Capítulo 1. Sobre el hombre concreto
1.3. La enajenación del hombre por la objetivación subjetivada de su esencia
1.3.3. La realidad abstracta del hombre enajenado
Negar el sujeto no implica necesariamente la negación de los predicados, dado que dicha negación del sujeto –Dios– no es más que desentrañar de su definición los predicados que no le son propios, y si estos predicados son lo que soportan la verdad de su existencia, ésta será entonces negada. Ahora, estas perfecciones –predicados divinos– son entonces la razón y comprobación de toda verdad del sujeto, pues de suyo se ha establecido su veracidad en el hombre por la sensibilidad y en la objetivación de sí. Asimismo, la veracidad de la percepción del hombre, y en ella de la naturaleza, del amor y la voluntad, depende de lo que nuestros sentidos nos permitan adquirir a partir de su verdad sensible, su realidad en relación con el yo y el tú. Por tanto, lo que en esta relación entre naturaleza y sujeto se constituye es precisamente el desenvolvimiento de la esencia misma del hombre. Así, Feuerbach logra distinguir la verdad en dicha relación hombre-naturaleza, reconociendo la verdad de las religiones en tanto que “en la esencia y conciencia de la religión no hay sino lo que se encuentra en general en la esencia y
la conciencia que el hombre tiene de sí mismo y del mundo” (La esencia del cristianismo, 73).
Por esta razón, la religión no pude verse sino como el estado de juego de la conciencia motivada por ese deseo de dependencia de un otro mayor a mí, esto es, como un juego que se relaciona con la imaginación de la infancia, pues desde la infancia el hombre es el ojo receptor y medida de toda verdad. En este sentido Feuerbach sostiene que:
El hombre, particularmente el religioso, es la medida de todas las cosas y de toda realidad. Todo lo que domina el hombre, todo lo que ejerce alguna impresión sobre su ánimo, aunque simplemente sea un ruido o sonido extraño e inexplicable, lo objetiva como si fuera un ser particular y divino (La esencia del cristianismo, 73).
Ahora, la negación de Dios –en tanto que queda como un concepto vacío al ser reducidos los predicados que lo definían en predicados de la esencia del hombre– permite dar un paso más en la revisión de las verdades de la religión, o sea, permite examinar toda verdad que esté contemplada bajo los ojos de la fe, y que se fundamente en la enajenación de dicha esencia del hombre. Se trata de llevar toda concepción teológica a su verdad sensible, concreta. Por lo que hemos de ver que el misterio de La Trinidad, en donde se cobija el dogma de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es una relación que no posee más realidad que la relación que se ha establecido entre el yo y el tú desde la esencia del género; por tal razón, Feuerbach define cada una de estas personas de Dios dentro del mismo sentimiento de dependencia, en el desenvolvimiento de la razón, la voluntad y el amor, es decir, un Dios en relación con lo otro en sí mismo, puesto como comunidad y unidad, desarrollando la misma naturaleza del hombre:
De un Dios solitario se excluye la necesidad esencial de la dualidad, del amor, de la comunidad, de la real y perfecta conciencia de sí mismo, del otro yo. Esta necesidad es satisfecha por la religión, que pone en la tranquila soledad de la esencia divina otro segundo ser diferente de Dios, según la personalidad, pero idéntico según la esencia (La esencia del cristianismo, 118).
En donde el “Dios Padre es el yo, Dios Hijo es el tú. El yo es el entendimiento, el tú, el amor; pero amor con entendimiento, y entendimiento con amor, es ya espíritu, es el hombre total”
(Ibíd.). Del mismo modo, se desarrolla el concepto de familia, que se establece dentro del
principio de generación y heredad, como unidad que es posible por el amor, no sólo un compromiso con lo otro, sino que implica una identificación de la esencia por el hecho sensible de la generación, de ese otro que posee mi propia constitución de vida. Así, se determina que el centro de toda comunidad es esa fuerza de cohesión que se produce en la relación familiar. Cabe aclarar aquí que el asunto de la madre que conforma la familia divina, hay que enmarcarlo dentro del juicio a la sexualidad, de donde “la unión del hombre con la
mujer era profana, pecaminosa” (La esencia del cristianismo, 121), por cuanto la mujer es
entendida en el cristianismo como la que seduce al pecado. Sin embargo, dada la naturaleza del
padre y del hijo, la pasividad de la mujer –María– en el proceso de engendrar y no generar la
divinidad, es entendida en La Trinidad como algo externo que relaciona lo humano con lo divino. María es virgen, lo cual cierra el ciclo de la diferenciación entre el Padre y la Madre, ya que de donde no hubo contacto carnal hubo encarnación. Así, como dice Feuerbach, “la virginidad es, en y por sí misma, en la esencia más íntima de su espíritu y de su concepto supremo de moralidad, la cornucopia de sus sentimientos y representaciones sobrenaturales, su
