La crisis de la República
I. UN METEORO: CÉSAR
El comienzo de las hostilidades extrañó a los contemporáneos: Cé sar avanzó con circunspección a través de países itálicos tradicionalmente vinculados a Pompeyo y a las familias senatorias; esperaba el refuerzo de sus legiones de la Galia. Parece que Pompeyo fue sorprendido sin preparación por la iniciativa de César y sus grandes cualidades de estra tega no impidieron sus errores políticos. Evacuó Roma y arrastró a la mayor parte de los senadores, amenazando con represalias a los que se quedasen, creando así, el descontento entre sus partidiarios en el Sena do, que no toleraban bien esa precipitada fuga; la presencia, junto a él, de los cónsules y del Senado confería a su poder una apariencia de legitimidad. El paso al otro lado del Adriático del ejército pompeyano, compuesto por jóvenes reclutas, fue un éxito y César, que no había de jado de intentar restablecer contactos (diplomáticos o militares), fraca-
só por completo. Era dueño de Italia, pero estaba expuesto a los m is mos peligros que los marianistas treinta y cinco años antes.
Deseoso de vigilar su retaguardia, fue a Hispania. A su paso, Marsella se negó a acogerlo y tuvo que dejar allí un pequeño ejército para prose guir el asedio. Las operaciones militares en el Ebro, cerca de Ilerda, le fueron finalmente, favorables y hasta Gades la campaña no fue sino un paseo militar; Marsella había capitulado, pero, en África, su lugar teniente Curión fracasó y fue muerto. César, tras su elección como cón sul del 48, pasó con dificultad al Epiro, ya que las fuerzas senatoriales vigilaban el mar, y buscó contactos con Pompeyo, que éste rechazaba, prefiriendo preparar a su ejército. César estuvo a punto de verse cerca do por los atrincheramientos del adversario y no pudo evitar la unión del ejército de Pompeyo con el ejército senatorial llegado de Siria. El combate decisivo tuvo lugar en Farsalia (Tesalia): Pompeyo lo aceptó, a instancias de los nobles de su estado mayor, impacientes por batirse; disponía de una sólida caballería y de una infantería más numerosa que la de César, pero éste probó ser mejor general y sus veteranos estaban bien entrenados. Su victoria fue total. Pompeyo se refugió en Egipto, pero fue asesinado en su litoral. César, que lo seguía con un pequeño ejército, estuvo, igualmente, a punto de perecer en Alejandría. Arre gló allí el problema sucesorio del momento, entronizando a una pareja real dominada por la joven Cleopatra VII. Pacificó, a continuación, el Bosforo (Farnaces II, en Zela: el famoso Veni, vidi, vici, año 47) y el norte de Anatolia, donde un hijo de Mitrídates, libre de sus compro misos por la muerte de Pompeyo, había roto las hostilidades.
Oriente, desde entonces, le obedecía, pero no así la totalidad de Occidente: un ejército pompeyano se había forticado en África, a las órdenes de Labieno, su antiguo lugarteniente, y de Catón. César, lue go de un desembarco difícil, lo dispersó en Tapso (suicidio de Catón, en Utica); pero los supervivientes alcanzaron el sur de Hispania y los lugartenientes de César no pudieron terminar con ellos. Tras haber ce lebrado un cuádruple triumphus (sobre galos, egipcios, asiáticos y afri canos), César marchó a orillas del Betis y, en Munda (45), dispersó al último ejército pompeyano; sólo se le escapó el último hijo de Pompe yo, Sexto. En octubre del 45, César celebró un triunfo sobre Hispania. Dos rasgos marcaron esta larga guerra civil: en numerosas ocasiones, César se jugó el todo por el todo y se encontró en posición crítica, hasta T ap so, se temió en Roma un regreso triunfal de los pompeyanos. Por otro lado, el encarnizamiento fue creciente: en África, las matanzas fueron limitadas, pero en Hispania las ejecuciones, por ambas partes, fueron sistemáticas. En la obra reformadora de César hay, pues, que tener en cuenta sus largas ausencias de Roma, que no le permitieron trabajar con continuidad, y la negativa al pacto incesantemente por sus adversarios, lo que le condujo a adoptar soluciones cada vez más radicales.
Ver mapa 10
Farsalia
«(A ntes de la batalla) César prom etió elevar un tem plo a Venus Victoriosa ( ...) Súbitam ente, una luz celestial brotó de su campamento y fue hasta el de Pom peyo, donde se ap agó. Los pom peyanos vieron en ello el vaticinio de algún éxito brillante (...) , pero Cé sar entendió la prom esa de q u e, si se arrojaba sobre Pom peyo, apagaría su gloria.» (A PIA N O , G üeñas civiles, II, 6 8 .)
«César dio pruebas de una moderación y una clemencia adm irables en su con- duccta durante la guerra civil y en la adm inistración de la victoria ( . . . ) Pro clam ó que consideraría como a am igos suyos a los indiferentes y a los neutra les.» (SU ET O N IO , ju lio César, 75.)
