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La conquista del Mediterráneo occidental

I. EL CONTROL DEL MAR TIRRENO

A comienzos del siglo III, la Italia romana, aunque todavía bastan­ te reducida, agrupa ya las ricas tierras de la Etruria interior, de la Sabi­ na, Umbría y del Piceno, en el norte, y de Campania y Apulia, en el sur. La presencia de los romanos se ve facilitada por la situación central de la ciudad y por los puntos de conexión estratégicamente situados en forma de colonias. Múltiples tratados de alianza, con diversas m o­ dalidades, vinculan con Roma a ciudades teóricamente autónomas, pe­ ro que están obligadas a ayudarla militarmente en caso de conflicto ex­ terior. Roma, en teoría, es una ciudad más, cuyas élites sociales han tejido una red con numerosos vínculos de hospitalidad y, en ocasiones, de clientela (con obligaciones recíprocas) con las clases dirigentes de las demás ciudades. El territorio propiamente romano es, sin embargo, muy vasto y eso da a Roma una importancia inusual. Pero la Ciudad está, aún, a la defensiva y durante mucho tiempo vivirá con el temor de un ataque a sus murallas. No es, empero, el reflejo defensivo el único m o­ tor de las guerras del siglo III: los romanos saben que las guerras dan

La guerra contra Tarento

La prim era G uerra Púnica

botín y gloria a los soldados y a sus jefes (no pudiendo la aristocracia dirigente asentar sus derechos a las responsabilidades políticas sino m e­ diante su valor militar) y tierras a los ciudadanos pobres (se siguen crean­ do tribus territoriales hasta 241). En otras ocasiones son los intereses de las grandes familias los que orientan la política exterior del Senado: los clientes pueden no ser únicamente comerciantes, o aristócratas de otras ciudades preocupados por la defensa de sus privilegios respecto de sus conciudadanos, sino también ciudades o principados que, a cam­ bio de los servicios que prestan, han de poder contar con la ayuda de Roma. Cuando una ciudad «se da» (deditio) a Roma y entra en su f i ­ des, el Senado se encuentra, a veces obligado a asumir sus disensiones, circunstancia que puede constituir un cómodo expediente para proce­ der a una inversión de alianzas.

Aunque necesitaba vigilar, por el norte, a sus vecinos etruscos y ga­ los, Roma había tenido que internarse ampliamente en el sur para aca­ bar con los samnitas; tal vecindad inquietó a la grande y rica ciudad griega de Tarento, que se hizo cargo de la defensa de los intereses grie­ gos amenazados por los romanos en Italia y por los cartagineses en Sici­ lia (ambas repúblicas se habían reconocido sus respectivas zonas de in­ fluencia en 306). Por causa de sus aliados oscos y campanos, Roma se vio abocada a ralizar una exhibición militar en el golfo de Tarento, la que acabó en desastre, y Tarento se dirigió a Pirro, rey del Epiro: gra­ cias a sus elefantes y a sus condiciones de jefe militar, éste llegó con su ejército hasta el Lacio; pero sus condiciones de paz fueron estimadas como muy duras y Roma mantuvo una terne resistencia, estimulada por la fidelidad de sus aliados y por su estrecha alianza con Cartago. Pirro, después de pasar dos años en Sicilia, combatiendo a los cartagineses, regresó a Italia: paralizado entonces por las divisiones internas de los griegos y puesto en jaque por los romanos, reembarcó en 275. Roma pudo apoderarse de Tarento merced a una alianza con la aristocracia local y la ciudad recibió el estatuto de ciudad aliada. Esta guerra contra Pirro, muy dura, enseñó a los romanos a combatir más sabiamente y a organizar campamentos fortificados, pero les resultó muy provechosa y se dice que su saqueo de Tarento les dio a conocer la vajilla de lujo y la estatuaria griega. Dueña de la Península, Roma mandaba en nu­ merosas ciudades marítimas y comerciales cuyos intereses no podía p a­ sar por alto. Entre ella y Cartago, su aliada, ya no se interponía sino Sicilia, demasiado rica como para no despertar codicias y demasiado de­ sunida como para poder desempeñar un papel de Estado-tapón.

