IV. L A INTEGRACIÓN DE LA AFECTIVIDAD EN LA CONDUCTA LIBRE
2. Los principios de la integración de la afectividad: la razón práctica y la
la razón práctica y la voluntad
Los principios de la integración de la afectividad en la conducta libre son la razón práctica y la voluntad35. Con relación a la afectividad, la razón práctica
realiza una triple función: interpretación, valoración y dirección o corrección36.
Interpretar la afectividad quiere decir entender el significado de los sentimientos
33. Cfr. Ibíd., q. 77, aa. 1-2 y q. 9, a. 2.
34. ARISTÓTELES, ÉN, III, 4, 1113 a 28-32. Sobre esta importante temática, cfr. D’AVENIA, M.,
L’aporia del bene apparente. Le dimensioni cognitive delle virtù morali in Aristotele, cit.
35. Esta afirmación depende últimamente de la concepción del bien humano estudiada en el ca- pítulo IV.
36. Sobre este punto véase la explicación ofrecida por MALO, A., Antropología de la afectivi-
que se experimentan. Esto es a veces tarea sumamente fácil, que requiere poca reflexión; así sucede, por ejemplo, con fenómenos como el dolor (piénsese al dolor de muelas) o el hambre. Muchas otras veces, en cambio, el sentimiento pone de manifiesto un malestar o inquietud cuyo exacto significado no es fácil de apreciar: tristeza, antipatía y agresividad, por ejemplo, pueden representar realidades bien diversas, que van desde el cansancio debido a causas físicas o al exceso de trabajo hasta la envidia o el resentimiento.
Conocido el significado de lo que se siente, es posible valorarlo. Valorar
no es negar el bien que nos afecta a través del sentimiento, sino ponerlo en ade- cuada relación con los demás bienes que integran el bien de la vida humana considerada como un todo. Así, por ejemplo, quien ha decidido dedicar su vida
a la medicina, puede en un determinado momento experimentar miedo ante el trato con personas que padecen enfermedades contagiosas graves, o sentirse abrumado por el hecho de ver morir con frecuencia a pacientes con los que se ha entablado una relación profesional que, a la vez, tiene una dimensión emotiva importante. Esos sentimientos manifiestan una dificultad innegable, pero proba- blemente la persona pensará que el tipo de vida que ha elegido exige superarlos y darles un sentido positivo. La valoración de la afectividad es parte de la fun-
ción normativa de la razón práctica, de la que trataremos ampliamente al hablar
de las virtudes y de la ley moral natural. La dirección y corrección de la afecti-
vidad sigue a la valoración, y se lleva a cabo en formas diversas: aceptar un
sentimiento y la valoración en él esbozada, corregirlo o matizarlo, rechazarlo o incluso suscitarlo (las ya mencionadas pasiones consecuentes).
La actividad integradora de la razón práctica (interpretación, valoración y dirección o corrección) no sería posible sin la voluntad. La amplitud poten-
cialmente infinita del bien-objeto de la voluntad explica que ésta incluya dentro de sí y sobrepase el tipo de bien al que apunta cada una de las tendencias estu- diadas precedentemente; por eso, la voluntad humana participa, o al menos pue- de participar, en los fenómenos afectivos. Pero, a la vez, el objeto de la voluntad
engloba el bien-objeto de cada una de las tendencias sólo en la medida en que esos bienes son interpretados y valorados como tales por la razón práctica, por-
que el objeto de la voluntad es el bien considerado tal por la razón. De este he- cho se siguen algunas consecuencias importantes.
1) La voluntad está abierta a la temática de cada una de las tendencias por- que ella es ante todo un aspirar que sigue a la razón y que tiene la misma ampli- tud de la razón. Esto significa que la voluntad sólo se adhiere con acto delibera- do a la satisfacción de las tendencias que la razón juzga conforme al tipo de vida que se considera bueno. Las actuaciones no razonables de las tendencias (por ejemplo, el exceso en la alimentación, en la búsqueda de estimación por parte de los demás o en el trabajo) son descartados o corregidos.
