IV. L A INTEGRACIÓN DE LA AFECTIVIDAD EN LA CONDUCTA LIBRE
2. La tendencia de la voluntad hacia el fin: la voluntariedad
El modo específico de la voluntad de «tender» hacia un fin se llama volun-
tariedad3, y se caracteriza por las notas siguientes.
1) La voluntariedad es consciente, porque la tendencia del acto hacia el objeto es proyectada deliberadamente por el sujeto. Proyectar y organizar son actos de la razón práctica (conocimiento formal del fin) implicados por la acti- vidad voluntaria. Se ve, por tanto, que, por cuanto concierne a la voluntariedad, «ser consciente» no significa solamente que tenemos conciencia de la acción
LA ACCIÓN VOLUNTARIA Y SU ESPECIFICACIÓN MORAL 177
2. Lo que acabamos de decir es verdad también en aquellos casos en los que el gesto exterior tiene un significado claro e inequívoco. Las acciones que vistas desde el exterior tienen un solo po- sible significado y valoración, serán más fáciles de juzgar para quien las observa, pero sigue siendo verdad que ese gesto es una acción humana en cuanto que contiene un propósito deliberado.
3. En las ediciones anteriores de este libro llamábamos «intencionalidad» a lo que ahora llama- mos «voluntariedad». Queremos expresar exactamente el mismo concepto, pero la experiencia do- cente nos ha mostrado que el término intencionalidad a menudo suscita confusiones entre los lecto- res, por eso hemos decidido no utilizarlo en este contexto.
voluntaria, ya que también tenemos conciencia de procesos carentes de volunta- riedad (por ejemplo, el latido del corazón: somos conscientes de él, pero no lo organizamos ni dirigimos nosotros). La voluntariedad es consciente porque in- cluye un juicio intelectual en su estructura íntima: ese juicio está presupuesto y como inmerso en la actividad de la voluntad (nihil volitum nisi praecognitum), que es siempre un «tender juzgando»4.
2) De la nota anterior se sigue que la voluntariedad es guiada y ordenada
por la razón. La acción y el bien hacia los que ella tiende son presentados y va-
lorados por la razón práctica y, en ese sentido, son constituidos por ella. El obje- to de la acción es concebido y constituido por la razón práctica. Por lo dicho en el capítulo anterior, ya sabemos que el movimiento hacia la obtención o realiza- ción de los bienes humanos inicialmente vivido como tendencia y que, después, se manifiesta como el «sentirse afectado» por la percepción de lo que a esos bie- nes conduce o de ellos aleja, una vez interpretado, valorado y ordenado por la razón, se concluye finalmente en la acción voluntaria o comportamiento. El fi-
nalismo tendencial adquiere en la acción voluntaria la forma de propósito ela- borado y valorado por la razón.
3) La voluntariedad es activa; es una acción, y no una pasión, porque la re- lación establecida entre el sujeto voluntario y el objeto es decidida y puesta por aquél. El sujeto agente es dueño de la acción realizada. La acción es algo bien diverso de la pasión y de los sentimientos, diferencia que no se anula por el he- cho de que la persona puede conseguir dominar (hacerse dueña de) su afectivi- dad.
4) La voluntariedad es autorreferencial. Toda acción voluntaria, además de contener la tendencia hacia un bien, revierte sobre el sujeto personal: no es po- sible, por ejemplo, robar sin aprobar el robo que se realiza y, por tanto, sin hacer de sí mismo un ladrón, mientras que se puede conocer un robo o un homicidio sin mancharse a sí mismo con esas culpas morales. El querer implica una identi- ficación personal (una valoración y una toma de postura positiva, con el amor, o negativa, con el odio o el rechazo) con lo querido que no existe en el conocer en cuanto tal, y tampoco en el «sentirse afectado o afectividad»5. La persona queda
comprometida, como persona, en todo acto de voluntad6, y por ello toda deter-
minación de la voluntad acerca de un objeto es siempre también autodetermina- ción, es decir, acto por el que la persona se determina también a sí misma. Esto
sucede también cuando la acción voluntaria pretende la realización de un efecto
4. Cfr. WOJTYLA, K., Persona y acción, cap. I, 2. Es oportuno recordar que, según lo explicado en el capítulo anterior, el juicio intelectual de que hablamos ahora puede comprender una interpreta- ción, valoración y dirección de elementos procedentes de la afectividad.
5. En cuanto la afectividad está modificada por los hábitos voluntariamente adquiridos, la afir- mación que hemos hecho en el texto requiere ciertos matices.
6. Cfr. POLO, L., Curso de teoría del conocimiento, cit., vol. II, p. 229 y WOJTYLA, K., Persona
externo, la transformación de una materia, etc., pues también la acción transfor- madora, en cuanto acción libre, tiene una dimensión intransitiva que cualifica al hombre en cuanto persona, y no sólo en cuanto artesano.
La autorreferencialidad de la voluntad no debe confundirse con la reflexión, es decir, con la vuelta intencional del querer sobre sí mismo, con el querer que se toma a sí mismo como término de la tendencia contenida en la acción (quiero mi querer, consiento en odiar, etc.). La reflexión está en la línea del objeto de la vo- luntad; la autorreferencialidad, no. La persona dispone de sí misma en todo acto libre no porque la propia persona sea el objeto querido, aprobado, detestado u odia- do en el acto de querer, aprobar, detestar u odiar, sino porque pertenece a la estruc- tura misma del querer que el yo personal reclame para sí lo querido, aprobándolo o rechazándolo, mientras que no reclama para sí lo que conoce, y si lo reclama es en virtud de un acto de voluntad. La posesión intencional cognoscitiva tiene una neutralidad de la que carece la posesión real a la que apunta el querer. Por eso, co- nocer una conducta deshonesta no es necesariamente una acción deshonesta por parte de la persona que conoce, mientras que querer, desear o complacerse en una acción deshonesta hace deshonesta a la persona que quiere. La facultad de vincu- lar a sí mismo un objeto o una acción es únicamente la voluntad.