La República oligárquica
III. EL EQ UILIBRIO M EDITERRAN EO
La paz de Apamea no cambió la política de libertad vigilada conce dida a los griegos y, hasta 172, Roma se contentó con mantener el equi librio de fuerzas, quizá favoreciendo a las monarquías (a Pérgamo, en Macedonia, Siria y Egipto) más accesibles a sus órdenes y desconfiando de las ligas (etolia y aquea). La guerra contra Perseo (172-168) fue la continuación de esta política, ya que no se tradujo en otra cosa que en la neutralización de Macedonia (dividida en cuatro «repúblicas»), en la fragmentación de Iliria, el saqueo del Epiro y el debilitamiento de los aqueos (1.000 rehenes) y de Rodas. Eumenes II de Pérgamo, al igual que Antíoco IV de Siria, fueron amonestados: el primero tuvo que re nunciar a sus ambiciones sobre Bitinia y el segundo hubo de evacuar Egipto por orden de Popilio Lenate (168). El triunfo de Paulo Emilio (167) sobre Macedonia fue, visiblemente, la coronación de esta política de intervención sin anexiones por la que, en una cuarentena de años, Roma se transformó de cómplice en las guerras griegas en dominadora vigilante, con intereses económicos propios ya ampliamente enraizados.
R O M A , G E N D A R M E D E L M E D ITE R RÁ N EO
G recia ¿hacia la paz de los cem enterios?
El círculo de Popilio Lenate (168): «El general romano C. Popilio Lenate (Lae
nas), a quien el rey Antíoco h abía, ini
cialm ente, saludado de palabra y a dis tancia y al que, ahora, tendía la m a no, le tendió, a su vez, no la m an o, si no la tablilla que en ella tenía, sobre
la cual estaba inscrito el texto del se nado-consulto que le invitó a leer an tes q ue n ada (...) . C uando el rey, aca bad a la lectura, le dijo que quería dis cutir sobre su contenido con sus aseso res, el rom ano ( ...) dibujó un círculo alrededor de Antíoco' y lo conm inó a que no se atreviese a salir de él sino tras haberle dado respuesta al senado-con- su lto.» (PO LIBIO , X X IX , 27.)
La lenta conquista de la llanura del Po
(Ver mapa 5)
El segundo tercio del siglo II, por el contrario, está marcado por una clara evolución que no sabemos si atribuir al juego de esos intereses eco nómicos, sin contar con que, acaso, habría que pensar en una depre sión económica general, que habría exasperado a los romanos y debili tado a los griegos, suscitando abundantes problemas sociales. Sea co mo fuere, el norte de la Península Balcánica se mostró poco dócil (pira tería dálmata, revuelta de macedonios aliados a Andrisco) y hubo que crear una provincia de Macedonia, con la frontera norte expuesta a los ataques de los escordiscos (148), en el momento (147) en que los aqueos reemprendían su secular guerra contra Esparta por un nuevo intento de ésta por lograr la hegemonía, en la más pura tradición griega, aun que, en esta ocasión, llevando a cabo una política de liberación de es clavos. Entonces, Roma no destruyó ya sólo pequeñas poblaciones: quiso impresionar a las gentes y Corinto quedó arrasada (146). Fueron prohi bidas todas las ligas y Grecia ya no fue sino un conjunto de pequeñas ciudades con constituciones aristocráticas. El orden romano se impuso más fácilmente con la complicidad de los grandes terratenientes.
En Pérgamo, Atalo II (159-138) mantuvo vigilantemente el poder atálida, aun sin aumentarlo, mientras que el Estado seléucida se debi- limitaba en guerras sucesorias desde 162 y perdía el actual Irán y la tran quilidad en Judea; en Egipto, los pretendientes al trono solicitaban, tam bién, el arbitraje de Roma para acabar con sus conflictos domésticos. En 140-139, Escipión Emiliano, enviado a Oriente en gira de inspec ción, pudo comprobar el debilitamiento de estas dos monarquías.