Si bien Roma había firmado ya un tratado de alianza con Rodas, no poseía aún una política oriental, en tanto que el acuerdo con Carta­ go le vedaba comerciar en Cerdeña, en Africa (salvo Cartago) y en His­ pania al sur de Cartagena (Carthago Nova). Sus naves tenían libre ac­ ceso a Sicilia. En esta isla, Siracusa fue librada por Pirro de las amena­ zas cartaginesas y su rey, Hierón II, creó un Estado rico, aunque frágil.

Los mamertinos, mercenarios de Campania al servicio de Siracusa, se apoderaron de Mesina y asolaron la Sicilia oriental. Cartago, que con­ taba con la importante base de Lilibeo, los puso bajo su protección cuan­ do Hierón estaba a punto de hacerlos entrar en razón, en el 269. (Ro­ m a pasaba por dificultades semejantes con sus mercenarios campanos en Rhegion y tuvo que hacerse cargo de esa ciudad en el 270). Al cabo de algunos años, hastiados del control cartaginés, los mamertinos se «die­

ron» a Roma (deditio), lo que resultó muy embarazoso para el Senado.

Los romanos acababan de terminar una guerra en Etruria (toma y sa­ queo de Volsinias en 265) y el Senado delegó la decisión en los comi­ cios centuriados, los cuales aceptaron la alianza con los mamertinos y decidieron socorrer a Mesina. Así se entabló la primera guerra contra Cartago y es probable que el peso de las familias Atilia y Otacilia ac­ tuase cón toda su fuerza para obtener la intervención en Sicilia.

Las fam ilias Atilia y Otacilia tenían in­ tereses en C am pania (de don d e quizá procediesen) y relaciones con Sicilia. A m enudo había miembros suyos en las m agistraturas.

Las fuerzas en conflicto eran prácticamente iguales y, pasando co­ mo pasaron Roma y Cartago por las mismas dificultades financieras, la guerra duró veintitrés años. Tras dos brillantes éxitos (la alianza con Siracusa y la toma de Agrigento), las operaciones se alargaron y Roma tuvo que construir, en el 260, una flota para proteger sus costas y blo­ quear las plazas púnicas en Sicilia. El cónsul Duilio obtuvo la victoria naval de Mylae, la primera victoria marítima de la historia de Roma, por la que se elevó, en su honor, una columna rostral. Pero el éxito no tuvo consecuencias y hasta el 256 no pudo el cónsul Atilio Régulo desembarcar en Africa, tras una segunda victoria naval en Ecnomos, te­ niendo que capitular allí al año siguiente. En Sicilia, la guerra de ase­ dio en torno a Lilibeo terminó con una clara derrota en el 249, pero Cartago prefirió consolidar su influencia en África que no apoyar a su mejor general, Amílcar Barca, en la isla. Finalmente, gracias a un nue­ vo esfuerzo financiero, Roma pudo reconstruir su flota y aplastar, al largo de las islas Egadas, una gran flota púnica. Definitivamente blo­ queadas sus plazas fuertes sicilianas, Cartago se avino a pactar: evacua­ ría Sicilia, las islas Lípari y las Egadas y pagaría, en diez años, una pesa­ da contribución de guerra. Sicilia, en la que Hierón seguía siendo aliado de los romanos, se convirtió, en su mayor parte, en provincia romana: dotada, al principio, de un cuestor naval (quaestor classicus), en el 227 recibió un estatuto definitivo, con un pretor. Finalmente, Roma, apro­ vechando las dificultades de Cartago con sus mercenarios (revuelta de Matho y Espendio), ocupó Cerdeña. En efecto, los mercenarios de Cer- deña se habían sublevado y habían ofrecido la isla a Roma; el Senado, de momento, rechazó la oferta, pues consideró a los mercenarios como un peligro internacional; pero, luego, cambió de opinión y exigió la renuncia de Cartago que hubo de pagar, además, una nueva indemni­ zación de guerra. Las tropas romanas desembarcaron en Cerdeña, cuya conquista comenzaron, así como la de la isla vecina, Córcega, sobre la que Roma no tenía ningún derecho. En todos estos asuntos fue eviden-

Ver mapa 13

«(A lo largo de la primera G uerra Pú­ nica) los dos Estados estuvieron equi­ parados en cuanto a capacidad empren­ dedora, en valor y en su rivalidad por lograr la suprem acía, con la única di­ ferencia de que los soldados romanos fueron muy superiores desde todos los puntos de vista. Pero, en cuanto a los generales, el que, por su talento y por su audacia, ha de ser considerado co­ m o el mejor de esos tiempos es Amíl­ car, el llam ado Barca, padre auténtico de Aníbal (...) » (POL1BIO, I, 1, 64.)

