III. I NTERPRETACIÓN Y FUNDAMENTACIÓN FILOSÓFICA DE LA MORAL
3. Insuficiencia del recurso a la norma o al deber: el gobierno de la acción
el gobierno de la acción presupone el gobierno de la vida
Cabría objetar a lo que hemos dicho hasta ahora que es más sencillo expli- car la vida moral recurriendo a las normas o deberes morales de carácter absolu- to. Concedemos que si todo el problema moral consistiese en «no robar», sería más sencillo partir del valor absoluto del mandamiento «no robarás». Pero la vida moral no se reduce a «no robar», ni tampoco al conjunto de acciones, más grande, pero siempre limitado, que pueden regularse mediante un código de nor- mas universales. Lo que interesa encontrar no es el punto de vista más sencillo, sino el más fundamental, el más positivo, y el más abarcante. Si se adoptase como punto de partida la ley o el deber de hacer u omitir determinadas acciones, no precedido por la indicación de un objetivo global positivo y deseable, la Éti- ca se configuraría como un conjunto de límites y prohibiciones al servicio de un objetivo que, por muy noble que fuese, sería siempre parcial, limitado y limita- tivo, gravado por «costes externos», acerca del cual siempre cabría preguntarse si vale la pena respetarlo. Surgiría la extraña pregunta que bloquea a muchas orientaciones actuales de la ética normativa: ¿por qué ser moral?, ¿por qué com- portarme moralmente? Ya Kant se vio obligado a reconocer que su perspectiva normativista no podía dar una respuesta a la pregunta acerca de la posibilidad de la razón práctica, lo que equivale a reconocer su incapacidad de explicar por qué EL PAPEL DE LA CONCEPCIÓN GLOBAL DEL BIEN HUMANO EN LA ÉTICA 95
la razón tiene y debe tener el poder normativo sobre la conducta que Kant con- sidera un factum rationis innegable8.
La insuficiencia del punto de vista que toma la norma o el deber como rea- lidad primera y esencial del fenómeno moral es, por tanto, doble. Es insuficien- te, en primer lugar, porque es demasiado restringido: alcanza a algunas accio- nes, pero no a la vida moral en su conjunto. Es insuficiente, además, porque es un punto de vista negativo o limitativo que, como tal, carece de verdadera moti- vación. Si la norma es lo primero, entonces no puede ser otra cosa que un límite que debe admitirse en la satisfacción de nuestras tendencias. No existe inconve- niente en admitir un límite; el inconveniente surge cuando el límite se convierte en una instancia primera, única y absoluta. La satisfacción de nuestras tenden- cias y la realización de nuestras finalidades están sujetas a límites sólo en el sen- tido de que deben ser ordenadas, encauzadas y dirigidas en vista de su mejor rea- lización global, en la que consiste el bien humano, y entonces la realización del bien humano, y no la limitación de las tendencias por él exigida, es la instancia primera. Todo ello puede decirse más brevemente: tanto desde el punto de vista
de la amplitud, como desde el de la motivación y fundamentación, el gobierno de la acción presupone, se hace comprensible y se justifica en el contexto del gobierno de la vida.
Se llega a la misma conclusión atendiendo a la dinámica de la libertad. Con la libertad el hombre tiene la capacidad de disponer de sí mismo en sentido glo- bal. La persona puede disponer de casi todas sus facultades, así como de la ac- tuación concreta de todas sus tendencias y de los fines a que ellas apuntan. No es difícil comprender que en el ejercicio de esta capacidad deban observarse ciertos límites concretos, pero lo que el gobierno de sí mismo y de las propias potencialidades requiere es conocer su «para-qué» global. Sin la indicación de este «para-qué», las reglas y normas, aun cuando fuesen en sí mismas compren- sibles, parecerían ajenas al crecimiento y expansión de la libertad que pretenden regular, dando lugar a la contraposición entre libertad y ley a la que tan acos- tumbrados nos tiene la ética normativista actual. La indicación del «para-qué» de la vida y de la libertad es necesaria para que el conjunto de las normas éticas resulte inteligible. Con palabras de MacIntyre, la Ética se apoya sobre un esque- ma triple, en el cual «la naturaleza humana-tal-como-es (naturaleza humana en su estado ineducado) es inicialmente discrepante y discordante con respecto a los preceptos de la ética, y necesita ser transformada por la instrucción de la ra- zón práctica y de la experiencia en la-naturaleza-humana-tal-como-podría-ser- si-realizara-su-telos»9. Cada uno de los tres elementos del esquema: estado ini-
cial, preceptos de la razón práctica (normas) y telos (fin) ha de ser referido a los otros dos para que su situación y su función sean inteligibles. De todo lo ante-
8. Cfr. KANT, I., Fundamentación de la metafísica de las costumbres, cit., pp. 153-154. 9. MACINTYRE, A., Tras la virtud, cit., p. 76.
rior se desprende que la Ética debe ocuparse del gobierno de la vida, y no sólo del gobierno de la acción. Es más, la tarea de dar una forma concreta y coheren- te al fin último de nuestra vida es el problema más importante de la Ética10.