Capítulo 2. La muerte como verdad del hombre concreto
2.4. La idea de inmortalidad: abstracción de la enajenación del hombre
La esencia de Dios se comprende comúnmente como extramundana, sobrenatural y sobrehumana. Sin embargo, hemos demostrado ya en el capítulo anterior del presente trabajo que la definición de esta esencia se reduce a la esencia humana. Es así como tras una deconstrucción del concepto de Dios, redescubrimos también que el hombre es el verdadero comienzo de la religión, esto es, el centro de la religión y el fin de ella, tal como el mismo Feuerbach lo asevera:
Es objeto de la religión sólo, o principalmente, lo que es objeto de los fines y de las necesidades humanas, al menos una vez que el hombre se ha elevado por encima de la ilimitada arbitrariedad, desorientación y causalidad del fetichismo en sentido estricto […] Lo que es objeto de las necesidades y fines humanos es por eso mismo también objeto de los deseos humanos (La esencia de la religión, §32, 59).
De acuerdo con esta afirmación podemos indicar ahora cómo el pilar principal de la religión – es decir, la idea de inmortalidad– es reducido a una creencia y a una esperanza, que emerge del sentimiento de dependencia de lo otro que hay en la naturaleza misma y que rige todas las
7 Antes hay que aclarar que no se trata de miedo, dado que el miedo es una reacción que surge de enfrentarse con un objeto que compromete la vida, y la angustia –como ya lo hemos dicho– es el estado existencial, la angustia se relaciona con el estado subjetivo abstraído de cualquier objeto; mientras que en el miedo el hombre dirige su atención hacia un objeto.
relaciones, en donde la realidad puede ser entendida desde una fantasía que sólo tiene lugar en la imaginación. Con este mecanismo se hace posible entonces el deseo de superar la muerte independiente de toda realidad concreta.
El principio actual de la inmortalidad personal es el fundamento del cristianismo; a ésta se le concibe como una verdad necesaria, la cual se comprende por sí sola y a la que llegamos tras una vida de austeridad, restringiendo nuestras pasiones y deseos terrenales. Parece ser que la creencia en la inmortalidad descansa bajo el supuesto de juicios críticos, a los que se les atribuye alabanzas o reproches, en tanto que ella aparece con una naturaleza crítica en la medida en que es una selección de lo que el hombre encuentra como hermoso, bello y agradable, lo que sería para su creencia la existencia misma, la existencia que sólo debe existir, esto en contraposición de todo aquello que es considerado como malo, desagradable o repugnante, que es para el hombre una existencia que no debería existir. A pesar de todo, esta segunda realidad, mala y desagradable, existe; pero para el creyente en la inmortalidad esta realidad es algo que está condenado a no existir después de la muerte, en el más allá, ya que el más allá no está determinado por la finitud. Esta realidad se puede comprender en la pregunta: ¿Por qué no hay ningún placer duradero? Pues esta pregunta es la que agobia al creyente en la inmortalidad, al estar esperando que la vida del más allá sea plena, llena de lo que él considera bello en este mundo y liberada de los sentimientos contrarios que limiten la perfección, de lo que para él debe ser eterno e ilimitado. Se trata entonces de una realidad vista desde de la óptica de la fantasía, desde la imaginación, porque es una imagen encantadora de la realidad que suprime el dolor. En su sentido antropológico, esta visión es fantástica y utópica, dado que considera que esta vida real, que en cuanto tal es finita y real, es tan sólo un vago resplandor de una vida espiritual y figurada.
En conclusión, encontramos que la otra vida es esta vida misma, sólo que está embellecida, purificada de todo lo considerado malo y corruptor. De este modo, el embellecimiento busca mejorar nuestra actualidad, y esto supone un reproche, un descontento con nuestra vida real. Pero este reproche es sólo superficial, debido a que no se está rechazando el objeto, sino que se rechaza el cómo de ese objeto, pues así como está no es del agrado de las aspiraciones del creyente que tiene en su mira la idea de inmortalidad. Se rechazan entonces tan sólo las cualidades, no el objeto mismo; de manera que aquello que no me gusta no lo embellezco, por lo contrario, simplemente lo suprimo.
