Si las tendencias son como un movimiento que sale del sujeto y se proyec- ta sobre el mundo, orientando la búsqueda y la percepción, las emociones o sen-
timientos constituyen la resonancia interior consiguiente a la percepción sensi- ble e intelectual. En los sentimientos se percibe y se valora «la respuesta dada
25. LERSCH, PH., La estructura de la personalidad, cit., p. 147. Aclaramos que Lersch llama «valores de significado» a los fines de las tendencias del yo individual. Con relación a los de las ten- dencias transitivas habla de «valores de sentido».
en cada momento, en el encuentro con el mundo, a las interrogaciones implíci- tas en las tendencias»26. Los sentimientos tienen un carácter pasivo, son un
«sentirse afectado», y por eso la Filosofía los ha llamado «pasiones». El senti- miento no es todavía la toma de posición deliberada de la libertad ante lo que se ha conocido, aunque de suyo apunta hacia un comportamiento (la alegría hacia el abrazo o el grito de júbilo; la indignación hacia la agresión), pero en sí mismo el sentimiento humano es una reacción, a la vez orgánica, psíquica y espiritual, causada por el bien percibido, y entonces la reacción es positiva (alegría, entu- siasmo, estimación, ternura, etc.), o por el mal percibido, y entonces es negativa (tristeza, temor, susto, pesadumbre, indignación, preocupación, etc.).
La afectividad pone de manifiesto que el hombre no es puramente activo, sino que normalmente es afectado y modificado por el bien o el mal percibido antes de obrar: es activo en cuanto es también receptivo. Aristóteles lo explica,
en su libro Acerca del alma, de la siguiente manera: tres son los elementos que causan el comportamiento de los seres animados: «uno es el motor, otro aquello con que se mueve y el tercero, en fin, lo movido. El motor es, a su vez, doble: el que permanece inmóvil y el que mueve moviéndose. Pues bien, el que permane- ce inmóvil es el bien realizable a través de la acción, el que mueve moviéndose es la facultad desiderativa —en efecto, el que desea se mueve en tanto que de- sea, ya que el deseo constituye un movimiento o, más exactamente, un acto— y lo movido es el animal»27, mientras que el deseo mueve a través de las faculta-
des motrices corporales. El deseo es, en definitiva, un «motor movido». A esta idea, la afectividad añade sólo que el hombre es afectado y modificado por el bien y el mal no sólo según la inteligencia y la voluntad, sino también según los sentidos y las facultades desiderativas de la sensibilidad e incluso según las fun- ciones vegetativas, que se alteran cuando se produce la emoción (latido del co- razón, tensión muscular, expresión y color de la cara, agitación, etc.).
Afrontamos el estudio de la afectividad, primero, desde el punto de vista descriptivo de la Psicología y, en segundo lugar, desde el punto de vista filosófi- co de la Ética.
1. Fenomenología de los sentimientos
Puesto que las emociones o sentimientos están íntimamente relacionados con las tendencias, se puede adoptar para ellos la misma clasificación utilizada para las tendencias28. Emociones ligadas a las tendencias de la vitalidad son,
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26. Ibíd., p. 186.
27. ARISTÓTELES, Acerca del alma, introducción, traducción y notas de Tomás Calvo Martínez, Gredos, Madrid 1978, lib. III, cap. 10, 433 b 13 ss.
28. El estudio descriptivo de la afectividad es tarea de la Psicología y de la Antropología, no de la Ética. Aquí, como hicimos también a propósito de las tendencias, proponemos la clasificación de
por ejemplo: el placer y el dolor; el aburrimiento, la saciedad y la repugnancia; la diversión y el fastidio; la alegría, la aflicción, el embeleso y el pánico. Dentro
del campo de las tendencias del yo individual, están ligadas al instinto de con-
servación emociones como el susto, la excitación, la ira, etc. Emociones ligadas a la autoestimación son, por ejemplo, la vivencia de inferioridad, la vergüenza, el desprecio de sí mismo, etc. En el ámbito de las tendencias transitivas, con las tendencias dirigidas hacia el prójimo están ligados sentimientos como la simpa- tía y la antipatía; la estima y el desprecio; el respeto y la burla; el amor, el odio y la compasión, etc. Emociones como la alegría de crear, el asombro, la admira- ción, etc. están relacionados con otras tendencias de este tercer grupo.
