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EL PRIMER AMOR

Y, enormemente serios, entregaban las octavillas a los sombreros de copa.

25. EL PRIMER AMOR

En la época en que no se podía ni pensar en la enseñanza mixta, en nuestro instituto estudiaban, en una clase inferior, cuatro chicas. Eran guapísimas. Nosotros, los de las clases superiores, teníamos prohibido relacionarnos con ellas. Nos lo habían ordenado. Las muchachas no salían de su clase ni durante el descanso. Sólo las solíamos ver cuando alguien abría la puerta. Antes de cerrarla, les mandábamos besos y ellas se reían. Las cuatro estaban sentadas en la última fila, como unas gallinitas encaramadas a la percha. Al cabo de unos años, se quedaron con cada una de ellas nuestros compañeros de instituto mayores que nosotros. A una de ellas la mató de un disparo un tirador imprudente en la barricada de mayo. Ahora me gusta recordar sus caras bonitas y amistosas. Embellecieron nuestros años escolares, no siempre muy agradables.

En los años perplejos de la juventud, cuando a uno le cuesta tanto revelar sus secretos a los demás, a la criatura joven le aflige un sinnúmero de preocupaciones difíciles de resolver. Pero hay algo que sí puede superarse por ser joven.

En la primavera, cuando los árboles empezaban a florecer, me iba a menudo a Petfín, al jardín Semináfská zaharada, a lamentarme en silencio, rodeado de la blanca belleza. En la paz de la primavera consultaba a las nubes flotantes. ¿A quién, si no? Con ellas no me sentía tan solo y además despertaban mis anhelos. Antes que nada, anhelos de las lejanías. Naturalmente: no me dijeron gran cosa, pero por lo menos me alegraron. Siempre se dice que la juventud es despreocupada. Sí, ya sé que los motivos pueden ser fútiles y ridículos, pero las tristezas y tribulaciones no son menos graves que las de una persona mayor. Los mayores suelen olvidarse de su juventud y no suelen recordarla.

En el jardín Semináfská me sentaba en un banco desvencijado, bajo un viejo frutal. Un verano dio por última vez una cantidad extraordinaria de frutas y el tronco se partió por la mitad bajo su peso. Una señora viejecita que venía allí a menudo miraba el árbol destrozado y lloraba desconsoladamente. Ella también tenía ya bastantes años. Probablemente aquél fuese su último pariente próximo.

En algunos campanarios del barrio de Mala Strana tocaban las dos de la tarde. Estas mismas campanas las escucharía también el señor Vorel al abrir su tiendecilla. Encendería su pipa y observaría la desierta calle de Ostruhovní. ¡Ay, Dios, ya hace más de cien años!

Cuando la primavera llena todos los caminos de Petfín con su aire perfumado, no sé qué tema sería más conveniente para un joven que el de pensar en las muchachas. Mentalmente, yo abrazaba a las cuatro muchachas del instituto. Una tras otra, según me iba enamorando. Pero no sólo amaba a éstas, sino a muchas otras de aquellas chicas que no podía dejar pasar por la calle sin volverme y que me sonreían.

En la primavera, todas las chicas parecen hechas de aire y de perfume, aligeradas por la brisa como para ir a bailar. Resplandecen con colores nuevos y frescos. Son especialmente dulces y al mismo tiempo frágiles como unas preciosas muñecas de porcelana que nunca dejan de sonreír. Sobre el respaldo del banco, todo cubierto de inscripciones, yo escribía a veces cartas enteras con la uña.

Dulce y amada: Estoy suspirando y lamentándome y tú no me oyes. No puedes imaginar con cuánta ansia te espero. Si estuvieras aquí conmigo, te prepararía un ramito de violetas y te leería unos poemas que ayer escribí para ti. Y luego pasearíamos cogidos de la mano por este exquisito camino, bajo los árboles, que parecen acabarse en sus copas. Después vagaríamos por las amenas callejuelas de Mala Strana y llegaríamos hasta debajo de las esbeltas ventanas de la catedral. Están

repletas de ángeles. El antiguo órgano tocaría dulcemente una melodía de amor. Al menos a mí me parece que es una melodía amorosa, porque, cuando la oigo, siento un ligero y agradable escalofrío y tengo que pensar en las chicas que se miran al espejo.

Aquí acabaría la carta.

No obstante, escuchando aquella tonalidad me imagino además que me estoy acercando a la chica del espejo. La abrazo y le inclino la cabeza hacia atrás para poder fijar mi boca con más pasión en la suya, sorber su aliento y su saliva hasta que los besos tengan el color de la sangre. Por aquella época había leído esto en alguna parte.

¡No, no! No escribí allí una tontería como ésta. Eso sólo se me ocurría viendo sobre mi cabeza las vedijas rosadas de las flores del manzano.

Como de costumbre, no tenía ni la dirección ni el nombre pertenecientes a uno de aquellos rostros de chica en los que entonces pensaba. Por suerte, no era más que un anhelo inocente que venía, hacía un poco de daño y luego desaparecía para siempre.

Las golondrinas volaban a mi lado y espantaban con su vuelo rápido los sedosos pasitos de aquellos sueños juveniles.

