A los oficiales de Milicias no se les permitió pasar de comandantes[58], graduación que tenían la mayoría de los jefes de columnas y que correspondía a la de jefe de batallón en el ejército español. Se puede ver claramente la influencia de los militares profesionales, los cuales, aunque algunos dirigentes de las Milicias llegarían pronto a mandar brigadas y divisiones, no querían que ningún nuevo miliciano tuviese más graduación que ellos. Además, la existencia de oficiales superiores de Milicias después de la guerra causaría estragos en el sistema tan cuidadosamente equilibrado de antigüedades. La cuestión iba unida al problema de los ascensos por méritos que tanto encono habían provocado en el ejército y que habían desembocado en las Juntas de Defensa de 1917, los problemas con los oficiales de Artillería en los años veinte y el descontento del período de Azaña.
Pero a finales de 1937, con el crecimiento del ejército y la destitución de gran cantidad de oficiales tras una investigación sobre ellos del GIC, los oficiales de Milicias se hallaban a menudo al frente de brigadas e incluso de algunas divisiones y cuerpos[59].
El 5 de enero de 1938 se publicó un Decreto que iba precedido de un largo preámbulo referido al Decreto de febrero de 1937, que restringía los ascensos, para continuar diciendo: «No parece justa una limitación tan rígida, si bien procede adoptar medidas que, al levantar ese tope, impidan el acceso a los altos cargos del ejército a quienes no han probado en el campo de batalla una suficiencia militar, que se acredita conjuntamente por el valor personal …».
El significado de estas palabras puede juzgarse por el tono negativo de la expresión, sin el menor elogio a los logros de los oficiales de Milicias y sólo un ascenso concedido a regañadientes para los jefes de probada habilidad en el campo
de batalla. Las detalladas instrucciones requerían que esos ascensos fuesen acordados únicamente por decreto del Consejo de ministros a propuesta del ministro de Defensa nacional, en aquel entonces Indalecio Prieto. La decisión de hacer esta concesión a los mayores de las Milicias se tomó bajo presiones, pues como se ve claramente por su informe al PSOE tras su destitución, Prieto estaba convencido de que los comunistas intrigaban en su contra[60].
Es interesante examinar a quién se ascendió y cuándo. El ascenso de Líster fue el primero de todos, y se publicó en el mismo número del Diario Oficial que el Decreto que autorizaba tales ascensos[61]. Se mencionaba concretamente que se debía a sus hazañas durante la batalla de Teruel. El anuncio de su ascenso el mismo día en que resultaba posible y los informes oficiales de que Líster se había negado a acatar las órdenes del teniente coronel Ibarrola, su inmediato jefe, en el sentido de mandar regresar a Teruel alguna de sus unidades, por cierto muy maltrechas, son fuertes presunciones de que Prieto firmó el Decreto de mala gana y bajo la presión del PCE[62].
Incluso es posible que, cuando se aprobó el 5 de enero de 1938 el Decreto ascendiendo a Líster para resolver la cuestión del ascenso que Rojo, sin tener facultades para hacerlo, le había concedido, el Gobierno se viera en la necesidad de derogar la norma que limitaba los ascensos de todos los milicianos al empleo de mayor.
Empero, los cuatro primeros ascensos aparecen cuidadosamente equilibrados entre comunistas y anarquistas. Después de Líster, fue Cipriano Mera, jefe del IV Cuerpo, que había sido recomendado para ascender después de Guadalajara en marzo de 1937[63], el primer anarquista en llegar a teniente coronel. El siguiente ascendido fue Antonio Beltrán, protegido de Prieto y en aquel entonces al mando de la 43.ª División, descrito como «anarquista independiente»[64]. Luego se ascendió a título póstumo a Durruti, el más famoso de los jefes anarquistas de columna, muerto en Madrid en noviembre de 1936[65]. Se ascendió también a los oficiales de Milicias Modesto, Valentín González «El Campesino», Durán, Toral, Del Barrio y Tagüeña, todos ellos comunistas, y a los anarquistas Jover y García Vivancos, Recalde, jefe de la 19.ª División y Gallego Pérez, que aunque oficial profesional permanecía aún en la plantilla de Milicias[66]. A partir de entonces, hubo pocos ascensos pero, en septiembre de 1938, se ascendió a tenientes coroneles a otros trece mayores de Milicias. Entre los más conocidos estaban Martínez Cartón, el diputado que había ocupado la fortaleza nacional de Santa María de la Cabeza al frente de la 16.ª Brigada mixta; Manuel Cristóbal Errandonea, que había dado muestras de su capacidad en la defensa de San
Sebastián[67]; y Daniel Ortega, el jefe de los Servicios de Madrid[68]. Los tres eran comunistas. Entre los dirigentes cenetistas, sólo Sanz, de la 26.ª División (excolumna Durruti) y Castán, de la 118 Brigada de la 25.ª División (excolumna Ortiz) fueron ascendidos[69]. Hubo un evidente lapso de varios meses entre el ascenso de Líster y los siguientes, que puede explicarse o por la urgencia y presión de los asuntos que tenía que tratar el Gabinete o por la desgana de algunos ministros en otorgar los decretos correspondientes. El 24 de abril de 1938, el Diario
Oficial publicó otro Decreto aligerando los reglamentos de forma que los ascensos
pudiesen concederse por una orden ministerial aprobada por el Gabinete, lo cual probablemente explica el conjunto de ascensos que hubo después.
