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Capítulo 1. Sobre el hombre concreto

1.2. La esencia del hombre

1.2.1. Pensamiento cognoscente

El pensamiento es el ejercicio propio de la razón, por el cual el hombre estructura desde las afecciones sensibles el pensamiento de las cosas o conocimiento de la naturaleza; igualmente, a partir del pensamiento en sí mismo, sobre sí, para sí, se llega a la conciencia. En el caso del pensamiento de las cosas, de lo que resulta el conocimiento, aparece la pregunta: ¿cómo se posible el conocimiento? Para atender este problema, Feuerbach parte de la subjetividad del conocimiento, dado que los sentidos le son al sujeto y no al objeto, y debido a que es el sujeto quien posee el conocimiento. Dicha subjetividad tiene un carácter objetivo, según los argumentos de la lógica o principios generales del conocimiento humano. Principio que determina aquí las reglas por naturaleza cuyas proposiciones son planteadas desde la validez y la certeza, luego estos principios le son comunes al universo de los sujetos. La naturaleza posee un modus operandi que le es propio y que articula los movimientos de sus elementos. Este modo propio es el que se define como las reglas por naturaleza; este modo puede ser comprendido desde la razón como natural, ya que los sujetos perciben las cosas y sus movimientos desde los sentidos y los describen desde el lenguaje con pretensión de verdad. Cuando esta descripción

es acorde con la reglas por naturaleza o modus operandi de las cosas, se juzga según los criterios

universales de lógica, en la medida en que sus argumentos posean un orden gramatical que se expresa con sentido y que, además, se ajusta a la realidad sensible, y, por ello, podemos decir que resulta ser válido y verdadero. Esta pregunta crítica pretende entonces determinar el límite de los sentidos en el conocimiento y el conocimiento en el límite de los sentidos: ¿Hasta dónde llega la función de los sentidos en el conocimiento? Este problema parte del estudio crítico del conocimiento: ¿cómo se llega al conocimiento en la relación sujeto-objeto? Es allí en donde se encuentran las diferentes formas en que se manifiesta la ciencia, la cual se entiende como método fundamentado en el ejercicio de la razón, esto es, desde la capacidad dada por el pensamiento de sí, o conciencia, por lo que “donde hay conciencia, hay también aptitud para la

conciencia de reconocer el orden lógico de la naturaleza y describirlo desde las características dadas por la sensibilidad, para poder así definir la naturaleza desde los géneros.

Para Feuerbach, los objetos del conocimiento humano son impresiones dadas por los sentidos, mostrando con ello su particular lectura de Kant sobre la naturaleza del conocimiento humano, aunque radicalizando este concepto en tanto que por los sentidos se concibe la verdad y se llega a la unidad del conocimiento mismo. Los sentidos se definen como condiciones de posibilidad para el conocimiento, esto es, como facultades humanas afectadas por objetos, que por tanto tienen un carácter meramente pasivo como receptores de impresiones de objetos y, sin embargo, su actividad consiste en captar estas percepciones. Por esta razón, Kant hablaba antes de intuiciones sensibles: la vista ofrece la intuición de la luz, del color y sus grados y matices; mediante el tacto se percibe la textura, la temperatura, el movimiento y la resistencia; el olfato permite percibir olores, el paladar, sabores y el oído los sonidos con sus variados tonos y combinaciones. En Kant estas formas de ser afectados los sentidos se encuentran

dentro de la multiplicidad de la intuición (cfr. Crítica de la razón pura, A 108; 137; B 143; 161).

Esta condición pasiva o receptiva de los sentidos, como capacidad de ser afectado, constituye el carácter de realidad y, sobre todo, de existencia de los objetos, pues ¿qué son los objetos mencionados sin las cosas que se perciben por los sentidos? Y, ¿qué otra cosa se percibe aparte de las sensaciones? Recordemos la respuesta kantiana a estos problemas: no existe nada que esté por fuera de los sentidos. La existencia es el modo de ser de los objetos en la razón de quien los ha intuido sensiblemente. El límite que establecen los sentidos en el conocimiento es, por tanto, el límite de la sensibilidad humana, puesto que gracias a ella le son dados al sujeto cognoscente intuiciones sensibles. Estas intuiciones sensibles son espaciotemporales. Dicha afección del sujeto por la intuición sensible del objeto se convierte en una intuición empírica. Pero, hay aquí una distinción importante con respecto a la teoría kantiana de la intuición, en tanto que las intuiciones empíricas son aquellas que contienen información sensorial, información de algo dado, es decir, cualidades. Dichas intuiciones son empíricas en la medida en que el sujeto es consciente de ellas y se refieren a un objeto; son percepciones, es decir, cuando hay una distinción del objeto respecto al sujeto, a diferencia de la intuición sensible, donde sólo existe una inmediatez respecto al objeto. En este caso ya hay una cierta referencia frente al objeto, la cual es precisamente el sujeto. Por tanto, hay que hablar ya no de la determinación sensorial en la que el sujeto se encuentra, sino que esa determinación sensorial es distinta del sujeto mismo. En éste existen condiciones de conocimiento sin que haya aún

