El establecimiento de cursos de breve duración para formar oficiales fue algo postulado en términos generales ya en las tres semanas posteriores al inicio de la guerra. Estarían organizadas en tres ramas, continuando Ja división tradicional entre las armas de Infantería, Artillería e Ingenieros[163]. Pero en realidad no se organizó nada por entonces. Largo Caballero publicó un decreto un mes después de su nombramiento como jefe del gobierno y ministro de la Guerra, en el que se refería a la notoria insuficiencia de oficiales capaces. Este decreto apareció cuatro días después del aludido en el capítulo 6, IV, que aseguraba que no era urgente el reclutamiento de oficiales. Resulta claro por la yuxtaposición cronológica de ambos decretos que no se apreciaba a los hombres a quienes se confiaban cargos militares por sus títulos universitarios. Largo había cambiado de opinión, seguramente influido por los funcionarios del Ministerio que podían observar la reacción de los milicianos ante los «señoritos». Por Decreto del 9 de octubre se organizaron tres centros dependientes del Estado Mayor Central. Los oficiales de Infantería y Caballería serían formados en Carabanchel, unas grandes instalaciones militares al sur de Madrid; los artilleros en el cuartel del Regimiento de Artillería a Caballo, con una sección en Cartagena, especializada en artillería costera; y los ingenieros encargados de Transmisiones, en Retamares. Habría cursos de quince días para formar nuevos oficiales y para los que ya actuaban como mandos de batallón y compañía. Tomarían también parte en ellos suboficiales ascendidos y oficiales de Milicias. El curso sería intensivo, con ocho horas diarias como mínimo, y se pondría el énfasis en la práctica, enseñando sólo el mínimo indispensable de teoría. Los profesores serían suboficiales y oficiales profesionales.
Entretanto, se había organizado la primera escuela operativa de oficiales en el convento de los escolapios de Sarriá (Barcelona) dirigida por Juan García Oliver, en aquel entonces responsable de las Milicias catalanas. Hay diversas descripciones de su funcionamiento, pero parece haber consistido en un curso común a todas las
Armas, seguido de ejercicios prácticos y clases por especialidades. Posteriormente, se hizo lo preciso para que residiesen allí los hombres de fuera de Barcelona, en condiciones de higiene estrictas. Las clases tenían como materias la táctica, el armamento, las señales, fortificación, topografía, tiro de fusil, explosivos, equitación y contabilidad[164]. Los primeros nuevos oficiales que salieron de la escuela fueron de gran calidad, pero pronto disminuyó el nivel medio debido a la escasez de hombres con suficiente formación[165]. Además, los nuevos oficiales eran mal recibidos por las Milicias que los consideraban símbolos de la autoridad que rechazaban y señoritos, los tradicionales ociosos de clase media[166]. Al principio, algunos oficiales fueron enviados a sus puestos de mando sin ni siquiera haber visto antes el frente, y otros jóvenes fueron a los cursos a instancias de sus padres que preveían la movilización general y, por su experiencia militar, querían que sus hijos aprovechasen la oportunidad de convertirse rápidamente en oficiales y además gratuitamente[167].
Ésta no era la única escuela organizada por la Generalitat catalana; también había una Escuela de clases o suboficiales, que pronto fue boicoteada merced a la oposición de García Oliver y Largo Caballero[168]. En Valencia, se organizó un cursillo para armeros, esencial a la vista de la indisciplina y la ignorancia que dejaban enseguida fuera de servicio las armas, pero sólo se graduó una promoción. Por último, diremos que también la CNT organizó una Escuela de Artillería en Barcelona[169].