Si se compara esta cifra de 27 ascensos de oficiales de Milicias con el total de 74 ascensos hechos en todo el ejército entre abril y septiembre de 1938, resulta evidente que el cese de Prieto en el Ministerio de Defensa no dio satisfacción real a quienes pedían el reconocimiento del papel desempeñado por los comandantes de Milicias. No se ascendió, por ejemplo, a los comunistas Asensio y Pertegás, jefes de División del Ejército del Centro, ni a los oficiales de Milicias que formaban la mayor parte del EM del ejército del Ebro.
Los ascensos para los milicianos no fueron más allá de la graduación de teniente coronel. Si no tomamos en cuenta los ascensos otorgados por Negrín cuando ya no tenía ningún poder para hacerlos efectivos, el 3 y 4 de marzo de 1939[70], nombrando general a Modesto y coronel a Líster, el único ascenso por encima de teniente coronel fue el de Modesto, jefe del ejército del Ebro, nombrado coronel durante la batalla del Ebro[71].
Los ascensos de los oficiales de Milicias, la confirmación en sus mandos y los nuevos puestos fueron negociados a través de un organismo especial, la Comisión revisora de Empleos de oficiales de Milicias[72]. Normalmente, el cuerpo de Ejército en que servía el oficial enviaba la documentación, saliendo las confirmaciones en el
Diario Oficial. El gran número de oficiales del apéndice 12 que no son profesionales
pero tampoco aparecen descritos como de Milicias, se explica por los retrasos burocráticos en la comprobación y publicación. Durante algún tiempo, la Comisión fue presidida por Jesús Pérez Salas, que dimitió de su mando al frente de la 30.ª División después de la batalla de Belchite en agosto de 1937 y pasó a formar parte de la subsecretaría del Ministerio de la Guerra, donde sucedió a Fernández Bolaños como subsecretario el 27 de marzo de 1938[73]. Pérez Salas se queja de que la Comisión estaba dirigida de hecho por un oficial de Milicias comunista, cuyo nombre no da, y de que favorecía a los miembros del PCE[74]. Dadas las circunstancias de la guerra civil española, el nombramiento de Pérez Salas, oficial
profesional condenado por los anarquistas a pesar de su actitud fuertemente anticomunista, era un error, sobre todo por su preocupación por la posición de que gozarían después de la guerra los oficiales profesionales, ansiedad que le ocultaba la gravedad de la situación durante la guerra[75].
En virtud de su cargo en el Ministerio, Pérez Salas formaba también parte de la comisión que nombraba los mandos (la Junta de Mandos), formada por Rojo, Fernández Bolaños y un vocal cooptado. Esta Junta nombraba los jefes de Cuerpo, División y Brigada, y la sección de Personal de la subsecretaría confirmaba todos los demás mandos y hacía recomendaciones para ascensos. Aunque no podía quejarse, como a menudo lo hace, de que allí hubiese comunistas, Pérez Salas disputó con Rojo a propósito del ascenso de los oficiales de Milicias y de la postergación de los militares de carrera y aseguraba que Rojo trataba de imponer su voluntad por encima de la de la Junta[76]. No hay pruebas de ello, aunque sí es cierto que Rojo mostró cierta debilidad con respecto a la actividad política dentro del ejército (véase capítulo 5), pero resultaría difícil demostrar que el ejército republicano no utilizara a todos los oficiales profesionales que eran capaces de dirigir unidades, dadas las condiciones políticas y militares del momento.