La fe en la otra vida implica un rechazo de este mundo, pero no de su esencia, pues así como es este mundo, no le agrada al que cree en un más allá. Por ejemplo, la alegría es algo que es considerado como bello y deseado por los que creen en la otra vida, ¿quién no sentiría la alegría como algo verdadero, como algo esencial? Pero el problema está en que no le gusta que la alegría que siente en este mundo mortal tenga sentimientos contrarios, que la alegría aquí sea transitoria y no ilimitada y eterna, de tal modo que pone también la alegría en la otra vida, aunque la libera de los sentimientos contrarios que la anteceden o preceden situándola en Dios. Por consiguiente, si Dios no es otra cosa que lo eterno e interrumpido, la alegría en él será también ininterrumpida y eterna. El creyente en la idea de inmortalidad no toma en cuenta que un placer duradero, ininterrumpido, ya no sería sensación ni placer, debido a que decimos que algo es placentero sólo en la medida en que desaparece, porque no es infinito y eterno. Bien dice Epicuro: “[…] el placer lo necesitamos cuando su ausencia nos causa dolor, pero cuando
no experimentamos dolor, tampoco sentimos necesidad de placer” (Carta a Meneceo, 61). Por
esta razón nuestro autor afirma que:
[…] cuando en el azul turquesa del más allá, donde se hace abstracción de todo tiempo, atribuyes al individuo existencia individual, sensibilidad, deleite eterno y eterno placer, no estás siguiendo los dictados de la verdad, sino sólo los de la imaginación, en la que siempre es posible todo lo que en el ser, en la verdad y en la idea es imposible. Eterna bienaventuranza, sempiterna alegría existe sólo donde ya no hay individuo, donde el individuo deja de serlo, y esa eterna bienaventuranza por lo tanto existe en el espíritu, que tiene su verdadera realidad y existencia igual a sí mismo, idéntica con su esencia, en el pensamiento y en el conocimiento (Pensamiento sobre muerte e inmortalidad, 116-117.)
Por esta tendencia a la infinitud de la inmortalidad y a sus recompensas, Dios no tiene nombre propio como sucede en otras religiones antiguas, las cuales representan tanto placeres “buenos” como sus “contrarios”. Pero, por el contrario, la creencia en la inmortalidad descansa en la manera como el hombre se imagina su cielo, lleno de placeres ilimitados, así como se imagina a su Dios, de modo que el contenido de su cielo es también el contenido de su Dios. El cielo es, por lo tanto, la clave para determinar los secretos de la religión. Así, estudiando la vida celestial, encontramos que cuanto más sobrenatural aparece, en un principio o contemplada desde la lejanía, la vida celestial, tanto más se ve contemplada en la cercanía, es decir que finalmente hay una unidad de la vida celestial con la vida natural. Esta unidad al fin y al cabo se extiende hasta la carne, hasta nuestro cuerpo mortal. Por tal razón, Feuerbach dice:
La mayoría de aquellos que creen en una inmortalidad individual, aunque hablan de un cuerpo en una vida futura, diferenciando de esta manera cuerpo y alma, sin embargo, si se aúna conjuntamente la totalidad de sus ideas y puntos de vista, parecen representarse
el alma como algo de carácter corporal, como algo finamente material en una determinada forma y figura (Pensamientos sobre muerte e inmortalidad, 179)
Así, la creencia en la inmortalidad supone una cierta separación del alma del cuerpo, de realidad y posibilidad, del mismo modo que en la contemplación de Dios se separa la esencia del individuo. Y en cuanto tal supone entonces la muerte. De esta forma, por ejemplo, al morir un individuo existe un doble proceso, en tanto que la muerte es un hecho que implica lo espiritual bajo el principio de la encarnación, que es un cuerpo recipiente, cuyo contenido es Dios. Entonces se puede determinar que el cuerpo muerto, que queda en el mundo natural, es el individuo humano sensible y físico; no obstante, el alma que ha estado encarnada al cuerpo es ahora la que se separa y permanece en la inmortalidad, la cual sería estar en Dios mismo. Ahora bien, en esta separación entre cuerpo y alma es dónde se puede comprender que el alma anhela la parte perdida, pues se dice que tiene nostalgia del cuerpo, como Dios siendo el alma desprendida es encarnada en Cristo. Entonces, así como Dios se convierte en hombre a partir de la creencia de la encarnación, se podría afirmar del mismo modo que la unidad de la vida del más allá y de esta vida se da en este principio, en el que el resultado es un individuo con un nuevo cuerpo, el cual implica ahora lo divino; tal como lo dice el Nuevo Testamento, en el más allá el creyente es como Dios sin ser él, por tanto, de igual manera Dios es también un ser distinto y, sin embargo, el mismo ser, como el humano. Para llegar a este estado de humanidad divina, el piadoso necesita llevar la vida del celibato, que en general es una vida austera, en tanto es el camino hacia la vida inmortal en el más allá; en esta medida, la vida religiosa no es otra cosa más que una vida de ascesis.