Al cabo de cierto tiempo, se abrieron las nuevas escuelas anunciadas en la
Gaceta. Al principio, había cinco, de Infantería, Artillería, Caballería, Ingenieros y
Transmisiones, en su mayor parte en pequeñas guarniciones de la antigua división de Valencia como Paterna, Godella, Almansa y Chinchilla. Por ejemplo, se afirma que el ministro comunista Vicente Uribe había organizado una que formaba al mes a cien hombres capaces de mandar una compañía o batería[170]. La mera presunción de que se pudiese formar a un jefe de batería en un mes indica hasta qué punto la formación de oficiales corría peligro de convertirse en otro recurso mediante el cual un partido o grupo podía medir su prestigio, y también muestra lo mucho que Largo Caballero y su consejero militar Asensio sirvieron a la República al centralizar la educación militar.
Los cursillos del Ministerio en contraste con los de los partidos duraban tres meses para los oficiales de Infantería y Caballería y cuatro meses para los de las Armas especializadas[171]. Los alumnos tenían una paga de 12,50 pesetas al día.
llamarse Escuelas Populares de Guerra[172], llevando cada una de ellas un número. Los exámenes de ingreso, incluso para las escuelas especializadas de Artillería e Ingenieros, no eran especialmente rigurosos y hubo muchos candidatos, presentándose 3000 a la primera convocatoria de la Escuela de Artillería, la Escuela Popular de Guerra n.º 2 de Lorca. El examen de ingreso consistió en un breve test psicotécnico, una larga serie de cálculos mentales aritméticos, otra de matemáticas elementales y una prueba de razonamiento verbal. En el examen de ingreso del 15 de diciembre de 1936, algunos de los ejercicios conservados muestran el nivel enormemente bajo de algunos candidatos. Un maestro de escuela fue incapaz de resolver un sencillo problema aritmético y un profesor de matemáticas no pudo completar unas elementales secuencias de números. Incluso un candidato con título universitario no consiguió realizar los ejercicios[173]. Es de presumir que esos candidatos no consiguieran ingresar, pero el hecho de que pudiesen pensar en presentarse y fueran apoyados por una recomendación indica el bajo nivel de los estudios y las pobres perspectivas que existían para el nuevo cuerpo de Oficiales[174].
En el Ejército Nacional, los oficiales de Artillería recibían una preparación de tres meses, pero era esencial tener un buen nivel de conocimientos matemáticos[175]. Como punto de referencia, diremos que los candidatos a las escuelas de oficiales de Artillería del ejército británico durante la segunda guerra mundial tenían que haber servido previamente en filas y tener un conocimiento práctico básico de cañones; además, realizaban un cursillo de seis meses.
Participaron en el primer cursillo de Lorca 273 hombres. Eran la flor y nata del reclutamiento y pronto disminuyó el nivel medio[176]. Gran cantidad de maestros de escuela se presentaban a ingreso, lo cual no resulta sorprendente, pues difícilmente otras personas con estudios podían obtener el aval de un partido político o un sindicato.
A los alumnos que no aprobaron el curso se les permitió presentarse a la siguiente convocatoria, y si volvían a fracasar se les enviaba al frente. Había grandes deseos de llevar el uniforme de oficial y la mayor parte de ellos estudiaron mucho[177]. Una vez terminado el curso, los nuevos oficiales fueron enviados al centro permanente de Artillería (COPA) de Almansa para realizar un cursillo práctico de dos meses. Había un oficial ruso entre los profesores, pero sus explicaciones se consideraron abstrusas[178].
En la Escuela Popular de Guerra n.º 3 para oficiales de Infantería, Caballería e intendencia, el 29 de diciembre de 1936 se convocaron 400 plazas[179]. El ingreso
fue limitado a los ciudadanos españoles de entre 19 y 36 años pertenecientes a las Milicias, el ejército regular o las fuerzas de policía que presentasen un aval, y el examen consistiría en el normal de ingreso en la escuela de oficiales: cuatro horas de ejercicios de escritura y gramática, tres preguntas sobre geografía e historia elemental, traducción optativa de una lengua extranjera y matemáticas básicas. Los ingresados seguirían un curso común de veintiún días y luego se especializarían en un Arma, permitiéndose repetir una vez[180].
