. Esa pertenencia colectiva, esa cualidad de estar y sentirse identificado con los otros que comparten espacio, costumbres, tradiciones, formas de vestir y comunicarse en una misma len- gua como herencia ancestral de un colectivo, hace posible que se afiance el vínculo de pertenencia. No obstante lo anterior, es necesario precisar que…
…la identidad es un proceso dinámico de configuración subjetiva esta- bilizada (De la Garza, 1992 y 2001) pero que permanece abierto a la re- construcción incesante, es necesario identificar su núcleo central que a su vez resemantiza otros códigos al incorporarlos a la configuración. Las mismas acciones colectivas (prácticas y praxis) ya sean cotidianas o ex- traordinarias, impactan en la conformación de la subjetividad colectiva e incorporan nuevos sentidos o reordenan los códigos donde pueden apare- cer nuevos o emerger aquellos que parecían fosilizados. La relación entre los nuevos códigos y las experiencias con la identidad es una de las claves para comprender el proceso de interacción y síntesis que sucede en una dinámica que es necesaria reconstruir en un nivel más abstracto (Retamozo, 2009: 110).
La identidad/pertenencia en este sentido, adquiere significado y se refuerza cuando quienes conforman una comunidad con su propio espacio de vida se integran, articulan sus intereses, intenciones, proyectos de vida, expectativas y horizontes; de ahí que las comunidades que descienden de los pueblos origi- narios han identificado la necesidad imprescindible de conservar una perspec- tiva de mundo que les permita mantener su cohesión como cultura, ello hará posible preservar su pertenencia, siempre que su espacio vital les pertenezca, para que su Ser y Estar puedan garantizarse.
espacio vital que aquí se plantea, no es en el plano psicológico individual, sino como las condiciones espaciales que un grupo social requiere para mantener su cultura en sus tres dimensiones, para seguir reproduciéndose; como consecuencia, la lucha o defensa por el espacio vital no es responsabilidad individual sino colectiva.
En contraste, existen las sociedades de las grandes urbes, las que están or- ganizadas de manera funcional, operativa, que no trasciende a la unión de los sujetos para acciones colectivas, salvo en situaciones contingentes.26 Aquí, los
núcleos identitarios y de pertenencia están dislocados, y lo referente al terri- torio así como sus prácticas sociales con sentido de pertenencia y vinculación también están desarticulados (Adorno y Horkheimer, 1969: 97).
La forma de agruparse de estas sociedades no responde más que a cuestio- nes de ubicación espacial como necesidad de ente vivo, su relación es sólo por cuestiones de funcionalidad (Tönnies, 1947: 65), su referencia de comunidad y sociedad está centrada generalmente por su adscripción a la ciudad, delega- ción, colonia, calle; su estar y pertenencia social en el mundo, se hace presente para situaciones específicas, no como comunidad.
En estas sociedades es donde es posible la búsqueda de espacios para la existencia ciudadana, es decir, donde el sujeto social logre el status de ciu- dadano, para así poder ejercer los derechos que como humano tiene en la sociedad y ante las instituciones; el problema es que al pasar a formar parte de este corpus social sin una estructura y cohesión mínima como comunidad integrada a partir de la base territorial –de un tejido social articulado desde la búsqueda de satisfacción de las necesidades más elementales como colectivo social– pierde su voz porque el representante la tiene, cedió su capacidad de decisión a una persona que lo suplanta; la posibilidad de reorientar las políti- cas que lo afectan y plantear posibilidades de futuro, han sido abrogadas por las instituciones creadas ex profeso, como los partidos políticos que discu- ten y deciden; en tales condiciones, como sujeto social ha perdido la batalla, como ciudadano, sólo tiene la posibilidad de empezar un largo camino que le permita expropiar y reapropiarse de sus derechos conculcados, rehacer o
construir un tejido social que haga posible recuperar su status de ciudadano, lo que sin duda es una tarea titánica en las grande urbes.
En los mejores casos, donde el sujeto social no ha perdido el status de ciudada- no, donde todavía ejerce su capacidad de decisión, también la ciudadanía, aún con todas sus prerrogativas, tiene sus límites; no tiene la posibilidad de reorientar el quehacer del aparato jurídico-político, para ello harían falta modificaciones cons- titucionales como el plebiscito y referéndum con carácter revocatorio de mandato, entre otros; sin embargo, ser ciudadano también tiene sus ventajas individualistas; cumplir con un voto cada determinado tiempo y pagar puntualmente sus impues- tos, le evita responsabilidades como la seguridad de su espacio, la limpieza del te- rritorio, el aporte de trabajo en las necesidades de la colonia o el barrio, etc., ésta es una gran diferencia con la concepción de un sujeto comunal o comunalitario, concepción que parte de la práctica de vida de los sujetos que viven en un contexto