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El objeto de la religión: sujeto de la filosofía especulativa

Capítulo 1. Sobre el hombre concreto

1.3. La enajenación del hombre por la objetivación subjetivada de su esencia

1.3.1. El objeto de la religión: sujeto de la filosofía especulativa

El objetivo filosófico de Feuerbach puede considerarse como el ejercicio de hallar la verdad de la religión, es decir, “la humanización de Dios: el cambio y la resolución de la teología en

antropología” (Principios de la filosofía del porvenir, §1, 90). Existe una diferencia entre las

tendencias de las iglesias cristianas para abordar el centro de discusión de su fe. Así encontramos en el catolicismo una estructura que funda su discusión en la esencia de Dios, mientras que las iglesias protestantes lo hacen en la persona de ese Dios, Cristo encarnado en el individuo. Sin embargo, el punto común del cristianismo sigue siendo el mismo, el Dios cristiano. La pregunta ha de ser: ¿en dónde están fundadas las diferencias dentro del sistema religioso cristiano? Esta pregunta nos lleva a la esencia misma de la religión, el hombre, pues

“el hombre –éste es el misterio de la religión– objetiva su esencia y se convierte a su vez en objeto de este ser objetivo, transformado en un sujeto, en una persona; él se piensa como

objeto, pero como objeto de un objeto, como objeto de otro ser” (La esencia del cristianismo, 80).

Pero es en la construcción conceptual en donde se fundamenta esta discusión, construcción que es preciso determinar, pues es puramente especulativa, siendo en la filosofía el objeto de indagación y en la teología el ser central del dogma. Por lo que nuestro autor afirma que “la filosofía especulativa es la elaboración y la resolución racional o teórica del Dios que para la religión

es trascendente y no objetivo” (Principios de la filosofía del porvenir, §4, 91). Entonces, Dios es el

objeto de la religión, no su finalidad, lo que sí es para la filosofía especulativa.

Así, la filosofía actualiza el concepto de Dios en el desarrollo de la pregunta por Dios, como totalidad, infinitud, universalidad y unidad. Es este Dios un ser cuya naturaleza proviene del ejercicio de la razón, de la inteligencia, en el desarrollo de la imaginación, pero en su construcción es un ser que se diferencia de la razón, en tanto que implica una entidad separada y determinada en sí misma, y carente de límite, mostrando que el desarrollo del concepto de Dios del pensamiento especulativo es el Dios de la religión, tal como lo dice Feuerbach: “Lo que es objeto en el teísmo, es sujeto en la filosofía especulativa” (Principios de la filosofía del porvenir, §7, 94). Luego toda construcción del concepto de Dios es un ejercicio que parte de pensar la

perfección como ideal absoluto, puesto que “las propiedades o predicados esenciales del ser divino son

las propiedades o predicados esenciales de la filosofía especulativa” (Principios de la filosofía del porvenir, §9, 99). Pero, ante la pregunta por quién es el que piensa el concepto o quién es el que fundamenta los dogmas de fe, Feuerbach contesta de manera lacónica que es precisamente un filósofo que, al mismo tiempo, es un religioso, es decir, es un hombre el que ejerce el acto de pensar, crear e imaginar. Por lo cual, es preciso reconocer que: “Ahora bien, si es un hecho que lo que constituye el sujeto o ser se encuentra exclusivamente en sus determinaciones, es decir, que el predicado es el verdadero sujeto, entonces se ha demostrado que si los predicados divinos son

determinaciones de la esencia humana, también su sujeto será humano” (La esencia del

cristianismo, 75-76). Sin duda, esta afirmación tiene enormes consecuencias, no sólo para la comprensión de la naturaleza misma de la religión, también para la determinación de su objeto. Sin embargo, antes de desarrollar la verdadera esencia de Dios y de la religión, examinemos de manera concreta la construcción de los conceptos de la religión, y más estrictamente el concepto de Dios, lo cual nos lleva a seguir las evidencias de la relación entre el pensamiento

religioso y el pensamiento especulativo, o tal como lo pregunta Feuerbach: “¿A qué se reduce,

entonces, la diferencia entre el pensar divino y el pensar metafísico?” (Principios de la filosofía del

porvenir, §11, 103). A esta pregunta nuestro autor responde que esto se encuentra en la

imaginación, pues en ella radica “la diferencia entre pensar simplemente representado y pensar

real” (Ibíd.).