E l im pulso

hacia la G alia pad an a

Ver ?napa β

«(En la batalla del cabo Telam ón), a pesar de las pérdidas que sufrían, no dism inuyó el coraje de los galos. Eran inferiores a los romanos, tanto en for­ mación com o cuerpo a cuerpo, pero por causa de la naturaleza de su arm a­ m ento.» (POLIBIO I, 2, 30.)

te la mala fe de los romanos y los púnicos, en adelante, se negaron a confiar en ellos.

El mar Tirreno era un lago romano y ése era, sin duda, el objetivo esencial del Senado, que en absoluto parece estuviera preocupado por una política de más largas miras; en el Mediterráneo occidental su alia­

da, Marsella, vigilaba las costas catalanas y del golfo de León y la flota romana la ayudó pacificando las costas de Liguria (236). Hacia el Medi­ terráneo oriental, que sus aliados siracusanos conocían bien, no se ob­ serva ninguna iniciativa diplomática. Quedan, así, como cuestiones prin­ cipales las del desarrollo más democrático de las instituciones y del im ­ pulso hacia el norte. El nombre que domina este periodo es el de Cayo Flaminio, tribuno de la plebe en el 232, cónsul en 223 y 217 y censor en el 220. Autor de la primera ley agraria segura, hizo repartir en lotes para ciudadanos pobres el territorio de los galos senones, en la fachada del Adriático, acaso con la intención de limitar la usurpación por parti­ culares de tierras del Estado. Su via Flaminia orientó, en esta misma dirección, la expansión romana: la plebe estaba más interesada en tie­ rras de cultivo para todos que en las actividades comerciales de unos pocos y, de este m odo, Flaminio entró en colisión con algunas familias nobles al apoyar, en el 218, la ley (plebiscito) Claudia, que prohibía a los senadores poseer navios mercantes a partir de un cierto calado. Roma, convertida en ribereña del Adriático, se ocupó en operaciones de policía contra los piratas ilirios e, incluso, se decidió a emprender una acción militar que le valió el agradecimiento de los comerciantes griegos y le permitió entrar en relación con los etolios y los aqueos. Re­ tiró en seguida sus tropas de la actual Albania, pero conservó allí vín­ culos de clientela.

Así, durante unos tres lustros (241-226), Roma manifestó una acti­ vidad desbordada en Italia y, presentándose como defensora de la civi­ lización urbana, acabó por inquietar a sus vecinos galos. Estos se coli­ garon e invadieron Etruria hasta Vulci, llevando el terror a Roma (226-225). La unión de los dos ejércitos consulares permitió aplastar a esta horda bárbara en su camino de regreso, en el cabo Telamón, e in­ vadir la Galia cispadana. En Clastidium, los galos fueron definitivamente vencidos y las tropas romanas llevaron a cabo una incursión al norte del Po, en el que fundaron las colonias de Plasencia y Cremona (219). Al poco de esta alarma, pues, continuaba la expansión romana y Roma no dudó en enviar una expedición de castigo a Iliria, en 219, cuando el príncipe cliente Demetrio volvió a sus actividades piráticas.

En vísperas de la segunda Guerra Púnica, Roma, que vivió apasio­ nados debates entre la facción de C. Flaminio, apoyada por la plebe (y, quizás, por algunos medios de negocios) y la de las grandes familias (como la Fabia), manifiesta una arrogante confianza. La Ciudad, cuyo desarrollo económico es visible, se convence fácilmente de que un nue­ vo conflicto acrecería su riqueza y su poderío y ambiciona poder susti­ tuir a los cartagineses en sus ricas posesiones en Hispania.