En el norte de España, el jefe del Ejército del Norte, el general Llano de la Encomienda, fue autorizado a abrir la Escuela Popular de Infantería, en Bilbao, y una para oficiales de Artillería en Trubia[181]. Había también escuelas en Santander[182].
La primera promoción de la Academia Militar de Euzkadi, escuela no oficial organizada por el gobierno vasco, constaba de 250 oficiales de infantería y 130 de Artillería e Ingenieros, de los cuales 108 fueron ratificados por el Ministerio de Defensa. En una carta al ministro, el presidente vasco Aguirre anunciaba que ya estaba completo el segundo curso y solicitaba el reconocimiento oficial de la escuela[183], pero como Bilbao cayó el 19 de junio de 1937, la Academia desapareció.
En mayo de 1937, Largo Caballero proclamó que él había creado seis escuelas populares de guerra, logro del que podía estar orgulloso. La n.º 1 era la Escuela Popular de Instructores de Guerra de Cataluña. El Decreto de 24 de mayo de 1937 requirió que se adaptase a los reglamentos ministeriales[184]. Esta escuela había gozado de prestigio entre las Milicias catalanas y el Exèrcit de Catalunya, de breve vida, pues siguió existiendo incluso después de que el gobierno central asumiese las funciones militares de la Generalitat en mayo de 1937. Las escuelas n.º 2, 3, 4, y 5 eran, respectivamente, para formar oficiales de Artillería, Infantería, Caballería e Intendencia, Ingenieros y Transmisiones. La n.º 6 era la Escuela Popular del Ejército del Norte. La Escuela Popular de Estado Mayor, abierta para formar oficiales de EM[185], tuvo en total seis convocatorias, la última de las cuales se anunció a fines de 1938[186]. La mayor parte de las promociones fueron pequeñas y casi todos los participantes en los cursos eran oficiales profesionales, algunos de los cuales actuaban ya como oficiales de EM. Según los reglamentos, todos los nuevos jefes de EM de las grandes unidades y jefes de Sección de los EM tenían que ser o bien oficiales profesionales o bien oficiales de Estado Mayor en campaña (provisionales). Se requirió a todos los hombres que ocupaban un puesto de esas características a que siguieran el curso teniéndose intención de hacer posteriormente lo mismo con los EM de las brigadas[187]. Entre los ingresados en noviembre de 1938 estaban, por ejemplo, el jefe del EM del II Cuerpo, el jefe de la
sección de Servicios del ejército del Este y los jefes del EM de las 9.ª, 12.ª, 20.ª, 26.ª y 31.ª Divisiones, la mayoría de los cuales no aparecen en la escala de 1936 siendo probablemente oficiales de Milicias[188].
El problema de los oficiales de EM sin instrucción adecuada era muy grave. Cuando el general Pozas estaba al mando del Ejército del Centro se quejó de que se estaba sacando de Madrid, donde había un número suficiente de ellos, a los oficiales de EM, y enviándolos a otros ejércitos, dejando a su propio Estado Mayor exhausto[189]. En el ejército de Extremadura, aun en abril de 1938, el único oficial de EM calificado era el jefe del EM, Sáez Aranaz, siendo los demás miembros un teniente de campaña y oficiales de Milicias[190].
El examen de ingreso para la Escuela Popular de Estado Mayor era, desde luego, más difícil que el de las otras escuelas, pues consistía en una composición de dos horas, dos horas y media de descripción topográfica de una región, una hora de interpretación de un plano militar y un ejercicio de redacción de órdenes de campaña. La segunda parte del examen consistía en una prueba de capacidad táctica basada en la situación imaginaria de una fuerza combinada de Artillería e Infantería, para la cual se pedía a los candidatos redactar un conjunto de órdenes de operaciones. Había cincuenta plazas y la competencia era muy reñida, pues varios centenares de hombres de gran calificación se presentaron al examen[191]. La formación de oficiales del Estado Mayor fue lamentablemente lenta, de modo que con más energía en la instrucción es posible que la labor del EM hubiese resultado más eficiente. Este último curso acabó abruptamente cuando los nacionales atravesaron el río Segre a fines de diciembre de 1938 para empezar su ataque a Cataluña.