conocimiento, porque el conocimiento no se agota simplemente en percibir los objetos. Feuerbach, sin embargo, se separa de Kant en tanto que concibe los sentidos no como un puro receptor de cualidades de las cosas, y al sostener con esto que la mente no tiene límites; de allí que se defina el ejercicio de la razón como el modo de desarrollar la pasión por encontrar la verdad –de conocer las cosas–, que le es propio a la esencia del ser humano. Asimismo, Feuerbach va a criticar el concepto de razón que Kant desarrolla, puesto que no concibe límites de la razón, la cual es una, universal e infinita, por lo que toda realidad le es objeto a su condición y así, todo aquello tenido por concepto, dado por la metafísica –que tiene de suyo puesta la verdad en la abstracción–, no tiene espacio más que en la imaginación o en el error, por lo que dice de la razón de los racionalistas:

Lo que llaman razón tan sólo es humo pillado por los pelos

de la mierda económica que late en el pensar de Kant (Epigramas teológico-satírico, 173).

Para Feuerbach, existe en el género humano una distinción de dos facultades que le son propias y hacen parte del ejercicio del conocimiento, a saber, sentidos (y sentimientos) y pensamiento. Los sentidos, al igual que los sentimientos, se pueden entender como la facultad particular por la que se percibe el mundo de las cosas, y cuya función es pasiva, pues es aquella

que se afecta en la experiencia de cada individuo por lo que llamamos la cosa4. Se trata entonces

de una facultad cuya característica consiste en la imposibilidad de ser compartida con otro a través de las palabras, dado su carácter meramente perceptible (pasivo) de la experiencia sensible o inteligible de la cosa. Dentro del lenguaje, podríamos decir que corresponde a la materia de lo comunicable, ya no siendo en la comunicación el sentimiento mismo, sino lo expresado del sentimiento, que en el caso de las cuestiones inteligibles es la noción de éste, puesto que al ser comunicado pierde la fuerza propia de los sentimientos, esto es, pierde su naturaleza. El pensamiento, por su parte, es la facultad que cumple una función activa, en tanto que es la que aprehende la experiencia sensible o inteligible, transformándola en conocimiento.

Por consiguiente, la naturaleza del pensar es su forma5

4 El autor entiende por cosas a objetos que pueden ser físicos o inteligibles.

; y, por su carácter universal, es inextinguible e inalterable, aunque cambie el contenido (la materia de los juicios), ya que al ser común a todos los individuos, permite el ejercicio de la comunicación. Por esto, “cuando pienso ya dejé de ser individuo, y pensar es lo mismo que ser universal” (Sobre la unidad, universalidad e

infinitud de la razón, 80). Así, pensar no es una facultad particular de los individuos del género, sino que lo es del género mismo. Ocurre de manera diferente en el caso de los sentidos o los sentimientos que, en tanto son particulares, son propios a cada individuo y tienen su límite en el lenguaje, por lo que no pueden ser compartidos en el discurso como tales, en la medida en que son reacciones individuales de la experiencia de la cosa, en donde la cosa misma determina los límites de la percepción y comunicación. Por esta razón, el que se pueda comunicar el sentimiento de la cosa no está en el sentimiento, sino en el pensamiento. La particularidad de la experiencia sólo puede entonces ser expresada por la universalidad del pensamiento.

La comunicación de los pensamientos es el yo mismo, en tanto que el hombre, esto es el yo,

puede realizar las funciones genéricas del pensar y hablar, que son verdaderas funciones genéricas, independientemente de otro individuo. El hombre es, al mismo tiempo, para sí mismo el yo y el tú; él puede ponerse en el lugar del otro, precisamente porque su objeto no es solamente su individualidad, sino también su especie genérica, su esencia (La esencia del cristianismo, 54).