Intentemos seguir ahora esta idea en el concepto de Dios. Si definimos a Dios como un ser pensante, hemos de decir también que los objetos de su pensamiento no pueden ser distintos a su ser, es decir, que son objetos de pensamiento y así se mantiene una unidad en la naturaleza de lo pensado y del pensante. Unidad que fundamenta la filosofía especulativa, en tanto que su principio dinámico de la lógica está en la unidad de lo pensante y lo pensado. Luego todo pensamiento en Dios es divino por cuanto da contenido de su ser desarrollándose a sí mismo. Pero, llegar al concepto de Dios implica una abstracción, puesto que es un concepto, un ser espiritual que por su definición implica todos los seres, por lo que es un concepto que de suyo, por el principio de unidad, ha de ser el de seres abstractos o seres del pensamiento de Dios. Aquí se deben diferenciar los seres reales de la lógica, en tanto ejercicio de pensamiento representado, de los seres reales de la intuición sensible o seres del pensamiento real, ya que estos últimos son los que permiten producir, por la imaginación, la abstracción de Dios y los seres de su naturaleza, es en lo real sensible, en lo concreto, en donde la naturaleza divina del pensamiento abstracto se alimenta para definir sus atributos, sus cualidades; pero esto lo hace en un ejercicio de representación de lo concreto, es decir, llevados a términos de perfección. Dios no se presenta simplemente como un ser del pensamiento, sino como un ser sensible, por lo que su naturaleza se expresa en la contradicción de la unidad de la idea con la materia, por lo que la teología corrige esta situación, estableciendo que el modo de la creación se da a partir del desarrollo del pensamiento y no de los objetos de la naturaleza. Por lo tanto, el mundo como producto temporal del pensamiento de Dios, su existencia, depende de la existencia del pensamiento del mundo que tiene Dios, pues no hay un antes de Dios, dado que Dios es totalidad. Si “el accidente presupone la sustancia, la naturaleza presupone la lógica, según el

concepto” (Principios de la filosofía del porvenir, §12, 103-104), y, por tanto, los objetos del

pensamiento de Dios presuponen la sustancia y naturaleza divina; sin embargo, no se da por supuesto la existencia sensible y de suyo su realidad espacio temporal. Pero es el dogma en la teología el que centra y une la verdad del concepto con la verdad sensible, fundamentándose

para ello en el saber de Dios dentro del esquema de la verdad a priori promulgado por la filosofía especulativa. Ahora, el saber sensible de Dios sólo se ha desarrollado en la experiencia de las ciencias, pues es por ella que se accede a las cualidades de la naturaleza, que se han expresado como modos del saber mismo de Dios. Así, la empírea no sólo es una descripción de la naturaleza a partir de las cualidades, que la teología usó como el modo de poder llegar a observar la existencia de Dios desde su obra creadora, sino que es también el modo verdadero como las ciencias asumen su método de investigación, ya que “este saber divino que en la

teología sólo es una representación, una fantasía, se tornó racional y real en el saber telescópico y

microscópico de las ciencias naturales” (Principios de la filosofía del porvenir, §12, 104).

Es evidente entonces que Dios no es más que el modo como el hombre individual pone por fuera de sí sus cualidades de género, dado que al releer el concepto de Dios desde el procedimiento empírico de las ciencias, lo que se logra no es más que releer el concepto del género hombre o su abstracción. Así se puede ver la omnipresencia divina en la presencia en todos los campos que desarrolla el conjunto de la humanidad (el género). La diferencia de lo real y lo imaginado yace pues en sus fundamentos en la representación de lo real mismo, ya que la imaginación sintetiza la experiencia de lo real, que en cuanto tal es múltiple, en diferentes eventos espaciotemporales. Pero, ¿de dónde surge el concepto de Dios, si en la teología no es dado pensar un antes desde el cual sea posible percibirlo desde el ahora sensible de la creación? La filosofía especulativa alimenta esta pregunta al referirse que se debe partir de la ausencia de un supuesto. ¿Qué es este supuesto? Se trata de aislar el concepto de toda

posibilidad a posteriori, pues de suyo éste es un concepto del pensamiento que requiere la

independencia de toda concepción previa. Dios es entonces un concepto primario a todo pensamiento y a todo lo que existe, es el producto de toda abstracción de un sólo ser absoluto que posee la cualidad de totalidad y todas las formas de divinidad (Dios), que siendo indeterminado, determina en sí mismo la existencia, por lo que Feuerbach aclara:

¿Qué es el ser absoluto sino el ser en el cual nada es supuesto, al que nada le es dado desde fuera ni lo necesita, el ser vacio de todos lo objetos, de todo lo sensible y distinguible de él, y que por eso se convierte también en objeto para el hombre mediante la abstracción de estas mismas cosas? (Principios de la filosofía del porvenir, §13, 107).

