Capítulo 1. Sobre el hombre concreto
1.1. La inversión feuerbachiana del sistema hegeliano
1.1.2. Los sentidos: fundamento de la verdad
Ahora, hay que preguntarse con Feuerbach, criticando la noción de realidad de Hegel, para lograr así una adecuada delimitación de la realidad: “¿Qué es real? ¿Únicamente lo pensado?
¿Lo es sólo el objeto del pensar, del entendimiento? De esa manera no saldríamos de la idea in
abstracto” (Principios de la filosofía del porvenir, §31, 143). Luego el fundamento de toda filosofía tiene que partir de lo sensible, por lo que el límite de toda filosofía tiene que ser el cuerpo mismo, ya que sólo así se logra romper con la identidad del pensamiento consigo mismo que se da en el idealismo hegeliano –es decir, el pensamiento que piensa lo abstracto, esto es, el concepto, a partir de la realidad abstracta, por lo que la realidad del pensamiento sólo es pensamiento, pura nada–, dado que es necesario darle a este pensamiento algo distinto a su naturaleza, contrario de lo que él mismo es, un no pensar; así el pensamiento negándose a sí mismo deja de ser mero pensamiento. Este no pensar Feuerbach lo concibe como lo sensible. Así pues, hemos de poner un ejemplo que ilustre la exigencia de los sentidos como posibilidad real de la verdad, un ejemplo algo absurdo, pero con el fin de presentar la contradicción que se da en la filosofía especulativa hegeliana: vamos a representarnos el caso de un hombre que nace sin los sentidos, es más, de una manera u otra, hay un ser humano que no posee sentidos desde sus inicios. De esta manera surgen los interrogantes respecto a la realidad de ese hombre: sin la posibilidad de construir por la experiencia sensible ningún tipo de categorías, o sin ningún elemento que sea dado por los sentidos para distinción alguna ¿Qué puede conocer? Más aún, ¿se puede conocer a sí mismo?, ¿cómo? Debido a que el conocimiento de sí implica categorías sensibles que impliquen la distinción con lo otro, ¿qué ideas se puede representar?, ¿cómo? Parece que éste es un caso absurdo, el caso como absurdo es el pensamiento abstracto que parte del pensamiento mismo. Por lo que Feuerbach manifiesta que:
El pensamiento no está circunscrito a los mismos límites que el sentido, ni es una forma cierta y determinada que sea apta para recibir unas cosas determinadas, ni una forma particular que agote igualmente lo particular, sino una forma simplemente universal e infinita por sí misma, que, con la misma necesidad con la que el ojo recibe la luz o el color, los oídos el sonido, y en general los sentidos aquello que les corresponde a ellos mismo, tiene como contenido de su conocimiento lo que es Uno, el Todo, el Conjunto de las cosas, el Infinito, la naturaleza de todo lo existente (Sobre la unidad, universalidad e infinitud de la razón, 108).
De esta forma el pensamiento logra tener como objeto a los sentidos: la sensibilidad es la realidad de la idea y siendo la realidad la verdad de la idea, la sensibilidad es entonces la verdad de la idea. Es más, el autor radicaliza su posición dándole valor a lo sensible por sí mismo por fuera de toda idea, reconociendo una sola identidad de la verdad, la realidad y la sensibilidad. Por lo que la esencia de lo sensible es real y verdadera esencia. Con esto Feuerbach da así un giro a la filosofía especulativa, explicando que: “Existe un mundo entre mi y esos filósofos que se arrancan los ojos de la cabeza para poder pensar mejor; tengo la necesidad de los sentidos
para pensar” (La esencia del cristianismo, 39). Luego sólo posible hallar la verdad a partir de los
sentidos, esto es, no desde el pensamiento que parte del pensamiento mismo, sino más bien, del pensamiento que surge de la construcción de la razón por la experiencia sensible.
Ahora, si tomamos como referencia la relación sujeto-objeto dentro del conocimiento de las cosas, en donde se distingue que la conciencia es el sujeto que se presenta como la forma dentro del conocimiento y el objeto como la representación de la conciencia en el sujeto de la cosa, lo decisivo en todo momento sería entonces la materia de conocimiento. Asimismo, como las cosas que son percibidas por los sentidos son la materia, los sentidos son infinitos – es decir, que son por ellos mismos–, por ser ellos la forma que se da en la percepción de las cosas, las cuales no son necesariamente objetos, ya que por medio de los sentidos el hombre se experimenta a sí mismo objetivándose para ser percibido, a su vez, a través de los sentidos. En este orden de ideas, la relación sujeto-objeto en el conocimiento es mero pensamiento abstracto que se da en la autoconciencia, pero que se concretiza, se hace real y verdadera, por los sentidos, gracias a la intuición sensible del hombre por el hombre mismo, siendo éste objeto de su propio sujeto, identificándose así sensiblemente dentro de la universalidad de su ser. Por tanto, no son simplemente las cosas externas sino el yo puesto en el otro y el otro en el yo; luego vemos, oímos, sentimos otros hombres que dentro de la intuición relacionamos con el yo como referencia al género mismo. Por lo que toda verdad se da por los sentidos, ya que no es simplemente por el ejercicio inmediato de los sentidos que logramos la verdad, pero
sí siempre por ellos, aunque sea de manera mediata, como es el caso del conocimiento de sí y de la esencia del yo. Feuerbach dice al respecto:
Lo verdadero no es exclusivamente ni lo mío ni lo tuyo sino lo universal. El pensamiento es verdadero cuando se unen el yo y el tú. Esta unión es la comprobación, el signo, la afirmación de la verdad sólo porque ella misma ya es verdad (Apuntes para la crítica de la filosofía de Hegel, 29).
