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Los tribunos revolucionarios

III. LAS VACILACIONES D E MARIO

La matanza de 121 dio a la nobilitas una docena de años de tran­ quilidad, durante los cuales una familia tuvo un poder extraordinario: la de los Cecilio Metelo, que controló las magistraturas supremas. Pero la elección consular de 108-107 puso fin a ese período de reacción con­ servadora con la elección de Cayo Mario. Su fuerte personalidad dom i­ na, acto seguido, ya esté presente o ausente, la vida política romana hasta diciembre del año 100, aunque no es sencillo explicar tal éxito.

Cayo Mario es un rico caballero, originario del pueblecito de Arpi­ no, y su carrera política, al principio, fue la de un cliente de los Mete­ lo; soldado valeroso en Hispania, con Escipión Emiliano, tribuno de la plebe en 119 (y autor de una muy celebrada ley sobre el secreto del voto comicial), pretor en 115, es lugarteniente de su patrono y cónsul, Metelo, que dirige la guerra contra Yugurta, cuando rompe con él para presentarse a las elecciones consulares. Su éxito se explica por el apoyo eje los hombres de negocios, que querían la anexión de Num idia, por el descontento general a raíz de algunos escándalos que salpicaban a los senadores y por el desgaste del poder que afectaba a los nobles ¡_ in­ capaces de terminar con los problemas exteriores, principalmente en Afri­ ca. Mario capturó a Yugurta en 105, en el momento en que los genera­ les del Senado eran vencidos en la Galia transalpina por los cimbrios y los teutones, cuya invasión amedrentaba a Italia. Mario fue, enton­ ces, reelegido ilegalmente como cónsul durante cinco años seguidos (104 a 100) y acabó con los cimbrios y los teutones.

Las medidas políticas que hay que anotar en su haber personal no fueron objeto de legislación. Ante todo, se le debe la reforma del ejér­ cito, aunque de acuerdo con modalidades que nos resultan imprecisa­ bles. En esta etapa de crisis militar, Mario extendió el reclutamiento a los proletarios voluntarios, a los ciudadanos sin fortuna (infra clas­

sem, proletañi, que figuraban en el censo como mera prole de roma­

nos), hecho fundamental en el que culminó un proceso de rebaja pau­ latina del censo para la leva de soldados. También se le atribuye la uni­ formidad dada al armamento y el empleo de una táctica que buscaba, sobre todo, el efecto de masa; pero, de hecho, parece probable que es­ tos últimos no sean sino dos aspectos secundarios de un importante es-

U N S O L D A D O V ALERO SO

¿Hubo

una revolución mariánica?

«M ario levó la recluta pero no siguien­ do la antigua costumbre y el sistema de clases, sino aceptando a cualesquiera voluntarios, en su mayor parte prole­ tarios excluidos del servicio militar (...). D e hecho, para un hombre q ue desea el poder, los mejores partidarios son los más pobres, puesto que, no poseyen­ do nada, de nada tienen que precaverse ( ...) .» (SA LU STIO , Guerra de Y ugur­

El abandono

de Saturnino y Glaucia

El enigma de Μ. Livio Druso

fuerzo de guerra en el que hubo de recurrirse a abundantes reclutas inex­ pertos, sin que tuviesen luego continuidad inmediata. Por el contrario, el recurso a los ciudadanos pobres modificó el espíritu del ejército, ya que estos nuevos soldados podían hallar, en el servicio militar, más que el mínimo vital, un medio de promoción social (a través del centurio- nado); y, sobre todo, mediante el botín, una participación en los bene­ ficios de la guerra. De esta süerte, las legiones romanas llegaron a vin­ cularse a determinados jefes, capaces de comprender y satisfacer sus ne­ cesidades.

Mucho más audaces que Mario son otros jefes políticos, que invocan a los Graco, entre los que descuellan L. Apuleyo Saturnino (tribuno de la plebe en 103 y 100) y C. Servilio Glaucia (tribuno de la plebe en 101 y pretor en 100), quienes se garantizaron el apoyo de Mario en 103 al hacer que se le reeligiese cónsul y haciendo conceder a los solda­ dos lotes de tierra. No eran dos hombres muy ricos; Glaucia no era de familia noble y nuestras fuentes, en general, les son desfavorables. Bue­ nos oradores y hábiles maniobreros, si bien emplearon la violencia co­ mo medio de presión política, no fueron sus inventores, como mues­ tran las circunstancias de las muertes de los Graco. Propusieron o hicie­ ron votar un cierto número de leyes sociales y, notoriamente, una baja en el precio del trigo reservado para los ciudadanos pobres y asignacio­ nes agrarias fuera de Italia (en Sicilia, Grecia y la llanura del Po). Pero, en las elecciones del 99, se sucedieron los motines y el Senado puso fuera de la ley a los jefes populares. Mario, que no pudo lograr ni su séptimo consulado ni la dirección de la guerra en Oriente, decidió obedecer al Senado y los mandó arrestar, pero los nobles lograron acabar con ellos:

la nobilitas triunfó otra vez recurriendo a la ejecución de sus adversa­

rios y se acomodó en una inercia aún mayor que tras la muerte de Cayo Graco.