Identificamos que este ciclo es la vida sobrenatural, libre del compromiso matrimonial, asexual, absolutamente individual. La fe en la inmortalidad cree que la diferencia sexual sólo es una apariencia exterior, de tal modo que la individualidad es una realización personal, donde se es completo, incondicionalmente por sí sólo y asexual. Si ya hemos afirmado que el que no pertenece a ningún sexo, no pertenece al género, tenemos que reconocer también que la diferencia sexual es fundamental, en su sentido antropológico, para que la individualidad pueda estar ligada a la especie. Pero quien no pertenece al género, sólo pertenece a sí mismo, siendo con ello un ser divino y absoluto, pues al mismo tiempo que se excluye del género, se es un individuo que no tiene necesidades. De manera que cuando se divide el género, desaparece al mismo tiempo de la conciencia, y por consiguiente la vida celestial se convierte en certeza. Por el contrario, quien vive en la conciencia del género, confirma la verdad, y se hace consciente de
su determinación sexual, que además no considera a esta última como un peso que carga el hombre, sino que la considera como complemento de nuestra esencia. La determinación del sexo implica no sólo compenetrar tanto carne y hueso, sino también el propio ser y el modo esencial del pensamiento, del querer y sentir. Es así como podemos determinar que quien vive en la conciencia del género, es decir, quien limita sus sentimientos y su fantasía en la percepción de la realidad a partir de los sentidos, debido a que reconoce su mortalidad y finitud como hombre real, no puede imaginarse ni afirmar que exista un más allá, donde el instinto sexual y los placeres de este mundo sean suprimidos. Por esta razón, debemos tomar la idea de un individuo asexual y celestial como una imaginación sensitiva de la fantasía.
El hombre verdadero tampoco puede abstraer su determinación moral o espiritual, debido a que ésta está íntimamente ligada con su determinación natural. Así, él vive con la idea de la totalidad, está convencido de que él es un ser parcial que solamente es lo que es, o sea una persona determinada, de modo que es sólo en un tiempo determinado; por tanto, si nos reconocemos como una esencia limitada, es decir, fáctica, con un final determinado en la muerte, y no nos identificamos como una esencia en sí misma, estamos de igual modo reconociendo que somos una persona y no la persona misma o en sí, entonces, nos determinamos como personas que somos “ahora” pero no “siempre”. El que seamos este sujeto determinado nos hace diferentes a otro sujeto, y esta diferencia, al igual que toda separación, descansa sólo en esta realidad que es existencia determinada y real. Por consiguiente, sólo en esta vida somos ese hombre que somos, y al acabar esta vida, acaba también nuestra humanidad: “La expresión más concreta de nuestra concreción es la
temporalidad” (Pensamiento sobre muerte e inmortalidad, 113). Por ello, Feuerbach sostiene:
La persona determinada, el individuo, no es solamente por necesidad algo temporal, inseparable del tiempo, sino también necesariamente algo espacial. Por lo tanto, si supones una vida después de la muerte, en la que tú has de ser el mismo individuo que eras aquí, este ser personal, este sujeto que eres en esta vida, entonces […] por fuerza debes situar en un lugar esa vida después de la muerte (Pensamientos sobre muerte e inmortalidad, 119).
En consecuencia, los individuos que aún existieran después de la muerte, deberán tener, para existir como individuos, un espacio común donde existir. Por eso, la creencia en la inmortalidad, el cielo cristiano, sólo cabe en la imaginación y en la fantasía, puesto que el pensamiento no necesita del tiempo y tampoco de lugar; el tiempo sólo está en la frontera que media entre nosotros y el pensamiento. Distanciándonos entonces de Kant, determinamos el
espacio y tiempo como formas absolutas, imprescindibles y necesarias para toda individualidad, pues el ser humano, por su parte, no sólo es individuo, dado que por sus fines y por la actividad con que los realiza, es a la vez algo para sí y para los demás, es decir, para el género. Por su parte, quien vive la conciencia del género como una verdad, considera también su existencia para los demás; por tanto, la existencia del individuo es idéntica con el ser de su esencia y su existencia es inmortal, productiva y siempre tiene en la mira al género, pues este hombre vive con toda el alma y todo el corazón por la humanidad, por el hecho de que “tu esencia, como individuo, es evidentemente el género, tu esencia como hombre, como persona, es, por consiguiente, la humanidad; el género, la humanidad, es por consiguiente objeto para ti,
al diferenciarte tú de tu esencia” (Pensamientos sobre muerte e inmortalidad, 186).
