IV. L A INTEGRACIÓN DE LA AFECTIVIDAD EN LA CONDUCTA LIBRE
1. Concepto de acción voluntaria
La acción voluntaria puede ser definida como aquella acción que procede de un principio intrínseco con conocimiento formal del fin1. Explicamos los ele-
mentos de esta definición.
1. Cfr. S.Th., I-II, q. 6, a. 1, c. Sobre la teoría de la acción, además de los estudios que serán ci- tados a lo largo de este capítulo, cfr. ANSCOMBE, G.E.M., Intención, Paidós, Barcelona 1991 (orig.:
Intention, Basil Blackwell, Oxford 1957); BROCK, S.L., Acción y conducta, Herder, Barcelona 2000 (original: Action and Conduct (Thomas Aquinas and the Theory of Action), T. and T. Clark, Edinburg 1998); CHARLES, D., Aristotle’s Philosophy of Action, Duckworth, London 1984; DEFINANCE, J., En-
sayo sobre el obrar humano, BHF, Gredos Madrid 1966; FERRERSANTOS, U., Perspectivas de la ac-
ción humana, PPU, Barcelona 1990; LÉONARD, A., El fundamento de la moral: ensayo de ética filo-
sófica general, BAC, Madrid 1997; NISTERS, TH., Akzidentien der Praxis. Thomas von Aquins Lehre
von den Umständen menslichen Handelns, Alber, Freiburg-München 1992; POLO, L., La voluntad y
sus actos, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona 1998; RHONHEIMER, M., La perspectiva de la moral..., cit., cap. III; RICOEUR, P., La semantica dell’azione, cit.,; RUNG-
GALDIER, E., Was sind Handlungen? Eine philosophische Auseinandersetzung mit dem Naturalismus, Kohlhammer, Stuttgart-Berlin-Köln 1996; TAYLOR, CH., Human Agency and Language. Philosophi-
cal Papers I, Cambridge University Press, Cambridge 1985; WESTBERG, D., Right Practical Reason.
Aristotle, Action, and Prudence in Aquinas, Clarendon Press, Oxford 1994; ZAGAR, J., Acting on
Principles: a Thomistic Perspective in Making Moral Decisions, University Press of America, New
1) Procede de un principio intrínseco la acción que tiene su origen en una facultad apetitiva del sujeto, es decir, de un principio operativo que está dentro de él. Por ello, la acción voluntaria se distingue de la acción coacta o violenta, que es la acción originada por la violencia de una causa exterior al sujeto contra la inclinación o el deseo de éste.
2) Existe conocimiento formal del fin siempre que el sujeto agente conoce «aquello en vista de lo cual» (el fin) realiza la acción, y que lo conoce expresa- mente bajo la razón de objetivo de su obrar, valorando su conveniencia en cuanto tal, de modo que este conocimiento y esta valoración son el origen inmediato de la acción. Por este motivo, la acción voluntaria añade un importante elemento a la acción simplemente espontánea: esta última también procede de un principio intrínseco, pero sin conocimiento formal del fin. Se realizan espontáneamente muchos procesos vitales y acciones instintivas, e incluso algunas reacciones rápi- das de facultades que ordinariamente son gobernadas por la voluntad (por ejem- plo: retracción del brazo y exclamación de dolor cuando un objeto muy caliente, cuya proximidad no fue advertida, quema la piel).
Sin conocimiento formal del fin no hay acción voluntaria en sentido rigu- roso, aun en el caso de que la acción procediese de algún modo de la voluntad.
Cuando se ignora lo que se hace, no se obra voluntariamente. Si una persona rompe un sobre porque piensa que contiene sólo papeles viejos, sin que exista un motivo razonable para pensar otra cosa, y más tarde llega a saber que el so- bre contenía un importante documento que debía restituir a su propietario, es verdad que la persona ha roto el documento sin sufrir coacción alguna, pero la acción voluntaria «romper un importante documento ajeno» no existe ni ha exis- tido. La persona de nuestro ejemplo nunca ha querido ni ha decidido romper ese documento, aunque de hecho lo haya roto.
3) Por último, el término «fin» expresa genéricamente el objeto propio de la voluntad. En la definición que estamos explicando, el término fin significa
algo así como bien en sentido práctico. En sentido práctico general, el bien es
aquello a lo que toda acción tiende, y la acción es la expresión de la tendencia del sujeto hacia el bien. Bien y tendencia o deseo son términos correlativos. En sentido práctico, el bien no es una cosa —por ejemplo, un reloj—, sino una cosa como término correlativo de la tendencia o del propósito que anima una acción: el reloj es un bien en sentido práctico cuando gozo llevándolo, o cuando es ob- jeto de una compra o de un robo, o cuando lo regalo a una persona como mani- festación de mi amistad, etc.
Esto no quiere decir que todo lo que se desea es realmente bueno en senti- do moral, porque moralmente bueno es solamente el término de los deseos rec- tos, es decir, de los deseos ordenados y corregidos por la razón, como tendremos ocasión de explicar. Lo que se quiere decir ahora es que sin tendencia o propó- sito deliberado que mira a algo visto como bueno bajo algún aspecto, no hay ac- ción humana: si un enfermo muere mientras sufre una operación quirúrgica rea-
lizada correctamente, hay muerte, pero no hay acción de matar por parte del mé- dico. Por ello, la acción humana no puede ser descrita como un «hacer» exter-
no separado del propósito interior del que procede y que lo inspira. «Tomar un
objeto de la estantería del supermercado» no constituye una descripción adecua- da de una acción humana, porque tomar ese objeto puede responder al propósito de comprarlo (pagando en la caja su importe) o al propósito de robarlo: en el primer caso tenemos la acción de comprar; en el segundo, la de robar, que es bien diversa de la anterior.
Este propósito interior deliberado es como el «alma» de la acción, su in- terioridad viva, sin la cual no hay acción humana. La descripción de la acción humana, para ser adecuada, debe comprender la unidad que existe entre la con- ducta externa y el proyecto interior que aquélla realiza. Si se atendiese sólo a la ejecución, el acto humano sería visto como un evento físico. Sirvámonos, como ejemplo, de la conducta del motorista Pedro en medio del tráfico. Si decimos: «se contraen los músculos del brazo derecho de Pedro», estamos hablando de un hecho físico, que puede ser debido a un calambre o al deseo de significar algo; en todo caso, al hablar así, adoptamos el método descriptivo propio de la Fisio- logía, no desde luego el de la Ética. Si, en cambio, decimos: «Pedro alza el bra- zo para indicar que tuerce a la derecha», nos referimos a una acción humana, en la que el movimiento corporal (alza el brazo) obedece a un proyecto dotado de sentido para él y para los demás. Esto implica, desde el punto de vista ético, que valorar una acción es valorar la tendencia o propósito interior deliberado que la constituye como acción humana dotada de significado2.