En la Italia del norte, mucho después de Zama, Roma no había aún restaurado sus plazas fuertes y, hasta 197-196, sus legiones no volvie ron definitivamente victoriosas a las orillas del Po. La Galia cispadana fue pacificada entre el 190 y el 180 mediante la instalación de colonias (¿de soldados licenciados?) en Cremona, Piacenza, Bolonia, Parma y Módena y mediante la apertura de las vías Emilia (Rímini-Piacenza) y Flaminia (Arezzo-Bolonia). En esta época y en el decenio siguiente se sitúan las duras campañas de Liguria, pero la organización de esta re gión exigió a continuación unos sesenta años. Al norte del Po, el pues to avanzado que era Aquilea (181) sirvió de pantalla entre los Alpes y el Adriático, pero habría que esperar cincuenta años más para que la colonia dejase de estar aislada y para que el proyecto de unir Italia i y Macedonia por los Balcanes diese comienzo con unas campañas mili tares de intimidación en los Alpes orientales y en Dalmacia. Por lo me nos, Roma logró, poco a poco, separar la rica llanura padana de los bár baros del macizo alpino y hacer desaparecer la piratería marítima. La riqueza de la región, en la que había una floreciente ganadería y por donde el oro circulaba en abundancia, generó una crisis económica a causa de una depreciación de la moneda de oro en relación con la de plata, que el Senado pensó podría resolver mediante la prohibición de cualquier extracción minera. Al final, no obstante, el poder romano
se reforzó con estas anexiones y la Italia padana desempeñó una fun ción creciente en las luchas por el poder en la Roma del siglo I a. de C.
En África, la recuperación cartaginesa fue vigurosa, a pesar de una historia política un tanto agitada durante los decenios que siguieron a la derrota. Gracias a la agricultura de regadío, Cartago desarrolló la explotación de sus posesiones en tierra firme y, de nuevo, sus naves sur caron los mares. Sin embargo, tropezaba con la atenta vigilancia del rey númida, Massinissa (203-148), aliado de los romanos y gran sobera no filohelénico, que contaba en la ciudad con numerosos partidarios de proponer la anexión de Cartago a su Estado. El valor de los soldados del rey era bien conocido por los romanos, que los empleaban como auxi liares, y Massinissa había logrado desembarazarse de todos sus rivales y comenzar la sedentarización de nómadas: en 151, de resultas de una guerra, venció al ejército de Cartago y se dispuso a llevar a cabo la unión. Roma se alarmó: había cobrado la indemnización de guerra durante cincuenta años, pero una inspección de Catón, hacia 153, dio cuenta de una preocupante recuperación de la ciudad vencida. La III Guerra Púnica vino, pues,, a arrancar a Massinissa el fruto de su victo ria: el asedio de la ciudad fue muy duro y el éxito se obtuvo por una elección ilegal de Escipión Emiliano al consulado. La ciudad fue arrasa da por éste y maldito su emplazamiento, mientra que se creaba una provincia cuya frontera con el Estado númida se materializaba en un foso. Este Estado, a la muerte de Massinissa, resultó debilitado por la desmembración, llevada a cabo por Emiliano, de las funciones reales entre los herederos; uno de ellos, Micipsa no logró ser rey único hasta 129- La desaparición de Cartago no supuso, empero, la de su civiliza ción: muchas ciudades púnicas se habían pasado al campo romano y, junto con las ciudades vencidas, favorecieron la expansión cultural y lin güística de la civilización púnica entre libios y númidas.
La III Guerra
Púnica y el Estado númida
«N u m id ia entera, antes de Massinissa, era estéril y se creía que su suelo era in capaz de dar cosechas; Massinissa, y con sus solos recursos; fue el prim ero que probó que podía producir toda clase de frutos (...) , creando explotaciones par ticulares que se mostraron extraordina riamente fértiles.» (POLIBIO, X X X V I, 16.)