Al hombre que se representa el ser de Dios le podemos ahora preguntar cómo llegó a alcanzar su definición. En este proceso se pone en evidencia que el hombre mismo es el que desarrolla bajo sus preconceptos de divinidad el concepto de Dios, por lo que es el concepto de hombre el que no necesita de supuestos o conceptos previos para su definición, más que para lograr de

manera negativa la diferenciación de su ser con lo otro. Por esta razón, nuestro autor sigue preguntando: “¿qué es el pensamiento puro y sin supuestos de Hegel sino el ser divino de la

vieja teología y metafísica convertido en la esencia presente, activa y pensante del hombre?” (Ibíd.).

En este sentido, podemos decir ahora que si el concepto de Dios implica teísmo, por su misma naturaleza implica también ateísmo. La teología se fundamenta en este concepto para decir de él lo que es verdad y definir la naturaleza desde sus principios; pero, sin embargo, es este mismo concepto el que le pertenece al ateísmo, para construir sus argumentos desde la antropología. Así el Dios que hunde su concepto en los principios de la filosofía especulativa es el que por definición implica la totalidad de los seres –principio que desarrolla el panteísmo, aunque el cristianismo separa a Dios de la esencia del hombre y de la naturaleza– es su sola personalidad y existencia. En el teísmo, entonces, el concepto cristiano de Dios o de la filosofía especulativa, posee en su naturaleza una cierta contradicción “entre la apariencia y la esencia, la representación y la verdad; el panteísmo es la unidad de ambas: el panteísmo es la verdad desnuda del teísmo” (Principios de la filosofía del porvenir, §14, 108). En medio de esta contradicción la teología pone ahora al Dios de la realidad concreta, es decir, la verdad y la representación de dicha realidad, la cual ella establece como la verdad. Por esta razón, Feuerbach afirma:

“Los dioses –dice Epicuro– existen en los intersticios del mundo”. Excelente: existen sólo en el espacio vacío, en el abismo, se encuentran entre el mundo de la realidad y el mundo de la representación, entre la ley y la aplicación de la ley, entre la acción y el resultado de la acción, entre el presente y el futuro (La esencia de la religión,

§51, 93).

Teniendo en cuenta lo anterior, es necesario, entonces, entender que el panteísmo es el modo del teísmo consecuente desarrollado dentro de un orden lógico que está en comunión con la naturaleza. Si bien el panteísmo es también un modo de abstracción de la realidad, este se presenta a partir de la relación entre esencia y apariencia; así, Dios es por su representación en los seres de la naturaleza y el hombre. Su concepto depende entonces de los seres que de suyo le son al ser; este sistema se diferencia del teísmo, pues en este último los seres que están en la naturaleza de Dios dependen de su concepto, ya que es Dios quien determina el modo de su existencia, pero no bajo los preceptos de su realidad sensible, sino que dicha realidad sensible será objeto de interpretación, de modo tal que se ajusta al concepto primario Dios. Por esta razón, nuestro autor dice: “El panteísmo es el ateísmo teológico; el materialismo teológico, la negación de la teología, mas sólo desde el punto de vista de la teología, porque convierte a la materia, negación de Dios, en predicado o atributo del ser divino” (Principios de la filosofía del porvenir, §15, 111).

De este modo se logra establecer una diferencia entre teísmo y panteísmo, que a su vez se puede sintetizar, siguiendo el método antropológico de observación, logrando decir que “el panteísmo es la negación de la teología teórica; el empirismo, la negación de la teología práctica; el

panteísmo niega el principio de la teología, el empirismo niega sus consecuencias” (Principios de la

filosofía del porvenir, §16, 113). Así el ejercicio filosófico que está siguiendo aquí Feuerbach permite ahora concluir que:

La vieja filosofía tiene una doble verdad: la verdad para sí misma, que no se ocupaba del hombre –la filosofía–, y la verdad para el hombre: la religión. La nueva filosofía, por el contrario, como filosofía del hombre, es también esencialmente filosofía para el hombre: ella tiene, sin detrimento de la dignidad y la autonomía de la teoría e incluso en la más íntima consonancia con ésta, una tendencia práctica, pero práctica en el sentido superior; ella remplaza a la religión; posee dentro de sí la esencia de la religión, ella

misma es en verdad religión (Principios de la filosofía del porvenir, §64, 170).

Feuerbach propone finalmente delimitar el concepto de religión a un estado de aceptación de la naturaleza tal cual como ella es, es decir, un estado en el que el hombre se maraville de su ser y de la naturaleza, asumiendo su existencia real y concreta. Concluye, entonces nuestro autor: “Así cambian las cosas. Lo que ayer todavía era religión, hoy ya no lo es, y lo que hoy pasa por

ateísmo, será mañana tenido por religión” (La esencia del cristianismo, 82).