Capítulo 2. La muerte como verdad del hombre concreto
2.2. La muerte como un hecho que se deduce de la experiencia sensible
2.2.1. El conocimiento de la muerte
Para mostrar cómo es posible el conocimiento de la muerte es necesario recordar que el conocimiento parte de la relación sensible que se establece entre el encuentro de un sujeto y un objeto, en el cual el sujeto es afectado por las cualidades percibidas del objeto, de donde el sujeto nutre su descripción y definición final del objeto mismo. Por tal razón, hemos encontrado ya que el fundamento de la filosofía tiene por principio la verdad a partir de los sentidos, y por esta razón el límite del conocimiento está en el cuerpo mismo. En este sentido la pregunta por el conocimiento de la muerte tiene que ser desarrollada en torno a la relación sensible del hombre como sujeto y el objeto de la muerte. Teniendo en cuenta el límite propio de todo conocimiento, sólo podemos establecer ahora que este objeto ha de ser el objeto muerto o cadáver. Por consiguiente, en la experiencia de la muerte toda verdad particular que se produzca de la mera abstracción o de la identidad del pensamiento consigo mismo pierde su fuerza argumentativa, pues el único argumento que posee la muerte, su única verdad, está puesta en el cuerpo muerto. Así, este pensamiento especulativo se vuelve pura nada, dado que no posee verdad objetiva, ya que es una mera idea que no le permite a la realidad su constatación. Sin embargo, el cuerpo muerto no es la muerte; el cuerpo muerto es la experiencia sensible que tiene un particular de un otro –como cadáver– para identificar a la muerte. Este cadáver es el elemento que se nos presenta como un no pensar, distanciándonos de todo idealismo hegeliano, pues es la verdad puesta ahí, ante los ojos del espectador, que ve en el cuerpo muerto su realidad vital. Este no pensar es justamente el que funda al materialismo feuerbachiano a partir de su crítica a la dialéctica hegeliana. Expresado de otra forma: ¿es posible conocer la muerte sin referirla a la experiencia de la muerte de un otro particular? si no hemos conocido la muerte del otro como un cadáver, ¿es posible deducir la muerte de forma abstracta?
Teniendo en cuenta lo anterior, es necesario recordar la diferencia entre verdad y pensamiento; el pensamiento no se encuentra constreñido en los límites de la verdad, en los límites de los sentidos. Sin embargo, para hablar de pensamiento verdadero, es necesario caracterizar al pensamiento que se funda en la experiencia sensible. De modo que la verdad de la muerte no posee otra posibilidad que la relación del sujeto que piensa la muerte con el encuentro de dicho sujeto con un muerto. De ahí que los sentidos son objeto de pensamiento, así como ellos proporcionan también el camino para hallar la verdad. De esta forma la sensibilidad se
constituye en la realidad de la idea; es decir que el cadáver es la realidad sensible que nos permite pensar en la muerte, luego él es su verdad absoluta. Por esta razón, Feuerbach identifica la verdad, la realidad y la sensibilidad, pues la verdad de la muerte, en este caso irrefutable, es un hecho que se constata por los sentidos confrontados con la realidad de un cuerpo muerto. Como podemos ver, nuestro autor se distancia aquí del idealismo, que no puede contemplar la muerte como lo que es, como un hecho que expresa la mortalidad de la vida condensada en un hombre muerto. El idealismo ha hecho de la muerte una mera abstracción, un momento necesario en la dinámica interna del pensamiento, pero con ello no entendió la muerte como algo que es siempre, y ante todo, una realidad humana, una supresión de un hombre concreto (cfr. Kojève, 1982, 19-30). Por eso, la verdad no puede ser pensamiento del pensamiento, sino el pensamiento de lo que realmente es y acontece, pues sólo así se puede dar el ejercicio de la razón sosteniéndose desde la percepción sensible.
Si examinamos el concepto de la muerte a partir del mero conocimiento, de la relación sensible que se establece entre el sujeto y el objeto, en donde el sujeto posee las facultades para captar la verdad del objeto, es decir, sus atributos sensibles, en el que los atributos se expresan como el cambio de estado de un cuerpo animado a inanimado, entre otros, la verdad del objeto en la muerte se refiere entonces al cuerpo muerto y, a su vez, al proceso de transformación que llevó a un cuerpo vivo a ser un cuerpo muerto. En esta relación sujeto-objeto, los sentidos son entonces los que proporcionan al pensamiento los elementos para la construcción de la verdad. Son pues los sentidos los que incluso proporcionan al hombre el pensamiento de sí. Esta relación sujeto-objeto, donde el objeto es el sujeto objetivado, es la que justamente posibilita entender a la muerte como un hecho que me acaece como sujeto, y en donde la muerte posee su carácter de verdad absoluta para el género, dado que en la muerte de un hombre particular se expresa la naturaleza del hombre como universal, y así “lo verdadero no es exclusivamente
ni lo mío ni lo tuyo sino lo universal” (Apuntes para la crítica de la filosofía de Hegel, 29). Así toda
verdad respecto de la muerte se da por los hechos de muerte, a saber, los muertos, que indican un único camino posible para el sujeto que los percibe, seguir el camino de la mortalidad. En esta concepción de la muerte lo que se pone en juego es realmente el materialismo de Feuerbach, negando con ello toda posible verdad de la muerte que esté fundamentada en la mera abstracción de la idea de la muerte. Así, el centro de la comprensión del mundo y del hombre son los sentidos, y por esta razón el concepto que se construye de la muerte versa
sobre la experiencia que hay sobre ella misma, ya que los sentidos son la condición de posibilidad de la construcción del pensamiento que formula un concepto de muerte, y por tanto la condición de posibilidad de percibir la realidad de la muerte, de hallar su verdad. De esta forma el hombre es consciente de sí mismo como un ser mortal. Por tal razón, toda
posible separación entre la apariencia de la cosa y la cosa real no tiene aquí ningún sentido. La
muerte se expresa como lo que es: muerte. El cuerpo muerto posee las características propias de la muerte y su distinción entre los cuerpos muertos, son de lugar y tiempo, pero el hecho y lo que define al hecho se define por sus características como muerte. Así, el problema de la separación entre ser y apariencia queda superado en la muerte, en tanto que la apariencia de la muerte no es más que lo que ella es en sí misma, su ser.
En la reflexión sobre la muerte se expresa de manera ejemplar el papel crítico de la filosofía materialista, pues es aquí donde la verdad se hace objetiva, como un hecho irrefutable. En donde el yo y el tú se establecer como una relación de identidad por el género, en tanto que si al tú le acontece la muerte, es un hecho que le acontecerá también al yo; por esto es también la prueba irrefutable del género expresado en la comunicación que se da en la identidad de los hombres. Por lo que se hace necesaria ahora la pregunta por la relación entre la muerte y el género, es decir: ¿cómo se entiende la muerte con relación a la esencia misma del hombre? Se trata ahora de seguir analizando el ser del hombre con relación a la muerte como un hecho sensible.