El Estado Mayor Central y los políticos de más relevancia estaban de acuerdo en que era absolutamente indispensable militarizar totalmente las Milicias y establecer un ejército sobre bases adecuadas.
Una de las primeras tareas del gobierno era conseguir un mayor control de las Milicias. En especial, la cantidad de hombres que se dedicaban a actuar como fuerzas policíacas sin control gubernamental contribuía al problema del orden público y a poner trabas al esfuerzo bélico. El decreto de la Gaceta del 17 de septiembre de 1936 abordaba este problema estableciendo las Milicias de Vigilancia de la Retaguardia, declarando ilegal toda fuerza que no estuviese encuadrada en ellas. Una de las razones dadas para la creación de esta fuerza de vigilantes fue que muchos enemigos de la República habían entrado a formar parte de esos grupos ilegales. Puede haber sido cierto que muchos individuos, sospechosos por sus antecedentes, trataran de demostrar su lealtad al régimen uniéndose a grupos extremistas. Pero la misma existencia de bandas semicriminales que saqueaban, raptaban y cometían asesinatos era un desafío al gobierno que no podía justificar su combate contra el fascismo en el extranjero si toleraba la actividad de tales individuos.
Tras haberse ocupado de tales grupos ilegales, Largo dirigió su atención al principal organismo miliciano. Se ha afirmado en ocasiones que se oponía a la militarización y que fueron sus consejeros soviéticos los que le convencieron de que era esencial llevarla a cabo[33]. No hay prueba alguna de que esto fuese cierto. El hecho de que nombrase a Asensio jefe de la zona Centro el mismo día en que formó su gobierno indica que quería proporcionar a la Milicia una base militar adecuada. También parece improbable que Largo, que en una ocasión expulsó al embajador soviético de su despacho y que fue arrojado del poder por su negativa a seguir las instrucciones comunistas, pudiera ser persuadido a actuar en contra de sus opiniones[34].
importantes decretos[35]. El preámbulo del primero reconocía que era preciso un ejército eficiente y que las Milicias existentes deberían formarlo. Todos los oficiales y suboficiales de Milicias considerados políticamente de confianza pasarían al ejército («Pasarán a las escalas activas del ejército»). El Estado Mayor Central los encaminaría a las Armas y Cuerpos donde se precisasen sus servicios. El segundo Decreto proclamaba: «Se inicia así la formación del futuro ejército del Pueblo», y establecía que desde el 10 de octubre en la zona Centro y desde el 20 en otras regiones, las Milicias estarían sometidas al Código de Justicia Militar. Los milicianos que no deseasen aceptarlo debían enviar sus nombres a la Comandancia de Milicias la cual los borraría de sus plantillas. La edad mínima para el alistamiento sería de veinte años y la máxima de treinta y cinco, reglamentación primordial, ya que se habían alistado muchachos de dieciséis años y también hombres de edad avanzada.
Con las unidades de Milicias enormemente diseminadas y el mal estado en el que estaban las comunicaciones, la Comandancia tuvo que hacer ímprobos esfuerzos para imponer el orden. En fecha tan tardía como el 13 de diciembre de 1936 se emitió una circular que ordenaba a las columnas de Milicias que hicieran inmediatamente un censo de todos sus componentes, para llegar con ello a «la verdadera militarización de las milicias, que tantas veces hemos pedido todos»[36].
En enero de 1937, la Comandancia aún tenía que prohibir a las columnas que admitiesen directamente nuevos reclutas[37].
La uniformización y el uso del saludo, manifestaciones externas de la militarización, tenían que justificarse frecuente y escrupulosamente. Las explicaciones que anteceden a cada circular son muy prolijas. Un ejemplo puede ser una carta de diciembre de 1936 a las columnas, que pide, en la medida de lo posible, que los hombres lleven una canadiense y pantalones oscuros, porque: «La uniformidad en el vestido fue siempre el signo exterior que marcó el grado de disciplina de un ejército».
Otras vestimentas estaban «reñidas con la seriedad del momento que vivimos y del ideal que a todos nos une».
Se recomienda el saludo, y el oficial superior debe devolverlo porque: «El saludo no humilla, sino que estrecha lazos de afecto y despierta corrientes de simpatía»[38].
encabezadas habitualmente por un «Sírvase cumplir…», y en las que no se da la menor explicación. No había necesidad de recordar a los falangistas o requetés que debían hacer el saludo. En los documentos del ejército republicano hay muchos ejemplos de extensos preámbulos a órdenes sencillas, explicables por el odio a todo lo que tuviese que ver con la tradición militar, odio que había cristalizado con la rebelión[39].
Una semana después de estos dos decretos, se prohibió a las Milicias que utilizaran nombres para designar a las unidades militares, indicando que iban a ser incorporadas a las nuevas Brigadas Mixtas. A las columnas que aún contaban con núcleos de los regimientos de antes de la guerra se les dieron instrucciones de que no utilizaran los números o nombres de regimiento, aunque, claro está, las Milicias se adhirieron a sus nombres, y aún en abril de 1937 se consideró necesario difundir una circular recordando a los batallones que no tenía validez ningún documento que utilizase nombres en vez de números. A los comisarios se les instaba a atenerse a ello[40].
El 27 de octubre de 1936, la Gaceta publicó un prototipo de batallón de Milicia[41], que debería servir de modelo a los batallones del nuevo ejército.
Consistía en cuatro compañías de Fusileros y una compañía de Ametralladoras a cargo de capitanes. Cada compañía constaba de tres secciones; cada sección de dos pelotones, y cada pelotón de tres escuadras.
Lo que llama la atención en estas directrices es su total fidelidad a la tradición. No se encuentra la menor señal de que las autoridades admitieran que la carencia de oficiales y suboficiales profesionales y la gran cantidad de soldados sin instrucción requiriesen un modo de articulación muchísimo más flexible. El peso de la burocracia en el Ministerio de la Guerra resulta evidente. Los detalles aparecen subrayados con insistencia, llegando incluso a determinar cuál soldado debe llevar la pistola de señales y cuál cabo de escuadra debe ir armado de un revólver.
Este prototipo indica dos cosas: en primer lugar, que el nuevo ejército no iba a tener una estructura revolucionaria; en segundo lugar, que sus organizadores no habían advertido la enorme escasez de cuadros o, más probablemente, que sus burocráticas mentes no iban a ajustarse a la realidad de la situación.
Hasta entonces, la militarización había tenido que ver con los batallones de Milicias, pero ya resultaba evidente que hacía falta una estructura algo más
permanente[42].