En 1937, ya se advirtió que las escuelas populares de guerra no estaban formando el suficiente número de oficiales. El 11 de agosto se anunció una reorganización importante y su extensión a todo el campo de la educación militar[192]. Hasta entonces, decía la orden circular, la instrucción militar había sido espasmódica y las escuelas habían carecido de unidad y coordinación, atrayendo además a un tipo de alumnos no apropiado. No se especificaba lo que quería decir este último comentario, pero puede suponerse que fas pruebas de ingreso favorecían a los hombres con estudios, en tanto que el carácter del ejército republicano tendía a favorecer a los oficiales de Milicias. El servicio en el frente, la firmeza y el carácter políticos estaban empezando a considerarse más importantes que la capacidad para aprobar los exámenes. De hecho, aparte de la utilización del término «unificación», no se dio ningún cambio evidente en las propias escuelas. El cambio más importante de la instrucción militar en general fue la organización de
un sistema de enseñanza en las propias unidades. Toda la instrucción militar fue asentada en bases oficiales y cada batallón organizaría cursos para aspirantes a cabos y cada brigada, para sargentos. Se exigiría de las divisiones que organizasen cursos de campaña obligatorios para oficiales, hasta el nivel de compañía si tales oficiales no habían pasado por una de las escuelas populares de guerra. A nivel de Cuerpo, habría escuelas de aplicación para preparar oficiales para las Armas especializadas. Finalmente, en los ejércitos del Sur, Centro y Este habría escuelas de información, para preparar oficiales para el mando de divisiones o unidades mayores. Todas ellas estarían bajo el control de la sección de Instrucción del Ministerio de Defensa Nacional. La circular señalaba además que el mero hecho de haber seguido un cursillo no capacitaba para el ascenso, pero que las calificaciones en la Escuela se tendrían en cuenta en los expedientes.
No había duda de que las escuelas populares de guerra no estaban formando suficientes oficiales de calidad y como dijo Rojo a Azaña, «rinden muy poco» de forma que el ejército se vio obligado a instruir aprisa a hombres ascendidos a oficiales en el campo de batalla[193].
Incluso un año después, la escala provisional del ejército recensaba únicamente 6444 oficiales en campaña[194]. No disponemos de las cifras finales, pero la instrucción militar era evidentemente un problema grave y nunca se llegó a poner remedio a la carencia de oficiales. A la vista de los 22 936 alféreces profesionales formados por el Ejército Nacional[195], el fracaso republicano resultaba, incluso, aún mayor. La opinión del agregado militar británico era que entre las fuerzas republicanas había una relativa escasez de hombres con el nivel cultural preciso[196], lo cual resultaba desde luego cierto, aunque quizá no se trataba tanto de escasez de hombres con nivel suficiente de cultura como de su desgana de servir, lo que era más importante. Conversaciones mantenidas con hombres con estudios que prefirieron no ser oficiales dan a pensar que los excesos de las primeras semanas, el aplastamiento del POUM y la necesidad de apoyo comunista en determinados ejércitos, añadidos a la falta de confianza en la capacidad de los mandos superiores y al sentimiento de que no se podría ganar la guerra, hicieron que muchos hombres evitasen estar en primer plano. En las circunstancias de una guerra civil tan politizada que ser oficial significaba aceptar totalmente la propaganda republicana, esta actitud resulta comprensible.