Cuando las golondrinas vuelan tan cerca de la tierra, es que está a punto de llover. Que llueva, pues, y que la lluvia cálida lave todas estas remotas necedades.

El compañero que estaba sentado a mi lado en el instituto me contó que había una pequeña callejuela en Mala Strana que se llamaba Umrlcí [Del muerto] donde hay unas cuantas casas de citas con rameras. Según él, las chicas no podían salir de allí, estaban estrictamente vigiladas. Los que más iban allí eran los soldados húngaros. Las señoritas, que así las llamaban, llevaban ropa interior, sentaban a los soldados sobre la falda y los soldados las besaban cuando les apetecía. El compañero no sabía nada más. Estrechándole la mano, le juré que no revelaría nada.

Eran los últimos meses de la guerra y Praga estaba llena de soldados húngaros.

Rápidamente, al día siguiente, me dirigí a Mala Strana. Un poco por curiosidad y un poco por otra cosa. Desde Zizkov había un buen trecho de camino. El corazón me palpitaba con violencia. En el mercado quedaban, desde por la mañana, unas pocas paradas de fruta y de verdura. El carnicero que tenía su tienda en una casa vendía aún en su puestecito, donde también tenía su tajo. En el pequeño escaparate colgaban unos corderos muy blancos. En los cuellos degollados llevaban un lacito rosa. Yo iba caminando entre las paradas, vacilando; pero rápidamente me decidí y fui a la callejuela Umrlcí. Estaba a unos pasos. Intuía qué calle era y resultó ser aquélla. Según el rótulo de hojalata se llamaba Bfetislavova, pero según averigüé más tarde, nadie la llamaba de esta forma. Era la callejuela Umrlcí, porque tiempo atrás pasaban por allí los cortejos fúnebres que iban al cementerio. El nombre le quedó, aunque el cementerio había desaparecido hacía tiempo. Era corta y estrecha.

¡Y desierta! No había nadie. Subí a lo largo de las casas y miré con curiosidad las ventanas de la planta baja. En ninguna parte se movió la sucia cortina. Seguramente la primera hora de la tarde no era el momento del amor. Tal vez las chicas dormían la siesta. En la colina, me volví con decepción y bajé otra vez. Al llegar a la última casa de abajo, oí unos suaves golpecitos en la ventana. Miré hacia allí. La cortina se corrió y al lado de la ventana había una chica con una trenza morena sobre el hombro. Me quedé petrificado de sorpresa.

Cuando se dio cuenta de mi mirada de espanto, sonrió y me dijo algo. Pero yo no oí su voz a través del cristal, la calle es tan estrecha que me hubieran bastado dos pasos para atravesarla. Se la puede saltar fácilmente. Miré otra vez, ahora con más tranquilidad, a la ventana cerrada. La chica era bonita; al menos, así me lo parecía. Me sonreía amablemente y yo dejé de sentirme asustado. Cuando reconoció mi tímida vacilación, con un solo gesto se desabrochó la blusa blanca. Creo que me puse pálido del susto y que, después, se me subió toda la sangre a las mejillas, mientras que miraba intimidado los desnudos pechos de la muchacha. Me quedé allí, perplejo, como si a mi lado hubiese caído un rayo. La chica sonreía y yo me tambaleaba. Todo aquello duró sólo unos segundos. Mientras tanto, la muchacha se volvió a abrochar, muy lentamente, y con un gesto de la

mano me invitaba a entrar. Luego, la cortina se cerró. Emprendí una confusa huida.

Quería estar solo y corrí a toda prisa a lo largo de la calle Vlasská; no paré hasta llegar al final de la escalera de Petfín. Después, me dirigí al jardín Semináfská.

El jardín estaba inundado de flores. ¡Qué suerte que los árboles floreciesen precisamente entonces! Debajo de sus ramas envueltas en flores me sentía bien. La belleza nos hace reconciliarnos con el mundo. En el melódico zumbido de las abejas ordené mis pensamientos hasta cierto punto y me tranquilicé. Obligué al corazón a que se quedara callado.

Desde mi juventud, cuando aún no me daba cuenta de ello, pertenecía a los fieles partidarios de uno de los más bellos mitos que hay en el mundo. Creía en el mito amoroso de la mujer. Hoy ya es difícil de encontrar. Las mujeres han abandonado su aureola invisible y por eso se peinan de otra manera. ¡Qué lástima! No hay en el mundo nada más hermoso que una flor desnuda y una mujer desnuda. Ya sé que estas bellezas son muy conocidas, pero aun así siguen siendo misteriosas y queremos redescubrirlas otra y otra vez.

No es que quiera ensalzar los viejos tiempos. Seguramente también fueron malos y no valieron nada. No obstante, me tengo que preguntar a dónde se fue la timidez amorosa en la mayoría de los hombres, en dónde desapareció el respeto caballeresco hacia la mujer. En el juego del amor, éstas eran unas ceremonias encantadoras que lo enriquecían y lo hacían durar más. De verdad que no soy ningún moralista, pero me parece que la mayoría de las mujeres también desprecia ahora esta clase de comportamiento y lo ha rechazado.