Antes de seguir, se hace preciso ahora puntualizar en el concepto yo, es decir, en esta relación

sujeto-objeto. Se trata de un yo que podemos entender desde la razón como la conciencia misma, de modo que es un yo que se tiene por objeto de sí mismo; luego las cosas a las que el pensamiento logra conocer pasan de forma necesaria por el objeto mismo de la razón, la razón misma, de tal forma que logran distinguirse de ella y determinarla. Este yo en la razón también lo es en la voluntad y en el amor. Feuerbach recuerda que: “El objeto de la razón es la razón que se objetiva, el objeto del sentimiento es el sentimiento que se objetiva […]. Para la razón es

objeto sólo lo razonable” (La esencia del cristianismo, 60), de lo que podemos deducir que el yo no

es más que su esencia, y en cuanto tal es también conciencia y autoconciencia. Por consiguiente, debemos entender que cuando Feuerbach hace la distinción entre yo y otro, hace referencia a la relación sujeto-objeto, que puesto en el hombre es una relación dada dentro del género como una autoconciencia de sí que implica conciencia del género, pues eso otro es realmente una referencia de mi ser genérico que pasa por ese mismo otro. Feuerbach reitera esta situación del siguiente modo:

Un objeto, un objeto real, por tanto, sólo me es dado donde se da un ser que actúa sobre mí, donde mi autoactividad –si parto del punto de vista del pensar– halla su

límite, su resistencia en la actividad de otro ser. El concepto del objeto en su origen es sólo el concepto de otro yo –así interpreta el ser humano durante la niñez todas las cosas como entes espontáneos, arbitrarios– y por eso el concepto de objeto en general se halla mediatizado por el concepto del tú, el yo objetivo (Principios de la filosofía del porvenir, 32, 145).

Esta comunicación de los pensamientos se da por el movimiento íntimo y libre del alma, que por definición, tal como lo expresa Aristóteles, llamamos hombre libre a “aquel cuyo fin es él

mismo y no otro” (Metafísica, 982 b, 25-26; 77), luego el hombre que reconoce y se mueve por

su esencia, sin enajenación alguna de su misma esencia, le es dada entonces esta comunicación de los pensamientos entre el género. La forma de pensamiento le es común a todos y cada uno de los individuos, lo que permite que la comunicación sea también común, penetrándose mutuamente el yo y el otro, permaneciendo afectados, sin que el pensamiento mismo varíe. En cambio, en el sentimiento se distingue el yo de otro. Por esta razón, no es posible que el otro sienta mis sentimientos o mis sensaciones, en tanto que el límite es el mismo cuerpo, el del yo y el del otro; esto nos permite observar que en la diversidad y multiplicidad de los cuerpos no es posible que se unifiquen en la comunicación yo-otro el sentimiento y la sensación. Es decir, el límite de toda comunicación es nuestro propio cuerpo. Entonces, esta situación es muy diferente de lo sucedido en el pensamiento, pues en éste el yo puede ser el otro y el otro un yo, ya que incluso en medio de la diversidad y multiplicidad de los pensamientos existe una unidad en la forma, tal como lo había indicado antes el mismo Kant, como pensamiento, esto es, como unidad que permite ver cómo se funden el yo y el otro en cuanto género. Por eso, a la hora de hablar de la comunicación de sentimientos hay que referirse a con-sentir o com- pasión, ejercicios que implican un acto de persuasión, en donde no hay propiamente un movimiento que nos pertenezca, porque el sentimiento no emigra del lugar de origen, esto es, del particular que está en la experiencia del lugar en donde surge la afección sensible o inteligible. Así que no puedo sentir por el otro, aunque sí puedo compadecerme de él. La universalidad de los particulares sólo es posible entonces en el conocimiento, por lo que los términos adecuados en esta universalización dada en la comunicación de pensamientos son lo concebido y comprendido, por lo que implica el ejercicio de la convicción en la comunicación. Por ejemplo, cuando se conocen las causas de una revolución producto de la lucha por la defensa de los derechos en un Estado que posee un sistema económico y político que privatiza los bienes comunes, privilegiando a un sector de la sociedad y despojando al otro de la mayoría de sus bienes –llevándolos a la pobreza y a situación de muerte–, este fenómeno puede ser concebido y comprendido muy bien por la razón; sin embargo, sólo se puede consentir o tener compasión con aquel hombre particular que es parte de los despojados. Dicho de otro modo, se puede sentir compasión con su desempleo, su dolor, su enfermedad, su hambre, etcétera, y lo que se puede comprender es, empero, la situación que lo lleva a sublevarse y ser parte de

dicha revolución. Así, en el pensar, el otro (cualquier otro) es otro yo dentro de mí mismo: “en el acto propio de pensar todos los hombres, incluso los más contrarios entre sí son entre sí iguales; cuando pienso, estoy enlazado, o más bien unido con todos los demás, más todavía, al pensar, yo mismo soy todos los hombres” (Sobre la unidad, universalidad e infinitud de la razón, 85).