También se carecía de instructores apropiados; a menudo los profesores de las escuelas eran oficiales y suboficiales desfavorablemente conceptuados por el Gabinete de Información y Control, y personas cuyos planes de estudio muestran una lamentable falta de imaginación sobre el tipo de enseñanza que había que
proporcionar dadas las circunstancias. En la Escuela Popular n.º 1, por ejemplo, tuvo lugar un cursillo para sargentos aspirantes a oficiales, de una duración de un mes y consistente en: organización, información, logística, táctica, armamento (desde fusiles a cañones y antitanques), telemetría, explosivos, fortificación (detallada en once apretadas líneas mecanografiadas), transmisiones y topografía[197]. La mayor parte de la enseñanza debe haber sido evidentemente teórica y el resultado no pudo ser más que un palimpsesto de impresiones abigarradas. En otra ocasión, se publicó un informe sobre el batallón de instrucción de la Escuela Popular del Norte, que da una idea completa del sistema de enseñanza seguido[198]. El informe describe la Escuela desde el 14 de enero de 1937 hasta el 25 de julio del mismo año, y, según él, estaba organizada de modo tradicional, con un oficial de guardia, inspecciones del cuartel, informes escritos, etc. Se ponía gran énfasis en la limpieza, y los reglamentos se habían copiado directamente de otros antiguos, que por su estilo semiarcaico con verbos a veces en futuro de subjuntivo, databan aparentemente del siglo anterior. Este respeto por la tradición resulta sorprendente, pues la Escuela la mandaba un hombre que había estado al frente de un batallón de Milicias, aunque probablemente se trataba de un suboficial del ejército y, en cualquier caso, el tener ideas políticamente avanzadas no implica necesariamente la modernidad con respecto a los asuntos militares. En total, hubo trece cursos, y al comienzo sólo se propuso para el ascenso a una pequeña proporción de alumnos; hasta el tercer curso no se recomendó a algunos hombres para su ascenso a sargentos. El cuarto curso empezó una especialización en morteros y ametralladoras, y los siguientes fueron de duración irregular debido a las crecientes necesidades del frente. En el curso onceno, todos los hombres salieron como suboficiales y el EM Central requirió a la escuela para que se expansionase. En julio de 1937, tenía capacidad para recibir a 1500 alumnos con 27 instructores, y resulta expresivo de la permanencia de concepciones pasadas de moda el que uno de los instructores fuese un profesor de esgrima. De hecho, el curso no estuvo nunca al completo y la vez que más alumnos hubo fueron 658. Naturalmente también padecía de una carencia crónica de armas, y la mayoría de los fusiles eran japoneses, aunque también se utilizaron algunos franceses sin repetición y otros veintitrés tipos de distinta procedencia. En total, en sus meses de existencia, el batallón de instrucción de Noreña formó a 2971 cabos y 1182 sargentos, de los que 16 siguieron más adelante estudios para oficiales.
Algunas divisiones y brigadas publicaron informes sobre sus escuelas de instrucción internas. La 44.ª Brigada, por ejemplo, con sede en El Pardo, al norte de Madrid, organizó cursos para suboficiales durante el verano de 1937, y publicó un atractivo folleto con fotografías del general Miaja y de María Teresa León, la esposa del poeta comunista Alberti, que visitó el campamento y distribuyó los premios[199].
El curso duró del 14 de mayo al 14 de junio de 1937, y la jornada comenzaba a las 6 de la mañana y finalizaba a las 9,30 de la noche. En conjunto, era típico de la mayoría de los cursos realizados en las brigadas o divisiones, con su instrucción física, el énfasis en la higiene personal, clases de temas militares elementales y conferencias sobre política, educación moral, etc. Pero, como siempre, el formalismo y conservadurismo que realmente se daban indican que la propia instrucción y los conceptos inculcados eran estrechamente convencionales. Pocos cursos parecen haber tratado de decir a los futuros suboficiales qué hacer en una circunstancia dada, sino más bien parecen haber tendido a atiborrarlos de conocimientos que podrían o no serles útiles en el futuro. Los innumerables comentarios sobre el bajísimo nivel de los mandos que aparecen a todo lo largo de los archivos del ejército republicano demuestran que aunque el intento era