La Psicología distingue los sentimientos de los estados de ánimo. Los pri- meros son emociones de breve duración, mientras que los segundos son más persistentes; en todo caso, no se puede establecer una distinción rígida entre am- bos, pues existen fenómenos emotivos que están a mitad de camino. Pueden ser- vir como ejemplos de estados de ánimo los relacionados con la vitalidad, que se manifiestan en las personas que normalmente son alegres, joviales o festivas, o en las que habitualmente son tristes, melancólicas o amargas.
2. Las pasiones
Lo que el lenguaje ordinario y la Psicología llama sentimientos o emocio- nes, la Filosofía y sobre todo la Ética lo llama pasiones29. El concepto filosófi-
co de «pasión» subraya el carácter pasivo de la emoción, es decir, antecedente a la deliberación racional, aunque también se admite la existencia de pasiones consecuentes, o sea, de pasiones deliberada y libremente suscitadas por la per- sona. Pone de manifiesto, en segundo lugar, su carácter sensible, muchas veces unido a una alteración corporal (aceleración del ritmo cardíaco, tensión muscu- lar, etc.), en el sentido de que consisten en un acto de los apetitos sensibles que sigue al conocimiento sensible y a la estimación de lo conocido por parte de los sentidos internos, antes de que la inteligencia revise esa estimación y la conside- re verdadera o falsa, realista o exagerada, etc. Sin embargo, en el hombre es muy
difícil que una pasión sea puramente sensible, sea porque el conocimiento hu- mano nunca es puramente sensible, sea porque las tendencias, a las que las pa-
siones se refieren, afectan también a la voluntad. El espanto, el horror, la preo- cupación, el desengaño, la compasión, el entusiasmo, etc. no son en el hombre fenómenos exclusivamente sensibles. Lo que les da su carácter de pasión es, so- bre todo, el ser antecedentes a la deliberación racional y a la decisión libre.
Lersch porque nos parece un buen ejemplo, suficientemente equilibrado, aunque con lados débiles. No nos corresponde a nosotros hacer una comparación exhaustiva de las concepciones propuestas por las diversas escuelas psicológicas.
Se debe aclarar, en tercer lugar, que, al menos para la filosofía tomista, las
pasiones no son algo necesariamente negativo o violento, aunque en el lenguaje
ordinario se hable de pasiones principalmente en ese sentido. Las pasiones son movimientos no voluntarios, y a veces también involuntarios, que de suyo deno- tan la conveniencia o no conveniencia de lo que se percibe respecto al sujeto, y que aportan una energía motriz que la libertad podrá y deberá aprovechar mu- chas veces. Si la pasión antecedente es muy fuerte, lo que no es frecuente, difi- culta o incluso anula la objetividad del examen racional y la libertad de la deci- sión, pero lo único que puede decirse en general es que la pasión, tanto en su dimensión valorativa como en su componente motriz, ha de ser interpretada y valorada por la razón, porque la pasión no es de suyo una guía certera.
Sto. Tomás de Aquino dedicó amplio espacio al estudio de las pasiones30,
porque les concede una importancia capital para la vida moral del hombre. El Aquinate distingue las diversas pasiones sobre la base de tres criterios:
1) Para su distinción genérica se fundamenta en la distinción de dos facul- tades apetitivas sensibles: el apetito concupiscible, que tiene como objeto el bien deleitable: lo placentero; el apetito irascible o impulso agresivo, que se di- rige hacia el bien conveniente, pero difícil de conseguir o hacia el mal difícil de evitar: el bien arduo, que se presenta como una mezcla de conveniencia y de in- conveniencia, porque su consecución requiere esfuerzo y lucha. Según este cri- terio, las pasiones del apetito concupiscible siempre son diversas de las del ape- tito irascible.
