El cargo y el rol de la familia
G. El territorio comunal, ¿una hebra del tejido?
Si nos quitan nuestro espacio, no tendríamos dónde encontrarnos, dónde estar juntos, dónde juntar nuestros pensamientos que nos hagan uno, que nos identifiquen. Carlos Rivera Para la concreción de la vida de cualquier sociedad humana, el espacio es con- dición sine qua non de su existencia, por ello, en las comunidades y pueblos que se han vinculado con éste se han configurado como sujetos sociales en una relación diádica, de interdependencia, de ahí su mirada y la construcción social de su espacio en una concepción en la que no se mira a la tierra como objeto de explotación, sino con sentido de sacralidad, de pertenencia a ésta.
…para nosotros este… ora sí que nos da de comer, pues es la base fundamental de nosotros los que vivimos acá, ora sí que es sagrada la tierra, porque de ahí, nosotros obtenemos nuestros alimentos…, ya sea nuestros árboles frutales, ya sea nuestros… nuestros animales, si no fuera por… la madre tierra, pues no… no habría pastura, no habría agua…(Entrevista, 14/03/10).
Esta relación ha favorecido también la construcción de una sociedad humana en otro sentido, el de una comunidad que es capaz de autogobernarse, de generar sus propias, normas y consensos, desde sus formas de obtención de satisfactores vitales; por eso su concepción de organización es básicamente territorial; es decir, el territorio otorga sentido a su concepción de sociedad, y a partir de ahí, se gene- ra el sentido de pertenencia sociocomunitaria como colectivo. En ese entendido se expresa el epígrafe de este apartado por un migrante de ÑNgúu.
Desde esta mirada, el territorio no se interpreta únicamente como exten- sión con límite geográfico, sino como dador y generador de posibilidades de vida; el territorio, como lo piensan los migrantes de ÑNgúu, es un espacio de
construcción de las nociones del mundo en las dimensiones material, simbó- lica y político-social; es por tanto, vital para construir comunidad. De ahí que la organización comunitaria sustentada en el territorio comunal hace posible nuclear la participación de las generaciones que van de los 18 años, a los que son de la tercera edad y los migrantes. El sentido de pertenencia territorial y el usufructo de los bienes que es posible obtener del territorio comunal también genera responsabilidades; así lo refiere Silverio Villar:
…se escapan de la autoridad municipal porque allí ya fueron jubilados a los sesenta años porque ya no prestan servicio, ya no contribuyen…, pero por Bienes Comunales, ahí sí, porque como ellos tienen posesiones, dis- frutan de Bienes Comunales, entonces por eso tienen que estar colaboran- do, tienen que ser activos, ahí no importa la edad…(Entrevista, 19/04/10). El territorio comunal es lugar para trabajar y cosechar, para extraer madera para combustible y para la construcción, agua y más, eso hace que sea funda- mental en la vida de los pueblos; por ejemplo, el bosque es hasta cierto punto vital como proveedor de material de construcción, es lo que dice don Pablo: “para mí, como estas casitas, por más triste o simple que sea… no cuesta nada, yo fui serrador, yo lo trabajaba pues… cuando yo llegué aquí, sacaba tablas, cientos de tablas, sin comprar, es fácil hacer las cosas” (Entrevista, 05/04/10); y reafirma de manera contundente:
…por ejemplo, si hay una vivienda que es nueva, de dónde va a traer el mori- llo, de la montaña, del comunal; de dónde va a sacar su tabla… del comunal, no se le vende, nomás se le da, hasta ahí se ve el modo de Tlacolula (Entre- vista, 05/04/10).
En el territorio como espacio de construcción de una comunidad humana, de- limitada en un espacio específico donde los residentes han configurado su pers- pectiva de mundo, estar de manera organizada es vital por diversas razones: para la obtención de los bienes de subsistencia; para situarse en el mundo compartiendo
signos, significados y símbolos, y para asegurar su permanencia como sociedad, con sus dispositivos y artefactos sociales; además de la seguridad que proporciona el estar en una sociedad. Esa situación condiciona a los sujetos en su participación y fortalecimiento del tejido social al integrarse al colectivo, fortaleciendo el entra- mado social mediante su participación directa; contribuyendo al colectivo que le da sentido, afecto, sentido de pertenencia, seguridad; así lo menciona Pablo Martínez: “…llegamos a nuestra casita, una sombrita simple por decir, ahí nos cuida, ahí va- mos, ahí salimos y así es… vamos-llegamos… (Entrevista, 05/04/10).
Entonces, la construcción de la comunidad en comunalidad en un espacio concreto, no es sólo integrase al sistema de normas de urbanidad, de un estar con los otros como agregación, como estadística; es estar con lo/as otro/as, en la compartencia del mundo; compartiendo espacios y responsabilidades del accionar colectivo, se es parte del funcionamiento y urdimbre social que se borda, participando todos en los servicios y cargos, en la fiesta y los Ntíñ’náa.
