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UN CUENTO DE MALA STRANA EN MINIATURA

G. CHRISTOPH LICHTENBERG

37. UN CUENTO DE MALA STRANA EN MINIATURA

A la antigua cervecería Na Vikárce, acogedoramente oscura porque en sus ventanas cae la sombra de la catedral, iba a veces el camarero del arzobispo. Digo algunas veces. Pero esto puede ser debido a que yo le veía allí sólo algunas veces. Vivía cerca. Yo también. Los dos la teníamos a la vuelta de la esquina.

Cuando durante las grandes fiestas acompañaba a su señor a la catedral de San Vito, se sentaba en el pescante del antiguo coche con el escudo del sombrero del cardenal en la puerta, al lado mismo del elegante cochero, que llevaba un sombrero de copa gris claro. El iba vestido de negro, con un sombrero normal en la cabeza. El coche con el cochero se quedaba en el segundo patio, ante la entrada a la sala española del Castillo, mientras el camarero acompañaba a pie a su señor hasta la catedral. Y en la sacristía le entregaba a los cuidados de los sacerdotes que le estaban esperando.

golpeando el suelo de una manera majestuosa, entraba en la catedral para sentarse en su trono con baldaquino, el camarero se ponía el sombrero y se iba a toda prisa a la cervecería Na Vikárce. Durante hora y media estaba libre. Se sentaba en la barra frente a la catedral. Luego no tenía otra cosa que hacer que escuchar un instante de cuando en cuando.

—Todavía están con el Agnus Dei —comentaba de repente—. ¡Camarero, póngame otra! En Na Vikárce tenían muy buena cerveza de Pilsen.

En otras ocasiones, no iba a Na Vikárce hasta última hora de la tarde, cuando se acababa su servicio en el palacio. La cervecería estaba mucho más animada y él se sentaba en la sala. Con su firme pertenencia a estos lugares, santos y no santos, y a las cosas relacionadas con la catedral y el palacio, con su conocimiento detallado de todos los acontecimientos que podían ocurrir y estaban permitidos en estos lugares, era una de las autoridades locales, aunque en su conjunto hacía pensar en los tiempos idílicos del siglo pasado. El siglo veinte le marcó muy poco. Parecía uno de los personajes de los cuentos de Jan Neruda, con toda la gracia y el encanto de la antigüedad. Nada que fuese actual o moderno —al menos a primera vista— estropeaba su imagen.

Sabía todo lo que pasaba a su alrededor y le gustaba contar las historias que habían sucedido detrás de la puerta del palacio. Le excitaban especialmente las visitas de los personajes importantes que iban a ver a su amo. Una vez oí cómo contaba misteriosamente a los vecinos del Castillo que, a la semana siguiente, las carmelitas estarían cambiando la ropa de la reverenda Electa. Según él, el señor arzobispo ya había dado el permiso.

Yo ya conocía a esta dama anciana sentada en un sillón en un armario de cristal. Una vez vi por la ventana, al lado del retablo, el terrible rostro de aquella momia barroca de trescientos años de edad, cuando de niño salté la barandilla en la iglesia. Entonces la historia de la reverenda Electa era muy conocida, especialmente en el Castillo. Hoy en día se sabe poca cosa de ella.

El cuerpo de la reverenda madre Electa fue exhumado unos años después de su muerte, clandestinamente y bajo circunstancias muy extrañas. Había varias razones para la exhumación. Una de las hermanas sufría de constantes dolores de cabeza. Una vez, desesperada, puso la frente sobre la pared de la tumba de la priora y los dolores cesaron súbitamente. Pero éste no era el único milagro que ocurrió en la tumba de esta mujer. Poco tiempo después las hermanas excitadas corrían a la superiora contando que desde el sepulcro de Electa ascendía un suave perfume de jazmín. Cuando la superiora, que ocupó el puesto después de la priora Electa, estuvo convencida de la verdad de aquellas noticias extraordinarias, se decidió a una acción intrépida. Con varias ayudantes, en secreto, por la noche sacó el féretro de la tumba para abrirlo.

Pero ¡Dios santo! Me estoy vistiendo descaradamente con plumas ajenas. Todos estos detalles los cuenta un conocedor de toda clase de historias de Praga, de las épocas recientes y de las antiguas: el historiador Antonin Novotny, casi olvidado y menos valorado de lo que merece.

Pero hay que acabar el cuento sobre la priora difunta. Cuando las hermanas abrieron el féretro, lo primero que encontraron en ella fue una espesa capa de hongos grises. Después, apareció el cuerpo incorrupto de la primera superiora, en su tiempo una bonita italiana que había venido a Praga para fundar y dirigir la orden de las carmelitas.

