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La crisis agraria y la Peste Negra (siglo XIV): crisis de la sociedad bajo medieval

In document Historia Universal 2014 (página 154-156)

3. organización social de la Edad Media

3.4 La crisis agraria y la Peste Negra (siglo XIV): crisis de la sociedad bajo medieval

El siglo XIV fue un siglo de gran mortandad, debido a las diferentes guerras que hubo y a la peste. El año de 1348 fue, en este sentido, el punto de inflexión más acusado.

La epidemia de peste bubónica, pulmonar y septicémica (distintas etapas de la misma enfermedad) tiende a levantarse como el representante principal de la crisis de la Baja Edad Media, con el argumento de haberse llevado por delante nada menos que a un tercio de la población europea.

Junto con ella se desató la crisis agraria feudal, la que había comenzado a desarrollarse a partir de mediados del siglo XIII. La expansión productiva de la agricultura del siglo XII tuvo un claro estancamiento hacia mediados del siglo XIII y se generalizó desde fines de ese siglo y comienzos del siglo XIV, pese a los intentos de intensificar los cultivos y moderados adelantos técnicos.

Frente a la crisis productiva, la presión demográfica, todavía fuerte, se hizo insostenible para la economía rural, y los precios ya altos se agravaron en las primeras décadas del siglo XIV, con una seguidilla de malas cosechas. La hambruna que asoló a Alemania, Flandes, Inglaterra, Dinamarca y Escandinavia, entre 1315 y 1317, fue apenas un indicador de la crisis general de subsistencias en la que estaba sumida Europa. Hambrunas similares se produjeron en Portugal (1333), Languedoc (sur de Francia, 1335- 1337), Toulouse (1341- 1344), Italia y Aquitania (1347). Independiente de los factores de la Peste Negra, el hambre como signo de la crisis agraria, ya se había instalado en la mente de los europeos desde mucho antes. Y con el hambre, la muerte.

En este sentido y por accidente, la Peste Negra rompió este desequilibrio por la vía del vaciamiento demográfico repentino, prolongando una situación de desorganización social.

Entre la crisis agraria y la aparición de la Peste Negra, colapsó la demografía europea bajo medieval. Ambas se relacionaron estrechamente: el hambre y la subalimentación provocaron un descenso en la barrera inmunológica de la población, que la predispusieron al contagio de enfermedades infecciosas y, a su vez, la peste indujo al hambre, fomentando un círculo vicioso.

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La Peste tuvo su origen geográfico más probable en los lagos Baljash e Issyk- Koul, en Rusia central, desde donde migró hasta la Península de Crimea. Allí, el asedio de la factoría genovesa de Caffa, por los mongoles en 1347, produjo, por el procedimiento de catapultar cadáveres de apestados por encima de los muros, el contagio de sus habitantes. Los comerciantes italianos que salieron de allí difundieron el mal, con efecto multiplicador, a los puertos del Mar Negro (Constantinopla, Trebisonda) y luego a los del Mediterráneo, las islas griegas, Messina y Marsella. Desde estos puertos, y en pocos días, la Muerte Negra se difundió por tierra al resto del continente; en 1349 llegó a Inglaterra y en 1350, a los puertos del Báltico.

Pero el mayor mal no fue la llegada de la peste, pues cualquiera hubiera sido el número de muertos se hubiera reestablecido el equilibrio demográfico. El mal mayor fue que la peste llegó para quedarse. En Inglaterra, la única con una estadística documentada, la población descendió un 25% en 1348; un 22% en 1360; un 13% en 1369 y un 12% en 1375, en sucesivas epidemias.

Como consecuencias de este vaciamiento demográfico provocado por la Peste Negra en 1348 y en sus reapariciones posteriores, se ahondó y prolongó la crisis de la sociedad bajo medieval. Abandono de los campos, descenso de la producción y de los precios de los granos (ocasionada por la reducción de la demanda), reducción de la mano de obra, división de la aristocracia (entre perjudicados señores feudales y beneficiados aristócratas urbanos) y de los campesinos (entre una clase media rural y los siervos sometidos a las mayores exacciones patronales), revueltas sociales (como la jacquerie francesa de 1358 o el wyclefismo inglés de 1381), fueron las manifestaciones generales de la crisis que se mantuvieron hasta bien adentrado el siglo XV.