2) La interpretación, valoración y corrección de las tendencias no son una imposición de la sola razón sobre la dimensión tendencial, porque la actividad normativa de la razón práctica es exigida y reclamada por la voluntad, es decir,
por el interés hacia lo bueno según la razón (hacia lo razonable y, en último tér- mino, hacia la felicidad) que constituye la base de todo el sistema tendencial hu- mano37. Si no se tiene esto en cuenta, se hace extremamente difícil comprender
el concepto mismo de razón práctica, como les sucede a Hume y a Kant.
3) Una tercera consecuencia es que un adecuado concepto de voluntad es
necesario para entender por qué la razón humana es también razón práctica.
La razón es práctica porque la fuerza fundamental del sistema tendencial huma- no está constituida por la tendencia al bien presentado por la razón, tendencia a la que llamamos voluntad. Siendo la inclinación humana a comportarse razona- blemente en todas las situaciones y ámbitos de la vida la fuerza básica y profun- da que anima todas las tendencias humanas, y siendo de suyo más fuerte que el deseo suscitado por la presencia de un bien sensible, la razón humana es llama-
da por la voluntad misma a regular desde dentro las operaciones libres. Como
señala K. Wojtyla, se ha de tener presente este concepto de voluntad para «en- tender de modo correcto la relación que existe, en el proceso de la voluntad, en- tre la motivación y la acción. El motivo tiene sentido tan sólo en relación con el
acto de la voluntad que está motivando. Está aquí en juego una exacta concep-
ción de todo el orden práctico. En éste el factor esencial es siempre el acto de voluntad, mientras que la función práctica de la razón toma forma bajo la in- fluencia de la voluntad. Toda motivación forma parte, por tanto, del proceso de
la voluntad, y debe ser analizada dentro de éste. Por eso no se puede plantear la
cosa de modo que la actividad de la razón práctica sea analizada en abstracto, y luego se le añada desde fuera la actividad de la voluntad. Así planteó la cuestión Kant. Pero la estructura del orden práctico es diversa. La actividad de la volun- tad es en él el factor primario, y es esa actividad la que penetra y da forma a la entera actividad práctica de la razón. La razón se hace práctica precisamente
porque coactúa con la voluntad»38.
La búsqueda de la verdad sobre el bien es exigida por la voluntad misma, ya que ésta sólo se sacia en el bien verdadero. El hombre puede obrar mal, pero nunca renunciará a presentar ante sí mismo y ante los demás una justificación racional de su comportamiento, que considere válida al menos para las concre- tas circunstancias en las que éste ha tenido lugar. La atracción del placer tiene fuerza suficiente para engañar al hombre, es decir, para hacerle parecer como ra- zonable aquí y ahora, al menos bajo algún aspecto, lo que en realidad no lo es. Pero el hecho mismo de que se necesite engañar a la razón presupone en el hom- bre un irrenunciable interés por el bien inteligible.
37. Aquí nos referimos a la voluntad no considerada en sus actos concretos de decisión, sino en cuanto tendencia hacia el bien captado como tal por la razón (voluntas ut natura) de la que aquellos actos proceden. En este sentido la voluntad es una tendencia, y es la tendencia de fondo más fuerte del hombre, aunque no sea siempre la que más vivamente nos impresiona.
38. WOJTYLA, K., I fondamenti dell’ordine etico, CSEO, Bologna 1980, pp. 57-58 (la traducción al castellano es nuestra).
Capítulo VI
La acción voluntaria y su especificación moral
I. LA ACCIÓN VOLUNTARIA
En el proceso global de la conducta humana delineado al inicio de la Terce- ra Parte del libro, a las tendencias y sentimientos valorados y ordenados por la razón sigue la acción voluntaria, es decir, el comportamiento específicamente humano gobernado por la razón y la voluntad. Comenzamos por el estudio del concepto de acción voluntaria.