En la época barroca no se reflexionaba mucho sobre las cosas. ¡Era un milagro! Las hermanas usaron sin la menor cautela una infusión de rosas y romero para limpiarle la cara a la difunta. Aquel líquido cosmético, que seguramente utilizaban ellas mismas, produjo un mal efecto sobre la muerta: la piel se volvió marrón en los sitios lavados.

El cuerpo fue examinado varias veces por los médicos. Durante el último examen se reunió todo un consejo de especialistas importantes. Era gente de apellidos sonoros, entre ellos algunos extranjeros famosos. Reexaminaron el cuerpo: tenían que volver a constatar su integridad. Al mismo tiempo confirmaron otra vez que la frente de la priora emitía un olor misterioso, parecido al de jazmín. Todo esto fue anotado protocolariamente. Esto ocurría en el año 1677 y los protocolos se han conservado.

pertenecientes a su rango, la sentaron en un sillón y la depositaron en una gran vitrina de cristal. No obstante, el destino milagroso de su cuerpo no es igual al de su ropa. Los insectos y el polvo estropean la ropa con el tiempo y de vez en cuando hay que cambiar a la difunta y ponerle un hábito nuevo. Como el convento estaba bajo el gobierno del arzobispo de Praga, no se podía llevar a cabo tal acción sin su permiso. Y eso acababa de ocurrir. El señor arzobispo dio su visto bueno.

Las carmelitas, aquella orden tan estricta que nos mandó después de la catástrofe de Bílá Hora, estaban rigurosamente encerradas en su convento. Aparte del sacerdote, que hacía la misa, tenían prohibido ver a un hombre. No podían ver ni a su padre, ni a su hermano. Y del sacerdote estaban separadas por las rejas. Estaban muertas para el mundo. La tela para el nuevo hábito era comprada por el sacristán en la tienda de Kyncl, en la plaza Staroméstské, y la priora se comunicaba con él por escrito. Con esto se acababa la participación de los hombres en esta ceremonia. Todo lo demás lo arreglaban las hermanas dentro del convento.

También era el sacristán quien vendía los pequeños recortes de la tela con que habían limpiado el sudor perfumado de la frente de la reverenda Electa. Sólo la falta de recursos financieros me impidió comprar esta reliquia cuando era pequeño.

Dudo mucho que los visitantes de la iglesia de ahora, si es que saben algo de este monumento, tengan ganas de trepar por la barandilla del altar y mirar en los ojos medio cerrados y profundamente hundidos de la italiana. El espectáculo del rostro envuelto en una tela blanca y adornado con una corona es inolvidable, terrorífico.

Pero el tiempo no se detiene. Los años se apresuran y corren con él. Yo no iba cómodamente a. Petfín y al jardín Seminárská, por la calle Karmelitská y Újezd. Me gustaban las gradas del castillo, y, además, ¡qué vista tan hermosa de la ciudad se desenvolvía desde la plataforma del Castillo! Así que cada vez tenía que pasar al lado del convento de las carmelitas, que siempre me hacía pensar en aquella tétrica ceremonia en que las carmelitas mudaban a su priora, difunta desde hacía trescientos años. Aquel cuerpo viejo e inerte de mujer, con los ojos entreabiertos y sangrientos, se entregaba a las manos entusiasmadas de las hermanas que, rezando con emoción, desnudan a la mujer muerta, le peinaban el cabello, le ponían una corona en la frente perfumada con jazmín y volvían a sentar a su antigua superiora en el trono.

¿Cómo pasar por allí y no recordarlo?

Sin embargo, detrás del convento surgía otra vez en el vivo día de hoy. Aquí está la casa de Los tres lirios, y, al pie de los muros sombríos, ya podéis dirigiros directamente al mirador.

¡Qué bien se estaba allí! Mucha gente joven en todas partes. En el restaurante del funicular brillaban los manteles blancos y el vagón pesado se iba arrastrando despacio hasta la colina.

Los ojos de las chicas fulguraban, y en los ojos se reflejaba todo. Todos aquellos ojos eran bonitos. Y cuando los ojos son bonitos, también es bonita la propietaria; y en ese caso pocas veces está sola.

Como siempre ocurre, una de ellas era la más bonita, la más graciosa, la más tierna, la más tentadora. Tenía en el cuello una fina cadena de oro y sobre la cadena un angelito de Rafael que apoyaba la barbilla en la mano. Y en todas partes se olía la embriagadora fragancia de jazmín.

Pero el angelito estorbaba.