honor y sentimiento de vergüenza personificados ante la vulgar naturaleza” (La esencia del cristianismo, 183). Por esta razón, la encarnación no puede ser entendida sino a partir de la esencia del hombre, que está en la razón, la voluntad y el amor, en tanto que es precisamente en el hombre en donde se expresa dicha esencia; luego la existencia de Dios según los atributos de la esencia del hombre no puede sino existir de forma encarnada en la naturaleza misma del hombre, y esa encarnación sólo puede ser por el desenvolvimiento del amor por sí mismo, de donde el hombre se percibe como un ser en relación con el otro y un yo. Por lo que Feuerbach dice:
La encarnación no debe ser nada, ni significar ni tener otro efecto más que la certeza indudable del amor de Dios por el hombre. El amor permanece y, en cambio pasa la encarnación sobre la tierra; la manifestación fue limitada tanto temporal como espacialmente, a pocos accesibles; pero, sin embargo, la esencia de la manifestación es eterna y universal. Debemos creer en la manifestación, pero no por sí misma, sino por su esencia: pues sólo nos ha quedado la intuición del amor (La esencia del cristianismo, 107)
Así, el ejercicio antropológico de develar la verdad de la encarnación y de otros dogmas de la religión destruye también “la ilusión de que detrás hubiera un especial misterio sobrenatural; critica el dogma y lo reduce a sus elementos naturales, innatos al hombre, a su origen interno y
su centro, o sea, al amor” (La esencia del cristianismo, 103). Amor que implica el compromiso con
el otro, compromiso que es identificación con ese otro; por tanto, se trata de un amor que forma todas las virtudes que son definidas como divinas en el hecho simple de ser queridas por sí mismas. Lo que permite identificar que el sacrificio por el otro es la manifestación de amor más grande, entendido como la plena identificación con el otro en donde la compasión es el compromiso radical con la vida misma. Por eso, en la religión se da una relación íntima entre el
amor y sufrir por amor, en tanto que “el amor se acredita por los sufrimientos” (La esencia del
cristianismo, 110). Así, el sufrimiento y el sacrificio se reflejan en el símbolo de la sagrada comunión. La sagrada comunión es así el culto central de la expresión cristiana, en donde el concepto de divinidad es ahora puesto en la familia como centro de la comunidad, la cual desentraña de su concepto la común unidad en el amor, que a su vez da significado al sacrificio, que pasa por el sufrimiento de lo divino por lo humano. En este punto Feuerbach afirma que hay que distinguir a “un cuerpo real de un cuerpo imaginado, porque aquél ejerce sobre mí efectos corporales, efectos que no dependen de mi voluntad. Si el pan fuera el cuerpo real de Dios, su consumo debería producir inmediatamente en mí efectos involuntariamente
que se expresa en el culto no es simplemente una representación de las formas de ver la verdad, sino la vivencia de la verdad misma, por lo que nuestro autor sostiene que todos “los sacramentos hacen sensible la contradicción del idealismo y del materialismo, del subjetivismo
y objetivismo, contradicción que constituye la esencia íntima de la religión” (La esencia del
cristianismo, 290). Así, por el amor no sólo se afecta la razón sino que se dirige la voluntad para generar una cohesión del hombre con la religión, como culto a su propio ser, pero separado de sí mismo –y nombrado Dios– de forma inconsciente, con carácter de verdad y representación física en los símbolos del culto que se erige como verdad absoluta. De este modo, Feuerbach
finaliza su investigación sobre La esencia del cristianismo de la siguiente manera:
Piensa en cada bocado de pan que te libra del sufrimiento del hambre, o en cada trago de vino que alegra tu corazón, da gracias a Dios que te ha dispensado sus dones benéficos, da gracias al hombre. Pero que el agradecimiento hacia los hombres no te haga olvidar el agradecimiento hacia la naturaleza. No olvides que el vino es la sangre y la harina la carne de las plantas que son sacrificadas al bienestar de tu existencia. No olvides que las plantas simbolizan la esencia de la naturaleza, que se entregan sin egoísmo para placer tuyo. No olvides los favores que debes a las cualidades del pan y del vino (318).
Feuerbach así funda los principios de la filosofía en el ejercicio de develar la verdad en lo
concreto: “La determinación de que sólo el concepto ‘concreto’, el concepto que lleva en sí la
naturaleza de lo real, es verdadero concepto, expresa el reconocimiento de la verdad de lo
concreto o lo real” (Principios de la filosofía del porvenir, §30, 142). Por tanto, toda realidad no es
más que aquello que está y es percibido por nuestros sentidos. Realidad que limita lo verdadero
y establece los modos de relación con lo otro, por lo que “sólo lo humano es lo verdadero y real;
entonces, únicamente lo humano es lo racional: el hombre es la medida de la razón” (Principios de la
filosofía del porvenir, §50, 163). Pero esto, lo más real, se encuentra atravesado precisamente por la muerte. Por esta razón, la verdad de la religión se pone en evidencia en y a través de la muerte. Consideremos ahora con más detalle este problema, en la medida en que nos pone ante nuestra irremediable finitud.