IV. L A INTEGRACIÓN DE LA AFECTIVIDAD EN LA CONDUCTA LIBRE
1. La ordenación moral de la afectividad: el problema de la integración
Los sentimientos o pasiones ponen de manifiesto que las cosas o las perso- nas que nos rodean no nos son indiferentes, puesto que «nos afectan» y «nos
modifican». Causan en nosotros reacciones interiores que nos permiten valorar su incidencia en nuestra intimidad y en nuestras tareas: la alegría ante una per- sona querida, el miedo ante una situación desconocida, la vergüenza ante un error, son manifestaciones de nuestro modo de sentir y vivir el encuentro con el mundo y con nuestros semejantes. En los sentimientos «lo que se recibe del mundo externo aparece bajo el signo del valor, del significado que posee para la temática de las tendencias»31. Por eso, los sentimientos se modulan entre lo po-
sitivo y lo negativo (placer-dolor, simpatía-antipatía, respeto-burla), y están lla- mados a desempeñar un importante papel en la percepción humana de lo bueno y de lo malo. Los sentimientos contienen una primera valoración, esbozan una
toma de posición y sugieren una posible línea de conducta ante lo percibido.
Por eso, considerándolos en sí mismos, su valor moral depende de la ver-
dad o falsedad de la valoración que contienen y de la corrección o incorrección moral de la toma de posición que esbozan y de la línea de conducta que sugie- ren o a la que impulsan. Es decir, el problema reside no en el sentirse afectado,
sino en la cualidad de lo que nos afecta y en la modalidad según la cual nos afecta. Sentirse afectado positivamente (alegría, deseo) por lo que realmente es bueno y negativamente (disgusto, aversión) por lo que es malo, es en sí mismo un bien y predispone al buen ejercicio de la libertad; lo contrario debe decirse de quien se siente atraído por el mal y experimenta disgusto ante el bien. En todo caso, el poder «ser afectado» por lo bueno y lo malo es parte esencial de la con- dición humana, por lo que la «impasibilidad» no puede ser un ideal moral. Lo que constituye no sólo un ideal, sino una verdadera necesidad moral, es la edu- cación y la integración de la afectividad.
Una primera tarea de la educación de la afectividad es eliminar progresi- vamente su ambigüedad ética, que consiste en que los sentimientos expresan de
suyo la relación positiva o negativa que lo percibido guarda con una tendencia o quizá con varias tendencias afines, sin poder expresar adecuadamente el modo en que esa o esas tendencias se integran en el entero sistema tendencial humano y en el bien integral de la persona al que aquél apunta. Sólo la razón práctica puede articular cada bien concreto, y la correlativa tendencia, con el bien de la vida humana globalmente considerada. Para lograr este primer objetivo de la educación de la afectividad, la persona ha de lograr que no se altere la natural relación existente entre la afectividad y la razón. A la razón le compete interpre- tar, valorar y dirigir los sentimientos, como veremos enseguida, y para ello debe defender la libertad y objetividad del juicio práctico. Los fenómenos afectivos no tienen la posibilidad de determinar directamente la acción voluntaria, pero pueden hacerlo indirectamente, a través de la inteligencia que presenta a la vo- luntad su objeto (ex parte obiecti32). La experiencia demuestra que la pasión
puede llevar a la persona a no apartar la imaginación y el pensamiento de deter-
INCLINACIONES, TENDENCIAS Y PASIONES 171
minados objetos, y por esa vía la pasión puede condicionar dispositivamente el juicio práctico de la razón, esto es, el modo de considerar y de valorar una deter- minada situación. El juicio de la razón práctica estima la conveniencia de algo para mí, y al hacerlo ha de atender a los dos términos de la relación de conve- niencia: a las cualidades del objeto y a las disposiciones actuales del sujeto. Es evidente que la venganza no es valorada de la misma manera por una persona mientras está fuertemente irritada por la ofensa recibida que cuando, pasado un cierto tiempo, ha recuperado la serenidad interior33.
En la medida en que la afectividad va adquiriendo una conformidad estable con la razón, a través de las virtudes morales, se obtiene un segundo objetivo de su
educación moral: la potenciación e utilización positiva de sus funciones propias.
A este propósito hay que considerar, en primer lugar, que la dimensión cognosciti-
va de las virtudes éticas, es decir, el hecho de que las virtudes éticas sean necesa-
rias no sólo para hacer lo que es bueno, sino también, y antes, para saber qué es lo bueno en una situación concreta, tiene su fundamento antropológico en el carác-
ter anticipador de la interrogación contenida en las tendencias y en la valoración contenida en los sentimientos. Las tendencias y los sentimientos debidamente
educados permiten encontrar con rapidez, penetración, flexibilidad y acierto la so- lución moralmente correcta a los problemas que hic et nunc se nos presentan. Con palabras de Aristóteles, el hombre virtuoso «efectivamente juzga bien todas las cosas y en todas ellas se le muestra la verdad. Para cada carácter hay bellezas y agrados peculiares y seguramente en lo que más se distingue el hombre bueno es en ver la verdad en todas las cosas, siendo, por decirlo así, el canon y la medida de ellas»34. En segundo lugar, es propio de la virtud poder utilizar la energía de la
afectividad cuando, como y en la medida en que conviene. Estos movimientos de la afectividad imperados por la razón reciben el nombre de pasiones consecuentes.