Así las cosas, la propuesta filosófica de Feuerbach se desarrolla dentro del modelo del materialismo filosófico, desconociendo todo aquello que no parta del reconocimiento de los sentidos como centro de toda construcción o pensamiento, ya que el esencial objeto de los sentidos del hombre es, precisamente, el hombre mismo. Con esta formulación, Feuerbach se separa también de los empiristas, puesto que para ellos sólo los sentidos pueden percibir las cosas; y, más aún, aquí se separa del idealismo en tanto que concibe un yo que surge de la nada sin un tú dado por la sensibilidad. Así, podemos afirmar ahora que por los sentidos el hombre
es consciente de sí, por tanto, de su esencia, la cual es una, universal e infinita (cfr. Principios de
la filosofía del porvenir, §41, 153). DE este modo, los sentidos, que se presentan como infinitos al ser como condición de posibilidad de la experiencia en tanto percepción de las cosas, son en su actividad por ellos mismos:
[…] nunca, por ejemplo, el ojo pretende tomar las funciones de los oídos, ni dotarse de la naturaleza de ellos, ni la mirada se dirige a nada por lo que pueda ser rechazado y que esté por encima de sus capacidades o naturaleza, sino que por el hecho mismo de que se mantiene dentro de los límites establecidos para su condición, y no apetece cumplir la función de otro sentido, es en su acto de alguna manera infinito (Sobre la unidad, universalidad e infinitud de la razón, 108).
Por consiguiente, es en los sentidos en donde toda separación del ser y la apariencia –problema en el que descansa la inmortalidad– queda reducido a imaginarios, asimismo lo especulativo y lo empírico, ya que el ser es en su esencia y apariencia unidad sensible. De igual modo, lo referido a lo empírico, en tanto lo aparente no es más que la aparición sensible de la esencia de lo dado, como, a su vez, aquello que es contemplado de la esencia no tiene otra especulación más allá de los elementos percibidos por la sensibilidad. Por tanto, lo sensible no es lo inmediato –es decir que no posee pensamiento–, como ocurre en la filosofía especulativa. El papel de la filosofía entonces no es más que lograr que la intuición sensible pueda llegar a la verdad, por lo que hemos de calificarla como objetiva. Así el hombre que se enfrenta a la cosa ve de la cosa su apariencia. Aquí Feuerbach distingue dos posibilidades en esta situación: si el hombre es inculto, al que denomina subjetivo, no llega a la intuición de la cosa, sino que sólo
logra su representación, por lo que su ser “permanece en sí mismo” en medio del encuentro dado por los sentidos; así el hombre no logra en medio de la distinción con la cosa salirse de sí para identificarse negativamente respecto de la cosa misma. Esto quiere decir que se queda en la representación o imagen de la cosa y no logra ubicar su esencia respecto de la cosa misma, no hallando, por tanto, ninguna esencia de ella, sino tan sólo la particularidad de su apariencia. Por otra parte, encontramos el hombre que llegando a la intuición sensible de la cosa –se le puede reconocer como objetivo– logra separarse de ella y de sí para encontrar su esencia, es decir, su definición, su universalidad, pues “la realidad del hombre depende sólo de la realidad de su objeto. Nada tienes, nada eres” (Principios de la filosofía del porvenir, §43, 156). Cabe decir entonces, por ejemplo, que si pensamos en un hombre que crece sin otros seres humanos en una isla desde el inicio de su vida, en donde tiene sólo referencia sensible con la naturaleza que lo rodea, haciéndose representación de las cosas dadas a su sensibilidad dentro de sus circunstancias, ¿tendrá entonces la posibilidad de logra intuir sensiblemente las cosas, ya que la objetivación de sí mismo por la conciencia está en referencia particularmente de su ser? Lo que permite reconocer que la definición que ha de tener de sí mismo tiene que ser luego de su esencia, y en este caso ha de ser limitada a la negación de la experiencia sensible; por tanto, su definición está referida al no ser de la representación de las cosas dadas a su sensibilidad, sin contar con posibilidad alguna de conciencia de género, en tanto que la referencia sensible de su esencia puesta en otro no le es dada a su sensibilidad. Así, toda verdad radica en la experiencia sensible del yo con el tú, en donde se hacen uno en el encuentro del género, y así con lo otro, la cosa, por lo que Feuerbach afirma:
La verdad sólo reside en la unión del tú y el yo. Por lo demás lo otro del pensamiento puro en general es el entendimiento sensible. Probar en el dominio de la filosofía es pues superar la contradicción que existe entre el entendimiento sensible y el pensamiento puro, es hacer que el pensamiento sea verdadero no sólo para sí, sino también para su oponente (Apuntes para la crítica de la filosofía de Hegel, 41- 42).
De esta forma, es necesario continuar analizando ahora el ser de hombre, es decir, luego de establecer que el modo de hallar la verdad dentro del método de la filosofía feuerbachiana implica la sensibilidad, la pregunta que ahora nos asalta consiste en indagar por la verdad del hombre, por su esencia, la cual hemos nombrado anteriormente como razón, amor y voluntad, pero que de suyo es necesario definir lo que entraña a esta esencia.