La primera aparición del cuerpo femenino que me ofreció una ventana en la planta baja llena de polvo cayó en mi corazón como una bomba de efecto retardado. No dejaba de tener su imagen clara y resplandeciente ante los ojos. Me acompañaba siempre y representaba para mí todo lo que más anhelaba en aquella época, cuando ya empezaba a tener unas verdaderas ansias de amor.

¡Qué púdicas y enrojecidas, como de virgen, me parecían aquellas dos flores redondeadas, con las cuales florece el cuerpo de la mujer al encuentro del amor, cuando el tiempo de la infancia se acerca a la móvil frontera de la feminidad! No deseaba otra cosa que poder descansar la cabeza entre ellas y apretar la boca sobre aquella delicia y aquella fragancia. Pero el miedo me ataba los pies con una cuerda invisible.

Tenía la sensación de que era el amor lo que me sollozaba en el pecho, de que oía la pulsación de su sangre en la mía. La pobre muchacha de la calle Umrlcí se bañaba en mis ocultas lágrimas, en el fondo de mis ojos. Así como la circunstancia deplorable de la casa de citas me tenía que repugnar, la imagen de la chica me empezó a atraer inexorablemente. Estaba convencido de que esta fuerza sólo puede venir del poder de un amor verdadero. Y eso me daba miedo. Tenía una sensación como de estar comprometido con aquella chica. Para siempre.

En aquel tiempo, los cuatro rostros amenos, puros y bonitos de los bancos estudiantiles de nuestro instituto se hundían entre las sombras y desaparecían como cuando bajamos despacio la mecha de lino en una lámpara de petróleo encendida.

¡Vaya por Dios —hubiera dicho mi madre—, qué broma!

Pero no me atrevía a entrar en el sombrío pasillo en busca de la chica. Como si en el umbral hubiera un perro rabioso y violento, como si el pomo de la puerta hubiera estado incandescente, vagué muchos días por aquellos lugares. Algunas veces ni iba al instituto. Pero ya no volví a ver a la chica. La ventana estaba muda y ciega. Yo inventaba que tal vez estaba enferma y me convencía a mí mismo de que quizás necesitaría que yo me sentara sobre su lecho y le tomara la mano. Pero no me atrevía a entrar en la casa. Maldecía mi propia timidez pero cada vez que me volvía a encontrar delante de la casa, aunque antes había decidido firmemente que entraría, que esta vez sí entraría, me decepcionaba a mí mismo y, casi mecánicamente, mis pies me llevaban a lo largo de la negra entrada. Hasta yo mismo me sentí ridículo.

La pobre chica, desgraciada y tal vez ni siquiera bonita, me acompañaba a todas partes mientras erraba. Estaba conmigo todo el día, era la muda acompañante de mis tristes pensamientos. Iba

incluso por la noche y sus pechos, seguramente manoseados hasta llorar por las ávidas manos masculinas, me brillaban, seductores, a través de la oscuridad. Conmocionado, le ponía sobre su cabello moreno una corona verde, una vez con violetas, otra con prímulas. Me miraba con algo de asombro. Llevaba una falda chafada y sucia. ¿Y qué? ¿Qué clase de poeta era yo? Malo, o mejor dicho ninguno. ¿Y qué clase de amante?

Al final me esforcé y decidí firmemente que tenía que dar aquellos pocos pasos fatales. Me compelía el deseo. Si me atrevo a girar el pomo de la puerta todo será fácil. ¡Sólo dar esos pasos! Iba a cerrar los ojos y a apretar los labios. ¡Era cuestión de unos segundos! Con esta resolución llegué hasta la casa. Pero en el umbral había una vieja desconocida. En seguida se dio cuenta de mi miedo y me cogió del brazo para llevarme dentro. Con su boca sin dientes me susurraba algo obsceno sobre señoritas guapas que estaban esperando que las eligiesen. Me arranqué de su mano y me alejé apresuradamente.

Durante unos cuantos días, no volví al barrio de Mala Strana. Y otra vez me juraba a mí mismo que superaría aquel miedo, aquella cobardía. Pero esta vez, cuando acababa de entrar en la calle, vi, delante de la casa adonde me dirigía, una rata enorme sobre el pavimento. Arrastraba en los dientes algo sucio. Me vio en seguida, pero se paró tranquilamente y me observó con sus ojos rosados. Sólo al cabo de un momento saltó sobre el umbral y desapareció por el pasillo en el que yo estaba a punto de entrar. Me volví asqueado y nunca más he vuelto a pasar por aquella callejuela.

Pero durante mucho tiempo estuve convencido de que en mi vida no sentiría nunca una felicidad tan grande, de que nunca vería algo tan milagrosamente sorprendente como lo que sentí y vi aquel hermoso día en la ventana llena de polvo en la calle Umrlcí, en Mala Strana. En abril, cuando florecían casi todos los árboles en el jardín Semináfská y hacía tan buen tiempo.

¡Qué hermoso era!

Cuántas veces, recordando esta aventura, he suspirado: ¡Cómo es posible equivocarse tanto!