La vida política se reanimó bruscamente en 92, por un proceso muy resonante promovido por un caballero contra un senador de origen hu­ milde, Rutilio Rufo, a causa de una extorsión de fondos en Asia, cinco años antes. El acusado, probablemente era inocente, pero fue conde­ nado por un tribunal compuesto por caballeros: los hombres de nego­ cios querían con ello hacer gravitar una amenaza sobre los senadores y ese mismo año (91) fue elegido como tribuno de la plebe M. Livio Druso. Este era muy rico, muy noble, excelente orador y disponía de una gran clientela romana e itálica; hijo de un adversario de Cayo Gra­ co y cuyos amigos políticos eran senadores, comenzó a actuar, al decir de Cicerón, «vengándose» del Senado, retomando una gran parte del programa de los Graco: una ley frumentaria rebajó el precio del trigo para los pobres, recurriendo a subvenciones estatales (facilitadas, sin du­ da, por una devaluación de la moneda) y otras leyes agrarias determi­ naron el reinicio de los repartos de tierra. Una vez lograda la populari­ dad, pudo dedicarse a atacar a los caballeros hombres de negocios, ha-

ciendo aprobar una ley que volvía a incluir a los senadores, junto a los caballeros, en los tribunales que estudiaban las quejas sobre la adm i­ nistración de provincias, duplicando, o casi, el tamaño del Senado (que paso de tres a cinco o seiscientos miembros), mediante la adición de caballeros que no eran hombres de negocios. Finalmente, culminó la tarea proponiendo que los aliados itálicos recibiesen la ciudadanía ro­ mana. Esta última medida respondía a una intensa presión de los itáli­ cos, excluidos de los repartos agrarios (y, a veces, desposeídos por éstos) y de las ampliaciones del Senado. Pero el Senado, que había aprobado las primeras medidas, cambió súbitamente de rumbo y, a propuesta de un cónsul, anuló, por defecto de forma (un pretexto religioso) todas las leyes de Livio ya votadas. Al día siguiente, M. Livio Druso fue m is­ teriosamente asesinado. ¿Cómo interpretar su actuación política? ¿Fue un prisionero de las promesas hechas a sus clientes itálicos? O, por el contrario, ¿quiso utilizarlos en un vasto plan encaminado a lograr el poder? Su programa retomaba iniciativas graquianas y anunciaba las reformas de Sila, pero su patriotismo y la necesidad de las reformas que propuso eran evidentes, sobre todo tratándose de un aristócrata lleno de orgullo y poco popular: era difícil que la plebe viese en él a uno de sus verdaderos representantes y, una vez que sus pares lo abandona­ ron, quedó reducido a la impotencia. Su muerte, en razón de su papel como patrono de los itálicos, llevó a éstos a perder toda esperanza en una concesión por vías amistosas de la ciudadanía romana a los aliados y los más ardorosos de entre ellos se alzaron para vengarlo y para fu n­ dar un nuevo Estado antirromano.

Se cierra así un período mal conocido, pero muy interesante, en que Roma aparece aún como una Ciudad que está aprendiendo a mantener grandes debates, en los que se enfrentan verdaderas doctrinas políticas (a menudo ocultas y complicadas por cuestiones personales) y que su­ ministraron sus armas a las justas oratorias de la época ciceroniana. Pe­ ro sus instituciones tradicionales se revelan impotentes, incapaces de adaptación, y a la ilegalidad se añade la violencia, costumbre inacepta­ ble pero tentación permanente para todas las facciones. El principio de anualidad de las magistraturas fue abandonado para las dos más im ­ portantes, el consulado y el tribunado plebeyo, y se forjaron dos armas que podían legitimar todos los abusos acudiendo a la razón de Estado:

el senatusconsultum ulti?num en manos del Senado, y la acusación de

violación de la maiestas populi Romani, en manos de los tribunos de la plebe.

PARA AMPLIAR ESTE CAPÍTULO

Toda la información sobre los Graco fue reunida por C. NICOLET,

Les Gracques. Crise agraire et révolution à Rome, 1967, 253 pp. Hay

que completarlo con J. CARCOPINO, Autour des Gracques. Etudes cri-

«Al transferir el poder judicial del Se­ nado a los caballeros, se suprim ían los im puestos, es decir, el patrim onio del Im perio, mientras que la com pra de grano agotaba el Tesoro público, ner­ vio m ism o del Estado. Y en cuanto a volver a instalar a la plebe en el cam ­ po, ¿cóm o podía ello hacerse sin arrui­ nar a los propietarios, los cuales tam ­ bién form aban parte del pueblo y que h abían, desde hacía largo tiem po, ad­ quirido una especie de derecho de pro­ piedad sobre las tierras recibidas de sus antepasados?» (FLORO, Historia rom a­

tiques, París, 2 . a éd., 1967, 308 pp. Sobre Mario y su tiempo la docu­ mentación sigue estando dispersa: las fuentes principales son SALUSTIO,

Guerra de Yugurta (Ed. fr. Belles Lettres, 1962, bastante polémico);

su Vida, en PLUTARCO (Ed. fr. Belles Lettres, 1971) y los relatos lacó­

nicos y tardíos de FLORO, Historia romana (Ed. it. del t. 1 por Gabba, Florencia, 1967, 4 4 4 pp.). Además de los grandes manuales, utilícense

J. VAN OOTEGHEM, Caius Marius, Bruselas, 1964, 340 pp. y j. HARMAND,

L'Armée et le soldat à Rome de 107 à 50 av. notre ere, Paris, 1967,

CAPÍTULO VIII