Así, trabajar es servir, y el hombre vive con toda el alma y el corazón por la humanidad, ¿Cómo puedo yo servir entonces a un objeto? ¿Cómo puedo subordinarme a mí mismo, si no lo considero como algo que está elevado en mi espíritu? ¿Cómo negaría en su espíritu, cómo rebajaría en su pensamiento, lo que celebra por el hecho, consagrándole con alegría sus fuerzas? ¿Cómo puedo consagrar mi tiempo y mis fuerzas a lo que desprecio?
Identificamos al espíritu del hombre como la forma esencial de su actividad, y esa actividad está dirigida en todo caso en el desarrollo del género, de manera que quien es práctico en su profesión y en su arte, esto es, quien cumple con su función, con su tarea, y quien está dedicado plenamente a su profesión o a su arte, la cree también como la profesión más sublime y más bella. Entonces, ¿qué será lo más sublime y bello para un religioso que intenta comprender el misterio de Dios? Nuestra existencia es sólo dependiente del género, sólo que el hombre en la religión hace depender su existencia de la existencia de Dios, y Dios es su máxima autoproducción; esto se puede entender en su sentido antropológico cuando se estudia la doctrina de la inmortalidad al ser la doctrina final de la religión, es decir, un testamento en el que se manifiesta su último deseo, en donde la esencia misma esta plenamente objetivada en la deidad. Por eso, Feuerbach enuncia aquí de manera clara la intencionalidad de la creencia en al inmortalidad:
Si yo no soy inmortal, entonces no creo en ningún Dios; quien niega la inmortalidad, niega a Dios. […] El interés de que Dios sea es idéntico con el interés de que existo, de que soy eterno. Dios es mi existencia oculta y segura; es la subjetividad de los sujetos, la personalidad de las personas. ¿Cómo podría, por lo tanto, no corresponder a las personas lo que corresponde a la personalidad? En Dios convierto mi futuro en un presente, o, más bien, un verbo en un sustantivo; ¿cómo
se podría separar el uno del otro? Dios es la existencia correspondiente a mis deseos y sentimientos; es el justo, el bueno que cumple mis deseos. […] Si yo no soy eterno, Dios no es Dios; si la inmortalidad no existe, tampoco existe Dios. El apóstol había sacado ya esta conclusión. Si nosotros no resucitamos, entonces Cristo tampoco ha resucitado, y todo se reduce a nada. Comamos y bebamos, edite et bibite”. (La esencia del cristianismo, 217 y 218)
Para el creyente, Dios encarna la certeza de su aspiración a la inmortalidad, en la medida en que es la certidumbre y la verdad que se ha alimentado a lo largo de la existencia como lo infinito, imperecedero, no contingente, eterno e inmortal. Por tanto, Dios representa la salvación, una protección, si se tiene tal privilegio y tal poder que cuente a favor de uno; no es necesario ni siquiera preguntarse de dónde se deduce esta idea de inmortalidad, porque si se tiene a Dios se tiene también la certeza de la inmortalidad. En este sentido, podemos decir que para aquellos que creen en Dios, el concepto de la inmortalidad está incluido en el de Dios, por ser él la representación de lo inmortal, esto es, la representación de lo que es en sí el género mismo, y con ello vencen todo temor a la muerte. Por lo cual, en la idea de inmortalidad ya no existe la división entre hombre y su personalidad subjetivada y perfecta, es decir que la contradicción que surge en la enajenación de la esencia del hombre entre realidad y representación se suprime, de modo que si aquí somos hombres, en el más allá seremos seres divinos. En esta realidad mortal y finita la divinidad sólo es cualidad de un ser grande y ajeno a este mundo; pero en la vida celestial el ser dioses será un bien común, de manera que en este mundo se da una cierta unidad abstraída por la creencia en el más allá. Pero es la vida celestial en donde se vuelve la existencia una pluralidad concreta. Así, en la medida en que tomo como cierto que Dios existe, también es cierta la posibilidad de mi eterna felicidad. En este sentido, Dios es la certeza de mi beatitud. El interés que hay en la existencia de Dios, es el mismo interés que hay en que yo sea eterno. Dios es mi existencia tomada en préstamo, mi existencia cierta: él es la subjetividad de los sujetos, la personalidad de las personas. Pero, ¿cómo no correspondería entonces a las personas lo que corresponde a la personalidad? En Dios