Es necesario ahora indagar qué es el pensamiento así determinado. No se puede decir que la comunicación de los pensamientos sea un proceso análogo a la comunicación genética, en tanto que la expresión dada en los genes de un progenitor es propia de lo generado y no del progenitor, por lo que la unidad genética no existe como unidad de los individuos (progenitor y lo generado). En cambio, en el pensamiento la unidad de lo comunicado está tanto como un indivisible, en el otro como en el yo, cuya información no se distingue espacialmente, pues la razón y su expresión como pensamiento son en esencia el mismo hombre en medio de sus múltiples formas. La unidad en el pensamiento es la circularidad en la relación particular- universal que se logra en el ser género, en donde subyace la universalidad. Esta universalidad no es la misma que le corresponde a las leyes o al derecho, si bien la conciencia es la ciencia de género, así como las leyes nos rigen a todos por el ejercicio de la razón –por lo que son creadas por la conciencia, y así la construcción de las leyes implican la esencia misma del hombre, en cuanto que son formas del pensamiento–, las leyes y el derecho son por convención y no por los principios de la naturaleza, aunque ellas se produzcan por los principios de la naturaleza dados en el pensar. Por esta razón, en el derecho se es universal en tanto individuo –singular–, en tanto se le da a cada uno lo suyo conforme a la ley, por lo que “al unir, distingue y separa, y, al quitar diferencias, constituye y causa las más grandes entre los hombres; es decir, en el derecho soy universal en la medida en que soy este individuo, o sea, singular, no en cuanto soy

universal como lo soy cuando pienso” (Sobre la unidad, universalidad e infinitud de la razón, 88).

Asimismo ocurre en las costumbres y la religión. Ahora bien, ¿por qué ver el pensar como unión de las singularidades en el género? La respuesta a esta pregunta es bastante clara:

Porque en vosotros mismos late cierta muerte, y esta muerte en verdad que subyace a la vida, que hasta es la vida misma y está en vuestro poder, es más excelente en verdad y más divina que la muerte natural. Pues ésta no es nada sino muerte, es decir, pura y vacía negación (Sobre la unidad, universalidad e infinitud de la razón, 91).

La universalidad del pensamiento se da, entonces, por la comunicación entre los singulares, pero en cada momento ocurre a través del género. El acto del pensar se distingue de cualquier otro acto en la medida en que el pensamiento es en sí y para sí; cuya separación dentro de la

experiencia sensible singular entre sujeto y objeto es comunicable entre el yo y el otro por la esencia misma del género, que implica, en cuanto tal, la universalidad de la razón.

El pensar difiere de cualquier otro acto, puesto que es el único que es en sí y por sí mismo, es puramente uno y simple y, por tanto, no necesita de ningún acto o movimiento para que se dé. El pensamiento es el acto en donde se concreta la unidad del yo y del otro, producto de la unión de pensamiento y lenguaje. No es posible disociar el pensar del habla, pues “cuando yo

pienso, no soy uno ni solo ni singular, sino dos” (Sobre la unidad, universalidad e infinitud de la

razón, 92). Esta relación se da en la esencia del pensamiento, es intimidad e implica comunicación del yo consigo mismo (en tanto está puesto también como el tú), a su vez que

con el otro, ya que, como lo afirma el mismo Hegel, “el yo es el nosotros y el nosotros el yo

(Fenomenología del espíritu, 113). El pensamiento se diferencia del sentir, que es un acto puramente individual, exclusivamente del yo, en tanto que es pasividad, modificación de los sentidos, afección física o emocional, producto del principio de acción-reacción. Ahora, en la relación entre lenguaje y pensamiento no hay una dependencia de la existencia de lo pensado con la expresión del objeto de pensamiento, pues el objeto de pensamiento le es común a su esencia, y por tanto puede ser expresado; más aún, Feuerbach puntualiza que “lo que yo tengo pensado, antes de que yo lo manifieste, está ya fuera de mí mismo, como difundido en todas

direcciones, presente por sí mismo en todo lugar” (Sobre la unidad, universalidad e infinitud de la

razón, 95), dejando ver el carácter de la conciencia como pensamiento de sí, cuya esencia no le