Su obia
Los poderes de César
«N o hubo m agistratura que César no tomase o diese a tenor de sus deseos.» (SU ET O N IO , Ju lio César, 76.)
César y la plebe
¿La solución de César?
En Roma misma tuvo que contar con la oposición de algunos tribu nos en el 49, 47 y 44, de un pretor en el 47 (con dos intentos de suble vación armada, por lo menos) y sus tropas, cansadas por las operacio nes, pidieron, en ocasiones, su licénciamiento. Al principio tenía a su
favor su imperium proconsular y su condición de pontífice máximo, que
le permitió invalidar los nombramientos provinciales hechos por el Se nado para el 49. Fue dictadof tras su primera campaña de Hispania, presidió los comicios y se hizo elegir cónsul para el 48, renunciando, entonces, a la dictadura. A continuación recibió, sucesivamente, el de recho a presidir la atribución de magistraturas, una segunda dictadura, el derecho a nombrar gobernadores en las provincias de rango pretorio, el consulado por cinco años, el derecho a actuar con los tribunos de la plebe en los comicios por tribus, el derecho de guerra y paz, la prefec tura de costumbres por tres años (equivalente a la potestas censoria), la preeminencia en el Senado, la dirección de las finanzas públicas, la designación de los magistrados, la jefatura suprema de los ejércitos, una tercera y una cuarta dictaduras y, por último, la inviolabilidad tribuni cia.
Tal enumeración asombra; sus contemporáneos también estaban des concertados, tanto adversarios como partidiarios. Muchas medidas fue ron de tipo coyuntural, pero no hay duda de que César aumentó el nú mero de magistrados (dieciséis pretores, seis ediles y cuarenta cuestores en el 44), para lograr, a un tiempo, espesar los puestos de mando en la administración, recompensar a sus partidiarios, captarse a los descon tentos y fabricar un Senado que se elevó a ochocientos miembros. Se ayudó con cónsules sustitutos (suffecti), así como con prefectos (ocho, en el 46, durante la segunda campaña de Hispania) y una nutrida se cretaría; pero continuamente tenía que refrenar a sus partidiarios. En último término, su apoyo político fundamental estaba en la adhesión de la plebe de Roma, de donde la necesidad, para este patricio, de unirse con los tribunos de la plebe y de hacer aprobar numerosos plebiscitos. Con sus ceremonias triunfales y sus larguezas (moratorias de deudas, banquetes, juegos, distribuciones de alimentos garantizadas a 150.000 personas y repartos agrarios) se aseguraba el apoyo de la plebe. Una ge nerosa política de concesión de la ciudadanía en la Galia padana y nu merosas fundaciones de colonias un poco por todas partes multiplica ron sus clientelas, mientras que el crecimiento del Senado le permitía inscribir en él a muchos notables provinciales. Para borrar el recuerdo de las construcciones de Pompeyo, hizo en Roma numerosas obras pú blicas y remodelé el Foro, amplió el Circo Máximo, etc.
No es sencillo hacer un juicio sobre la obra de César, a causa de la incertidumbre que envolvía a sus ambiciones reales; no obstante, se advierte en su comportamiento un diálogo en dos planos: con sus pa res, los senadores, la consigna es, primero, la Clemencia (a la que se dedica un templo, así como a la Libertad y a la Concordia), a fin de
disponer de un personal político aceptable. Disuelve las asociaciones populares a su vuelta de Africa, causantes de muchos desórdenes en Roma, de cuyo apoyo ya no tiene necesidad; pero para constituir un Senado con sus partidiarios hacía falta que éstos pudiesen recorrer el
cursus honorum, lo que exigía tiempo. Entre tanto, hacían, pues, falta
poderes extraordinarios que acabaron por resumirse en una dictadura, renovada como una magistratura ordinaria, y por lo tanto, permanen te.
Respecto de la plebe y del ejército (de donde le llegaban los plebis citos y el apoyo de la fuerza), además del uso de las habituales genero sidades, era preciso suscitar una adhesión entusiasta. César subrayó, pues, el favor divino que siempre le acompañaba, a él, descendiente «carnal» de Venus, la protectora de Roma; en su destino individual se encarna ba el destino de la Ciudad misma. Se construyó un templo de Venus
Genitrix, el mes del nacimiento de César, Quinctilis, se denominó J u
lius, la estatua del dictador se llevó en las procesiones junto a la de la
Victoria, etc., y, finalmente, recibió el título de divus (de condición divina). ¿Quería restaurar la monarquía? ¿Aspiraba a la realeza? No es resoluble este problema de intenciones. Como hábil táctico, César supo siempre engañar acerca de sus intenciones verdaderas: el título de rex que probablemente ambicionaba no era, como el de dictator, otra cosa que un medio; su carácter inquieto no buscaba el descanso, sino que, a comienzos del 44, pensaba, sobre todo, en la gran expedición oriental tras las huellas de Alejandro, con la que sería posible lograr el general acuerdo sobre una nueva conquista y satisfaría las inquietas ambiciones de sus jóvenes partidarios, así como las de los pompeyanos reconciliados, unidos todos en un fraterno equipo.