Los problemas del Imperio
III. HACIA LA UNIDAD D E ITALIA
La condición de ciudadano romano se iba haciendo cada vez más ventajosa: las leyes agrarias beneficiaban a los más pobres (así como las frumentarias), pero inquietaban a los grandes propietarios itálicos, pri meros afectados por las recuperaciones de tierras; en el extranjero, la condición del romano era la mayor protección; en el ejército, algunas pequeñas diferencias, vejatorias, separaban a los itálicos de sus compa ñeros de armas. El fracaso de los intentos de M. Livio Druso y su muer te provocaron el alzamiento de los pueblos de ios Apeninos, montañe ses robustos (marsos, samnitas, lucanos) a quienes no se había vencido verdaderamente sino desde hacía apenas un siglo. Los sublevados (an tiguos aliados, o socii, de donde el nombre de bellum sociale, a veces traducido como «guerra social»), crearon un nuevo Estado, mársico- samnita, con una capital (ltalica), dos jefes, un Senado y un tesoro co mún. La República romana, rodeada, estaba amenazada en sus propias puertas, pero disponía de las provincias, del dominio del mar, del ejér cito de Hispania y de los recursos de la Galia cisalpina; prefirió, al co mienzo, al saber de las matanzas que marcaron el comienzo de la insu rrección, la intransigencia, y una ley Varia de maiestate inculpó de alta traición a todo ciudadano que fuese favorable a la causa de los aliados. Pero, a continuación, tres leyes acompañaron a los éxitos romanos:
— La ley Ju lia (90) daba la ciudadanía romana a las ciudades itálicas que habían permanecido fieles y lo solicitasen y autorizó a los generales a concederla a los soldados no romanos que lo mereciesen. Es una ley muy importante.
— La ley Plautia-Papiria (89) concedía la ciudadanía a cualquier itáli co, incluso sublevado, que se hiciese inscribir en los registros pretorios en un plazo de dos meses; favorecía, pues, a los individuos, pero hay que ser un poco escéptico sobre la magnitud de su aplicación en plena guerra.
— La ley Pompeya (89) otorgó el derecho latino a las ciudades de la Galia cisalpina que aún no lo poseían. Benefició, sobre todo, a las ciu dades situadas al norte del Po.
En el 88, todo peligro se había descartado definitivamente, aunque quedaron algunos focos de rebelión hasta el 80, aproximadamente. Ma rio, Sila y Pompeyo Estrabón (padre de Pompeyo) se distinguieron de modo particular en estas operaciones militares.
La guerra había causado 300.000 muertos, sobre todo jóvenes, y em pobrecido a algunas regiones, pero sus consecuencias más importantes fueron :
— la unidad de la Península, al sur del Rubicon, que se llevaba a cabo por vez primera en la historia;
— la Galia cisalpina quedaba diferenciada de Italia y se transformaba, de hecho, en una provincia, pero en una provincia particularmente rica y potente, a causa de su florecimiento económico y de su cercanía.
Para permitir que la constitución no fuese desbordada por la afluen cia de nuevos ciudadanos (que, no obstante, fue muy paulatina), fue ron éstos inscritos en ocho de las treinta y cinco tribus, lo que no podía dejar de suscitar descontentos y reclamaciones; en cuanto a la latiniza ción jurídica de la Galia padana era, normalmente, preludio de una romanización más completa y en ese punto nos hallamos ante uno de los retos políticos del período siguiente.
En 133, la República no tenía más que seis provincias — las Hispa- nías ulterior y citerior, Africa y Sicilia, Sardinia (Cerdefia) y Macedonia— y cinco de ellas las debía a su victoria sobre Cartago. En tiempos de Sila poseía diez (pues se añadieron a las anteriores Asia, las dos Galias —cisalpina y transalpina— y Cilicia), pero su política de conquista se guía siendo vacilante: con excepción de la Galia trasalpina y del Asia, organizadas premeditadamente, sus operaciones victoriosas no necesa riamente concluyen en anexiones; las duras guerras contra Yugurta, los cimbrios y teutones y Mitrídates Eupátor, no conllevaron conquistas; la Galia cisalpina fue definida con relación a Italia y a la Narbonense, y hay quien ha dudado de que existiese una provincia cilicia con ante rioridad a Pompeyo. En Africa, la mayor parte del suelo provincial per tenecía a ciudades libres y, en Cirenaica, el Senado no tuvo ninguna prisa en aceptar la herencia del último rey de Cirene, Ptolomeo Apión,
en el 96. Es, pues, evidente que el Senado prefirió la política de Estados- clientes dóciles que no la conquista y la administración directa, se tra tase de reinos o de ciudades. ¿Por qué esta reticencia? ¿Fue por descon fianza hacia los hombres de negocios, los demasiado poderosos arren datarios generales de las provincias ya existentes? ¿Fue por falta de per sonal administatrivo bastante? ¿Fue por la dificultad de organizar la defensa de un vasto Imperio, por la incapacidad de adaptar a ello al ejército cívico, por la repugnancia al ejército profesional, mercenario y asociado a la idea del régimen monárquico, tan despreciado en Ro m a? Sí, parece que los senadores fueron conscientes del hecho de que la conquista amenazaba con hacer inaplicable la constitución, a la que estaban apegados; pero su prudencia y la retirada de las legiones no hacían caducar los derechos que las victorias les conferían: en cualquier momento, y dependiendo únicamente del criterio de los romanos, sus fuerzas armadas podían intervenir si las opiniones de Roma no eran acep tadas dócilmente por los antiguos vencidos.