En Hispania, los romanos eran los herederos directos de Aníbal y la creación de dos provincias con mandos permanentes se remontaba al 197. Las cuencas del Ebro (Hiberus) y del Guadalquivir (Baetis) eran sus elementos nucleares, pero los indígenas de las montañas y de las mesetas vecinas se resistieron, con notable acritud, haciendo que la con quista resultase extremadamente dura. Catón fue el primero en distin guirse en ella, asegurando el control de la actual Cataluña y, después, la conexión entre ambas provincias por la región minera de Cástulo, antes de llevar a cabo una demostración en la Meseta central. Sus suce sores exploraron las tierras de ambas Castillas, mientras que, en el sur, se contenía a los lusitanos y se pacificaban las sierras entre el G uadal quivir y el Mediterráneo. Tras una docena de años de operaciones, rei nó una calma relativa entre 180 y 155, aunque Roma hubo de m ante ner allí importantes efectivos. En conjunto, ambas provincias conocie ron una prosperidad real, que se acusó en numerosas fundaciones de ciudades y en una intensa explotación minera; pero los indígenas se sen-
E1 difícil control de la Península Ibérica
D ecreto d ad o en A n d a lu cía en 189-190: «Lucio Emilio (...) , im pera
tor, decretó que los siervos de las gen
tes de Hasta que vivían en la Torre de Láscuta fuesen libres; mandó q ue el te rritorio y la ciudadela fortificada que poseían la tuviesen en plena propiedad mientras así lo quisiesen el Senado y el pueblo rom ano.» (Corpus inscriptio
Ver mapa 9
La guerra de H ispania en 151: «Pero cuanto m ás em peño ponía el Senado en continuar las hostilidades, más de cepcionada veía su esperanza. En elec to, Q . Fulvio N obilior, que había te nido el m ando en H ispania el año an terior, y los q ue habían estado con él en cam paña, habían contado en Rom a a sus allegados las batallas interm ina bles que se entablaban, las considera bles pérdidas q ue se sufrían y el valor de los celtíberos.» (PO LIBiO , X X X V ,
1 * 4. )
¿Qué filosofía
y para qué imperialismo?
tían expoliados y eso fue lo que incitó a los lusitanos a atacar la Bética (en la Ulterior) y a los celtíberos la Citerior. Las legiones sufrieron lan cinantes fracasos (154-151) antes de poder volver a hacerse con la situa ción y la dureza de las represiones ocasionó una gran revuelta dirigida por Viriato: hizo falta una decena de años para terminar con ella en Lusitania y, en el actual Aragón y sus aledaños, las operaciones se con centraron en torno a Numancia, de la que los romanos no se adueña ron sino tras un largo asedio.
Hispania, pues, supuso una preocupación constante y fue una gran devoradora de soldados: las levas de tropas generaron violentos conflic tos políticos mal conocidos, entre los tribunos de la plebe y los cónsules y Escipión Emiliano tuvo que levar un verdadero ejército privado para triunfar sobre Numancia. Pero la conquista de la Península tenía una importancia capital: ofrecía opulentas tierras a los veteranos y a los itá licos emprendedores, que colonizaron el rico Levante y la llanura del Guadalquivir; la explotación de las minas procuraba grandes benefi cios a los hombres romanos de negocios y permitía la acuñación del de nario de plata; los indígenas pagaban tributo y suministraban excelen tes tropas auxiliares. N o obstante, la inmensidad del país hacía lenta su romanización y necesaria una fuerte guarnición.
Para buen número de griegos, el imperialismo romano, tras la III Guerra Macedónica, no tenía ningún misterio: Roma, como antes Ate nas o Esparta, sucumbía, a su vez, a su apetito de dominio y su exceso de fuerza le llevaba a buscar el aniquilamiento de sus rivales. La mera cronología llama la atención sobre esta crisis de mitad de siglo, en la que hay tres focos simultáneos de problemas (Grecia, Africa e Hispa nia) y es difícil no explicarla sin recurrir a una crisis económica de ám bito mediterráneo que los romanos padecieron sin captar su mecanis mo y que los condujo a una brutalidad creciente. Muchos historiadores recientes se sorprenden por las complicidades activas que Roma encon tró entre sus adversarios; se comprueba que los romanos favorecieron con frecuencia las constituciones aristocráticas y que movimientos so ciales o demagógicos agitaron el conjunto de la cuenca mediterránea; poniendo todos estos hechos en relación, es tentador identificar el im perialismo romano con los imperialismos modernos y declarar que las clases propietarias de los pueblos vecinos hicieron prevalecer sus inte reses sobre el interés nacional.