Por tanto, el espacio vital es fundamental en la comunalidad debido a su carácter comunal; propicia la conformación de un colectivo y sujeto social, el cual se convierte en actor insustituible en la vida comunitaria; de tal manera que los programas y proyectos de las instancias gubernamentales que se rela- cionan con el cuidado del medio ambiente, especies protegidas o explotación forestal, incluso la explotación minera, tienen como cedazo y criba la asam- blea y la consulta comunitaria, de otro modo no será posible su implantación.
En ÑNgúu, el cbc, depositario del poder que se configura a partir del territorio comunal, es un factor de gran importancia, puesto que su capacidad de convoca- toria abarca a casi toda la población; así lo plantea el señor Esteban Vega:
En el Comisariado de Bienes Comunales, allí participan todos y todas, más en el caso de las mujeres viudas, tienen que cumplir porque tienen un te- rreno comunal, si hay un interés sobre un terreno, deben dar el servicio o estar en las juntas (Entrevista, 13/10/08).
Entonces, el hecho de disfrutar de ciertos beneficios que provienen de los Bienes Comunales, conlleva a la prestación de un servicio al colectivo, la rea-
lización de diversas tareas como la defensa del territorio –es caso específico de Ñ’Ngúu ante la posible explotación minera–. Si se es electo como miem- bro del cbc, en su desempeño en el cargo habrá de articularse con instancias internas, tales como la am y la Mesa Directiva178 de migrantes radicados en
la Zona Metropolitana del Valle de México, además de instituciones como la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (profepa), la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (semarnat), la Comisión Nacional Forestal (conafor), la Secretaría de la Reforma Agraria (sra), la Presidencia Municipal y otras.
La delimitación de responsabilidades de las distintas instituciones de la co- munidad es necesaria para que en el ejercicio de sus atribuciones no invadan responsabilidades; sin embargo, la trama del tejido institucional no es sencilla, de ahí que toma fuerza el planteamiento de rizoma que se aborda sucintamente arriba, lo que impone como condición la articulación de esfuerzos e intencio- nes; esto se evidencia en el hecho de que al abordar un asunto de carácter terri- torial-comunal, surge la necesidad de organizarse en el interior como comuni- dad residencial y al exterior como comunidad extendida (Kemper, 1994: 125); lo anterior requiere de la funcionalización de los dispositivos sociales comu- nalitarios, como la asamblea, para la toma de decisiones; pero, esto no termina ahí, los acuerdos a los que se arriben en cada espacio, sea de la comunidad residencial o extendida, habrán de plantearse en sus respectivas asambleas; de ahí que, nuevamente las decisiones que se tomen, algunas de éstas tienen un carácter político administrativo –responsabilidad del agente municipal–, y las otras son relativas al ámbito comunal (cbc). El problema que se presenta, es que algunos derechos comunalitarios están íntimamente ligados con las res- ponsabilidades civiles, tales como el uso y la administración del agua, derecho y responsabilidad que tienen todos los ciudadanos, que a su vez imbricada con el cumplimiento como sujetos comunales; de la misma manera, los acuerdos con
178 La Mesa Directiva es el nombre que se le asigna a la organización de migrantes de ÑN-
gúu, que se constituyó en 2009 con la finalidad de coadyuvar a la defensa territorial mo- tivada por la concesión minera La Raquelita I, otorgada por al gobierno federal en 2006; es la comunidad extendida de los iñ Ngúu en la zona metropolitana del Valle de México.
los migrantes, les da a éstos derechos territoriales, lo que también otorga dere- cho a los servicios en el interior de la comunidad, cuya vigilancia y regulación es estrictamente civil, por tanto, no es tarea sencilla.
Las situaciones ya vertidas y otras más se pueden presentar, el problema no es que alguna instancia interna tome la decisión, sino que muchas veces se requiere de un consenso de asamblea para poder actuar, lo que obliga a las instancias a articularse en esa complejidad del tejido comunalitario; es decir, el rizoma (Deleuze y Guattari, 1977: 5) se objetiva en la cotidianidad de la organización de ÑNgúu.
En ese tejido comunalitario puede notarse la vinculación entre territo- rio y territorialidad como experiencia de vida en la comunidad residencial, cuyos vínculos están tanto en relación a la subsistencia, como con la pre- sencia e incidencia de las energías que generan la posibilidad de estancia y protección a su vida como comunidad, esto permite vivir la experiencia que fortalece el sentido de pertenencia.
Para la comunidad extendida, radicada principalmente en el Valle de México, es el referente que les otorga identidad, cuyos vínculos de consanguinidad por ascendencia le ayudan a poder cruzar la frontera que cotidianamente enfrentan cuando se encuentran en otros espacios con prácticas culturales distintas; sin ese vínculo de consanguinidad y referentes culturales que lleva a cuestas, su estancia en los espacios de las urbes donde se ha establecido no tendría asidero para poder afianzar sus pautas de conducta (Bleger, 2001: 78) en los diversos planos de las prácticas culturales, sean simbólicas, materiales o político-organizativas.