2) Las diferencias entre los objetos de las pasiones según el bien y el mal, y también según la presencia o ausencia del bien o del mal. Las pasiones que miran al bien deleitable ausente (deseo) son diversas de las que miran al bien deleitable presente (gozo) y de las que reaccionan ante el mal presente o ausen- te (tristeza y aversión).
3) Sólo para el apetito irascible se emplea un tercer criterio, que consiste en la diferencia del movimiento del apetito sensible ante un mismo objeto: por ejemplo, acercamiento hacia un bien arduo ausente, pero posible de alcanzar (esperanza) o alejamiento del mismo bien en cuanto considerado imposible de lograr (desesperación o desánimo profundo).
Sto. Tomás distingue de este modo las siguientes pasiones:
1) En el apetito concupiscible: a) haciendo abstracción de la presencia o ausencia del objeto, tenemos el amor hacia el bien y el odio hacia el mal: el amor es la pasión fundamental, porque es el modo en que inicialmente el hom- bre se siente afectado por un bien; b) respecto a un objeto ausente: deseo del bien y aversión o huida del mal; c) respecto de un objeto presente o poseído:
gozo (o alegría) del bien y tristeza ante el mal.
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2) En el apetito irascible: a) respecto a un bien arduo ausente considerado como posible de alcanzar: la esperanza; si considerado imposible de alcanzar: la
desesperación; b) respecto del mal ausente considerado posible de evitar: audacia;
si considerado imposible de evitar: temor; c) respecto a un mal presente: la ira. Esta clasificación presenta a primera vista el inconveniente se ser algo abs- tracta y formal, en el sentido de que desatiende la diversidad de los bienes dese- ados y la de los males temidos (no es lo mismo el deseo de ser alabado que el deseo sexual; es muy diverso el temor de pasar algo de hambre que el de perder la vida). Sin embargo, se ha de considerar el punto de vista desde el que ha sido establecida. Mientras que la Psicología quiere describir los contenidos de la vida psíquica, descripción que la Filosofía puede utilizar sin dificultad alguna, la Éti- ca centra su atención en el acto libre, y examina las pasiones según su posible relación con él. La Ética considera las pasiones atendiendo a la tarea que plan-
tea a la razón y a la voluntad su integración en la conducta libre y en su recta ordenación moral. Así, por ejemplo, hay pasiones que empujan a la acción (el
deseo, la ira) y que frecuentemente habrá que frenar; hay otras que paralizan o llevan a huir de la acción debida (desesperación, miedo), y que obligan a la ra- zón y a la voluntad a insistir en la acción a pesar del obstáculo que esas pasiones representan. Su incidencia en la libertad y responsabilidad del querer es también distinta: así, por ejemplo, el deseo y el miedo influyen de muy diversa manera en la libertad del acto con el que se contrae el matrimonio: el miedo, cuando reúne ciertas condiciones, puede constituir una verdadera coacción que hace nulo el matrimonio; el vivo deseo de contraer matrimonio, por el contrario, no atenúa en absoluto la libertad con que se contrae.
Se ha de añadir, por otra parte, que Santo Tomás, al tratar de las virtudes que ordenan las pasiones, introducirá ulteriores distinciones según los diversos tipos de bienes y males, y así distinguirá, por ejemplo, la virtud que regula el de- seo y el gozo sexual (castidad) de la que ordena el deseo y el gozo ligado a la bebida (sobriedad) y de la que modera el deseo y el gozo ante la propia excelen- cia (humildad). Ello demuestra que en el estudio detallado de las virtudes éticas se tiene presente de algún modo el tema específico de cada impulso o tendencia, como hace normalmente la Psicología.