Pero los romanos no disponían de nuestro conocimiento sobre la estrecha relación entre los ámbitos social, económico y político y, por esa razón, parece difícil poderles atribuir un pensamiento político tan consistente. Es mejor limitarse a contrastar sus actitudes para con los griegos y para con los bárbaros. Los bárbaros no son más que tributa rios o esclavos en potencia. Ningún acuerdo con ellos puede ser sino provisional y como, además, ocupan vastas tierras con ricos suelos, han
de ser desalojados o sometidos a servidumbre: nada de piedad, ningu na transigencia, sino conquista permanente a la m edida de los intere ses y posibilidades de Roma. Como mucho, y en contraste con el refi namiento de los griegos, se les reconoce, en ocasiones, un regusto rústi co que hace de ellos excelentes auxiliares para las legiones. Hacia los helenos, por el contrario, los romanos se sienten en situación de infe rioridad y no pueden acusarlos sino del declive de sus antiguas virtudes y de su consentimiento en la servidumbre a los monarcas. Sin embar go, existe, en relación con ellos, una verdadera diplomacia, fundada sobre relaciones de poder y explotación, y los romanos, al familiarizar se con este mundo griego tan inquietante por su cultura, al cabo de una cincuentena de años, se sienten lo bastante seguros como para es tablecerse allí de modo duradero: las clases dirigentes griegas y roma nas tienen conciencia de pertenercer a mundos muy próximos, separa dos únicamente por intereses nacionales o económicos; pero esta com prensión mutua, verdadera, progresiva, no bastó para eliminar las bru talidades clásicas, inherentes a todas las guerras de la Antigüedad, y que revelaban la omnipotencia del vencedor sobre el vencido. Roma, además, introdujo un concepto nuevo: el de que cada una de sus victo rias creaba una situación irreversible; y que, incluso si restituía o aban donaba una parte de sus conquistas, seguía siendo su propietaria emi nente y podía, pues, modificar en cualquier momento, unilateralmen te, el estatuto que hubiese otorgado, concepción que subyació a los vín culos políticos y económicos que se tejieron entre los nobles romanos y sus clientes extranjeros que, naturalmente, intentaron procurarse pro tecciones como garantía contra un exceso de arbitrariedad debido a la incomprensión.
PARA AMPLIAR ESTE CAPÍTULO
Para este período dejamos enseguida de contar con TITO LIVIO, que se detiene en el 167 (no hay ninguna traducción francesa disponible, salvo para los libros 41 y 42, años 178-172, col. Budé, Belles Lettres, París, 1971. Traducción inglesa en la col. Loeb, 1961-1964). De POLI BIO, testigo privilegiado, no conservamos sino fragmentos (Gallimard, col. La Pléiade, París, 1970). PLUTARCO, gracias a las Vidas de Catón el Viejo y de Paulo Emilio (París, Garnier, 1950 y col. Budé, Belles Let tres, 1966-1969), permite algunos complementos, mientras que de CA TÓN no subsiste íntegro sino su Tratado de agricultura (accesible en tra
ducción inglesa, col. Loeb, I960. En francés, en la col. Budé, París,
1975, 362 pp.).
Las transformaciones debidas a la conquista están tratadas en Ten ney FRANK, An Economic Survey ofAncient Rome, I, Rome, and Italy
o f the Republic, Paterson, Nueva Jersey, 1959, 431 p p ., pp. 109-299
BLOCH y J. CARCOPINO, Des Gracques à Sulla, ya indicado. De modo general, hay que emplear las indicaciones bibliográficas de los capítu los precedentes, a las que se añadirán H. H. SCULLARD, Roman Politics
220-150 B.C., Oxford, 1951, 325 p p ., A. E. ASTIN, Scipio Aemilia-
nus, Oxford, 1967, 374 pp. y la Historia de España, de R. MENÉNDEZ PIDAL (dir.), II, 3 .a ed., Madrid, 1962, pp. 41-186.
Véanse también c. NICOLET, Le métier de citoyen dans la Rome ré
publicaine, París, 1976, 537 p p ., que emplea abundante documenta
ción y merece atenta lectura, M. HUMBERT, Municipium et civitas sine
suffragio. L 'organisation de la conquête jusqu 'à la guerre sociale. Roma,
1978, 457 pp. y G. f a b r e, Libertus, recherches sur les rapports patron-
affranchi à la fin de la République romaine, Roma, 1981, 426 p p ., que
SE G U N D A C R O N O LO G IA : RO M A , PRIMERA PO T E N C IA