El valor y la utilidad de los oficiales profesionales fueron advertidos en primer lugar por los comunistas del Quinto Regimiento. Entre los profesionales elogiados en los primeros números de Milicia Popular estaban Manuel Márquez, Miguel Gallo, los hermanos Galán, Mangada y Barceló. Aunque más adelante Asensio perdiese su mando por presiones comunistas, fue generosamente elogiado cuando Largo Caballero lo ascendió a general y le dio el mando de la zona Centro a principios de septiembre de 1936.
El 16 de septiembre, Milicia Popular publicó la contestación de Asensio agradeciendo al Quinto Regimiento y a «Carlos Contreras» por haberlo nombrado comandante de honor. No es posible saber si los comunistas se volvieron contra Asensio porque se negó a adherir al partido o porque consideraron que sus métodos no llevaban al éxito. Los comunistas advirtieron claramente que la actitud de los oficiales profesionales debía adaptarse a las exigencias de la situación, se adhirieran o no al partido. La Pasionaria los elogió cuando fue nombrada comandante de honor del Quinto Regimiento, y lo hizo en estos términos: «Militares leales, que se pusieron al lado de la República, que merecen toda clase de consideraciones y de respetos, que luchan con el pueblo, y el pueblo tiene el deber de tener confianza en ellos».
Bien diferente era esta actitud de la de un mes después, cuando Milicia
Popular publicó un artículo de Contreras sobre: «… tantas derrotas de las tropas
leales, derrotas provocadas por la incapacidad y la inepcia de unos generales». A los únicos generales a que puede referirse es a Asensio y Miaja. Y Contreras sigue diciendo: «Los generales de la retirada, si continúan ordenando retiradas, deben ser retirados. Si van de buena fe, a darles la pensión y en paz».
Resultaría muy difícil tratar de demostrar que esto significaba un intento del Partido Comunista, instigado por los consejeros de la Comintern, de tomar el poder. Más bien se trataba de una creencia sincera en que los oficiales profesionales debían ser reemplazados por jóvenes de las Milicias. Cualquiera que fuese su opinión sobre Miaja, los comunistas se condujeron con él con gran lealtad durante toda la guerra[82].
IX. CONCLUSIONES
conclusiones:
En primer lugar, que la sublevación y la revolución exacerbaron la tendencia centrífuga que siempre aparece en épocas de crisis de la historia española. Este hecho se reflejó en las tres zonas principales de esfuerzos milicianos, el Centro, Cataluña y el País Vasco. No hubo, por ejemplo, un empeño común para llevar adelante la ofensiva en Aragón, donde el enemigo era relativamente débil, para poder aliviar así la presión sobre Extremadura. También habría sido aconsejable enviar cierto número de oficiales al País Vasco, lo cual habría dado muy buenos frutos pues los batallones vascos estaban menos en contra de la disciplina que los de Madrid. No se hizo así, por lo cual los tranquilos frentes rebeldes no fueron molestados en absoluto en tanto la Legión y los moros avanzaban por Extremadura hacia Madrid.
En segundo lugar, las Milicias no pueden ser descritas como «la nación en armas». En toda el área controlada por la Comandancia Militar de Milicias, la mayor cifra que se puede dar con respecto a ellas es de 92 000 hombres. En Cataluña y Valencia, el número de hombres que se alistó en las Milicias fue notablemente bajo teniendo en cuenta la considerable densidad de su población así como el grado de politización de ambas regiones. Sólo en las provincias vascas el esfuerzo hecho fue considerable, pero incluso en este caso debemos recordar que los batallones recensados en el apéndice 4 incluyen un amplio número de reclutas llamados a filas entre octubre y diciembre de 1936.
En tercer lugar, el gobierno probablemente erró el no utilizar las fuerzas de que disponía como armazón para la incorporación de reservistas y las fuerzas paramilitares acrecentadas.
Pero la debilidad del gobierno de Giral, que tomó posesión el 19 de julio de 1936, le obligó a consentir que las Milicias tuvieran su propia dirección. El intento de formar batallones de voluntarios reclutados de las Milicias pero bajo disciplina militar fracasó. El fenómeno de las Milicias aparece como consecuencia inevitable de la situación política y social.
En cuarto lugar, fue en este período cuando los comunistas cristalizaron sus concepciones e introdujeron muchas de las características del ejército posterior, en especial el sistema de comisarios políticos. Ellos eran los que tenían ideas más claras sobre la situación, pero lo han ocultado con una barrera de propaganda que libra las batallas políticas de la guerra española sin clarificar los problemas.
En quinto lugar, las Milicias desmoralizaron a los oficiales profesionales que debían relacionarse con ellas y en la última parte de la guerra muy pocos de ésos aparecieron como dirigentes de talla. Los jefes de 1939, Rojo, Casado, Moriones, Escobar, Matallana y Prada eran casi desconocidos a finales del verano de 1936.
Por último, en conjunto las Milicias resultaron inútiles militarmente. No estaban mal armadas, como prueban las enormes listas de material capturado por los sublevados. Estas listas prueban también que eran generalmente incapaces incluso de destruir sus cañones u otras armas antes de retirarse, una de las reglas más elementales de la guerra.
Esta última es una conclusión de validez general. Una fuerza revolucionaria sin disciplina sólo resulta efectiva si tiene tiempo y espacio suficientes para lograr la necesaria estructura militar y si la fuerza que se le opone carece de eficacia. Así, el paralelismo que tan a menudo se trazó entonces con los ejércitos de las revoluciones rusa y francesa resulta incorrecto. Como casi siempre ocurre, España es también en esto sui generis.
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La militarización
Reducir aquellas masas a la disciplina, hacerlas entrar en una organización militar del Estado, con mandos dependientes del gobierno, para sostener la guerra conforme a los planes de un Estado Mayor, ha constituido el problema capital de la República.
Manuel Azaña, Obras completas, t. III, p. 487.