Recién entre 1440 y 1460, se notaron signos de recuperación: reocupación de las tierras, incremento de la producción, nuevo dinamismo demográfico, fueron testimonios de un reimpulso de la sociedad europea. Pero las técnicas agrícolas no habían cambiado, la sociedad urbana seguía siendo dirigida por una aristocracia laica y eclesiástica. Los factores de esta renovación fueron: el desarrollo de una nueva dirigencia política, en torno de los primeros Estados centralizados en Portugal, España cristiana, Francia e incluso Inglaterra, que vino a reemplazar a la aristocracia nobiliaria en franca decadencia. Por otro lado, la creciente influencia económica de las ciudades y de los hombres de negocios con intereses en el territorio, su control de una parte de las explotaciones agrícolas, los progresos en la minería y la difusión de la industria textil en el ámbito rural.

3.5 La ciudad bajo medieval (siglos XIV- XV)

La ciudad medieval se constituyó en el centro de la vida económica, pues en ellas se efectuaba la mayoría de las operaciones mercantiles y eran los centros manufactureros por excelencia.

La crisis del siglo XIV produjo una serie de tensiones sociales en las ciudades. Pese a esto, en Inglaterra, Francia y Alemania continuó el afán fundacional de nuevos poblados y más del 20% de la población estaba asentada en estas ciudades nuevas.

Además, las ciudades ya existentes aumentaron sus territorios, con la incorporación de los arrabales. Entre fines del siglos XIII y fines del siglo XIV, algunas ciudades duplicaron su radio urbano, tales como París, Florencia, Barcelona y otras, debido a la celeridad de la recuperación demográfica tras las epidemias.

Desde un punto de vista numérico, las grandes ciudades bajo medievales fluctuaron entre los 80 y los 100 mil habitantes. En ese rango estaban ciudades tales como Milán, Venecia, París, Nápoles, incluso en Florencia que entre 1338 y 1351 había perdido sesenta mil habitantes producto de las pestes.

Un segundo grupo de ciudades fluctuaba entre los 40 y los 80 mil habitantes: Génova, Bolonia, Roma, Barcelona, Córdoba, Sevilla, Valencia, Bruselas, Londres, Aviñón, Colonia, etc. Estas fueron las ciudades que tuvieron mayor dinamismo comercial y urbano en los siglos finales de la Edad Media europea.

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Desde el punto de vista de su estructura, las ciudades bajo medievales cambiaron su aspecto, debido al enriquecimiento de los mercaderes, que se hacían construir palacios, en competencia directa de los aristócratas tradicionales. También se multiplicaron las iglesias, gracias a la labor fundacional de nuevas órdenes, tales como los franciscanos, dominicos, carmelitas y mercedarios. Además, aparecieron las universidades con sus respectivas escuelas y los edificios de gobierno municipal. Pero, definitivamente, los que abundaron fueron los edificios comerciales: ayuntamientos, bolsas, mercados techados, relojes públicos y plazas.

La crisis agraria y la peste provocaron la decadencia de algunas ciudades, que dependían casi exclusivamente de la producción agro- ganadera local. Fue el caso de las ciudades de Flandes (Yprés, Gante y Brujas) que dependían del comercio de paños. En cambio, la mayoría de las ciudades se adaptó a las nuevas condiciones e incluso se expandieron comercialmente, sobre la base de industrias textiles (en realidad, talleres), de menor calidad aunque más baratas, lo que las hizo más competitivas incluso en regiones lejanas. En este rubro destacaron las pañerías de Florencia, Valencia, Sevilla, Venecia, Génova y Milán.

La industria textil, a su vez, activó al sector primario de la economía, mediante el desarrollo de los cultivos de las plantas textiles (algodón, lino).

Una segunda industria urbana que se expandió fue la metalurgia del hierro, especialmente gracias a adelantos técnicos como la forja en altos hornos y la aparición del latón, que fueron decisivos para la ampliación de la demanda de campanarios, cañones (los primeros, de 1327), armaduras y relojes mecánicos.

La metalurgia provocó un aumento de la demanda de minerales, especialmente el hierro, lo que hizo prosperar a explotaciones mineras del centro y este de Europa, tales como Friburgo en Alemania y Kutna Hora en Bohemia. Otra industria fue la del vidrio, muy demandada para la elaboración de productos nuevos que eran muy demandados: las ventanas de las casas y las gafas. En este rubro destacó Venecia.

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